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sábado, 25 de abril de 2026

Venezuela debe forzar su puesto histórico en la nueva reconfiguración geopolítica mundial o perecerá de servidumbre

Parece que todos los siglos son iguales. Se repiten. Por supuesto, no en contenido, sino en forma. Una plantilla para el hombre en el tiempo. Mucho lo han dicho los pensadores. A la gente común le encanta esa imagen de la serpiente que se muerde la cola que alguien soltó por ahí. Leer, conocer la historia conlleva esa confirmación.

Se trata del déjà vu de la historia. Ya visto, ya vivido. No sería increíble que el hombre repita esquemas en un tiempo cíclico. Un día, un año, cien, siglos… La rueda del tiempo también se estresa y falla en ocultarle a la criatura humana su esencia maquinesca. Así como el hombre, que es un animal de hábitos, cepilla sus dientes a diario y come a específicas horas, para luego avanzar in crescendo en el día hasta morir de sueño por las noches, así los dientes de la rueda cósmica también habrán de procesar su rutina.

Geopolíticamente hablando, el siglo XX empezó con una derrota sorprendente de Rusia ante el Japón imperial (1904). Después se enfrascó la centuria en tupidas guerras durante sus primeros 50 años. Dos guerras mundiales. Cismas geopolíticos que reacomodaron al mundo. Ganadores y perdedores, amos y esclavos, sistémicos los unos, disidentes los otros.

El siglo XXI arrancó también con una sorprendente victoria pírrica de una coalición de países, que es como decir derrota. Los Estados Unidos invaden Irak junto con sus amigos y, aparentemente, ganan. Pero el tiempo se encargó de desmentir el autoengaño. Los gastos fueron enormes, excediendo cualquier ganancia obtenida. Irak, el país que fue atacado, se convirtió en una oscura marca de objetivos no conquistados, incluso habiendo sido arrasado.

La comparación no es tan exacta en contenido, pero, como se dijo, es fidedigna en la forma. La sorpresa. De un lado, un imperio euroasiático derrotado por otro asiático; de otro, una confabulación de países imperialistas occidentales estrellada contra un antiguo imperio sumerio, acadio, babilónico, asirio y caldeo. Otra vez Asia, Mesopotamia, Irak, en específico.

Tres décadas han transcurrido en revueltas durante este siglo XXI. El mundo se agita como en el siglo XX, buscando reacomodos. Sus protagonistas pujan, precipitando el nuevo orden, donde, otra vez, unos preponderarán y otros decaerán. No hay escapatoria. Es la regla temporal. La proyección de la agitación se extiende, como siempre, hasta la mitad del siglo. Cuando los nuevos amos cuajen, los otros cincuenta años se vivirán en medio de una relativa estabilidad geopolítica, hasta que, nuevamente, recomience la decadencia.

El siglo XIX amaneció con guerras de independencia y filibusteros. Los mares eran los territorios y estos las aguas. Globalidad de combates. Los hechos, si se mira bien, no han cambiado. Hoy, piratas infestan los mares y países defienden su autonomía. Estadounidenses abordando navíos, iraníes defendiendo su tierra, por ejemplo. Occidente y Oriente, de nuevo, perfilando el devenir. Todo parece avanzar, como en todos los siglos modernos, hacia su respectiva Revolución Francesa, hacia los años noventa, cuando el sistema imperante renguee y sea derrocado para, una vez más, reiniciarse.

A Venezuela se le adelantó su 1830 con enero de 2026. Absorbida por la fuerza del poder mundial en ebullición, se le disolvió su Gran Colombia. Cualquier ínfula de grandeza, independencia o libertad fue colocada en su puesto, como se dice, del lado de los que esperan y desesperan. Washington dixit y de nuevo apeló a su Destino Manifiesto, más extensivo, incluso, ahora abarcando los océanos Pacífico y Atlántico. Y de nuevo cabe preguntar si el país bolivariano, después de sus años treinta (en cada siglo), realmente es o fue libre, o es sujeto de otro más poderoso.

La proyección, pues, es de luchas por el poder, guerras internas, divisiones… Caudillismo, montoneras, pugnas cívicas.  Conservadores, reformistas, liberalismo, federalismo, liberalismo amarillo, legalismo, restauradores. La decisión de emprender una verdadera guerra por su independencia y adelantar su toma de la Bastilla implica quebrar los dientes del engranaje temporal.

