Dirigir a otros nichos

PUEDES CONSULTARME EN ESTOS NICHOS SEGÚN CONVENIENCIA

lunes, 31 de agosto de 2026

Por neurosis y traición, los hermanos Rodríguez deben ser detenidos antes de colonizar por completo a Venezuela

Con Psicopatología de la vida cotidiana, Sigmund Freud evidenció que el hombre es un animal de detalles. A partir de ellos, de su análisis, puede abrirse una puerta inusitada hacia el mundus complexus de la neurosis. Culpas, miedos, remordimientos, complejos… En el día a día, la simple pérdida de una llave, por ejemplo, o hasta un porrazo que el pobre mortal se dé en una rodilla, pueden ser indicio de un malestar psíquico significativo.
La fascinación de la propuesta estriba en la narrativa cuasidetectivesca que hay en el embrollo. Descubrir contenidos mentales en los humanos por la ocurrencia reiterada de omisiones (lapsus) o comisiones es deslumbrante. De esa baza viene, por ejemplo, que olvidar el nombre de alguien o tergiversarlo podría comportar aversión hacia el innominado.
Se trata de una psicología de las profundidades, esa que se desliza desde una superficie consabida (o cotidiana) hacia un núcleo complejo emocional. Lo contrario es el discurso de la superficialidad. Esa que explica el abismo humano (lo desconocido) con evidencias conductuales.
Es muy común y gráfico decir que una persona traiciona por dinero, rencor o envidia, por ejemplificar con una de las peores acciones del ser humano. Y aquí la narrativa se llena de ilustraciones. Quizás el traidor más horrendo de la historia sea el antiguo Efialtes de Traquinia. Se dice que vendió a los espartanos ante los persas en las Termópilas por un saco de oro. O Judas Iscariote, quien, por menos, vendió a su maestro.
En todo caso, se explica lo complejo e insondable con fáciles evidencias. En el caso de Efialtes, la película 300 se atrevió a justificarlo por el rencor de un presunto rechazo militar. Se narra que era deformado y que Leónidas, el rey, no lo aceptó como soldado para la causa de la defensa nacional. Pero se trata de argumentaciones de cine. Conociendo que los espartanos sacrificaban a los infantes con deformidades, no hay probabilidad de un Efialtes jorobado.
Modernamente (para seguir con el tema de la traición), hay también traidores con expresa y aparente causa.  Dos son célebres, canonizados por la literatura. El primero es Mir Jafar, el indio que en 1757 permeó la colonización de su país ante el Imperio Británico. Aceptó un soborno millonario y la promesa de ser un gobernante títere (nawab). Rindió sus tropas ante un tal Robert Clive, jefe de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Su nombre hoy en Asia es el equivalente exacto a traidor, del mismo modo que “malinche” lo es en México y Suramérica.
El otro es Ahmed Chalabi, líder del Congreso Nacional Iraquí. Fue el político que inventó el pretexto de las armas de destrucción masiva para que potencias extranjeras, en 2003, invadieran su país y depusieran a Saddam Hussein. Su acción costó más de un millón de vidas y la actual disfuncionalidad política de Irak. Su premio: quitar un obstáculo en su carrera política.
En ellos, la teoría y praxis se lucen explicando las causales de la traición. Dinero y poder en uno, poder político en otro. Lo aparente histórico por la historia profunda de una complejidad humana. A contrapelo de estos fáciles grafitis, la ciencia ha profundizado en la explicación de algunas oscuridades. Una de ellas es que ha encontrado un gen relacionado con la cobardía, por mencionar otro aspecto de la monstruosidad humana.
Más recientemente (para seguir con la tesis gruesa contrafreudiana), quizás el caso de María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, encaje en esta visión expresa de explicar lo profundo de la traición con evidencias tácitas. Trabajó de la mano con el gobierno de los Estados Unidos para sancionar económicamente a su país, además de pedir formalmente su invasión militar. El premio sería el poder político derivado de la decapitación del gobierno venezolano.
Sin embargo, en el mismo contexto local de una tragedia, las aguas de la historia fácil se ponen turbias de nuevo con el caso de los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge), los dos traidores venezolanos que sucedieron a Nicolás Maduro. Y hete aquí que Freud y su psicología profunda deben emerger con su tesis psicoanalítica, dada la complejidad del caso.
