Los místicos explican que las grandes crisis de la historia venezolana coinciden con períodos de alta actividad sísmica. Como bandera, enarbolan el terremoto que asoló a Caracas el 26 de marzo de 1812. Las tensiones de entonces, la guerra, la pobreza y el sufrimiento habrían herido la corteza terrestre con su emocionalidad corrosiva. En su visión, la tierra no es una piedra descomunal, sino un ser vivo que interactúa con el hombre.
El religioso, por su lado (ser político y dogmático), también dicta su cátedra cuando la tierra se enfurece (según los místicos). Así fue como el fraile Felipe de Quevedo, sobre los escombros de la iglesia de San Jacinto, se atrevió a formular un discurso político disfrazado de religión ese 26 de marzo, Jueves Santo, de paso. Según su arenga, se vivía la “ira de Dios”, un “justo castigo” por haber profanado el orden divino al desconocer al rey Fernando VII, de España.
Simón Bolívar, al notar que estaba amedrentando a la muchedumbre en favor de la monarquía, se dirigió hacia el pilar donde se había subido el dominico y lo tiró violentamente del brazo, desenvainando luego la espada para conminar al motín religioso que se había formado. Militarmente, impuso orden y acatamiento, y movilizó a los sobrevivientes hacia los trabajos de rescate y reconstrucción. Allí profirió su famosa frase, subiéndose al pilar de donde había bajado al clérigo: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».
Se ve, pues, cómo el místico razona para buscar consuelo divino; y cómo procede el religioso para hacer lo que la Iglesia siempre ha hecho a lo largo de siglos: cizañar para mover al hombre a través del miedo y la culpa hacia el consuelo de la sumisión. Y se ve, también, cómo siempre habrá de necesitarse de una conciencia superior que zanje lo etéreo con golpes de realidad.
Ese terremoto, con una magnitud estimada en 7.1, destruyó Caracas y mató a 10.000 personas. Como el evento telúrico tenía como marco a una secuencia sísmica que sumó a las fallas de San Sebastián y la de Boconó, asoló también a Mérida y Barquisimeto, destruyendo iglesias y cuarteles patriotas. Tuvo una pavorosa réplica nueve días después, el 4 de abril. Entre tantos efectos que tuvo, determinó la caída de la Primera República de Venezuela, en gran medida porque la catástrofe se ensañó contra los bastiones republicanos (La Guaira, Caracas, Mérida, El Tocuyo, Barquisimeto), matando soldados y destruyendo armamento, y “perdonando” al enemigo realista (Coro, Maracaibo y Guayana).
No se culpa, pues, a los místicos y fanáticos religiosos que buscan acomodar sus razones sobre unos hechos que, aparentemente, parecieran querer dárselas. De eso se ve hoy bastante, a propósito del doble terremoto del 24 de junio de 2026. No ofende tanto la perspectiva del místico como la del fanático religioso, que es como si se dijera político. El místico entra en conflicto con la ciencia; el fanático, con la humana razón. La indignación es la cabalgadura de este último.
En efecto, como en 1812, por allí andan rezando para que Venezuela diluya su republicanismo y se sume a la confederación estadounidense, estado número 51. Ven en el 03JUN26 una señal, como un rayo divino; y han empezado a utilizar el presente terremoto como una argumentación de la destrucción para buscar salvación bajo el ala imperial.
Incluso, algunos parecieran lamentar que no hubiera una mayor destrucción para precipitar sus ansias. Es cosa de locos, que de fanáticos e iglesias se habla. Afortunadamente, el epicentro del terremoto presente se localizó lejos, a 250 km, en Yaracuy. Por tal razón, con todas las bajas que ocasionó en La Guaira, se cataloga como un evento moderado, aunque su magnitud (7.5) haya sido superior a los otros dos terremotos devastadores de Caracas: el de 1812 (7.1) y el de 1967 (6.6).
Estos dos últimos mencionados, tuvieron su epicentro a 25 km, en el litoral. De allí su altísimo potencial destructivo. El de 1812 se considera catastrófico; el de 1967, grave.
A falta de un Bolívar contemporáneo que aplique el sablazo al artero, tienen que bastar la ciencia y la historia para explicar y disuadir pasiones. La crisis republicana que se inició con la captura del presidente del país no necesariamente tiene que derivar en desintegración nacional, apalancándose en el esoterismo de un desastre natural. A una Primera República le sucedió una Segunda, como a una Quinta ha de sucederle una Sexta. ¡Que así sea esa simplicidad numérica de la historia donde jamás calce la noción colonialista!


