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martes, 7 de julio de 2015

DEPRESIÓN POST VOTO: UN CAFÉ ANTES DE LA TORMENTA (4/5)


Atónito por cómo había salido mi día digamos de celebración por la victoriosa asistencia de los votantes en las elecciones primarias del PSUV (http://zoopolitico.blogspot.com/2015/07/la-nave-de-los-locos.html), tomé mis bolsas y decidí abandonar el mercado de Quinta Crespo, no sin antes beberme un café  para darle tiempo de alejamiento del lugar a la doña cacatúa opositora.  ¡Uf, día bipolar, por cierto!, exclamación esta que me hace retomar la expresión utilizada por el comandante Chávez para describir a los escuacas enfermos ("disociados"), pero ahora para la darle la razón al respecto: psiquiátricamente desunidos, eran bipolares.  Seres constituidos a una usanza que, no pudiendo procesar un cambio, hacían del pasado su presente.
Estando en ello, en el café a orillas de la Baralt y en tales pensamientos, entró al local un camarada vestido de rojo, con una chaqueta signada con el logo de un ministerio.  De inmediato uno de los empleados del portugués se puso a tararear "Patria, patria querida", y mi amigo, suspicaz, incapaz de determinar si la causa del canto había sido él con su atuendo, no hizo caso y al descubrirme se dirigió hasta mi.  Me saludó y, señalando furtivamente al mesonero con los ojos, me preguntó:
─Dime, tú que tienes rato ya aquí:  ¿lo que le ha picado a éste ha sido por mi causa o ya el cantaba cuando yo llegué?
─Ya cantaba ─le mentí.  Quería tomarme tranquilo el café, sintiendo que ya tenía bastante disociación con lo del Dr. Pancho y la cacatúa Nancy como para encausar una nueva confrontación.  Mi amigo de la UBCh, Héctor de nombre, solía ser una persona apacible, acostumbrada a tragarse, por ejemplo, las groserías antichavistas que soltaban algunos en el transporte público; pero de un tiempo para acá, como me lo había confesado, se cansó y me dijo "─Camarada, no más.  En adelante revolución completa.  Quienquiera que me provoque, recibirá mi respuesta.  No puedo sufrir tanta intolerancia.  Me haré tal sustancia también.  Fuego contra fuego.  Donde salte un dislate, alzaré mi voz.  No es que me vaya a la guerra, con violencia de balas y golpes; no, no, somos revolucionarios:  me estoy refiriendo a salvar mi papel y presencia, mi dignidad, y al trabajo ideológico que tenemos todos como combatientes.  ¿Ha visto usted que alguno de nosotros andemos tratando de ridiculizar con tanta ofensa a la militancia política de los opositores a cada hora?  Es insoportable.  Nosotros los dejamos simplemente tranquilos, que se los lleven el viento y el olvido, a ellos todos completos con sus panteones de próceres caducos y de sangre derramada, con sus adecos y copeyanos, sus Betancourt, Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Gonzalo Barrios y hasta el mismísimo Ramos Allup, quien anda aún por allí vivito y coleando."
Asentí, pero adelanté mi tinto cuando vi que mi amigo se acomodaba como para pasar un largo rato en la venta, oyendo el travieso canturrear del empleado.  Me invitó a almorzar, mas le expliqué que aún era muy temprano para mí porque recién había desayunado.  En realidad, había tenido bastante para mi complexión psíquica.  Salí a la calle y, disociadamente, eché un ojo a ambos lados para cerciorarme de que no deambulase por allí ningún psitácido conocido.  Entonces Baralt arriba me encaminé hasta la casa.
En llegando, a una cuadra de distancia, vi que a la entrada del edificio donde vivo se agolpaba gente, gente encabritada aunque con actitud de espera.  Cuanto más me acerqué pude descubrir que quienes allí se encontraban congregados eran los parientes del Dr. Pancho, el obligado quiosquero que tenía el puesto frente a la puerta del edificio, algunas otras personas y, ¡voto a dios!, la vieja cacatúa Nancy, moviendo su peluca de un lado a otro, como una atalaya, aún con las bolsas de las compras en las manos.
A media cuadra de distancia el quiosquero me divisó y levantó el brazo para señalarme.  Todos miraron, incluyendo el avechucho, quien me dio cierto nervio hasta los huesos y no dejaba de intrigarme con su presencia ¡precisamente allí!  Claro en que nada saludable podía colegirse de aquella suerte de aquelarre que se me antojaba político (¡los escuacas siempre andan locos en días electorales!), dejé que la inercia de mis pasos y destino me llevasen, pensando infinitamente en disociaciones, en mi amigo Héctor y la intolerancia, en la locura del alma humana, en el egoísmo y la malsania, en atrabiliarias fantasías sobre la necesidad opositora de un chivo político expiatorio para drenar su frustración escuálida.  Gente con problemas particulares, banales derrotas existenciales, dispuesta a endilgárselas en su causa al gobierno mediante escándalo político.  "Porque ─me dije─ así funciona el alma opositora frustrada, culpando al gobierno hasta de los cuernos que la mujer le pega, sin ver que la causa del problema la tienen en la entrepierna misma, con el perdón de la decencia."