Evolucionar siempre supondrá un intento de transformación de la especie misma, de abandono de formas enquistadas y, lógicamente, de seculares hábitos. Estos animales históricos, que no siluetas paisajísticas, son los capaces de forzar su lugar en la nueva leyenda. Son quiebre y revolución.

Venezuela tiene una peculiar traza histórica, no obstante enero de 2026. Heroicidad. Podría reactualizarla, rescatarla, y enfrentar a los dioses para forzar su libertad y posición en la reconfiguración geopolítica actual; pero si la olvida, si deja diluirla en el tiempo, perecerá en medio de un mundo de servidumbre. Países hubo que hoy ya nadie recuerda, tragados por la voracidad de otros.

 


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jueves, 23 de abril de 2026

Dinero venezolano en boca de tigres: FMI, Banco de Inglaterra y hasta la ONU.

La platita que debe desbloquear el FMI a Venezuela le corresponde por derecho. $5.000 millones, más o menos. Son activos o reservas que el país generó a su favor en tanto se hizo “accionista” del ente, pagando su membresía décadas atrás. Como si se dijera, su beneficio por ser miembro. Se le llama Derecho Especial de Giro.
El FMI en 2019 decidió congelarlo debido a su desconocimiento de la legitimidad del gobierno de Nicolás Maduro y a toda esa trama siniestra que se ensañó contra el país, prodigándole sanciones económicas desde la perspectiva financiera occidental.
Como sanción económica, también al país se le había expulsado de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT), esa red de mensajería internacional que le avisa a un individuo o país sobre sus transacciones monetarias, pagos, transferencias… Recientemente, el Banco Central de Venezuela recuperó esa funcionalidad.
También se le congeló Citgo, su activo más grande en el exterior, valorado en $18.000 millones. Tan importante y estratégico es para los Estados Unidos (refinación del petróleo venezolano) que el gobierno de Donald Trump no avaló su saqueo y, por el contrario, se vio inducido a protegerlo a título de activo de interés económico para la seguridad nacional de los Estados Unidos (OFAC, Licencia General N.º 5).
El Banco de Inglaterra también se integró a la narrativa del desconocimiento de Venezuela. Su granito de arena sancionatorio fue congelar 31 toneladas de lingotes de oro venezolano, con un valor aproximado de $4.000 millones. Como si ese dinero le perteneciera, persiste en su desconocimiento y se niega a devolverlo.
Venezuela tiene dinero congelado hasta en unos fondos de las Naciones Unidas, unos $3.200 millones. La ONU es un ente prácticamente chantajeado por los Estados Unidos para su funcionamiento, en tanto lo financia, lo subsidia, lo paga en sus gastos... No era difícil suponer que también, por este lado, se bloquearía al país bolivariano.
Recuperar los activos del FMI pasa, lamentablemente, por su reconexión con el ente. Venezuela pagó un costo por agremiarse al FMI y, consiguientemente, disponer del beneficio de marras. Se dice “lamentablemente” porque es línea roja ideológica el romance con la organización capitalista, desde el ángulo fundacional socialista, específicamente chavista. Pero, como se sabe, no existe tal purismo ideológico en la coyuntura presente presidencial, abocada a una temeraria apertura económica hacia los Estados Unidos.
Sin embargo, como temen muchos, no necesariamente el país debe obligarse a endeudarse con el FMI para recuperar su dinero. Es el reto. No faltará el esfuerzo del ente capitalista para lograrlo. Está en su naturaleza. En el fondo, el juego franco de estas corporaciones es hipotecar países. Un sueño dorado sería prestarle tanto dinero a Venezuela que se vea obligada a hipotecar su petróleo a futuro para pagar. Es lógica capitalista.
Para describirlo mejor, habría que decir que, más en el fondo, se habla de unas especies de depredadores que aprovechan la menor oportunidad para despojar a los más incautos de sus bienes. Así se explica el caso de Citgo en los Estados Unidos y del oro en Inglaterra. Si Venezuela pereciera, el oro sería inglés, a falta de dueño.
En los tres casos mencionados, el total suma $26.000 millones. La injusticia de este mundo radica en que, teniendo Venezuela cabal propiedad de tal monto, tenga que pasar por coyunturas de chantaje, sumisión o complacencia prostíbularia para recuperarlo.


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