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miércoles, 26 de agosto de 2026

Todavía falta un aspecto fundamental para ser cabal colonia

Actualmente es grande el esfuerzo que se despliega para el borrado ideológico. Se empieza por lo que está a la mano, como la iconografía. Simón Bolívar, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, revolución bolivariana… Horror al comunismo o a su mal menor, el socialismo. Es la orden. En breve, Venezuela debe lucir como un tazón lustroso, listo para el reseteo de los nuevos tiempos. Por dentro, en sus recodos oficiales, debe vestir un tapizado blanco, sin lunares de retratos; por fuera, el país debe proyectar un azul profundo, mejor azul petróleo. En todo caso, se trata de la debida identidad que ha debido lucir desde hace muchísimo tiempo, según detractores.
Por supuesto, el objetivo final es el alma política del venezolano. Allí el barrido no es tan simple como cambiar una imagen. Se debe luchar un poco más, y ello se logra afeando lo escaso sobreviviente y lo heroico pasado. Destruir la historia es la innegable consigna de la maquinaria imperial. La guerra psicológica, capítulo cultural. Pero, como se dijo y como ocurre con las cosas relacionadas con el espíritu, no es tan fácil borrar un pasado ni tan fútil matar una idea.
Chávez redactó una herencia. Está escrita en las honduras comentadas. Su mayor logro fue someter a catarsis a Venezuela y sus adyacencias, y hacerles ver su estado solapado de esclavitud. Es decir, de incompleta independencia. Había un parapeto bolivariano cuando llegó, atril vendedor de sangre humana a título de libertad. Venezuela era un granero imperialista, como lo es ─¡otra vez!─ ahora.
Por fortuna, la historia no se borra con tanta facilidad. Bolívar y su gesta son una secoya sembrada en el alma humana. Es la idea peligrosa a combatir, como fue combatido el barinés Hugo Chávez. Nunca el borrado será completo debido a que sobrevive la idea. Ambas gestas, la bolivariana original como la rescatista chavista, están vivas. Y eso es un hecho prácticamente imposible de erradicar, ni siquiera evaporando a todo lo venezolano, si ello fuera factible. Como dice Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos [“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”]: el «umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado [del olvido] las ruinas de un anfiteatro.»
Sin embargo, mientras el cálculo imperialista se propone este reseteo fundamental, hay que reconocer que ha alcanzado los siguientes hitos en aras de colonizar al país bolivariano. Con el permiso de la brusquedad, propio de lo político, se mencionan a continuación:
  1. Quiebra de la institución presidencial.
  2. Restablecimiento de la embajada estadounidense.
  3. Obligar a Venezuela a romper con Rusia, China, Cuba e Irán.
  4. Vender sus recursos geoeconómicos y no cobrar por ellos.
  5. Restablecer relaciones con Israel.
  6. Olvidar a Palestina.
  7. Liberación de la delincuencia política.
  8. Recepción del exilio apátrida.
Faltándole:
  1. Una base militar extranjera (anticonstitucionalidad en curso en La Guaira).
  2. Doralización (en curso).
  3. Sacar a Venezuela de la OPEP.
  4. Instalar una dictadura de derecha.
Se trata de engarzarse en la nueva oleada derechista continental: desde Javier, allá en Argentina, pasando por Rodrigo Paz, en Bolivia, hasta más allá, Nayib Bukele, en El Salvador, por mencionar extremos y un corazón hemisférico.
Claro, Venezuela es la joya de la corona por la monumentalidad de sus recursos minerales. Ella sola podría sostener la tesis de que el continente es un enorme granero colonialista. El tratamiento que se le prodiga es inconmensurable y no escatima el esfuerzo de la guerra y de la maquinación fratricida. Entrar a Suramérica implica haber conturbado la puerta histórica e ideológica de sus fundadores. Pero, citando a Pablo Neruda y a ese carácter impoluto de las ideas, hay que persistir en la persistencia de lo persistente:
PADRE nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la patata, el salitre, las sombras especiales,
las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
todo lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre».
["Un canto para Bolívar", Tercera residencia]
 

