Si el mundo es un teatro donde innombrados poderes determinan el curso de la sociedad humana, entonces, valga la redundancia, hay dos teatros de operaciones, militares para mayor seña. El primero es Ucrania, apuntando a Europa (Occidente), y el segundo, Irán-Siria, apuntando al Medio Oriente (Oriente), ambos frentes fraguando el nuevo esquema de poder mundial.
Tres potencias se dividen el nuevo orden, a saber, Estados Unidos, Rusia y China, destacando la desaparición de la vieja Europa como polo de poder. Por el contrario, su destino parece rifarse en los acontecimientos que se suscitan ahora en la guerra de Ucrania.
En el nuevo esquema, como si de un acuerdo global se tratará, Rusia resolvería sus preocupaciones en su flanco occidental, dando cuenta de Ucrania y de gran parte del ego europeo; Estados Unidos y su satélite Israel, habiendo reducido ya a Siria, doblegarían a Irán, amén de hacer recular la idea nacionalista de Palestina en Gaza; y China reclamaría su mesa con la recuperación de Formosa.
Para ese logro, es claro que tales actores adoptarían la política de "dejar hacer, dejar pasar", resolviendo la individualidad propia permitiendo la ajena. Un panorama en extremo bélico, a no dudar, mientras se cumplen los objetivos de la nueva realidad geopolítica.
Latinoamérica, en especial Venezuela, que es un país de enorme importancia energética, y hasta Brasil, de potencial variado, al no disponer de un poder militar disuasivo para el nuevo esquema mundial, queda al margen del desarrollo, estigmatizada como zona de minería y reservorios. Su papel proveedor quedará en importante parte bajo efecto estadounidense, pero, si se está por creer en una nueva era de entendimiento geopolítico, se dividirá en zonas de influencias china, rusa y gringa.
Las actuales acciones de los Estados Unidos contra Venezuela (sanciones, aranceles, restricciones a la producción petrolera, Esequibo), intentando reservársela con sus recursos minerales, evidencian su afán por asegurar desde ya su tajada geopolítica, por cierto, secularmente colonialista (Doctrina Monroe); evidenciando también que, para este orden nuevo y cualquiera que advenga, el rol empático del país bolivariano siempre será un problema por dilucidar. En el barajar de las cartas, la potencia que lo sume podría asegurar una prometedora ventaja.
Pero, incluso, para esta hipotética proyección geopolítica, luchar siempre podrá cambiar el curso del destino e historia.