Ambos hermanos provienen de una narrativa de la persecución política ultraderechista que, en definitiva, los dejó en la orfandad familiar. Ambos son o fueron voceros de un dispositivo político de la izquierda, quizás como recurso defensivo consiguiente. Y ambos, ahora, mediante el mecanismo de la traición ideológica, política y moral, son inexplicables adláteres del sistema que una vez combatieron y los persiguió (complejo de Estocolmo).
La explicación de sus vidas no puede ser tan simple como una bolsa de oro o la prebenda de un cargo político. Parece banal ante lo variopinto del cuadro emocional. En la aldea contemporánea no es fácil ocultarse entre la oscuridad comprada con el oro; y no hay poder que valga en medio de un país encrespado por la vileza de sus acciones. Se sabe que hay temor y cobardía motivacionales, pero hay la sensación de incomplitud explicativa. Por ello, la invocación freudiana, tanto más cuanto uno es psiquiatra y la otra, una joya pulida en la orfebrería universitaria occidental.
Se les acusa de maquinar la captura del presidente venezolano, permear la colonización de Venezuela por parte de los Estados Unidos y firmar la entrega colosal de un quinto de sus riquezas petroleras (65 mil millones de barriles de petróleo). Con respecto al caso agravado de Delcy, quien ejerce una presidencia más legal que legítima (nadie votó por ella), se dice en el argot cultista especulativo que disputa una rivalidad de poder femenino frente a María Corina Machado con respecto al poder del padre, Donald Trump. Sin duda, un caso psicoanalítico de pura cepa.
La crítica política dura ha razonado que este afán de poder la ha llevado a neutralizar a su rival ejecutando en términos reales lo que en el papel Machado ofrece como eventual presidente. Es decir, privatizar la industria petrolera, desmontar PDVSA, minar al país con empresas extranjeras, endeudar al país con créditos, eliminar los beneficios sociales y, como corolario, establecer un amancebamiento con los Estados Unidos, amén de darle la espalda a viejas alianzas y pasadas ideologías progresistas.
Ante tal panorama de objetivos cumplidos, desde el punto de vista trumpista, tiene que ser innecesario que ninguna Machado alcance el poder en Venezuela. La presidente encargada, Delcy Rodríguez, ya hizo la entrega. Los hermanos Rodríguez han revestido al país, otrora ejemplo libertario, con una viscosa sustancia de tutelaje.
En medio de esta aparente lucha por el padre perdido, el corazón de la traición palpita en la entrega de 17 yacimientos petrolíferos a Trump, con 65 mil millones de barriles, más del 20% de las reservas de Venezuela. Fue el acuerdo anunciado el 28 de agosto de 2026 entre ambos mandatarios. Como si se dijera: en este país, a futuro, ya no se requiere de ninguna persona llamada María Corina Machado. Los objetivos han sido alcanzados. La estabilidad política para los hermanos Rodríguez es un hecho. Lo ha insinuado Trump cuando ha acariciado a Delcy con las palabras, al felicitarla por el depredador acuerdo petrolero: «La relación que tenemos es un 10». ¿No ha demostrado ya la historia que taras y neurosis en empoderados políticos han conducido a las naciones al desastre? Dictadores, emperadores, führer, sátrapas… Traidores.  
Semejante lucha por la figura paterna, complicada con salpicaduras del síndrome de Estocolmo (lo paradójico), ha de costarle a Venezuela décadas de explotación petrolera. Jamás la estabilidad política de ningún gobernante ha costado tanto al futuro de un país. Venezuela ha sido empeñada durante cien años. La ventaja de recibir fiscalmente 209.000 millones en tributos durante 25 años no parece condolerse con el hecho miserable de que el barril de petróleo será vendido a $3,2. Además, está el hecho de que será el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos quien maneje los fondos petroleros, como lo hace en la actualidad. Esto significa que Venezuela tendrá un Banco Central y una empresa de petróleo prácticamente de papel.
Sin duda, tema complejo para la psicopatología de la traición política. Se habla de unos ejecutores inicialmente de izquierda política, pero, finalmente, de derecha enfermiza. Unos hijos de la orfandad que localizan al padre político, paradójicamente de la pasta de sus victimarios ideológicos. Unos ejecutores políticos que, por un tazón de estabilidad, someten a la incertidumbre el futuro de una nación completa. Unos neuróticos que, en el camino de sus dolencias, dieron por encontrado a un hombre fuerte que suplió la laguna de sus carencias más tempranas. Un país aquejado cuya imagen los acompañará para siempre, icónicamente, del mismo modo que Malinche y Jafar son sinónimos de traición.
 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Todavía falta un aspecto fundamental para ser cabal colonia

