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miércoles, 25 de marzo de 2026

El síndrome de Ormuz: cuando la resistencia quiebra el mito de la potencia invencible

 La derrota de Donald Trump en el Medio Oriente es ya un hecho. Irán no cayó ni en un día ni en una semana.  Ya pisa la tercera, en resistencia. Y ahora el hombre naranja echa cuentos sobre retirarse, inventando honorabilidades reculatorias.
Para triunfar sobre sus adversarios, a Irán le bastaba nomás con resistir y quedar incólume en su sistema de gobierno. Ninguna lógica podía pretender que se fajase de igual a igual contra una potencia militar de carácter globalista como los Estados Unidos, tanto menos si la agresión junto a Israel hacía más desigual el combate.
Sin embargo, a pesar de importantes bajas, el país persa sobrevive con su mecanismo de gobierno intacto. A un ayatolá le ha sucedido otro, siendo lo más importante que está en pie la asamblea político-religiosa que posibilita la sucesión, lejos de ser destruida, como afirmara un día Trump.
¿Es concebible tal situación? ¿Qué una potencia militar, junto a su rémora regional, pueda perder la guerra frente a un adversario solitario, incluso superándolo en términos cuantitativos? No solo es posible; es un hecho.
La guerra contra los iraníes nunca se trató de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ni de ver corriendo a uno de los contrincantes frente a la fiereza del otro. De allí el error de cálculo del presidente de los Estados Unidos, mal asesorado y embebido en la visceralidad sionista de Israel.
Siempre se trató de resistir, manteniendo la capacidad operativa para generar bajas económicas al enemigo. Y eso hizo Irán: luego de tres semanas de bombardeos y asesinatos, bloqueó el estrecho de Ormuz. Resistir nomás, de acuerdo con cálculos del mismo Pentágono, les ha generado diariamente a los americanos un gasto de mil millones de dólares.
Por otro lado, el cierre del estrecho supera dramáticamente cualquier cálculo numerológico. Más allá del dinero y de quiebras en las bolsas, el síndrome de Ormuz arruina la ya maltrecha imagen de los Estados Unidos, interior y exteriormente. Es poco creíble que un mundo omiso de petróleo esté festejando a los Estados Unidos como policía universal, mucho menos sus mismos aliados en la región, que ven en baja su producción energética.
Los soldados estadounidenses no quieren luchar una guerra ajena; el cuento del país invencible se dio de bruces contra un charco cuando Irán le averió una de sus supernaves F-35 y, poco antes, había salido huyendo del mapa un portaaviones.
La falla de cálculo del par de aliados en contra de Irán fue creer que, al atacar, se suscitaría una revuelta interna y un consiguiente derrocamiento del régimen político de ese país. A menos que utilice armas nucleares, inevitable es la derrota.


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Predecibles cuando hablan de paz: el siguiente e inevitable ataque de los Estados Unidos contra Irán

Donald Trump dijo ahora que no atacaría a Irán, que iría por una pausa y unas conversaciones para la paz. Que Irán, pues, tiene chance de pensarlo mejor y hasta de rendirse.
Ha poco había dicho que tomaría la energética isla de Jark, además de otras, para obligar a los persas a abrir el estrecho de Ormuz. Dijo, también, que dejaría a ese país a oscuras después de atacarle su sustentación eléctrica.
Por la fuerza y la humillación, intenta que un país no tenga potestad sobre su propio territorio y márgenes marinos; también quiere volar el liderazgo político, a los ayatolás, al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), etc.
En fin, Estados Unidos quiere y necesita el petróleo, así como su estabilidad de mercado. Es el monstruo que mayormente consume petróleo en el planeta, junto a China. Y como niño que anhela, proyecta su sueño.
Pero, atención, hay más dimes y diretes. Había dicho que borraría del mapa a Irán. Vino con su poder y su rémora regional (Israel), presentó sus sofisticadas armas y pretendió vencer mediante la sola impresión de las armas. Dar miedo con su poder militar, como siempre ha hecho, para poner en fuga al contrario.
Pero no funcionó. Irán resistió. El primer objetivo gringo fue asesinar a la asamblea electoral del liderazgo espiritual. No funcionó. Un ayatolá fue sucedido por el otro y la asamblea permaneció en pie. El otro objetivo fue generar una revuelta popular con sus ataques; que la oposición en el país se subvirtiera y derrocara a los líderes del gobierno. Tampoco.
Desmesurado error de cálculo. Mientras tanto, diez mil millones de dólares diarios se gastan en movidas militares. Se para la circulación sanguínea del mundo con el estrecho de Ormuz cerrado. Caen las bolsas. Derriban un F-35 y otras tres naves en un país amigo. Los marines se han pronunciado y manifiestan no querer morir en una guerra ajena. Líos aguas adentro. Los amigos árabes no parecen contentos con que les lleven la guerra a la puerta de su casa y, de paso, les cierren el negocio.
Ahora el «hombre naranja» dijo que conversaría con Irán. ¡Es que las perspectivas se tornaron costosas, monstruosas, incisivas…! El naranjo, entonces, parece cambiar de color con la presión. Y dice: se puede, aún, recoger la tela arrugada.
Sin embargo, aunque tales reacciones puedan resultar reales, secuencias necesarias, son también parte de una guerra sicológica para desconcertar a los iraníes. 3.000 soldados se dirigen a la región. Trump quiere islas. Es su otro plan, letra C. Asfixiar.
Mientras tanto, habla de paz, de pausa y, como ya es estereotipo, atacará. Es un trillado lector de manuales militares, como El arte de la guerra. Predecible. Ya anteriormente lo hizo durante la mesa de diálogo nuclear, con la agencia de energía de la ONU como punta de lanza.
En cualquier circunstancia, sea para asfixiar y proseguir con su ofensiva, o para irse en retirada, golpeará. Esta última segunda opción es su artimaña para rendirse con dignidad. Es decir, declarar que ganó la guerra con narrativas, aunque la haya perdido en la realidad.


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