El estrecho de Ormuz es el tema. China se queja de un navío japonés que se dirige hacia Taiwán; Rusia da sus partes de guerra, reflejando la muerte de cientos de ucranianos; Perú trasunta problemas electorales; Venezuela informa sobre el levantamiento de sanciones contra su Banco Central y su reconciliación con el FMI; pero el Estrecho de Ormuz es el tema.
Cada quien con su realidad personal por su lado, lidiando con sus propias miserias, como si de grandes tragedias se tratara. Por supuesto, nadie niega que el protectorado impuesto en Venezuela, por ejemplo, constituya una desgracia, su propia guerra mundial. Pero el ojo del mundo está en el Medio Oriente, donde bullen la estabilidad regional y las perturbaciones energéticas para el planeta.
Donald Trump acaba de celebrar escandalosamente en su red personal que ganó. Abrió el estrecho en virtud de su excepcional calidad humana y de su descomunal ejército, el más tremebundo del orbe. Proclamó que, con el Líbano, llevaba ya diez guerras detenidas como presidente. Y habría, pues, que sumar ésta, la de Irán, iniciada por él mismo.
Dijo también que Irán había aceptado no cerrarlo nunca más, que renunciaba a su programa nuclear, que entregaría el uranio enriquecido y que ya no cobraría peaje en el estrecho. Y todo ello por nada, sin que Irán gane un guisante a cambio, temeroso por su vida como debe de estar, según su discurso. De paso, como coronilla, ellos, los Estados Unidos, no tenían ni siquiera que levantarle el bloqueo naval al país persa. Una maravilla de victoria.
Es decir, que Irán aceptaba ser el redomado tonto de la película, quedando Trump como el héroe, el mejor de todos. Hasta feliz debía de sentirse ese país sin ganar nada, aceptando, inclusive, su extinción misma, con sus bajas de guerra, bombardeos, puentes destruidos, niñas asesinadas, etc.
Filas de mentiras, las de Trump. Padece el hombre, a no dudar, de mitomanía. Uno que otro lo justifica diciendo que es propaganda de guerra. Pero no, es mitomanía. Locura senil. Degeneración política.
Por su parte, Irán ha declarado que, si Trump persiste con el bloqueo a sus puertos, cerrará lo poco que abrió del estrecho. Dijo, además, que el uranio enriquecido es como la patria: no lo entregará jamás.
No puede el país quedarse a expensas de Israel, que tiene armas nucleares. No es cierto que la nación persa haya aceptado desaparecer, como rezan los cuentos chinos del hombre naranja. Tanto menos cuanto Israel a cada rato declara que Irán es su enemigo existencial.
Dice y dice Trump, por supuesto, lo que le conviene, lo que proyecta como su sueño alcanzable. Su popularidad renguea en un nivel de 36%. Su perfil ante las elecciones de noviembre es desastroso. Su propio país está lleno de enemigos. Sin aliados, sin OTAN, solo como una redonda tapara. Odiado. Con maledicencia hasta en la Iglesia católica, donde le salió un Papa respondón que no se dejó maltratar.
Escandaloso, Trump publicó que sus navíos devolvieron montones de buques iraníes que querían romper el cerco. Sin embargo, no cae en cuenta el mitómano de que el mundo sabe, que descubre las cosas. Primero, que él no refiere la contraparte del cuento, como, por ejemplo, sus destructores repelidos por las fuerzas persas, esos que intentaron pasar con engaño el estrecho de Ormuz; segundo, que hay inconsistencias por doquier, como esa de hablar de montones de buques iraníes cuando él mismo dijo que los había destruido en su totalidad.
La historia se sigue escribiendo. La historia persiste en ser contada porque los derrotados de la novela se resisten a aceptar su derrota. Historia y tiempo son hechos correlativos. Avanzan. No hay escapatoria.