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sábado, 4 de julio de 2015

DEPRESIÓN POST VOTO: LA NAVE DE LOS LOCOS (3/5)


Calmada ya la situación (http://zoopolitico.blogspot.com/2015/07/conmocion-en-el-mercado.html), ahora fuera del mercado, lejos de las miradas curiosas y de los pasillos atiborrados, le di mis datos a los agentes policiales y les rendí también mi declaración: conocía a la señora, la vi caer y traté de auxiliarla.  Es todo.
─Pero ella dice que usted trató de robarla ─dijo uno de los policías, el que estaba conmigo como una de las partes en litigio.
─¿Cómo va a ser eso?  ─Le expliqué con calma─:  ¿Un ladrón que roba y no se va corriendo, cargado con las bolsas propias de las compras y, de paso, auxiliándola cuando la robada cae al suelo?  Cualquiera la habría ayudado.  Me tocó a mí, que la habría ayudado igual incluso sin conocerla.
El policía levantó la vista y a una señal del otro, que estaba con mi amiga la yogui olvidadiza, se intercambiaron.  El que llegó me dijo:
─Ella dice que usted la estaba persiguiendo por los pasillos del mercado, acosándola, mirándola con fijeza; que se puso nerviosa y que, cuando lo vio de nuevo y de repente en una esquina, se asustó mucho y se desmayó, perdiendo su compra.  Se le quebraron los huevos y con su caída aplastó algunas frutas.  Dice que usted la registraba.
─La verdad es que el asunto es tremendo malentendido ─le respondí─.  Conozco a la señora, se llama Nancy, es compañera de un curso de yoga en Sabana Grande.  La vi y naturalmente fui a saludarla.  No entiendo nada.  Ahora no me conoce y, peor aun, dice que la robo…   ¡La verdad no entiendo nada!  ¿Cree usted que pueda hablar unos segundos con ella? ─le pregunté al policía.
─No creo ─me respondió─.  Está muy alterada y furiosa.  Como si le hubiera hecho algo en verdad fuerte…
Levanté la vista y la miré a lo lejos, reponiéndose con los paramédicos, hablando con el otro agente, mirando de cuando en cuando hacia donde yo estaba.  Revisaba el contenido de sus bolsas con un gesto de calamidad.
Después de un rato, que ya daba la impresión de mucho tiempo para una estupidez entre unos compradores del mercado, el agente policial que la acompañaba se vino hasta nosotros y dijo:
─La señora no presentará cargos siempre y cuando el señor acá presente cubra los gastos del cartón de huevos perdido y un par de melones.  Y situación zanjada.
─¿Cargos? ─exclamé yo indignado, pero en el acto callé porque vino a mi mente una ligadura de hechos y conclusiones para los que parecía yo destinado a vivir y comprender aquel día.  Un montón de chavistas habían salido a votar en las elecciones primarias del PSUV, formando largas colas en los centros de votación, hecho que mandó al carajo el razonamiento y expectativa opositoras de que nadie votaría, descorazonado todo el mundo como debía de estar, víctima el venezolano de una carestía económica que ellos mismos, los extremistas escuacas, han generado.  Se les fundió la mollera al tratar de comprender por qué un pueblo que no consigue pan tiene todavía fuerzas para ir a votar por aquél que presuntamente lo hambrea; así como también se les quebró su sueño de perlas principal:  ganar la Asamblea Nacional el 6 de diciembre.  ¿Si así votaron entonces los chavistas, en una elección menor, cómo será en la que viene, que es principal?  Y andan, en fin, por allí como locos, almas en pena en la ciudad de Caracas, de luto, adoloridos, aporreados, disociados, el primero el Dr. Pancho, mi vecino, quien del golpe se quedó paralítico, y ahora esta vieja cacatúa, a quien conozco desde hace tiempo y ahora sale con un teatro de desconocimiento y victimización muy digno y propio de la nave de los locos medieval─.  ¡Ahora sí que la completé yo! ─exclamé casi para mis adentros, para la lógica interna de mis reflexiones.  "¿Víctima? ─pensé─. ¡Víctima yo de esta cuerda de orates!"
Los policías me miraron con cara de querer salir ya del capítulo, y yo, de buen grado (¡qué me importaba!), accedí a pagarle las cosas a la doña y entregué en manos de los funcionarios BsF. 750 por un par de melones y un cartón de huevos.  Me dijeron que podía irme, pero me dilaté un rato más acomodando mis compras en las bolsas y mirando unos boles a través de una vidriera adyacente.  Los agentes se fueron hasta la doña, la pusieron de patas sobre la vía y se fueron.
Y yo vi, incrédulo cómo la señora cacatúa, desconocida amiga mía, empezó a caminar dirigiendo sus pasos hacia donde yo aún estaba, sonando con estruendo sus bolsas y haciendo temblar peligrosamente su encopetada peluca.  Me hice un loco más de la nave y simulé escrutar con más detalles el bol en la vidriera, presintiendo que de un momento a otro aquel avechucho podía agredirme.  ¡Tan parecido a ellos me tenían los escuálidos!  ¡Ah, chavistas de mi alma, dejad a esta pobre gente en paz!  Ellos quieren que vosotros muráis para nuevamente disponer de Venezuela a su arbitrio e inmoralidad.  ¿Morirán ustedes y los complacerán?
─¡Ladrón, ladrón! ─me acusó cuando pasó a mi lado, los ojos ardientes─.  ¡Corrupto, corrupto!  Nos robas a la gente, a Venezuela, nuestra esperanza, el derecho a vivir mejor.  ¡Roba-votos, roba-votos!  ¡Sucio!

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