Dirigir a otros nichos

PUEDES CONSULTARME EN ESTOS NICHOS SEGÚN CONVENIENCIA

lunes, 29 de junio de 2026

Se metieron en La Guaira: la doctrina militar de la ocupación estadounidense bajo el pretexto de la ayuda humanitaria

En diciembre de 1999, Hugo Chávez rechazó la oferta de ayuda de los Estados Unidos. Era la Tragedia de Vargas. 450 “marines” estaban listos para desembarcar en las costas con maquinarias. Chávez adujo que el país no requería personal militar extranjero, menos estadounidense, dado que detrás del argumento los gringos encubrían la intervención, la ocupación territorial y el espionaje.
Este capítulo fue apenas el preámbulo de la tormentosa relación del gobierno bolivariano con los Estados Unidos. Entre la izquierda latinoamericana hay la conseja de que "no se puede confiar en el imperialismo, pero ni un tantito así, nada", atribuida a Ernesto “Che” Guevara. Esta sentencia es reforzada por la jocosa idea de que en los Estados Unidos no es posible un golpe de Estado porque en su capital no hay una embajada de ellos mismos.
De hecho, volviendo a la relación tormentosa, en septiembre de 2008, Chávez expulsó a los norteamericanos y su embajada de Venezuela. Fue una medida solidaria con Evo Morales, quien, previamente, había expulsado al embajador estadounidense por injerencismo y comando de la oposición boliviana. Chávez adujo, además, que desde la embajada yanqui en Caracas se conspiraba para asesinarlo, desplegando actividad de inteligencia hacia los cuarteles militares.
El tiempo terminó dándole consistencia a las sospechas del presidente venezolano. La embajada, en efecto, podría haber sido un comando general de operaciones. En 2013, Edward Snowden expuso que los Estados Unidos espiaban a 38 embajadas en el mundo, controlando sus comunicaciones, “sembrándoles” con micrófonos, obligando en secreto a las grandes firmas de telecomunicaciones a entregarle a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) los metadatos de las llamadas telefónicas y mensajería.  
En modo alguno fueron infundados tales temores. Chávez era militar y sabía de doctrinas. Y la doctrina militar de los Estados Unidos en contextos humanitarios es clara y aprehensiva. Se llama Asistencia Humanitaria Extranjera (FHA) y contempla la obligatoria "recopilación de inteligencia concerniente al ámbito político, militar, paramilitar, étnico, económico y medioambiental" del país afectado; tiene como misión reconocer y mapear el terreno, así como identificar los espacios donde el acceso militar estadounidense pueda estar restringido; y perfilar el acceso directo del Comando Sur en las regiones estratégicas de interés para la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Pero, atención: el punto más inquietante de esta doctrina es que, si el gobierno de los Estados Unidos asume las tareas de búsqueda, la reconstrucción y el control de las telecomunicaciones (ya dan Internet Starlink), entonces su desempeño debe ser de gobierno completo (whole-of-government response). Es decir, su influencia debe determinar las decisiones civiles y administrativas del territorio, lo cual, como se analice, es una toma y comporta el debilitamiento de la soberanía del país afectado en nombre de una catástrofe que no puede sofocar.
En la actualidad, la presencia militar de los Estados Unidos en La Guaira es masiva, ejerciendo control operativo directo. Es prácticamente imposible diferenciar asistencia humanitaria de ocupación geopolítica cuando el país “ayudado” es la mayor reserva de hidrocarburos del planeta. Dígase, para redondear, que el gobierno interino de Delcy Rodríguez no ofrece resistencia a los norteamericanos y que Venezuela aún está bajo el efecto de la intervención militar denominada “Operación Resolución Absoluta”.
Todo el espacio aéreo de La Guaira está bajo control de aeronaves de última generación: helicópteros pesados MV-22B Osprey y Bell UH-1Y Venom, y aviones de carga pesada C-17 Globemaster movilizando tropas aéreas. Oficialmente, el ejército de los Estados Unidos ya empezó a radiografiar la estructura del Puerto de La Guaira y su sistema de vialidad.
El Comando Sur movilizó sobre las aguas venezolanas los buques de transporte y asalto anfibios USS Fort Lauderdale (LPD-28) USS Billings (LCS 15), respectivamente. Y el Cuerpo de Marines (Fuerza de Combate Litoral-24) tomó el control del Puerto de La Guaira.
Finalmente, asiéntese que la injerencia se torna completa (en el sentido doctrinario mencionado de “gobierno completo”) cuando el presidente de los Estados Unidos habla ya de un financiamiento inicial de $150 millones de asistencia y el embajador John Barrett camina junto al mayor general del ejército gringo, Kevin J. Jarrard, sobre los espacios litorales. Podría Donald Trump decir en cualquier momento, conociendo su locuacidad, que ya adquirió los derechos de propiedad de la costa venezolana y que no hay nadie en el mundo que pueda impedir que ellos, los estadounidenses, fotografíen, sobrevuelen o se queden por largo tiempo sobre esa tierra de desgracias. Es como si el asunto fuese una compensación a su fallido sueño de apoderarse de Groenlandia.
Fatídicamente, este texto no puede desembarazarse de un ánimo profético: pasarán eras antes de que los Estados Unidos y sus apetencias geopolíticas suelten la mordida que le acaban de inferir al territorio venezolano con esa excusa perfecta de la ayuda humanitaria. Será precisa una guerra para expulsarlos, y es precisamente la que está prevista, la guerra de independencia bolivariana.
 


