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miércoles, 29 de abril de 2026

La solución final contra Irán

Es un colmo. Irán no ha caído. Por el contrario, está en una situación ventajosa, de fuerza con su estrecho de Ormuz. El país que a lo mejor se entregaba como Venezuela, se ha alzado no sólo como un rival formidable y resiliente, sino que ha ingresado al concierto de las potencias militares.
Donald Trump hizo el trabajo. Con sus inútiles ataques, lo ascendió y condecoró. Allí está el país persa, con sus drones, sus misiles, sus fronteras protegidas, sus aguas bajo control, con su exigencia atómica. El estrecho está bajo su dominio, aunque la flota estadounidense, más a un lado, aplique el bloqueo naval.
De modo que los objetivos no han sido alcanzados. Los iraníes no se han sentado a conversar, tienen los diques de sus aguas y aclaran que jamás desistirán de su desarrollo nuclear. De paso, el mundo responsabiliza a Trump del desastre económico mundial. Vino el gringo a echar a perder un poco más el planeta. El alemán, el francés, el inglés, por mencionar a tres de las siete plagas del belicismo secular, pagan hoy más por la energía. El sarcasmo de la situación es que ellos, no siendo los que lidian con los iraníes, reciben el peor daño. ¡Gracias, Trump!
Pero no se trata nada más de los Estados Unidos con la capa caída. Israel es, en verdad, el perdedor de fondo. Su trabajo de hormiga de aliarse con sus primos árabes (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, etc.) para hundir al persa no ha resultado. Tampoco el esfuerzo que dicen que aplicó para enmarañar al hombre naranja y arrastrarlo a la guerra, aunque se sepa que esto es una falacia.
Irán no se sentará a negociar si (1) el estrecho no queda sin cuestionamiento a su arbitrio, (2) si no se le reparan los daños de guerra y (3) no se le acepta su desarrollo nuclear. La tarea desplegada para enemistar a ambos líderes en la región (Arabia Saudita e Irán) ha sido inútil.
Además, hay que considerar el hecho de que esta contrariedad es su segunda derrota. La primera fue la Guerra de los 12 días. Quedó tan vulnerado con los ataques misilísticos que, para no rendirse, Israel debió pedir apoyo a Washington.
Hoy, de acuerdo con rumores, anda sin municiones, como Estados Unidos sin misiles. Y el país persa, por el contrario, aprovechando la tregua, se ha apertrechado. Drones a granel, lanchas “avispas” por colmenas, túneles secretos rebosantes de misiles.  El panorama pinta hacia gris. Tarde o temprano se habrá de entender lo que se traga en la guerra: si no puedes con el rival, siéntate con él. Y tendrán que conversar con odiadas ganas.
Algunos opinan que a Trump le cayó del cielo el atentado que sufrió durante la cena con la corresponsalía de prensa. De hecho, otros analistas hasta piensan que pudo haberlo procurado. El asunto es que le permitió un poco desviar la atención del bendito Medio Oriente, donde la vergüenza se ensaña en ridiculizarlo con un score de 1 a 0 (allí no ha logrado nada). Otros más audaces especulan que no extrañaría que el educado profesor del atentado termine siendo pintado como un enviado del ayatolá. Ello ayudaría a revertir los niveles públicos de descontento y a licenciarse para acciones militares más cuestionables en el Medio Oriente. La sombra del desastre militar contra Irak, en 2002, amenaza con extenderse también desde Irán.
El lado oscuro de la victoria es que, quien mal pierde, podría aflorar en desesperación. Y allí están las armas nucleares, en Israel. La doctrina que describe a Irán como “enemigo existencial”, denominada Sansón, podría cobrar forma. Atacar nuclearmente al país persa podría ser una vía expresa para erradicar al enemigo, aunque el país hebreo quede bajo condena por siglos. No obstante, el razonamiento consolador es que quedaría vivo. De allí que Irán tenga razón en su busca nuclear: la simetría con Israel equilibraría.
La tesis no es descabellada. Pensadores hay que desde hace rato le dan vuelta. Europa aumentó su gasto militar (Alemania, España). Estados Unidos lo subirá hacia una cifra sideral. El riesgo nuclear ha subido en el mundo. Un país como Corea del Norte ha expresado un criterio pesaroso; otros, como India y Pakistán, interactúan con la región y han sufrido el revés energético para sus economías. Podría estarse hablando del inicio de una vorágine.
La otra cara del ascenso geopolítico y militar iraní es su destrucción.

