Dirigir a Aporrea

domingo, 8 de febrero de 2026

La espantosa agenda de Delcy: preservar y, a la vez, conceder.

Han transcurrido un mes y cinco días desde el 3E. Donald Trump bombardeó, Nicolás Maduro y su esposa están secuestrados en los Estados Unidos; Delcy Rodríguez funge como presidente encargada y el país y las fuerzas armadas, sorprendentemente, están en calma. Pero, la verdad, el país ha estado «tranquilo» desde el mismo día de la agresión.
Lo de Maduro, sí, se definió como un trabajo «quirúrgico», según jerga especializada de los cuerpos de inteligencia. Fue erradicado sin afectar el funcionamiento general del Estado. En el Irak de 2003 se derrocó el gobierno, se entronizó un gobierno pelele, se desmontaron las fuerzas armadas y, por si acaso, se creó una insurgencia.
Como en Venezuela, el objetivo siempre fue el petróleo. Sin embargo, en esta ocasión, aprendiendo de un pasado que no los colmó con un hidrocarburo tranquilo, los gringos no desmontaron nada. Todo el mundo anda por allí, en aparente calma, como si el país no hubiera sido ultrajado. Hay gobierno, Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), oposición, Tribunal Supremo de Justicia, Fiscalía, militares asistiendo a sus puestos, banca y comercio trabajando, gente en la calle… Por el contrario, los gringos se esfuerzan por pintar una fachada de alianza con lo que quedó del gobierno de Maduro, sin desperdiciar Trump la ocasión para afirmar que trabaja de «maravillas» con Delcy.
Las movilizaciones que han salido para protestar la captura de Maduro se realizan sin ser reconducidas hacia una real resistencia, sino como actos para aliviar la contradicción que hay en una agenda de gobierno que debe defender la soberanía, por un lado, y que parece atenerse a los designios de un Trump gobernante de Venezuela, por el otro. Mientras más se hagan concesiones (petróleo, presos políticos, embajadas, aceptación de vuelos, derogación de leyes incómodas y creación de otras maleables), más se incrementarán las acciones para pedir la liberación de Maduro y su esposa.
Tal es la situación de la presidencia encargada: moverse entre una presión abrumadora extranjera y la lealtad hacia su base política. La misión de Delcy es durísima: evitar la parálisis y destrucción del Estado con las inevitables concesiones, y preservar, a un tiempo, el poder político y la soberanía nacional.
Sin embargo, siendo francos, hay que ver la realidad. Por un lado, lo que define a «soberanía» (autodeterminación política, integridad territorial, independencia jurídica y soberanía económica y de recursos) es lo que, precisamente, está siendo mancillado desde el norte; por el otro, lo que se llama «tranquilidad» de la población se refiere a un estado psíquico cargado de indignación y afrenta, de inevitable explosión y fragmentación en algún momento.


Libre de virus.www.avg.com

sábado, 7 de febrero de 2026

El sacrificio político y consensuado de Nicolás Maduro en Venezuela

Háblese con la rigurosidad de la lógica: el derrocamiento de Nicolás Maduro no generó ni de cerca la conmoción del Hugo Chávez derrocado. Hasta hoy, se realizan movilizaciones no solo en Venezuela, sino también en el mundo, pidiendo la liberación de la pareja presidencial. Pero no hay parangón: en Venezuela son marchas controladas, institucionalizadas como una acción de cuido de las apariencias en medio de una agenda reformista y de concesiones de la presidencia encargada.
Lo de Chávez fue una fuerza histórica de imparable cambio, en un momento genésico. Gente brotando de la tierra, dirigiéndose a un rescate.
No se trata de menosprecio histórico ni de nada personal, sino de la fría razón. En Venezuela se asumió que, por un incontrolable imprevisto, Maduro se fue y, sencillamente, se sustituyó con la legalidad sucesora del país. Se puede decir que se sintió como un hecho de tácita aceptación por los poderes establecidos, que decidieron continuar con las actividades normales y fundar una agenda de apertura hacia los Estados Unidos: presidencia encargada, Asamblea Nacional, Fuerzas Armadas.
Aquí es donde se comprende por qué las movilizaciones pro-liberación de Maduro no se orientaron hacia la resistencia. Salieron el ejército y la policía a las calles, pero sin connotar llamados masivos populares para el combate y la defensa soberanos. La vida debía continuar.
Maduro, en conclusión, fue sacrificado políticamente dentro de su país, por más que dentro del plan de gobierno esté aludido en uno de sus puntos: rescate presidencial.
Eso tiene una lectura. El presidente había llegado a un punto muerto en el contexto de la situación político-económica. Se precisaba de otra creatividad para avanzar y salir del marasmo de las sanciones y el aislamiento internacional. Los salarios eran polvo, evolucionando hacia un esquema de bonificaciones; las pensiones equivalían a menos de un dólar, se creó una cultura de subsistencia con la deficiencia de los servicios públicos, la gente persistía en emigrar…
Pero he aquí lo impresionante: indagando se averiguan cosas. La agenda reformista de Delcy Rodríguez ya, de hecho, la ensayaba Maduro a la calladita ante Donald Trump: reforma petrolera, anulación del Estado, desnacionalización del chavismo petrolero, minimización de PDVSA, etc. Su plan empezó a caminar desde que recibió a Richard Grenell en 2025, cuando proclamó un "nuevo comienzo" en las relaciones. Incluso había un apartado de revisión de lo chino.
Tal alineación desesperada con los intereses estadounidenses no fue aceptada. Le pasó como a Moammar Gadafi, quien fue asesinado a pesar de ofrecer rectificación ante los imperialistas. Toda esa flota sobre el Caribe era para realizar algo en concreto: escarmentar con Venezuela al hemisferio monroísta y reafirmar el poder imperial de la potencia en declive.