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lunes, 11 de mayo de 2026

Uranio y petróleo sin patria

Todo el mundo teme al uranio, todo el mundo podría amarlo. Más que al petróleo mismo. Es poder, poder sin fronteras. Extermina nomás mencionando que se posee en forma militar. Es la guerra y la victoria; o su ahorro. En términos inmorales, podría ser el fin humano; en términos responsables, un renacimiento.
Con uranio nada faltaría para el guerrero. Con ufanarse éste de que lo tiene, podría ser dueño del oro, negro y blanco. El uranio hace que el metal y el miedo manen. Obra milagros. Japón sintió la primera bomba de uranio, la de Hiroshima, y luego se rindió. Sin embargo, su vencedor, los Estados Unidos, lo siguieron castigando con un segundo explosivo, esta vez a base de plutonio-239: el de Nagasaki. Pero, aunque el plutonio-239 químicamente es diferente, lo derivan del uranio, y eso, en términos de poder, es lo mismo.
De modo estratégico, Venezuela lo tiene en grandes reservas naturales, en Roraima, estado Bolívar. 75.000 toneladas. Las grandes potencias lo tienen, por supuesto, ya sintetizado en bombas nucleares. Otros, como Irán, también lo tienen, oculto, de contrabando, perseguido, formalmente en proceso, ansiando ese enriquecimiento del 80%. Israel es un caso de tenencia descarada, sin licencia y sin control, en elaboradas bombas de destrucción masiva.
No se habla mucho de eso, pero, como todas las cosas relacionadas con el poder, reviste un silencio escandaloso. Donald Trump y Benjamín Netanyahu lo buscan. No lo ocultan como apetito. Quieren el de Irán porque los amenaza, les enmaraña el futuro.
Petróleo y uranio son una combinación perfecta. Es como la sangre en la mano que aprieta el gatillo armamentístico. El sueño ideal del guerrero es tenerlo con exclusividad, a solas. Son minerales imbuidos de una naturaleza humana en extremo egoísta. Son como las armas de Aquiles: un regalo de los dioses para un portador único. Por cierto, durante la guerra de Troya, Ayax se suicidó cuando no se le adjudicaron.
Pues, así habrá de ser lo que se cocina en el Medio Oriente. Talismán o escudo, no lo pueden tener dos. Sólo Israel. Irán, de tenerlo, invitaría a ser erradicado. De eso se trata la preponderancia geopolítica. El poder de uno.
Con su poder de potencia uránica, los Estados Unidos sólo tuvieron que exponer su imagen para derrotar a Venezuela y capturar a su presidente, sin rasguño, sin respuesta natural de sus fuerzas armadas. Es el juego militar de las potencias nucleares: el miedo, la intimidación contra los pendejos que se esconden allá abajo. Tomó su petróleo, bautizando con su color oscuro la cobardía del vencido. Tal es la narrativa que los poderosos aspiran no solo para el Medio Oriente, sino para el mundo entero.
Más allá de Venezuela como campo de entrenamiento uránico y petrolero, puede hablarse de una jugada en extremo vital para los Estados Unidos en su afán globalista y geopolítico. La adquisición de ese petróleo constituye un combustible crucial para enfrentar el poder rival en el mundo durante décadas. Suero, oxígeno, pan. Pero lo terrífico e insólito es que, si se llegaran a certificar las 75.000 toneladas de ese uranio bolivariano, el golpe de colonizar a Venezuela habrá que considerarlo maestro.
Se trata de tener como granero al país con las mayores reservas de petróleo del planeta y al onceavo tenedor de uranio, el segundo en Latinoamérica, después de Brasil.
Por lo pronto, como para ensayar cuáles sabuesos y para proyectar lo que habrá de ser el futuro de explotación, los estadounidenses se acaban de llevar 13,5 kg de uranio enriquecido al 20% que estaba en un reactor del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Presuntamente, lo instalaron los británicos con los estadounidenses, era un material de los norteamericanos, con una condición confiscable en virtud de un tal tratado de no proliferación nuclear. Un país vencido no cuenta para portar armas ni aspiraciones tecnológicas.  Su lugar es el suelo de las provisiones.
 
 
 

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