lunes, 27 de abril de 2026

El regreso de la meritocracia petrolera

Chevron ya alzó la voz. Es la petrolera perseverante, la que, no obstante las sanciones, ha estado operando en Venezuela. Pidió el regreso de los “trabajadores calificados que emigraron durante la crisis”. [1] Su CEO opina que se han dado pasos positivos, pero que un repunte rápido en la recuperación industrial estriba en esta mano de obra.
En un contexto donde el país ha sido abrumado por exigencias del gobierno de los Estados Unidos, no parece fuera de lugar que la petrolera presentase la suya. La generalidad de los petitorios apunta a moldear el país a la inversión estadounidense y revertir, en lo posible, el modelo político que la alejó. No extrañaría, pues, que la petición de Chevron se refiera a la vieja meritocracia de PDVSA. No se da el detalle. En política no es necesario.
El 3 de enero de 2026 fue una fecha mágica para los intereses económicos de los Estados Unidos. Maravillosa, en palabras de Donald Trump, como acuña cada vez que se refiere a la presidente encargada. Invirtieron $10 millones diarios con el estacionamiento de sus buques de guerra sobre el Caribe durante unas semanas para obtener el tutelaje del mayor reservorio de petróleo del planeta. Si el país bolivariano llegase a extraer 5 millones de barriles diarios, su petróleo se acabaría en 180 años. Al ritmo presente, 1 millón diario, se agotaría en el año 3.000.[2]
Ahora están cobrando. Han regresado al país. Restablecieron su embajada. Lo visitan puntualmente cada vez que la OFAC[3] emite una licencia en sincronía con una reforma legislativa de la denominada “apertura”. Por doquiera que se establecen, surge una exigencia, que es como hablar de mandato. Petróleo, oro, turismo, tierras raras, relaciones internacionales...
Trump habla de beneficios y coordina, prohibiendo incluso a líderes opositores regresar al país. Marco Rubio amenaza a cada rato con elecciones de no seguirse la ruta trazada después de la invasión. John Barrett, el flamante encargado de negocios, recita el plan: primero, estabilización institucional; recuperación petrolera, después; y, finalmente, transición política. Chevron, pues, plantea lo suyo.
El regreso de la meritocracia vendría a confirmar esa preocupación no confesable de desmontar del país lo emparentado con Hugo Chávez, el líder refundador de la Venezuela política actual. El criterio que manejó sobre no tener a los gringos dentro del país en una embajada ha sido repelido; sus relaciones internacionales y alianzas estratégicas, desdibujadas; su visión de mundo socialista, como su vida misma, aniquilada.
El regreso de ese sistema de castas gerencial constituiría un hito demoledor en esa dirección. El país se sobrecoge con lo por venir. Después de los baches nacionalistas relacionados con el oro y el petróleo, restan todavía tópicos sensibles a lo histórico-ideológico. Por ejemplo, el Esequibo y sus riquezas. No se sabe qué puedan ordenar el empresario Trump y su OFAC al respecto.
 


[1] Ledezma, L. A. (2026, April 27). CEO de Chevron revela lo que le falta a Venezuela para reactivar «plenamente» su industria petrolera. Retrieved April 27, 2026, from Caraota Digital website: https://caraotadigital.net/eeuu/ceo-de-chevron-revela-lo-que-le-falta-a-venezuela-para-reactivar-plenamente-su-industria-petrolera/
 
[2] Bloomberg, L. (2026, March 26). Mapa mundial del petróleo 2026: los países con más reservas en la actualidad. Bloomberg Línea. https://www.bloomberglinea.com/economia/mapa-mundial-del-petroleo-2026-los-paises-con-mas-reservas-en-la-actualidad/
 
[3] Office of Foreign Assets Control. Es la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de EE. UU., encargada de administrar y ejecutar sanciones económicas y comerciales basadas en la política exterior y de seguridad nacional ((Office of Foreign Assets Control) es la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de EE. UU., encargada de administrar y ejecutar sanciones económicas y comerciales basadas en la política exterior y de seguridad nacional, según https://ofac.treasury.gov/

