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domingo, 14 de junio de 2026

Entre la república y el imperio: del padecimiento político del venezolano

El país padece dos problemas fundamentales, políticamente hablando. Uno es marasmo ideológico, que genera desasosiego en la población y la conduce, indefectiblemente, a la confrontación. El otro es la realidad fáctica con sus carencias o limitaciones (alimentación, servicios, salud), lo cual, también, suele conducir a las masas a la explosión.
Puede decirse, incluso, que tales puntos son delineados universales del comportamiento humano en sociedad. No necesariamente la ambigüedad ideológica o la carestía económica detonan niveles de desdicha en el ser humano. En sociedades “avanzadas”, dígase de primer mundo, la unicidad de pensamiento o el abrumante bienestar socavan la felicidad de ese animalito intranquilo llamado hombre. De un tiempo para acá, las evaluaciones sociológicas han tipificado el suicidio como una constante en esos paraísos.
Tendríase, pues, que concluir que no hay manera de hacer feliz al ser social. La disconformidad parece ser un lastre de su complexión psíquica. Ambos rasgos, idea y realidad (o espíritu y cuerpo biológico), aparentemente antitéticos, rigen su comportamiento explosivo en la polis, como ya desde antiguo lo señalara Aristóteles. El hombre es un animal político.
Este ser de ideas y de padecimientos realistas u orgánicos es la figura con la cual tienen que lidiar las teorías políticas de todos los tiempos. Explicarlo, comprenderlo, consolarlo, conducirlo, cualquiera que sea el sistema político que lo enmarque. Háblese de república o monarquía; o de izquierda o derecha.
Después del 03ENE26, con la irrupción de la violencia contra la soberanía republicana, ambos padecimientos se han acentuado en Venezuela. En términos ideológicos, el país parece querer enfrascarse nuevamente en la típica polarización jacobina y girondina, de izquierda y derecha, república e imperio. La histórica y revolucionaria república frente a la amenaza monárquica.
No se habla de que haya el riesgo de que en Venezuela se proclame un reinado, encabezado por la líder de la derecha política. Pero agobia el hecho de que la agresión extranjera haya descolocado los pilares de la historia bolivariana, así como la percepción de que el mismo republicanismo se preste para su propia disolución. Y que pueda concretarse, después, la abominable idea de que en el país se establezca, oficialmente, una colonia o protectorado, como parece pintar la actualidad. Esto ha puesto a la fiera de las ideas a caminar frenéticamente dentro de la jaula. Desde afuera hay palos y piedras que le caen para azuzarla.
Es verdad que, romanamente, el modelo de república nació siendo sucedido por el de la perenne monarquía o imperio, como propuesta a la incapacidad política del hombre para distribuir justicieramente el poder entre la ciudadanía. A esa idea gremial de filósofos y soñadores fracasados (la república), se antepuso la imagen de un solo hombre encarnando el poder de manera pragmática para remediar problemas concretos de la gente (el emperador). Es decir, el nacimiento de la república como idea comportará siempre el temor y la amenaza monárquicas como correctivos.
Tal es el agobio existencial del animal político en su polis, Venezuela. Por otro lado, en términos pragmáticos, está esa otra realidad que incide en la explosividad humana, exacerbada después de la fecha indicada, como se ha dicho. A los gestos de descomposición republicana, como la cesión de soberanía y la creación o modificación de leyes complacientes con lo imperial, se suma una realidad de adversidades ciudadanas. El país experimenta una inflación cabalgante, un deterioro peligroso en el suministro de los servicios, una quiebra consolidada en los rubros educación y salud, y un desmontaje raudo de programas compasivos sociales. Las famosas misiones de la era chavista están siendo desprogramadas y, al parecer, el esquema abanderado de la república socialista venezolana, como lo son los consejos comunales y las comunas, tendrá el mismo destino.
De manera que vive el venezolano las dos vertientes clásicas del malestar cívico: idealismo y realismo, por expresarlo de una manera cómoda. Y las vive, precisamente, en medio de una circunstancia precipitada y de ruptura, con funcionarios extranjeros caminando en su país, extrayendo unas riquezas que podrían explicar los costillares de la pobreza ciudadana.  Parece, pues, que el venezolano, en tal sentido, es un ser social íntegro para la explosión.
 
 
 
 


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sábado, 13 de junio de 2026

El tren rojo del pasado

Para expresarlo gráficamente, dígase que el tren llegó a una parada complicada. El tren rojo… Se le informa en el sitio sobre la vialidad y la dificultad con su carga. Tiene que regresar, le ordenan unos inspectores con el ceño muy fruncido.
El tren rojo puede ser un país o una persona. O una visión de mundo. Pero, en cualquier caso, se le alega inaceptabilidad. El mundo tiene otra coloración, incompatible con ciertas tonalidades, como la suya. Tiene dueño y no se pueden aceptar disformidades.
Soñar y ser distinto es imperdonablemente molesto. El sistema se desgasta procesando rasgos diferenciales. Regresar a los talleres, desarmarse, rearmarse y, sobremanera, pintarse de otro color. Es la licencia.
En el mundo ajeno no se toleran ni presuntuosos ni locos que se crean de otra especie. La única clase y forma aceptables es la obediencia. No importa que, siendo el mundo así, parezca ancho y ajeno. Eso sería problema de los disconformes, parias permanentemente depurados. Finalmente, es cosa del dueño. Venir con cuentos de redecorados y otros candiles perturba el ecosistema libertario. Esa paz, tanto de vivos como de muertos.
Tampoco hay tiempo para oír historias, por más que se presuman hermosas. El mundo no puede ser cambiado y punto. Le pertenece al futuro, y eso es una línea tendida al frente, sin cuestionables cálculos ni lógicas aberrantes. Ha de comprenderse que, cuando el mundo es de uno, el resto vive la felicidad de no hacerse cargo. Simple. Su coloración ideal tendría que ser el blanco, la distinción del todo o de la nada.
De manera que debe girar el tal tren rojo, en forma de U, y dar marcha hacia atrás. Tuvo su oportunidad. Recorrer los rieles del pasado tiene que ser su segundo viaje. Su incentivo: haber avizorado, por momentos, el poder y la potestad del Señor en la tierra futura, y prepararse para volver con el formato requerido. Además, disfrutó del paisaje, rápido y lejano a sus costados. Se le da garantías de que el camino de regreso al pasado permanece en buenas condiciones y jamás se daña.
Después de instruírsele en el rechazo y firmar obligaciones, el tren debe aceptar la incineración de su carga. Es más fácil el cambio si, de facto, se empieza a dejar de ser. Entregar sus pertenencias. Arrodillarse y jurar, como ante un señor feudal, para evitar el borrado en el porvenir.
Y esos pasajeros asomados desde las ventanillas deben ser regresados hacia sus orígenes remotos o míticos, hacia un tiempo donde puedan bañarse en las aguas del Leteo, pasando el río Estigia, ensayando mil veces el futuro buscando El Dorado. Una y otra vez naciendo, repitiendo la historia, como medidas reeducativas.


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