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sábado, 18 de julio de 2026

Delcy Rodríguez: no hay tropas extranjeras en Venezuela

De acuerdo con Delcy Rodríguez, presidente encargada de Venezuela, no hay tropas extranjeras en el país. Así lo declaró recientemente ante un periodista español. No las hubo ni siquiera cuando fue dado de baja el “Niño Guerrero”, allá en Las Claritas, Bolívar. Hubo, sí, inteligencia de agencias estadounidenses para orientar al ejército venezolano en las operaciones, pero no tropas.
Tampoco las hay ahora en La Guaira, donde los estadounidenses se estacionaron en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y no cesan de traer vehículos y equipos para mapear la región, acción nada consonante con el hecho humanitario. Los dos buques militares que atracaron en aguas venezolanas habrá que considerarlos unidades civiles, dizque convertidos en sendos hospitales ambulantes. Y las más de dos mil tropas reportadas en el país bolivariano por los mismos Estados Unidos tienen que ser un elemento paranormal en las declaraciones de la política venezolana.
¿Cómo que no hay tropas asentadas en Venezuela? A poco habrá que declarar que no las hubo tampoco el 03ENE26 y que el secuestro de la pareja presidencial es una ficción. La historia registra que murió una treintena de cubanos y tal vez un centenar de venezolanos. ¿Cuál es el punto? ¿Acomodar la realidad? ¿Sugerir alguna dolencia congnitiva bolivariana? Tan cierto es que hay tropas estadounidenses e israelíes en Venezuela como que lo de Nicolás Maduro capturado ocurrió.
En la doctrina militar de asistencia humanitaria de los Estados Unidos no existe praxis sin presencia de tropas. Otros países envían rescatistas, pero los norteños no. Ellos envían militares para aprovechar el accidente natural y entrenar sus juegos de guerra, radiografiar al país averiado con sus satélites e intentar apropiárselo mediante la instalación de una base militar. Casos ejemplares hay; Haití, el último, donde inventaron la noción de bases militares “temporales”.
La Guaira es un delirante estacionamiento para quien sueña con el petróleo y el oro venezolanos, además de todas las riquezas suramericanas. Allí, entrada al continente, resulta ideal la construcción de un faro geopolítico. América para los americanos. Ni rusos ni chinos, rivales geoestratégicos, tendrían posibilidades de competir contra el destino manifiesto de Yanquilandia.
Se dice que no existen los unicornios. Nadie los ha visto, ni siquiera los griegos, que inventaron el cuento; pero algunos persisten en su creencia y se convencen de que los bits de la era informática son los genes de una realidad perdida. Difunden en las redes sociales no sólo avistamientos de tales animalitos fabulosos, sino de duendes, hombres de las nieves, entre otras imágenes ufológicas desclasificadas por el gobierno de los Estados Unidos.
Para un cabal convencimiento, es necesario un creyente desprevenido, ingenuo, ignorante o tonto, y un prestidigitador. ¿Son los venezolanos esas personas, según Delcy, la maga? El último avistamiento que se hiciera de los mitológicos soldados estadounidenses en Venezuela fue en Caracas, caminando uniformados por El Rosal. Hay fotografías y es un hecho científicamente documentado. Cumplen semanas caminando la geomorfología de la tierra de Simón Bolívar.

