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domingo, 19 de abril de 2026

La derrota de Venezuela que mancha su 19 de abril

A partir de los hechos del 3 de enero de 2026, luego de la inesperada inacción de las Fuerzas Armadas y la posterior sumisión política del país ante su agresor, Venezuela se ha convertido en un referente de derrota en el más penoso de los mundos.
En guerra y en derrota hay gradaciones. Hay las victorias fastuosas que erradican al enemigo, desapareciéndolo para siempre. Troya dejó de existir tras su caída ante los griegos, aunque uno de sus sobrevivientes (Eneas) sembró la semilla de la futura y grandiosa Roma.
Hay las victorias pírricas, esas donde tú matas al enemigo, pero pierdes todo, sobreviviendo sólo para comprobar que de nada ha servido el esfuerzo. Te nace del alma decir, como dijo el mismo Pirro: "¡Otra victoria como esta sobre los romanos y estamos completamente perdidos!" Quizás la última victoria pírrica de la historia sea la de Estados Unidos y sus aliados en Irak (2003). Derrocaron a Saddam Hussein, pero el costo billonario de la operación, la pérdida de vidas humanas (más de un millón) y la desestabilización regional excedieron la probabilidad de alguna ganancia.
Algunas victorias son vergonzosas, lo cual, en ciertos casos, puede rayar en lo ridículo. Por ejemplo, la de Francia sobre México en 1838 (Guerra de los Pasteles). Un pastelero francés pidió compensaciones por daños en su local. El reclamo hizo que el imperio francés movilizara una flota entera para avalar a su coterráneo en tierra extraña.
Desde otro ángulo, hay también la gradación para las derrotas. Derrotas dignas y derrotas vergonzosas podrían ser los extremos. Hay derrotas tan llenas de dignidad que cuesta hablar, peyorativamente, de pérdidas. De hecho, muchas de ellas, por su carga de arrojo y valentía, inspiraron posteriores victorias. Háblese, por ejemplo, del famoso Sitio del Álamo, en 1836: los 200 tejanos que murieron resistiendo durante 13 días a miles de soldados mexicanos inspiraron posteriormente una final victoria.
Tal vez la derrota más digna de la historia sea la de la Batalla de las Termópilas (Grecia, 480 a.C.), donde los famosos 300 espartanos se sacrificaron ante miles de persas con el objetivo de que el resto de Grecia ganara tiempo para reorganizarse y enfrentarlos más adelante.
En esto de la derrota, la dignidad es como el caracterizador de lo magnífico ante el ojo humano. Perder o morir cobardemente, es decir, sin dignidad, no parece sólo una derrota para el desgraciado, sino hasta una afrenta para el género humano. Dar ejemplo de esto es necio y hasta afecta la autoestima del alma. Hay recreaciones que no son saludables.
Cuando Venezuela no se defendió y dejó secuestrar a su presidente, no sólo rayó en la vergüenza de una derrota sin dignidad, sino que, por el otro lado, perló una de las victorias más brillantes que agresor alguno pudiera soñar. El vencedor ganó la contienda sólo con mostrar su tamaño, obteniendo como botín al país más rico en hidrocarburos del planeta, equivalente a millones de gallinas de huevos de oro. Al darle forma de protectorado, aseguraba una futura explotación perpetua.
Con humillación, el país vencido tiene que oír a diario al presidente vencedor hablar de cómo habrá que explotar los recursos de la tierra bolivariana, ordenando qué hacer y qué modificar, trátese de leyes o de cargos institucionales o políticos. Es un hecho que Donald Trump gobierna a su vencido a través de decretos de su Departamento del Tesoro (OFAC).
El 18 de abril, en el contexto de la guerra del Estrecho de Ormuz, el mundo tuvo que oír con mucha pena cómo el presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, le espetaba a su enemigo que su nación no era como Venezuela y que ni soñara con que podría tomar su petróleo con facilidad. Aclárese que Irán combate con valentía y arrojo en la actualidad contra una potencia cuasi imperial, como los Estados Unidos.
Filas adentro del país bolivariano, el mencionado referente venezolano de derrotas es confirmado por los mismos nacionales cuando le claman al vencedor que les libere el producto de sus ventas petroleras y auríferas. En esta ocasión, para lo que concierne a este escrito, el reclamo lo hizo un secretario nacional de un partido político tradicional, a propósito de iniciar una Peregrinación Nacional por una Venezuela sin Sanciones y en Paz: “Hay que pedirle a EEUU que termine de liberar el flujo, producto de la venta de petróleo y oro, para que llegue ya a las arcas del Estado venezolano, para poder comenzar a resolver los problemas que se tienen que resolver”.
Semejantes palabras, más allá de la indignidad de la derrota del 3 de enero, reconocen con llana desvergüenza el estado de postración moral del país, convertido en un protectorado al que se le administran sus recursos y sus ganancias desde lejos.