La conciencia nauseabunda del venezolano después del 3 de enero de 2026

Un montón de venezolanos miran a un lado, como si no hubiera ocurrido nada de vergüenza. El 3 de enero de 2026 fue una consagración de algo, y no de la primavera, precisamente. Es una mancha floreciente.
Pero todo el mundo debe comer, incluso los ascetas. Debe caminar, trabajar, estudiar, comprar... Se diluye un poquito la indignidad en el diario trajinar. Así pesa menos la realidad, como una espalda que huye, ligera en el viento.
Mirar a un lado es como no querer recordar la desnudez del día anterior, ultrajada en medio de la violación bacanal. Se sabe, se sintió carnalmente lo que ocurrió, pero la psique humana es cobarde y cubre el alma con su manto de olvido, para proteger con evasión, como diría el psicoanalista. Entre lo oscuro habita el coco.
Jean-Baptiste Grenouille, el hombre de El perfume, de Patrick Süskind, no emitía olor alguno y poseía un descomunal olfato. Un engendro natural, asesino serial. Con la inocencia de 25 vírgenes, crea su obra maestra. El perfume. Una fragancia que enloquece, transporta, desata. Con una gota desencajó a París en un día de glorias libertarias y orgías. Fragancia irresistiblemente animal e impúdica.
Al día siguiente era la vergüenza aquello de lo que no se quería hablar. La mujer del vecino había sido de todos, y la propia, del vecino. Por fortuna, la vida es una rutina que hay que atender, y la conciencia se soterra en la inexistencia.
Pero, hete aquí que el venezolano no enloqueció con una fragancia. Ni de cerca. Vibró con una podredumbre, proveniente del mar, cielo y tierra. Tan intensamente se abatía en el viento, que era mejor olvidar. «Algo huele mal en Caracas», era lo que todos se murmuraban, sin querer entrar en detalles. La enfermedad del olvido, nada macondiana, aconsejada por la inconsciencia.
Nadie entra a la capital de un país armado, menos si está en plan de guerra, y captura al comandante en jefe en el mismo ombligo de sus fuerzas armadas, sin sufrir siquiera una raspadura. Ni siquiera una coalición galáctica.
Por eso el hedor es tan intenso desde los cuarteles, donde el alma se descompuso debajo del uniforme, apagando la luz. Lo dice la lógica del viento. La oscuridad ayuda a solapar emanaciones propias, esas que disparan balas de vergüenza.
Pero el militar no dispara tufos del todo si no se lo ordenan. Y aunque un soldado tiene autonomía para desobedecer una orden inmoral, la política arregla esos detalles con gran fetidez. De manera que, entre la política encargada en ese momento y los uniformados, se acuerda desbordar el cauce del río Guaire sobre la población venezolana. Un Guri mefítico.
Y por allí se anda sobre el país, renegando de la miasma, disimulando normalidad.


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sábado, 25 de abril de 2026

Venezuela debe forzar su puesto histórico en la nueva reconfiguración geopolítica mundial o perecerá de servidumbre

Parece que todos los siglos son iguales. Se repiten. Por supuesto, no en contenido, sino en forma. Una plantilla para el hombre en el tiempo. Mucho lo han dicho los pensadores. A la gente común le encanta esa imagen de la serpiente que se muerde la cola que alguien soltó por ahí. Leer, conocer la historia conlleva esa confirmación.

Se trata del déjà vu de la historia. Ya visto, ya vivido. No sería increíble que el hombre repita esquemas en un tiempo cíclico. Un día, un año, cien, siglos… La rueda del tiempo también se estresa y falla en ocultarle a la criatura humana su esencia maquinesca. Así como el hombre, que es un animal de hábitos, cepilla sus dientes a diario y come a específicas horas, para luego avanzar in crescendo en el día hasta morir de sueño por las noches, así los dientes de la rueda cósmica también habrán de procesar su rutina.

Geopolíticamente hablando, el siglo XX empezó con una derrota sorprendente de Rusia ante el Japón imperial (1904). Después se enfrascó la centuria en tupidas guerras durante sus primeros 50 años. Dos guerras mundiales. Cismas geopolíticos que reacomodaron al mundo. Ganadores y perdedores, amos y esclavos, sistémicos los unos, disidentes los otros.

El siglo XXI arrancó también con una sorprendente victoria pírrica de una coalición de países, que es como decir derrota. Los Estados Unidos invaden Irak junto con sus amigos y, aparentemente, ganan. Pero el tiempo se encargó de desmentir el autoengaño. Los gastos fueron enormes, excediendo cualquier ganancia obtenida. Irak, el país que fue atacado, se convirtió en una oscura marca de objetivos no conquistados, incluso habiendo sido arrasado.

La comparación no es tan exacta en contenido, pero, como se dijo, es fidedigna en la forma. La sorpresa. De un lado, un imperio euroasiático derrotado por otro asiático; de otro, una confabulación de países imperialistas occidentales estrellada contra un antiguo imperio sumerio, acadio, babilónico, asirio y caldeo. Otra vez Asia, Mesopotamia, Irak, en específico.

Tres décadas han transcurrido en revueltas durante este siglo XXI. El mundo se agita como en el siglo XX, buscando reacomodos. Sus protagonistas pujan, precipitando el nuevo orden, donde, otra vez, unos preponderarán y otros decaerán. No hay escapatoria. Es la regla temporal. La proyección de la agitación se extiende, como siempre, hasta la mitad del siglo. Cuando los nuevos amos cuajen, los otros cincuenta años se vivirán en medio de una relativa estabilidad geopolítica, hasta que, nuevamente, recomience la decadencia.

El siglo XIX amaneció con guerras de independencia y filibusteros. Los mares eran los territorios y estos las aguas. Globalidad de combates. Los hechos, si se mira bien, no han cambiado. Hoy, piratas infestan los mares y países defienden su autonomía. Estadounidenses abordando navíos, iraníes defendiendo su tierra, por ejemplo. Occidente y Oriente, de nuevo, perfilando el devenir. Todo parece avanzar, como en todos los siglos modernos, hacia su respectiva Revolución Francesa, hacia los años noventa, cuando el sistema imperante renguee y sea derrocado para, una vez más, reiniciarse.

