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jueves, 2 de julio de 2015

DEPRESIÓN POST VOTO: CONMOCIÓN EN EL MERCADO (2/5)


Repuesto ya de la impresión vivida con el Dr. Pancho (http://zoopolitico.blogspot.com/2015/07/depresion-post-voto.html), en el mercado de Quinta Crespo compré verduras para una sopa, paseándome entre los pasillos, con gran complacencia para mí dado que me gusta auscultar las minucias de los vendedores y aprender sobre ingredientes y temas de salud y alimentación.  De hecho, me tomé el trabajo de las compras para mí, relevando a mi esposa en la materia; y me he convertido en un perito en buscas, precios y evasión de bachaqueros.  No falta nada en casa que no sea necesario (http://www.aporrea.org/actualidad/a189733.html).
Cuando en un pasillo cruzo y otro se abre ante mis ojos, descubro a lo lejos a una compañera de clases de yoga, una vieja escuálida de esas que gustan denominarse de la new age, de hablar esotérico, edulcorado, peinada como quien quiere connotar que pertenece una especie suprahumana, aunque suprahumana metida en el mercado en medio de la chusma.  Contento me dirijo hasta ella porque, no habiendo ido a la última práctica, quería informarme sobre un plan de visita al Guaraira Repano, expresión ésta que ella, por cierto, remacha con firmeza “Ávila”.
Pero de improviso se ladeó hacia un vendedor de frutas y simuló examinar unos melones, mirándome más a mí, a la inminencia de mi aproximamiento, con el rabillo del ojo.  Me contuve algo y me mire de pies a cabeza, pensando que a lo mejor ella pertenecía en verdad a otra especie humana no tan sencilla como la mía.  Revisé mis zapatos, viejos pero presentables, de un cuero perdurable; mi bluyín, clásicamente descolorido, y me imaginé el resto del cuerpo con presentación normal como el de todo el mundo.  Concluyendo que nada raro había en mi indumentaria, en especial ningún logo alusivo al PSUV ni al comandante Chávez (cosa que los escuálidos miran como demonios a cruces), reemprendí mis pasos hacia la doña, dispuesto a saludarla.
Pero huyó.  Apenas constató con su rabillo de ojo que yo me aproximaba, me miró francamente un segundo, abrió ojos y boca, y se regresó por donde había venido.  Entonces me dije, como exclamaba el Quijote en su tiempo “¡Válame Dios!”  ¿Qué culpa tengo yo de que los chavistas hayan votado a montones en la primarias?, sintiéndome una suerte de ogro político que caminaba entre desgraciados escuálidos, muy fresca en el alma el reciente capítulo con el Dr. Pancho.
Cierto que milito en una UBCh y soy un jefe de patrulla; que participo en eventos comunitarios en mi jurisdicción; que voy y voto, y me pongo mi pinta roja de combate en los días signados políticamente, y que no soy precisamente una monedita de oro para quienes, adversos, me conocen directamente; pero aquella señora no pertenecía a mi poligonal, era del este de Caracas y al parecer de vez en cuando se bajaba hasta el pueblo a aprovecharse un ratito de sus beneficios.  Además, sabía de mi lo que yo de ella, políticamente hablando, que yo era chavista como ella escuálida, quizás con algunos agregados sobre mi persona que pudiera haber descubierto en las redes sociales.  ¡Caramba, si hasta el cuidado tenía yo, humilde en la victoria, de no trajearme de rojo para no incomodar a tanto notable escuálido que uno se consigue por ahí!
En fin, mandé a la vieja con su nueva época y peluca al carajo y seguí comprando algunas menudencias, pensando en aquella palabra que un día trajo Hugo Chávez para referirse a personas tan atrabiliarias en la afición política:  disociados.  Mi vieja amiga, pues, con su copete y todo, con su pretensión aereoplana de ser mejor que otros, era tal, así como el doctor Pancho, de lamentable recuerdo; aunque en mi fuero interno yo discrepaba del comandante, atendiendo a la semántica de la palabra, que dice que algo o alguien se desune de otra cosa.  Pensando en términos políticos, no me parecía que aquellas personas, encapirotadas viejas o altivos doctores, se desunieran de nada, apegados arduamente a su tiempo político pasado y a su bodrio capitalista de explotación del hombre por el hombre.
Estando en estos pensamientos, con mis bolsas de carga y creyendo que ya era hora de marcharme, crucé una nueva esquina y ¡plum!, de pronto me conseguí de frente con la doña, quien, no pudiéndolo creer, entreabriendo otra vez sus labios repintados, mirándome fijamente a los ojos, se desvaneció y cayó aparatosamente al suelo, bolsas y huevos desparramados por doquier.
─¡Qué calamidad, coño, con esta gente! ─exclamé, colocando las bolsas a un lado, pensando otra vez en la experiencia con el Dr. Pancho y dedicándome solícito a auxiliarla.  Pero apenas me incliné sobre ella para darle aire con un cartón, ajustándole mejor en su cabeza lo que descubrí era una peluca, abrió los ojos y empezó a gritar aterrada:
─¡Fue él, fue él!  ¡Ayuda, ayuda, por favor!  ¡Me está robando!
Me vi al momento detenido e interrogado por dos agentes de la Policía Municipal de Caracas, quienes suelen monitorear el mercado, mientras a la vieja la auxiliaban unos paramédicos.