sábado, 11 de julio de 2026

Estados Unidos trabaja desde ya en la secesión de La Guaira

En el estado La Guaira se gesta una secesión. Puede sonar escandalosamente exagerado, pero habría que responder que exagerado es el cielo, que no tiene fin, y que hiperbólico es querer apropiarse, por ejemplo, de Groenlandia.
Egos hay que desbordan el lenguaje de la razón con su apetito. El mundo se hace pequeño para el hambre. En un principio, siempre hay incrédulos que exclaman “¡Imposible!”, “¿Quién puede creer eso?”, y hasta de estúpido es moteado quien reporte avistamientos. Alejandro Magno, Gengis Kan y Napoleón Bonaparte son todos ellos egos hiperbólicos.
Donald Trump, de la saga de los imperios, no es la excepción. Aún hoy calcula que  Canadá, Groenlandia, México, Cuba, Irán y Venezuela deben ser sus anexiones, si no todos, por lo menos en parte. Es probable que el cazador de estúpidos aduzca que no es lo mismo, que son tiempos diferentes y que Trump sólamente es un hombre millonario.
Pero el ego no cambia en la especie. Es su sello, la conciencia diferencial. Encuentra que la riqueza exorbitante, la anexión espacial o la celebridad son los únicos mecanismos que hacen justicia a su grandeza. Todo narciso pide estatua. Y ya sabemos que el presidente estadounidense pierde la compostura hasta por una medalla de oro que no le ha sido adjudicada (como la del Premio Nobel de la Paz, de María Corina Machado).
De los tantos objetivos que se planteó morder con su dentadura áurea, Venezuela se le ha dado a la perfección. A Groenlandia le salieron hasta defensores de ultramar. México ofreció guerra, como Canadá. Cuba espera. Irán se batió a muerte.
Los militares del país bolivariano entregaron sin protesta a su presidente, lo cual, para empezar, endulzó la gesta conquistadora del yanqui, quien celebró con millones de barriles de petróleo. Luego siguió el oro. Pero es La Guaira, con sus cataclismos aliados, la que ofrece la oportunidad dorada de entrar y tomar espacios, para nunca más soltarlos.
La doctrina militar del gringo trabaja de manera incesante. Hoy es humanitaria, constructora de refugios para presuntos damnificados; pero, esencialmente, construye fortalezas para la prolongada instalación de su “gobierno completo”. La doctrina militar humanitaria del gringo utiliza la causa noble para penetrar y sembrar.
Y ello hace, en efecto. Ya ensaya en el estado costero su fase ejecutiva. Manda. Dispone. Controla el espacio aéreo. Atraca buques sobre aguas venezolanas. Camina el terreno con carros y botas militares. Maneja la logística. Mapea el terreno. Digitalizar lo que ha de ser suyo. Todo un trabajo que no se compagina con la naturaleza de las labores de ayuda. En fin, gobierna.
Y ya recoge frutos que le dan un olor a propiedad a sus nuevas tierras. Las autoridades venezolanas, en apenas semanas, empiezan a lucir disfuncionales. Los funcionarios y políticos son rechazados. Los diputados Jorge Arreaza y Nicolás Maduro Guerra (“Nicolasito”), por ejemplo, fueron repelidos por habitantes del Urbanismo Hugo Chávez Frías, Catia La Mar, cuando fueron a interactuar con ellos. Poco antes, se había visto a un Diosdado Cabello discutir con un rescatista gringo, que quería hacer lo que quería. La misma presidente encargada no se atreve a caminar entre el populacho, prefiriendo sobrevolar el área. Hubo alianza, sí, pero en el pasado inmediato.
La mordida de Trump en las costas de La Guaira es profunda, de difícil soltura. Como en Haití, donde los estadounidenses instalaron bases militares temporales tras los eventos naturales de 2010, el objetivo es hacer lo propio en la tierra de Simón Bolívar. Es incontenible. La patria gringa así lo requiere, como precisa, también, de Groenlandia, según se dijo. La seguridad nacional y estratégica es inaplazable. Van y vienen a ese país antillano. Controlan cuando quieren su aeropuerto, su espacio aéreo, terrestre y acuático. Le desembarcaron 7.000 tropas con el cuento de la ayuda humanitaria. Le atracaron un portaaviones.
En Venezuela están en eso. Prosperan. El mandato es construir en la cabeza del continente suramericano una base militar con la función estratégica de repeler al enemigo geopolítico (Rusia, China e Irán) y velar por la propiedad de los recursos energéticos, minerales y raros del hemisferio. No se olvide lo dicho, precisamente porque suena a locura: el ego atrabiliario del emperador es capaz de lanzar su candidatura presidencial en el estado La Guaira, para concretar el golpe y cobrar “favores” concedidos. Ya Trump había manifestado su deseo de ser candidato en Venezuela, como Marco Rubio en Cuba. Declaraciones registradas por la historia.


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