A Venezuela se le adelantó su 1830 con enero de 2026. Absorbida por la fuerza del poder mundial en ebullición, se le disolvió su Gran Colombia. Cualquier ínfula de grandeza, independencia o libertad fue colocada en su puesto, como se dice, del lado de los que esperan y desesperan. Washington dixit y de nuevo apeló a su Destino Manifiesto, más extensivo, incluso, ahora abarcando los océanos Pacífico y Atlántico. Y de nuevo cabe preguntar si el país bolivariano, después de sus años treinta (en cada siglo), realmente es o fue libre, o es sujeto de otro más poderoso.

La proyección, pues, es de luchas por el poder, guerras internas, divisiones… Caudillismo, montoneras, pugnas cívicas.  Conservadores, reformistas, liberalismo, federalismo, liberalismo amarillo, legalismo, restauradores. La decisión de emprender una verdadera guerra por su independencia y adelantar su toma de la Bastilla implica quebrar los dientes del engranaje temporal.

Evolucionar siempre supondrá un intento de transformación de la especie misma, de abandono de formas enquistadas y, lógicamente, de seculares hábitos. Estos animales históricos, que no siluetas paisajísticas, son los capaces de forzar su lugar en la nueva leyenda. Son quiebre y revolución.

Venezuela tiene una peculiar traza histórica, no obstante enero de 2026. Heroicidad. Podría reactualizarla, rescatarla, y enfrentar a los dioses para forzar su libertad y posición en la reconfiguración geopolítica actual; pero si la olvida, si deja diluirla en el tiempo, perecerá en medio de un mundo de servidumbre. Países hubo que hoy ya nadie recuerda, tragados por la voracidad de otros.

 


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jueves, 23 de abril de 2026

Dinero venezolano en boca de tigres: FMI, Banco de Inglaterra y hasta la ONU.

La platita que debe desbloquear el FMI a Venezuela le corresponde por derecho. $5.000 millones, más o menos. Son activos o reservas que el país generó a su favor en tanto se hizo “accionista” del ente, pagando su membresía décadas atrás. Como si se dijera, su beneficio por ser miembro. Se le llama Derecho Especial de Giro.
El FMI en 2019 decidió congelarlo debido a su desconocimiento de la legitimidad del gobierno de Nicolás Maduro y a toda esa trama siniestra que se ensañó contra el país, prodigándole sanciones económicas desde la perspectiva financiera occidental.
Como sanción económica, también al país se le había expulsado de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT), esa red de mensajería internacional que le avisa a un individuo o país sobre sus transacciones monetarias, pagos, transferencias… Recientemente, el Banco Central de Venezuela recuperó esa funcionalidad.
También se le congeló Citgo, su activo más grande en el exterior, valorado en $18.000 millones. Tan importante y estratégico es para los Estados Unidos (refinación del petróleo venezolano) que el gobierno de Donald Trump no avaló su saqueo y, por el contrario, se vio inducido a protegerlo a título de activo de interés económico para la seguridad nacional de los Estados Unidos (OFAC, Licencia General N.º 5).
El Banco de Inglaterra también se integró a la narrativa del desconocimiento de Venezuela. Su granito de arena sancionatorio fue congelar 31 toneladas de lingotes de oro venezolano, con un valor aproximado de $4.000 millones. Como si ese dinero le perteneciera, persiste en su desconocimiento y se niega a devolverlo.
Venezuela tiene dinero congelado hasta en unos fondos de las Naciones Unidas, unos $3.200 millones. La ONU es un ente prácticamente chantajeado por los Estados Unidos para su funcionamiento, en tanto lo financia, lo subsidia, lo paga en sus gastos... No era difícil suponer que también, por este lado, se bloquearía al país bolivariano.
Recuperar los activos del FMI pasa, lamentablemente, por su reconexión con el ente. Venezuela pagó un costo por agremiarse al FMI y, consiguientemente, disponer del beneficio de marras. Se dice “lamentablemente” porque es línea roja ideológica el romance con la organización capitalista, desde el ángulo fundacional socialista, específicamente chavista. Pero, como se sabe, no existe tal purismo ideológico en la coyuntura presente presidencial, abocada a una temeraria apertura económica hacia los Estados Unidos.
Sin embargo, como temen muchos, no necesariamente el país debe obligarse a endeudarse con el FMI para recuperar su dinero. Es el reto. No faltará el esfuerzo del ente capitalista para lograrlo. Está en su naturaleza. En el fondo, el juego franco de estas corporaciones es hipotecar países. Un sueño dorado sería prestarle tanto dinero a Venezuela que se vea obligada a hipotecar su petróleo a futuro para pagar. Es lógica capitalista.
Para describirlo mejor, habría que decir que, más en el fondo, se habla de unas especies de depredadores que aprovechan la menor oportunidad para despojar a los más incautos de sus bienes. Así se explica el caso de Citgo en los Estados Unidos y del oro en Inglaterra. Si Venezuela pereciera, el oro sería inglés, a falta de dueño.
En los tres casos mencionados, el total suma $26.000 millones. La injusticia de este mundo radica en que, teniendo Venezuela cabal propiedad de tal monto, tenga que pasar por coyunturas de chantaje, sumisión o complacencia prostíbularia para recuperarlo.