DEPRESIÓN POST VOTO (1/5)

Un conocido opositor que tengo dejó de hablarme después de los resultados de las elecciones primarias del Partido Socialista Unido de Venezuela.  ¡Más de 3 millones de votos barrieron sus expectativas como esperanza para deponer a la Revolución Bolivariana!
─Es trampa ─le decía al vendedor del quiosco, deteniéndome un momento antes de abrir la reja que da a la calle─.  Tienen todo el aparato para inventar cifras:  CNE, Miraflores y el mismo partido.  Arreglaron fotos y cifras.  ¡Pura basura, hermano!  Controlan, además, la INTERNET.
─¡Ya va, ya va, doc! ─le contenía el quiosquero─.  ¿Y el gentío en los puntos de votación?
─Pana, eran los mismos de siempre, los mismos uniformados rojos tarifados que salieron a las siete de la mañana y permanecieron allí hasta la medianoche simulando una cola.  ¡A mí no me engañan!  ¡Por eso mandaban a fotografiarse hasta en la sopa para crear su realidad virtual.
Como dije, es un conocido, que vive en el edificio del lado.  No amigo, como nunca lo sería de un Pedro Carmona Estanga o un Leopoldo López, exabruptos a la moral y la ética.  Gustaba de soñar con derrocar a Maduro, desearle la muerte, apoyar invasiones extranjeras, lanzar pestes contra el comandante Hugo Chávez, apoyar la guarimba y la guerra económica.  Abominable criatura política que, como perro callejero, provoca recogerlo e internarlo en una jaula de conciencia.
─Sin duda ─le decía siempre a mi esposa─, hay libertad de expresión, pero no deja de parecer un delito que una persona a cada rato ande invocando demonios contra el país que habita, como que invadan los gringos o maten al presidente, por más opositor que se sea.  ¿No crees que sea traición de lesa patria, traición que queda impune en el anecdotario de las calles?
─¡Pues, ignóralo y mantén tu salud política del día intacta! ─solía responderme, sabiendo que era a primera hora del día que lo veía.
─¿Cómo hacer eso? ─le replicaba yo─.  Un revolucionario no excusa su condición política, ni evade; por el contrario, debe entrar en la diatriba e intentar darle luz a quien a oscuras de conciencia lanza piedras al vacío.  Además, el doctor (es médico) gusta de comprar el periódico justo frente al edificio y parece su intención esperarme para verter sobre mi humanidad su ya cotidiano ácido corrosivo.  ─Porque ocurría que, por más razonables argumentos que le plantease, por ejemplo respecto de la guerra económica, él suponía que los desmontaba todo con frases lacónicas  y mordaces (sus piedras) como "¡No hay leche!", "No hay papel!" o "No hay azúcar ni arroz", mirándome con cara de triunfador contundente.
Cuando sonó el clic de la cerradura, abriendo yo la puerta para salir a la calle, desde su periódico giró rápidamente la cabeza hacia mi persona, descubriendo en ella una infinita complacencia, de esas que una persona agua-fiestas suele ensayar cuando entra en acción.  Me esperaba, a no dudar, como todos los días, pero entonces con mayor ansiedad.
─¿Cómo va, Dr.?, ¿cómo está ése ánimo? ─le dije afablemente.
