A partir de los hechos del 3 de enero de 2026, luego de la inesperada inacción de las Fuerzas Armadas y la posterior sumisión política del país ante su agresor, Venezuela se ha convertido en un referente de derrota en el más penoso de los mundos.
En guerra y en derrota hay gradaciones. Hay las victorias fastuosas que erradican al enemigo, desapareciéndolo para siempre. Troya dejó de existir tras su caída ante los griegos, aunque uno de sus sobrevivientes (Eneas) sembró la semilla de la futura y grandiosa Roma.
Hay las victorias pírricas, esas donde tú matas al enemigo, pero pierdes todo, sobreviviendo sólo para comprobar que de nada ha servido el esfuerzo. Te nace del alma decir, como dijo el mismo Pirro: "¡Otra victoria como esta sobre los romanos y estamos completamente perdidos!" Quizás la última victoria pírrica de la historia sea la de Estados Unidos y sus aliados en Irak (2003). Derrocaron a Saddam Hussein, pero el costo billonario de la operación, la pérdida de vidas humanas (más de un millón) y la desestabilización regional excedieron la probabilidad de alguna ganancia.
Algunas victorias son vergonzosas, lo cual, en ciertos casos, puede rayar en lo ridículo. Por ejemplo, la de Francia sobre México en 1838 (Guerra de los Pasteles). Un pastelero francés pidió compensaciones por daños en su local. El reclamo hizo que el imperio francés movilizara una flota entera para avalar a su coterráneo en tierra extraña.
Desde otro ángulo, hay también la gradación para las derrotas. Derrotas dignas y derrotas vergonzosas podrían ser los extremos. Hay derrotas tan llenas de dignidad que cuesta hablar, peyorativamente, de pérdidas. De hecho, muchas de ellas, por su carga de arrojo y valentía, inspiraron posteriores victorias. Háblese, por ejemplo, del famoso Sitio del Álamo, en 1836: los 200 tejanos que murieron resistiendo durante 13 días a miles de soldados mexicanos inspiraron posteriormente una final victoria.
Tal vez la derrota más digna de la historia sea la de la Batalla de las Termópilas (Grecia, 480 a.C.), donde los famosos 300 espartanos se sacrificaron ante miles de persas con el objetivo de que el resto de Grecia ganara tiempo para reorganizarse y enfrentarlos más adelante.
En esto de la derrota, la dignidad es como el caracterizador de lo magnífico ante el ojo humano. Perder o morir cobardemente, es decir, sin dignidad, no parece sólo una derrota para el desgraciado, sino hasta una afrenta para el género humano. Dar ejemplo de esto es necio y hasta afecta la autoestima del alma. Hay recreaciones que no son saludables.
Cuando Venezuela no se defendió y dejó secuestrar a su presidente, no sólo rayó en la vergüenza de una derrota sin dignidad, sino que, por el otro lado, perló una de las victorias más brillantes que agresor alguno pudiera soñar. El vencedor ganó la contienda sólo con mostrar su tamaño, obteniendo como botín al país más rico en hidrocarburos del planeta, equivalente a millones de gallinas de huevos de oro. Al darle forma de protectorado, aseguraba una futura explotación perpetua.
Con humillación, el país vencido tiene que oír a diario al presidente vencedor hablar de cómo habrá que explotar los recursos de la tierra bolivariana, ordenando qué hacer y qué modificar, trátese de leyes o de cargos institucionales o políticos. Es un hecho que Donald Trump gobierna a su vencido a través de decretos de su Departamento del Tesoro (OFAC).
El 18 de abril, en el contexto de la guerra del Estrecho de Ormuz, el mundo tuvo que oír con mucha pena cómo el presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, le espetaba a su enemigo que su nación no era como Venezuela y que ni soñara con que podría tomar su petróleo con facilidad. Aclárese que Irán combate con valentía y arrojo en la actualidad contra una potencia cuasi imperial, como los Estados Unidos.
Filas adentro del país bolivariano, el mencionado referente venezolano de derrotas es confirmado por los mismos nacionales cuando le claman al vencedor que les libere el producto de sus ventas petroleras y auríferas. En esta ocasión, para lo que concierne a este escrito, el reclamo lo hizo un secretario nacional de un partido político tradicional, a propósito de iniciar una Peregrinación Nacional por una Venezuela sin Sanciones y en Paz: “Hay que pedirle a EEUU que termine de liberar el flujo, producto de la venta de petróleo y oro, para que llegue ya a las arcas del Estado venezolano, para poder comenzar a resolver los problemas que se tienen que resolver”.
Semejantes palabras, más allá de la indignidad de la derrota del 3 de enero, reconocen con llana desvergüenza el estado de postración moral del país, convertido en un protectorado al que se le administran sus recursos y sus ganancias desde lejos.



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