sábado, 8 de agosto de 2026

Se puede vivir de la compasión… en el paraíso

El mundo es una guerra. No es una excreta, como dice el dicho. Sería hablar mal del hombre, la cima creativa o evolutiva de la vida. Guerra en el sentido casi genético. Ha sido su sentido histórico y biológico. La supervivencia, la competencia, el exterminio y el placer mortal están metidos en los genes de lo humano.
Ergo, hacer la guerra es una plenitud de la especie. Vivir durante siglos en ausencia de guerra, es decir, en paz, parece contranatural. De hecho, escasean esos períodos en la historia. El hombre necesita de la autodestrucción para sentir el valor de su humanidad. El poder y la compasión son su sino existencial. Arthur Schopenhauer decía que la compasión es el fundamento de la ética y la moral, y el sentimiento más elevado del hombre.
Pero no es cierto. Es el poder. Y el poder es la nomenclatura de la guerra. Luego, el hombre es un animal belicista. El Homo sapiens necesita sentirse grande para luego, desde su magnanimidad, experimentar el regocijo de la compasión ante lo destruido. Semejante camino hacia el otro extremo es la ruta de bautizo del asesino. Es allí cuando necesita llamarse humano. Y, ya usted sabe, se hace magnánimo también a través de la piedad.
Esto habla de la gran mentira que vive el mundo. Del conflicto moralista del asesino. Es decir, del hombre. Hipócritamente, se enseña que la grandeza humana estriba en el ejercicio de lo pequeño. La compasión, que es como promulgar la abolición del egoísmo. Pero esto lo dicen los poderosos, los asesinos, para sitiar al débil. La grandeza humana está en ser exterminador y asesino. Es la mentira verdadera que ansían publicar. De allí que la educación sea la gran estafa que oculta los homicidios. El minusválido, el destruido, siempre será el trapo de culpa, el altar de depuración, del victimario.
¿Tiene alguien culpa de ello? ¿Está mal el asunto? ¿Reconocer que el hombre es una bestia detrás de un refinamiento? Es a lo que le llaman cultura. El ser humano es tan culto como inocente.
El Homo sapiens bellicus fue quien dijo a los melios, vestido como griego antiguo, en 416 a.C., que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Fue quien, vestido luego como romano, en 146 a.C., arrasó Cartago, cuando no era necesario. Y quien, modernamente, en 1999, desapareció a Yugoslavia al imponerle condiciones imposibles, no tanto de rendición, sino de existencia.
Desaparecer la nación de Melos, Cartago y Yugoslavia no es un acto casual. Es el destello duro de una naturaleza auténtica. Tales lugares, que de un modo sistémico dejaron de existir, son, en sí, un nimio porcentaje de tantos egos que requirieron planos similares de expresión. El mundo es un libro escrito a capítulos. Aquiles, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Gengis Khan, Bonaparte, Bolívar, Hitler… son páginas.  El hombre es como un gigante que requiere, de vez en cuando, agacharse para insuflarse de compasión sobre los charcos de sangre.
Por eso el poderoso, con su tramoya educacional, parece haber inventado el mito del cristianismo, que es como una columna real de la historia: los pequeños, esos que inspiran compasión con sus extraños comportamientos, son también seres humanos.
Bajo semejante reflexión, para hacer locativa la idea, podría ensayarse una alusión a un país o circunstancia cualesquiera. Por ejemplo, Venezuela, que es desde donde nace la voz de estas letras. El destino de la nación bolivariana, tutelada como está, desprovista de su naturaleza bélica, es una invitación al vacío. Así como subsiste, sin autonomía, tiene que saber que la compasión en el poderoso es un acto que solamente se ejerce en el momento de la destrucción.