Y entonces la enfiló contra mí con el mismo discurso que ya le había oído soltar al quiosquero.  Pero he acá la razón por la que dejó de hablarme, que no explico al principio de este relato.  Ocurrió que,  primero, su rostro blanquecino se tornó rojo encendido a medida que esgrimía sus irraciocinios, aguijándose paulatinamente con el contenido de sus propias palabras, como si ellas fueran ubres que destilasen rabia, ofuscación, indignidad, cruel descripción de una insoportable realidad.
─¡Calme, calme, doc!... ─debió aconsejarle el vendedor, mirándolo como si fuese una inminente bomba de carne.
─Pero…, ¿cómo, señor?, cómo callar semejante…?
Segundo, su rostro se contrajo en involuntarios movimientos que progresivamente lo minaron por completo, dando como resultado una severa parálisis facial que apenas le permitió farfullar ininteligibles vocablos desde una boca torcida.
El quiosquero y yo rápidamente lo auxiliamos.  Lo sentamos y le dimos agua a beber, pidiéndole que se relajara porque al parecer había sido víctima de un ataque que le dejaba el rostro desfigurado.  Pero él seguía mirándome con odio, apretando mi muñeca con significativa presión, como si no le importase lo que le acabábamos de comunicarle sobre su salud.
Cuando finalmente se tranquilizó, sentado en su silla, tomando un agua que se le escurría por la comisura de los labios, mientras otros llamaban a su familia, siempre mirándome aunque con menos encono, lo comprendí, leí lo que detrás de sus ahora paralíticas facciones rebullía en su alma.  Su mirada decía, rogaba, gritaba, cómo que es que en pleno apogeo de la guerra económica, cuando nada de primera mano se consigue (porque lo esconden) y todo el mundo hace cola para comprar, vengan unos chavistas hijos de puta a seguir haciendo colas para votar ¡pero para votar por millones!  ¡Eso lo comprendí de plano en su mirada furiosa y derrotada!
─Dr. Pancho ─le dije sin poderme contener, teniendo el cuidado de que no me oyera el quiosquero─, usted y su ataque es figura de lo que en este país ya no es ni será más nunca.  La decadencia.  Usted se fue, Dr. Pancho, ya pasó, como todos sus compinches y época de la indignidad.  Y, sí, a nosotros los chavistas no nos arredran las colas porque sabemos lo que hay detrás.  Es más, las hacemos con gusto, hombre, las hacemos por el pan, por la leche, por los huevos, por la vida…, ¡para votar!..., para que más le duela.  Sabemos que nuestro premio es la posteridad, vencedora del pasado y de gente como su persona.
Después de lo cual, luego que llegaron sus parientes, me dejé caer por la avenida Baralt, rumbo al mercado, no sin cierta molestia conmigo mismo por haberme aprovechado de un momento de paralítico silencio para decirle las cosas a una especie de animal salvaje que nunca permitía hablar serenamente, menos oír, transido de interminables graznidos o gruñidos.

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Oscar J. Camero / Sígueme en @animalpolis / Más: Perfil Google