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jueves, 23 de abril de 2026

Dinero venezolano en boca de tigres: FMI, Banco de Inglaterra y hasta la ONU.

La platita que debe desbloquear el FMI a Venezuela le corresponde por derecho. $5.000 millones, más o menos. Son activos o reservas que el país generó a su favor en tanto se hizo “accionista” del ente, pagando su membresía décadas atrás. Como si se dijera, su beneficio por ser miembro. Se le llama Derecho Especial de Giro.
El FMI en 2019 decidió congelarlo debido a su desconocimiento de la legitimidad del gobierno de Nicolás Maduro y a toda esa trama siniestra que se ensañó contra el país, prodigándole sanciones económicas desde la perspectiva financiera occidental.
Como sanción económica, también al país se le había expulsado de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT), esa red de mensajería internacional que le avisa a un individuo o país sobre sus transacciones monetarias, pagos, transferencias… Recientemente, el Banco Central de Venezuela recuperó esa funcionalidad.
También se le congeló Citgo, su activo más grande en el exterior, valorado en $18.000 millones. Tan importante y estratégico es para los Estados Unidos (refinación del petróleo venezolano) que el gobierno de Donald Trump no avaló su saqueo y, por el contrario, se vio inducido a protegerlo a título de activo de interés económico para la seguridad nacional de los Estados Unidos (OFAC, Licencia General N.º 5).
El Banco de Inglaterra también se integró a la narrativa del desconocimiento de Venezuela. Su granito de arena sancionatorio fue congelar 31 toneladas de lingotes de oro venezolano, con un valor aproximado de $4.000 millones. Como si ese dinero le perteneciera, persiste en su desconocimiento y se niega a devolverlo.
Venezuela tiene dinero congelado hasta en unos fondos de las Naciones Unidas, unos $3.200 millones. La ONU es un ente prácticamente chantajeado por los Estados Unidos para su funcionamiento, en tanto lo financia, lo subsidia, lo paga en sus gastos... No era difícil suponer que también, por este lado, se bloquearía al país bolivariano.
Recuperar los activos del FMI pasa, lamentablemente, por su reconexión con el ente. Venezuela pagó un costo por agremiarse al FMI y, consiguientemente, disponer del beneficio de marras. Se dice “lamentablemente” porque es línea roja ideológica el romance con la organización capitalista, desde el ángulo fundacional socialista, específicamente chavista. Pero, como se sabe, no existe tal purismo ideológico en la coyuntura presente presidencial, abocada a una temeraria apertura económica hacia los Estados Unidos.
Sin embargo, como temen muchos, no necesariamente el país debe obligarse a endeudarse con el FMI para recuperar su dinero. Es el reto. No faltará el esfuerzo del ente capitalista para lograrlo. Está en su naturaleza. En el fondo, el juego franco de estas corporaciones es hipotecar países. Un sueño dorado sería prestarle tanto dinero a Venezuela que se vea obligada a hipotecar su petróleo a futuro para pagar. Es lógica capitalista.
Para describirlo mejor, habría que decir que, más en el fondo, se habla de unas especies de depredadores que aprovechan la menor oportunidad para despojar a los más incautos de sus bienes. Así se explica el caso de Citgo en los Estados Unidos y del oro en Inglaterra. Si Venezuela pereciera, el oro sería inglés, a falta de dueño.
En los tres casos mencionados, el total suma $26.000 millones. La injusticia de este mundo radica en que, teniendo Venezuela cabal propiedad de tal monto, tenga que pasar por coyunturas de chantaje, sumisión o complacencia prostíbularia para recuperarlo.


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domingo, 19 de abril de 2026