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domingo, 19 de abril de 2026

La derrota de Venezuela que mancha su 19 de abril

A partir de los hechos del 3 de enero de 2026, luego de la inesperada inacción de las Fuerzas Armadas y la posterior sumisión política del país ante su agresor, Venezuela se ha convertido en un referente de derrota en el más penoso de los mundos.
En guerra y en derrota hay gradaciones. Hay las victorias fastuosas que erradican al enemigo, desapareciéndolo para siempre. Troya dejó de existir tras su caída ante los griegos, aunque uno de sus sobrevivientes (Eneas) sembró la semilla de la futura y grandiosa Roma.
Hay las victorias pírricas, esas donde tú matas al enemigo, pero pierdes todo, sobreviviendo sólo para comprobar que de nada ha servido el esfuerzo. Te nace del alma decir, como dijo el mismo Pirro: "¡Otra victoria como esta sobre los romanos y estamos completamente perdidos!" Quizás la última victoria pírrica de la historia sea la de Estados Unidos y sus aliados en Irak (2003). Derrocaron a Saddam Hussein, pero el costo billonario de la operación, la pérdida de vidas humanas (más de un millón) y la desestabilización regional excedieron la probabilidad de alguna ganancia.
Algunas victorias son vergonzosas, lo cual, en ciertos casos, puede rayar en lo ridículo. Por ejemplo, la de Francia sobre México en 1838 (Guerra de los Pasteles). Un pastelero francés pidió compensaciones por daños en su local. El reclamo hizo que el imperio francés movilizara una flota entera para avalar a su coterráneo en tierra extraña.
Desde otro ángulo, hay también la gradación para las derrotas. Derrotas dignas y derrotas vergonzosas podrían ser los extremos. Hay derrotas tan llenas de dignidad que cuesta hablar, peyorativamente, de pérdidas. De hecho, muchas de ellas, por su carga de arrojo y valentía, inspiraron posteriores victorias. Háblese, por ejemplo, del famoso Sitio del Álamo, en 1836: los 200 tejanos que murieron resistiendo durante 13 días a miles de soldados mexicanos inspiraron posteriormente una final victoria.
Tal vez la derrota más digna de la historia sea la de la Batalla de las Termópilas (Grecia, 480 a.C.), donde los famosos 300 espartanos se sacrificaron ante miles de persas con el objetivo de que el resto de Grecia ganara tiempo para reorganizarse y enfrentarlos más adelante.
En esto de la derrota, la dignidad es como el caracterizador de lo magnífico ante el ojo humano. Perder o morir cobardemente, es decir, sin dignidad, no parece sólo una derrota para el desgraciado, sino hasta una afrenta para el género humano. Dar ejemplo de esto es necio y hasta afecta la autoestima del alma. Hay recreaciones que no son saludables.
Cuando Venezuela no se defendió y dejó secuestrar a su presidente, no sólo rayó en la vergüenza de una derrota sin dignidad, sino que, por el otro lado, perló una de las victorias más brillantes que agresor alguno pudiera soñar. El vencedor ganó la contienda sólo con mostrar su tamaño, obteniendo como botín al país más rico en hidrocarburos del planeta, equivalente a millones de gallinas de huevos de oro. Al darle forma de protectorado, aseguraba una futura explotación perpetua.
Con humillación, el país vencido tiene que oír a diario al presidente vencedor hablar de cómo habrá que explotar los recursos de la tierra bolivariana, ordenando qué hacer y qué modificar, trátese de leyes o de cargos institucionales o políticos. Es un hecho que Donald Trump gobierna a su vencido a través de decretos de su Departamento del Tesoro (OFAC).
El 18 de abril, en el contexto de la guerra del Estrecho de Ormuz, el mundo tuvo que oír con mucha pena cómo el presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, le espetaba a su enemigo que su nación no era como Venezuela y que ni soñara con que podría tomar su petróleo con facilidad. Aclárese que Irán combate con valentía y arrojo en la actualidad contra una potencia cuasi imperial, como los Estados Unidos.
Filas adentro del país bolivariano, el mencionado referente venezolano de derrotas es confirmado por los mismos nacionales cuando le claman al vencedor que les libere el producto de sus ventas petroleras y auríferas. En esta ocasión, para lo que concierne a este escrito, el reclamo lo hizo un secretario nacional de un partido político tradicional, a propósito de iniciar una Peregrinación Nacional por una Venezuela sin Sanciones y en Paz: “Hay que pedirle a EEUU que termine de liberar el flujo, producto de la venta de petróleo y oro, para que llegue ya a las arcas del Estado venezolano, para poder comenzar a resolver los problemas que se tienen que resolver”.
Semejantes palabras, más allá de la indignidad de la derrota del 3 de enero, reconocen con llana desvergüenza el estado de postración moral del país, convertido en un protectorado al que se le administran sus recursos y sus ganancias desde lejos.

