Para los nuevos tiempos siempre harán falta duros cojones. Estómago, dirán otros. Es la eterna apreciación del pensador ante el devenir, por más que la expresión resulte vulgar. Es sufrimiento filosófico. La tierra se mueve y cambia el paisaje.
Entre antiguos, en los albores de la razón humana, los filósofos Heráclito y Parménides empezaron con ese sufrimiento primigenio: el mundo cambia o no cambia, y hay que explicarlo. Dejaron a los dioses a un lado como responsables del destino y se lanzaron a proponer que el movimiento o la inmovilidad son la explicación del mundo y la fuente, a un tiempo, de toda zozobra intelectual. Probablemente, así mitigaban la náusea de la incertidumbre vital.
Poco antes, durante la época heroica, los arqueros fueron odiados, considerados cobardes más que guerreros. El rechazo se explicaba porque, entonces, privaba el combate cuerpo a cuerpo y los contendientes buscaban una gloria cuasidivina. Un arquero no forcejeaba con nadie; solo se agazapaba para matar a traición, sin gloria alguna. De hecho, Paris, un afeminado y cobarde, fue quien asesinó a Aquiles, el guerrero honorable por antonomasia.
Hechos así cambian el mundo y su amoblamiento mental. Y sus protagonistas deben tener, pues, potentes estómagos para no expresar su líquida decepción. La muerte de Aquiles representó el vencimiento de la fuerza bruta como código de honor y dio paso a la era de Odiseo con su astucia.
Piénsese, por momentos, en los absurdos nauseabundos de la historia. Uno de los más ilustrativos es la imagen de Hernán Cortés acabando con una civilización entera utilizando a los nativos de la misma civilización. Por ejemplo, no hay gloria para ese móvil de la destrucción llamado Malinche, ni desde el lado del conquistador ni del conquistado. Para unos, es doña Marina, la traidora, a pesar de su valioso servicio; para otros, la peste personificada, semántica traicionera incluida. Algunos han intentado esmerilar la repugnancia presentándola como noble y políglota, unificadora de la nación mexica, sin reparar en su condición traidora.
El cuarto de oro pactado con Francisco Pizarro por el rescate de Atahualpa es un cuadro repulsivo de la experiencia humana. Igualmente, cumplido el convenio, Pizarro lo ejecutó. Después de recibir durante dos meses caravanas de oro inca, olvidó el acuerdo e hizo estremecer los cimientos de la ética, cubriendo de deshonra a la Corona, suponiendo que el honor alguna vez fue uno de sus rasgos de carácter. Atahualpa rogó que no quemaran su cuerpo para seguir existiendo en la otra vida y pactó la muerte por ahorcamiento.
Tiene que haber una imaginación desastrosa a la hora de asumir la tragedia de todos estos seres, metiéndose por momentos en su pellejo. “Nos vendió, acostándose con el enemigo”, habrán dicho los mexicas, refiriéndose a Malinche; “¿No es humano eso de no tener ni siquiera una pizca de honor para sostener una palabra?”, se habrán lamentado los amerindios ante la atrocidad cometida contra su Sapa Inca. Es el realismo mágico en su esplendor inicial. Porque el realismo mágico no es nada más un galeón español incrustado en medio de una selva americana; se trata, también, de una tupida vegetación contenida en el alma humana.
Son, pues, los sismos de la historia que mueven la corteza mental de la tierra. Ayer y hoy el espíritu humano se indigna ante el insensible cambio (o ante su ilusión, para decirlo con Parménides). Y tanto el pensador como el sencillo hombre de los tiempos ofrecen un cuadro repetitivo de la sorpresa ante el escándalo irresistible de los eventos.
De manera que la historia de la náusea continúa siendo parte inevitable de esta humanidad que se define a sí misma para luego autoaplastarse escandalosamente. Antes eran los dioses y no había sorpresa. El mundo era cruel, divinamente aceptado. Pero, luego, cuando el hombre se hizo responsable de sí mismo y se decantó por el mundo particular de su ingenio, la vergüenza se convirtió en el sello de los cambios.
Fíjese que esto de la repugnancia humana es un conglomerado de contradicciones y destrucciones, nociones que atentan contra la elevación de la razón como hallazgo civilizatorio. El hombre, una y otra vez, se crea una ética, para luego arrasarla y, finalmente, padecer ese sufrimiento filosófico que se comentó antes. Unos arqueros vergonzosos evadiendo la lucha cuerpo a cuerpo; unos filósofos empezando a sufrir ante inatrapables nociones de la vida; una nativa entregando a su propio pueblo; un miserable español sin palabras…
Ver a los alemanes de 1923 (período de entreguerras) llevar carretillas de marcos para comprar un pan tiene que ser un golpe de baja autoestima para ese presumido mundo de autodivinidad ideado por los hombres. La repulsión no es más que una reacción, se dirá, refleja. El asco funciona aquí como indicio de cambio de época. No se hable de campos de concentración, de gulags, de limpieza étnica…
Nuevas épocas y éticas… que destruir luego. Cae al pelo, a propósito, el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU (2026, en curso) para iluminar con actualidad el tema de las repulsivas degeneraciones. Se trata de una especie de vidriera de la podredumbre humana, plagada de sinsentidos racionales, degeneraciones en vivo, vergüenzas lacerantes, bochorno evolutivo del hombre como especie.
Allí hay el espectáculo del traidor que confunde, del demócrata que esclaviza y del esclavo que lame. Antiguos y modernos juntos; dioses caídos, hombres creídos; arqueros agazapados y guerreros dignos; Malinche, Cortés y Pizarro; la gente y los tiempos con sus lamentaciones. Crisol donde la razón griega se estrella con sus Sócrates y demás pioneros, filósofos en eterno padecimiento ante la contradicción humana. Una columna principal de la historia universal de la infamia.
Dígase, para complementar, que la organización ya no debería estar en pie. Es una estructura de posguerra que ya cumplió su misión de administrar los dominios de los vencedores de la guerra. Es la imagen de una época vetusta incrustada en otra que se revuelca. De allí el espectáculo circense de la degeneración.
¿Con qué estómago una presidenta de país abraza al captor de sus connacionales, en medio de un acto de inenarrable prosternación política? Léase Delcy Rodríguez y Donald Trump, quienes se reunieron el mismo día (martes 22) después de que uno denigró al país de la otra en medio de la plenaria, esto sin mencionar que Trump capturó al presidente venezolano, Nicolás Maduro. ¿Cómo es que el mundo, representado en alta civilización, resiste que un “dignatario” haga apología del exterminio de otras naciones y se ufane del crimen cometido? ¿Cómo es que un exterminador racial confeso puede dirigirse a los demás en función de un protocolo del respeto a los derechos individuales? ¿Cómo digerirlo? ¿Cómo es que el mundo se ha convertido en un filamento incandescente de lacayos que venden a sus países?
¿Se dio cuenta? El estómago es el centro emocional del asco. Hay que tenerlo, como el valor de los cojones mencionados al principio del escrito. ¿Se dio cuenta, también, de que este mundo plagado de contradicciones no es más que la inauguración de un nuevo tiempo de imprecisiones, donde se alzarán otros formatos? Es lo dicho sobre la confección de una nueva ética encima de los escombros de otra que se va y mantiene al mundo, mientras tanto, bajo indignación y asombro.