Libre de virus.www.avg.com

sábado, 27 de junio de 2026

Tembló y no hay hoy un Simón Bolívar para dar un sablazo a los curas del desastre

Los místicos explican que las grandes crisis de la historia venezolana coinciden con períodos de alta actividad sísmica. Como bandera, enarbolan el terremoto que asoló a Caracas el 26 de marzo de 1812.  Las tensiones de entonces, la guerra, la pobreza y el sufrimiento habrían herido la corteza terrestre con su emocionalidad corrosiva. En su visión, la tierra no es una piedra descomunal, sino un ser vivo que interactúa con el hombre.
El religioso, por su lado (ser político y dogmático), también dicta su cátedra cuando la tierra se enfurece (según los místicos). Así fue como el fraile Felipe de Quevedo, sobre los escombros de la iglesia de San Jacinto, se atrevió a formular un discurso político disfrazado de religión ese 26 de marzo, Jueves Santo, de paso. Según su arenga, se vivía la “ira de Dios”, un “justo castigo” por haber profanado el orden divino al desconocer al rey Fernando VII, de España.
Simón Bolívar, al notar que estaba amedrentando a la muchedumbre en favor de la monarquía, se dirigió hacia el pilar donde se había subido el dominico y lo tiró violentamente del brazo, desenvainando luego la espada para conminar al motín religioso que se había formado. Militarmente, impuso orden y acatamiento, y movilizó a los sobrevivientes hacia los trabajos de rescate y reconstrucción. Allí profirió su famosa frase, subiéndose al pilar de donde había bajado al clérigo: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».
Se ve, pues, cómo el místico razona para buscar consuelo divino; y cómo procede el religioso para hacer lo que la Iglesia siempre ha hecho a lo largo de siglos: cizañar para mover al hombre a través del miedo y la culpa hacia el consuelo de la sumisión.  Y se ve, también, cómo siempre habrá de necesitarse de una conciencia superior que zanje lo etéreo con golpes de realidad.
Ese terremoto, con una magnitud estimada en 7.1, destruyó Caracas y mató a 10.000 personas. Como el evento telúrico tenía como marco a una secuencia sísmica que sumó a las fallas de San Sebastián y la de Boconó, asoló también a Mérida y Barquisimeto, destruyendo iglesias y cuarteles patriotas. Tuvo una pavorosa réplica nueve días después, el 4 de abril. Entre tantos efectos que tuvo, determinó la caída de la Primera República de Venezuela, en gran medida porque la catástrofe se ensañó contra los bastiones republicanos (La Guaira, Caracas, Mérida, El Tocuyo, Barquisimeto), matando soldados y destruyendo armamento, y “perdonando” al enemigo realista (Coro, Maracaibo y Guayana).
No se culpa, pues, a los místicos y fanáticos religiosos que buscan acomodar sus razones sobre unos hechos que, aparentemente, parecieran querer dárselas. De eso se ve hoy bastante, a propósito del doble terremoto del 24 de junio de 2026. No ofende tanto la perspectiva del místico como la del fanático religioso, que es como si se dijera político. El místico entra en conflicto con la ciencia; el fanático, con la humana razón. La indignación es la cabalgadura de este último.
En efecto, como en 1812, por allí andan rezando para que Venezuela diluya su republicanismo y se sume a la confederación estadounidense, estado número 51. Ven en el 03JUN26 una señal, como un rayo divino; y han empezado a utilizar el presente terremoto como una argumentación de la destrucción para buscar salvación bajo el ala imperial.
Incluso, algunos parecieran lamentar que no hubiera una mayor destrucción para precipitar sus ansias. Es cosa de locos, que de fanáticos e iglesias se habla. Afortunadamente, el epicentro del terremoto presente se localizó lejos, a 250 km, en Yaracuy. Por tal razón, con todas las bajas que ocasionó en La Guaira, se cataloga como un evento moderado, aunque su magnitud (7.5) haya sido superior a los otros dos terremotos devastadores de Caracas: el de 1812 (7.1) y el de 1967 (6.6).
Estos dos últimos mencionados, tuvieron su epicentro a 25 km, en el litoral. De allí su altísimo potencial destructivo. El de 1812 se considera catastrófico; el de 1967, grave.
A falta de un Bolívar contemporáneo que aplique el sablazo al artero, tienen que bastar la ciencia y la historia para explicar y disuadir pasiones. La crisis republicana que se inició con la captura del presidente del país no necesariamente tiene que derivar en desintegración nacional, apalancándose en el esoterismo de un desastre natural. A una Primera República le sucedió una Segunda, como a una Quinta ha de sucederle una Sexta. ¡Que así sea esa simplicidad numérica de la historia donde jamás calce la noción colonialista!