viernes, 17 de abril de 2026

El mundo mítico de Trump

El estrecho de Ormuz es el tema. China se queja de un navío japonés que se dirige hacia Taiwán; Rusia da sus partes de guerra, reflejando la muerte de cientos de ucranianos; Perú trasunta problemas electorales; Venezuela informa sobre el levantamiento de sanciones contra su Banco Central y su reconciliación con el FMI; pero el Estrecho de Ormuz es el tema.
Cada quien con su realidad personal por su lado, lidiando con sus propias miserias, como si de grandes tragedias se tratara. Por supuesto, nadie niega que el protectorado impuesto en Venezuela, por ejemplo, constituya una desgracia, su propia guerra mundial. Pero el ojo del mundo está en el Medio Oriente, donde bullen la estabilidad regional y las perturbaciones energéticas para el planeta.
Donald Trump acaba de celebrar escandalosamente en su red personal que ganó. Abrió el estrecho en virtud de su excepcional calidad humana y de su descomunal ejército, el más tremebundo del orbe. Proclamó que, con el Líbano, llevaba ya diez guerras detenidas como presidente. Y habría, pues, que sumar ésta, la de Irán, iniciada por él mismo.
Dijo también que Irán había aceptado no cerrarlo nunca más, que renunciaba a su programa nuclear, que entregaría el uranio enriquecido y que ya no cobraría peaje en el estrecho. Y todo ello por nada, sin que Irán gane un guisante a cambio, temeroso por su vida como debe de estar, según su discurso. De paso, como coronilla, ellos, los Estados Unidos, no tenían ni siquiera que levantarle el bloqueo naval al país persa. Una maravilla de victoria.
Es decir, que Irán aceptaba ser el redomado tonto de la película, quedando Trump como el héroe, el mejor de todos. Hasta feliz debía de sentirse ese país sin ganar nada, aceptando, inclusive, su extinción misma, con sus bajas de guerra, bombardeos, puentes destruidos, niñas asesinadas, etc.
Filas de mentiras, las de Trump. Padece el hombre, a no dudar, de mitomanía. Uno que otro lo justifica diciendo que es propaganda de guerra. Pero no, es mitomanía. Locura senil. Degeneración política.
Por su parte, Irán ha declarado que, si Trump persiste con el bloqueo a sus puertos, cerrará lo poco que abrió del estrecho. Dijo, además, que el uranio enriquecido es como la patria: no lo entregará jamás.
No puede el país quedarse a expensas de Israel, que tiene armas nucleares. No es cierto que la nación persa haya aceptado desaparecer, como rezan los cuentos chinos del hombre naranja. Tanto menos cuanto Israel a cada rato declara que Irán es su enemigo existencial.
Dice y dice Trump, por supuesto, lo que le conviene, lo que proyecta como su sueño alcanzable. Su popularidad renguea en un nivel de 36%. Su perfil ante las elecciones de noviembre es desastroso. Su propio país está lleno de enemigos. Sin aliados, sin OTAN, solo como una redonda tapara.  Odiado. Con maledicencia hasta en la Iglesia católica, donde le salió un Papa respondón que no se dejó maltratar.
Escandaloso, Trump publicó que sus navíos devolvieron montones de buques iraníes que querían romper el cerco. Sin embargo, no cae en cuenta el mitómano de que el mundo sabe, que descubre las cosas. Primero, que él no refiere la contraparte del cuento, como, por ejemplo, sus destructores repelidos por las fuerzas persas, esos que intentaron pasar con engaño el estrecho de Ormuz; segundo, que hay inconsistencias por doquier, como esa de hablar de montones de buques iraníes cuando él mismo dijo que los había destruido en su totalidad.
La historia se sigue escribiendo. La historia persiste en ser contada porque los derrotados de la novela se resisten a aceptar su derrota. Historia y tiempo son hechos correlativos. Avanzan. No hay escapatoria.