Actualmente es grande el esfuerzo que se despliega para el borrado ideológico. Se empieza por lo que está a la mano, como la iconografía. Simón Bolívar, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, revolución bolivariana… Horror al comunismo o a su mal menor, el socialismo. Es la orden. En breve, Venezuela debe lucir como un tazón lustroso, listo para el reseteo de los nuevos tiempos. Por dentro, en sus recodos oficiales, debe vestir un tapizado blanco, sin lunares de retratos; por fuera, el país debe proyectar un azul profundo, mejor azul petróleo. En todo caso, se trata de la debida identidad que ha debido lucir desde hace muchísimo tiempo, según detractores.
Por supuesto, el objetivo final es el alma política del venezolano. Allí el barrido no es tan simple como cambiar una imagen. Se debe luchar un poco más, y ello se logra afeando lo escaso sobreviviente y lo heroico pasado. Destruir la historia es la innegable consigna de la maquinaria imperial. La guerra psicológica, capítulo cultural. Pero, como se dijo y como ocurre con las cosas relacionadas con el espíritu, no es tan fácil borrar un pasado ni tan fútil matar una idea.
Chávez redactó una herencia. Está escrita en las honduras comentadas. Su mayor logro fue someter a catarsis a Venezuela y sus adyacencias, y hacerles ver su estado solapado de esclavitud. Es decir, de incompleta independencia. Había un parapeto bolivariano cuando llegó, atril vendedor de sangre humana a título de libertad. Venezuela era un granero imperialista, como lo es ─¡otra vez!─ ahora.
Por fortuna, la historia no se borra con tanta facilidad. Bolívar y su gesta son una secoya sembrada en el alma humana. Es la idea peligrosa a combatir, como fue combatido el barinés Hugo Chávez. Nunca el borrado será completo debido a que sobrevive la idea. Ambas gestas, la bolivariana original como la rescatista chavista, están vivas. Y eso es un hecho prácticamente imposible de erradicar, ni siquiera evaporando a todo lo venezolano, si ello fuera factible. Como dice Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos [“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”]: el «umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado [del olvido] las ruinas de un anfiteatro.»
Sin embargo, mientras el cálculo imperialista se propone este reseteo fundamental, hay que reconocer que ha alcanzado los siguientes hitos en aras de colonizar al país bolivariano. Con el permiso de la brusquedad, propio de lo político, se mencionan a continuación:
  1. Quiebra de la institución presidencial.
  2. Restablecimiento de la embajada estadounidense.
  3. Obligar a Venezuela a romper con Rusia, China, Cuba e Irán.
  4. Vender sus recursos geoeconómicos y no cobrar por ellos.
  5. Restablecer relaciones con Israel.
  6. Olvidar a Palestina.
  7. Liberación de la delincuencia política.
  8. Recepción del exilio apátrida.
Faltándole:
  1. Una base militar extranjera (anticonstitucionalidad en curso en La Guaira).
  2. Doralización (en curso).
  3. Sacar a Venezuela de la OPEP.
  4. Instalar una dictadura de derecha.
Se trata de engarzarse en la nueva oleada derechista continental: desde Javier, allá en Argentina, pasando por Rodrigo Paz, en Bolivia, hasta más allá, Nayib Bukele, en El Salvador, por mencionar extremos y un corazón hemisférico.
Claro, Venezuela es la joya de la corona por la monumentalidad de sus recursos minerales. Ella sola podría sostener la tesis de que el continente es un enorme granero colonialista. El tratamiento que se le prodiga es inconmensurable y no escatima el esfuerzo de la guerra y de la maquinación fratricida. Entrar a Suramérica implica haber conturbado la puerta histórica e ideológica de sus fundadores. Pero, citando a Pablo Neruda y a ese carácter impoluto de las ideas, hay que persistir en la persistencia de lo persistente:
PADRE nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la patata, el salitre, las sombras especiales,
las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
todo lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre».
["Un canto para Bolívar", Tercera residencia]