viernes, 17 de abril de 2026

El mundo mítico de Trump

El estrecho de Ormuz es el tema. China se queja de un navío japonés que se dirige hacia Taiwán; Rusia da sus partes de guerra, reflejando la muerte de cientos de ucranianos; Perú trasunta problemas electorales; Venezuela informa sobre el levantamiento de sanciones contra su Banco Central y su reconciliación con el FMI; pero el Estrecho de Ormuz es el tema.
Cada quien con su realidad personal por su lado, lidiando con sus propias miserias, como si de grandes tragedias se tratara. Por supuesto, nadie niega que el protectorado impuesto en Venezuela, por ejemplo, constituya una desgracia, su propia guerra mundial. Pero el ojo del mundo está en el Medio Oriente, donde bullen la estabilidad regional y las perturbaciones energéticas para el planeta.
Donald Trump acaba de celebrar escandalosamente en su red personal que ganó. Abrió el estrecho en virtud de su excepcional calidad humana y de su descomunal ejército, el más tremebundo del orbe. Proclamó que, con el Líbano, llevaba ya diez guerras detenidas como presidente. Y habría, pues, que sumar ésta, la de Irán, iniciada por él mismo.
Dijo también que Irán había aceptado no cerrarlo nunca más, que renunciaba a su programa nuclear, que entregaría el uranio enriquecido y que ya no cobraría peaje en el estrecho. Y todo ello por nada, sin que Irán gane un guisante a cambio, temeroso por su vida como debe de estar, según su discurso. De paso, como coronilla, ellos, los Estados Unidos, no tenían ni siquiera que levantarle el bloqueo naval al país persa. Una maravilla de victoria.
Es decir, que Irán aceptaba ser el redomado tonto de la película, quedando Trump como el héroe, el mejor de todos. Hasta feliz debía de sentirse ese país sin ganar nada, aceptando, inclusive, su extinción misma, con sus bajas de guerra, bombardeos, puentes destruidos, niñas asesinadas, etc.
Filas de mentiras, las de Trump. Padece el hombre, a no dudar, de mitomanía. Uno que otro lo justifica diciendo que es propaganda de guerra. Pero no, es mitomanía. Locura senil. Degeneración política.
Por su parte, Irán ha declarado que, si Trump persiste con el bloqueo a sus puertos, cerrará lo poco que abrió del estrecho. Dijo, además, que el uranio enriquecido es como la patria: no lo entregará jamás.
No puede el país quedarse a expensas de Israel, que tiene armas nucleares. No es cierto que la nación persa haya aceptado desaparecer, como rezan los cuentos chinos del hombre naranja. Tanto menos cuanto Israel a cada rato declara que Irán es su enemigo existencial.
Dice y dice Trump, por supuesto, lo que le conviene, lo que proyecta como su sueño alcanzable. Su popularidad renguea en un nivel de 36%. Su perfil ante las elecciones de noviembre es desastroso. Su propio país está lleno de enemigos. Sin aliados, sin OTAN, solo como una redonda tapara.  Odiado. Con maledicencia hasta en la Iglesia católica, donde le salió un Papa respondón que no se dejó maltratar.
Escandaloso, Trump publicó que sus navíos devolvieron montones de buques iraníes que querían romper el cerco. Sin embargo, no cae en cuenta el mitómano de que el mundo sabe, que descubre las cosas. Primero, que él no refiere la contraparte del cuento, como, por ejemplo, sus destructores repelidos por las fuerzas persas, esos que intentaron pasar con engaño el estrecho de Ormuz; segundo, que hay inconsistencias por doquier, como esa de hablar de montones de buques iraníes cuando él mismo dijo que los había destruido en su totalidad.
La historia se sigue escribiendo. La historia persiste en ser contada porque los derrotados de la novela se resisten a aceptar su derrota. Historia y tiempo son hechos correlativos. Avanzan. No hay escapatoria.