La derrota de Donald Trump en el Medio Oriente es ya un hecho. Irán no cayó ni en un día ni en una semana. Ya pisa la tercera, en resistencia. Y ahora el hombre naranja echa cuentos sobre retirarse, inventando honorabilidades reculatorias.
Para triunfar sobre sus adversarios, a Irán le bastaba nomás con resistir y quedar incólume en su sistema de gobierno. Ninguna lógica podía pretender que se fajase de igual a igual contra una potencia militar de carácter globalista como los Estados Unidos, tanto menos si la agresión junto a Israel hacía más desigual el combate.
Sin embargo, a pesar de importantes bajas, el país persa sobrevive con su mecanismo de gobierno intacto. A un ayatolá le ha sucedido otro, siendo lo más importante que está en pie la asamblea político-religiosa que posibilita la sucesión, lejos de ser destruida, como afirmara un día Trump.
¿Es concebible tal situación? ¿Qué una potencia militar, junto a su rémora regional, pueda perder la guerra frente a un adversario solitario, incluso superándolo en términos cuantitativos? No solo es posible; es un hecho.
La guerra contra los iraníes nunca se trató de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ni de ver corriendo a uno de los contrincantes frente a la fiereza del otro. De allí el error de cálculo del presidente de los Estados Unidos, mal asesorado y embebido en la visceralidad sionista de Israel.
Siempre se trató de resistir, manteniendo la capacidad operativa para generar bajas económicas al enemigo. Y eso hizo Irán: luego de tres semanas de bombardeos y asesinatos, bloqueó el estrecho de Ormuz. Resistir nomás, de acuerdo con cálculos del mismo Pentágono, les ha generado diariamente a los americanos un gasto de mil millones de dólares.
Por otro lado, el cierre del estrecho supera dramáticamente cualquier cálculo numerológico. Más allá del dinero y de quiebras en las bolsas, el síndrome de Ormuz arruina la ya maltrecha imagen de los Estados Unidos, interior y exteriormente. Es poco creíble que un mundo omiso de petróleo esté festejando a los Estados Unidos como policía universal, mucho menos sus mismos aliados en la región, que ven en baja su producción energética.
Los soldados estadounidenses no quieren luchar una guerra ajena; el cuento del país invencible se dio de bruces contra un charco cuando Irán le averió una de sus supernaves F-35 y, poco antes, había salido huyendo del mapa un portaaviones.
La falla de cálculo del par de aliados en contra de Irán fue creer que, al atacar, se suscitaría una revuelta interna y un consiguiente derrocamiento del régimen político de ese país. A menos que utilice armas nucleares, inevitable es la derrota.
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