lunes, 13 de abril de 2026

El nuevo Irán: de imperio histórico a república rebelde antiimperial

Lindsey Graham, un senador estadounidense, hizo reír a los iraníes hace poco. Dijo que en 2026 finalizaría con Irán un “conflicto de 2.000 años”. De inmediato lo reprendieron con un sarcasmo colosal: la nación persa tiene más de 2.500 años, en contraste con los pocos cientos de años de los Estados Unidos.
En efecto, los persas existían en tribus más allá del 550 a.C., cuando Ciro el Grande las unificó y formó el primer imperio global, el Aqueménida. Por cierto, cuando conquistó Babilonia, en 538 a.C., Ciro el Grande se convirtió en el segundo libertador de judíos cautivos después de Moisés. Incluso reyes posteriores persas prosiguieron apoyando al entonces maltrecho pueblo hebreo.
Darío I y Artajerjes I ayudaron con el retorno judío desde su esclavitud babilónica, permitiendo y financiando su Segundo Templo, en Jerusalén. De modo extraordinario, Ciro el Grande aparece previsto como el “ungido” en los libros de Isaías, Esdras y 2 Crónicas para liberar y restaurar al pueblo de Israel.
Es un amargo giro del destino que Israel, el pueblo liberado ayer, considere hoy “enemigo existencial” a su antiguo libertador. De hecho, en muchos pensadores contemporáneos está la idea trágica de que los israelitas puedan bombardear con armas nucleares a Irán. Llaman a esta doctrina “Sansón”, en alusión al personaje histórico que localmente liberó a los hebreos de sus opresores con su sacrificio. Significa que, si no pueden someter a Irán ni a sus aliados, en última instancia defensiva podrían arrasarlos con armas nucleares antes de perecer ellos.
Los Estados Unidos, por su parte, fueron fundados en 1776 y no aparecen previstos en ninguna escritura como figura salvadora de nadie, puestos a seguir la correlación histórica iraní propuesta por el sabio senador Graham. Por el contrario, Simón Bolívar los visualizó como opresores de la humanidad en nombre de una providencia de pueblo excepcional que se inventaron las Trece Colonias rebeldes de Gran Bretaña.
Este sentimiento de pueblo “elegido” lo articuló el periodista John L. O'Sullivan (1845) en la famosa teoría de “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos, presuntamente llamados a expandirse sin límites entre el Atlántico y el Pacífico.
Históricamente, los persas han sido la contraparte (eufemismo de rival) de imperios hegemónicos occidentales. Antes de Cristo, rivalizaron con Grecia (Guerras Médicas, Alejandro Magno); después de Cristo (imperios Parto y Sasánida), contrapesaron al Imperio Romano. Cuando en 641 d.C. cae Persia ante los árabes, se islamiza; pero, en un fenómeno histórico similar al griego ante el romano, su cultura no desaparece, sino que conquista al conquistador. Como si se dijera, cazador cazado o conquistador conquistado.
Entre los siglos XV y XVIII, después de siglos de dominio extranjero, surgen las figuras de los shahs (líderes), quienes reunifican a Persia y la presentan nuevamente como imperio, el Imperio Safávida. Desde entonces, siempre en la forma imperial, suceden las dinastías Afsárida, Qajar y Pahlavi, última esta que duró hasta 1979, cuando estalló la Revolución Islámica. Con el ayatolá Jomeini, cual Revolución Francesa, la monarquía es derrocada y el ancestral imperio se hace entonces república, República Islámica de Irán.
Intentar, en fin, terminar con Irán en 2026, como dijo el erudito senador norteamericano, o acabar con su civilización en una noche para devolverlos a la Edad de Piedra, como dijera Donald Trump; trae a colación el reto de doblegar a una genética nacional que ha persistido por milenios en medio de períodos históricos de ejercicio político y militar.
El hecho de que una nación pueda ser devuelta a su Edad de Piedra, habla de su completitud como ser histórico y prehistórico, con fases de crecimiento y evolución vividas, cual ser vivo íntegro; habla de su resistencia y resiliencia en el tiempo, de su civilización y persistencia.
Es cierto que Irán hoy no es un imperio, pero es una república combativa con un arsenal genético e histórico listo para el combate, como lo ha demostrado. Su reciente triunfo sobre los aliados sionistas lo bautiza como potencia militar en el panorama geopolítico mundial.


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sábado, 4 de abril de 2026

Si María Corina no puede entregar el país más de lo que lo ha hecho Delcy Rodríguez, entonces las elecciones no son ningún riesgo.