La derrota de Venezuela que mancha su 19 de abril

A partir de los hechos del 3 de enero de 2026, luego de la inesperada inacción de las Fuerzas Armadas y la posterior sumisión política del país ante su agresor, Venezuela se ha convertido en un referente de derrota en el más penoso de los mundos.
En guerra y en derrota hay gradaciones. Hay las victorias fastuosas que erradican al enemigo, desapareciéndolo para siempre. Troya dejó de existir tras su caída ante los griegos, aunque uno de sus sobrevivientes (Eneas) sembró la semilla de la futura y grandiosa Roma.
Hay las victorias pírricas, esas donde tú matas al enemigo, pero pierdes todo, sobreviviendo sólo para comprobar que de nada ha servido el esfuerzo. Te nace del alma decir, como dijo el mismo Pirro: "¡Otra victoria como esta sobre los romanos y estamos completamente perdidos!" Quizás la última victoria pírrica de la historia sea la de Estados Unidos y sus aliados en Irak (2003). Derrocaron a Saddam Hussein, pero el costo billonario de la operación, la pérdida de vidas humanas (más de un millón) y la desestabilización regional excedieron la probabilidad de alguna ganancia.
Algunas victorias son vergonzosas, lo cual, en ciertos casos, puede rayar en lo ridículo. Por ejemplo, la de Francia sobre México en 1838 (Guerra de los Pasteles). Un pastelero francés pidió compensaciones por daños en su local. El reclamo hizo que el imperio francés movilizara una flota entera para avalar a su coterráneo en tierra extraña.
Desde otro ángulo, hay también la gradación para las derrotas. Derrotas dignas y derrotas vergonzosas podrían ser los extremos. Hay derrotas tan llenas de dignidad que cuesta hablar, peyorativamente, de pérdidas. De hecho, muchas de ellas, por su carga de arrojo y valentía, inspiraron posteriores victorias. Háblese, por ejemplo, del famoso Sitio del Álamo, en 1836: los 200 tejanos que murieron resistiendo durante 13 días a miles de soldados mexicanos inspiraron posteriormente una final victoria.
Tal vez la derrota más digna de la historia sea la de la Batalla de las Termópilas (Grecia, 480 a.C.), donde los famosos 300 espartanos se sacrificaron ante miles de persas con el objetivo de que el resto de Grecia ganara tiempo para reorganizarse y enfrentarlos más adelante.
En esto de la derrota, la dignidad es como el caracterizador de lo magnífico ante el ojo humano. Perder o morir cobardemente, es decir, sin dignidad, no parece sólo una derrota para el desgraciado, sino hasta una afrenta para el género humano. Dar ejemplo de esto es necio y hasta afecta la autoestima del alma. Hay recreaciones que no son saludables.
Cuando Venezuela no se defendió y dejó secuestrar a su presidente, no sólo rayó en la vergüenza de una derrota sin dignidad, sino que, por el otro lado, perló una de las victorias más brillantes que agresor alguno pudiera soñar. El vencedor ganó la contienda sólo con mostrar su tamaño, obteniendo como botín al país más rico en hidrocarburos del planeta, equivalente a millones de gallinas de huevos de oro. Al darle forma de protectorado, aseguraba una futura explotación perpetua.
Con humillación, el país vencido tiene que oír a diario al presidente vencedor hablar de cómo habrá que explotar los recursos de la tierra bolivariana, ordenando qué hacer y qué modificar, trátese de leyes o de cargos institucionales o políticos. Es un hecho que Donald Trump gobierna a su vencido a través de decretos de su Departamento del Tesoro (OFAC).
El 18 de abril, en el contexto de la guerra del Estrecho de Ormuz, el mundo tuvo que oír con mucha pena cómo el presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, le espetaba a su enemigo que su nación no era como Venezuela y que ni soñara con que podría tomar su petróleo con facilidad. Aclárese que Irán combate con valentía y arrojo en la actualidad contra una potencia cuasi imperial, como los Estados Unidos.
Filas adentro del país bolivariano, el mencionado referente venezolano de derrotas es confirmado por los mismos nacionales cuando le claman al vencedor que les libere el producto de sus ventas petroleras y auríferas. En esta ocasión, para lo que concierne a este escrito, el reclamo lo hizo un secretario nacional de un partido político tradicional, a propósito de iniciar una Peregrinación Nacional por una Venezuela sin Sanciones y en Paz: “Hay que pedirle a EEUU que termine de liberar el flujo, producto de la venta de petróleo y oro, para que llegue ya a las arcas del Estado venezolano, para poder comenzar a resolver los problemas que se tienen que resolver”.
Semejantes palabras, más allá de la indignidad de la derrota del 3 de enero, reconocen con llana desvergüenza el estado de postración moral del país, convertido en un protectorado al que se le administran sus recursos y sus ganancias desde lejos.