La lógica apunta a que las elecciones presidenciales son preferibles. María Corina Machado, como ha anunciado, privatizaría PDVSA y, a título de apertura a la inversión extranjera, ofrecería los recursos minerales y energéticos de Venezuela a los Estados Unidos, su tutor político. Ocurriría con ella lo más temido por el nacionalismo venezolano: que el país, de facto, se convierta en un protectorado colonial.
Sin embargo, semejante pesadilla sería combatida por las leyes y la oposición de izquierda y hasta de derecha en la Asamblea Nacional. Sudaría su gota gorda para lograrlo, como se dice en vernáculo, si es que lo logra. El país se tensaría ante el comportamiento entreguista y la protesta patearía las calles.
No obstante, préstese atención, por si alguien no lo ha notado. Con Delcy Rodríguez como presidente encargada (E), eso ya está ocurriendo. Y ocurre de la peor manera para el país nacionalista y de la mejor forma para el gringo beneficiario: sin oposición alguna. Por el contrario, sucede con el apoyo de la estructura de un partido de gobierno e instituciones que no terminan de asimilar la connotación histórica de lo acaecido en el país ni aciertan a responderle en función de los intereses soberanos primarios.
Como señalara la presidencia encargada (E) al asumir, uno de sus objetivos es preservar el poder político. Y en tal prosecución se han alineado funcionarios, ciertos militantes, la institucionalidad de gobierno, las Fuerzas Armadas Nacionales y la Asamblea Nacional. Pero semejante estrategia de cuidar el poder tiene sentido cuando hay una amenaza catastrófica de entreguismo optando por él.  
Y no es eso lo que está sucediendo, según lo dicho. Dado que el partido de gobierno entrega sin oposición alguna, con el aval de la Asamblea Nacional, es poco probable que la derecha política, encabezada por Machado, pueda dañar más si afronta a una oposición parlamentaria.
De manera que se puede decir, de modo vergonzoso, que instituciones, partido de gobierno y funcionarios gubernamentales preservan, en efecto, el poder político, pero uno con carácter personal, en nada imbuido de republicanismo. Para decirlo con el vulgo, cuidan cargos y prebendas.
Por ello, la lógica concluye que es más conveniente para la república, con urgencia patria, realizar elecciones. Detendría la regalía presente no autorizada por la democracia y sometería al criterio electoral el destino de la república. Ni los Estados Unidos son socios de Venezuela, como se dispuso gubernamentalmente, ni Venezuela tiene que ser su colonia. Ello constituiría un eje moral a debatir entre todos. Tendría más dignidad, por lo menos, morir en la batalla del debate que entregarse impúdicamente. No renta para la conciencia vivir en un país lleno de vergüenzas y que se deja tomar como un botín.

miércoles, 1 de abril de 2026

El PSUV dividido como ocurrió con el PCV

En 2020, el Partido Comunista de Venezuela (PCV) rompió su alianza con la gestión gubernamental, presidida por Nicolás Maduro. Acusó a este de abandonar el rumbo socialista y de adoptar el neoliberalismo como su nuevo modelo político.
Grosso modo, el PCV denunció la dolarización de la economía nacional, el surgimiento de una burguesía importadora, el desmantelamiento de los derechos laborales, la corrupción, la fuga de la renta petrolera y el aumento de la desigualdad.
Filas adentro, se ordenó el abandono de la coalición gubernamental. Pero hete aquí que surgió una división. Los «comunistas» que ejercían funciones con el gobierno decidieron no acatar la directriz; y los de la directriz, esto es, el PCV histórico, propusieron desconocer la militancia y el ejercicio político de los revoltosos.
Se formó el pleito. Ambas facciones presumieron ser más papistas que el papa, y bastante se habló de Carlos Marx y su genuino materialismo histórico durante la exégesis ideológica que se suscitó.
Finalmente, en 2023, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) intervino al PCV y decidió que los verdaderos comunistas eran los aliados del gobierno, mismos con los que dictaminó su nueva directiva política. De tal modo quedó descabezada la facción crítica al gobierno. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), o partido de gobierno, neutralizaba con dicho movimiento a un eventual disruptor del ecosistema político.
Ahora el PSUV se encuentra en el mismo banquillo de las disquisiciones ideológicas. Ni más ni menos con sus dos bandos. Por un lado, están las cabezas de gobierno, pasando por la Asamblea Nacional, los funcionarios de Estado, hasta aterrizar en la militancia misma; por el otro, los disidentes, los que hablan de entreguismo a los Estados Unidos, de traición a la patria y de concesión de soberanía. Estos últimos, mayoritariamente, son militantes que no detentan nada más que su conciencia y el voto depositado en las elecciones presidenciales de 2025. Son los pata-en-el-suelo, como los motea el populacho, o los «chavestias» o «chaburros», como los insulta la oposición.
Algo hasta peor que lo sucedido en el PCV, donde se hablaba de traición a principios doctrinarios. Con el PSUV, el asunto a dilucidar es la monstruosidad de la traición a la nación venezolana, más allá de los estatutos de un partido.
Y es que, de ningún modo, de acuerdo con los estatutos del partido, se puede denominar psuvista al bando gubernamental, hoy en amoríos con los Estados Unidos; así como tampoco al militante que lo apoya. En sus principios generales, el PSUV y su militancia se declaran «anticapitalista y antiimperialista», una entelequia destrozada por el actual ejercicio de gobierno.
¿Semejante maldición del PCV llegará a tribunales para pleitear por los símbolos y banderas del PSUV verdadero? ¿Surgirá algún adalid del legado histórico de Hugo Chávez para reclamar la esencia del partido, denunciar que lo que se vive no fue aquello por lo cual votó el psuvista auténtico en las elecciones presidenciales de 2025 y para llamar a elecciones? ¿Es posible que el TSJ pueda determinar que los funcionarios de gobierno, en actual romance con los gringos, sean los auténticos fundamentalistas del PSUV?