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viernes, 11 de junio de 2010

La guerra de los imbéciles

Guerra de los imbéciles Los viejos suelen decir “en mis tiempos” para calificar una época como mejor.  O “eso no se veía antes”.  Yo, no tan viejo, puedo creer que no haré tal, pero al dar expresión a criterios estrictamente pesimistas sobre la hora presente que vive la humanidad, no me queda otro remedio que incluirme en el triste geriátrico pintoresco.  Sin salida, al parecer, obligándome a rematar el cuento con el dicho poético de que “todo tiempo pasado fue mejor”

No me autoengañaré para autosentirme mejor ─valga esta palabra─, como recomienda una psicología por allí.  Considero que si alguien reconoce que el derrotero escogido por el mundo no tiene más salida que una guerra, mal puede ponerse a negar la inminente explosión de las bombas sobre su cabeza en nombre de un ridículo y ficticio estado de buena salud.  Puede resultar saludable correr un poco, esconderse y salvaguardarse, si no se es guerrero en combate.

Ya dicen los científicos que si tienes cáncer nada ayuda que tu actitud mental sea positiva.  Las células agigantadamente se multiplican y ello es un hecho físico, químico y biológico, sin contención mental.  Es decir, es mejor identificar el problema y atacarlos con soluciones de la misma naturaleza.

Muchos creen que negar ayuda, cuando la afirmación está sobre sus cuellos.  Podría ser que un moribundo se vaya de este mundo creyendo que no murió y empiece luego a aparecer por allí, paranormalmente.  Dice la leyenda hollywoodense que el Titanic se hundió por la ansiedad de cierta persona en demostrar que la velocidad de la embarcación era una maravilla, negándose a aceptar la existencia de unos témpanos a pocos kilómetros, hecho que obligaría a bajar la velocidad y a desviar el curso.

Hay mucha estupidez en la inteligencia del hombre.  Hace poco también dijo una autoridad (en Chile) que la situación después del terremoto estaba calmada, para no generar pánico, cuando la realidad era que un tsunami distaba a pocos minutos.

Todo es calma, autohipnosis en general.  No pasa nada.  Ni siquiera una calma chicha.  Los mercados están saludables, el número de pobres en el mundo es el normal, el sistema no se estremece, no ocurren mutaciones, hay la guerra que debiera haber, la gente no muere más que en la normalidad mortal, si es eso lo que en última instancia importa por aquello del derecho y el respeto a la vida.

Hablo de la realidad humana en general, mundial digamos, y no de particularidades o nacionalidades que, como ustedes saben, presentan sus propias peculiaridades domésticas, si políticas más apocalípticas.  Me explico con un ejemplo emblemático:  una oposición como la venezolana no compartirá jamás mis palabras para describir su estado de ánimo y situación actual, es decir, jamás dirá que hay calma, que el mundo no pasa, Etc. Etc.; por el contrario, para ella en el país se vive un Apocalipsis, en la medida en que su viejo mundo de prebendas se les va al suelo y su sistema de valores empieza a estrellársele también.

Hablo de la situación humana en general, del hombre como especie, metido en un juego vital sin salida, puesto a pensar como se le enseña, manipulado grandemente por quienes se hacen dueños de los medios de la verdad (no quedó más remedio que expresarlo así).

Por supuesto, dado que el mundo cada vez más se hace aldea global y la información o los hechos están a la vuelta de la esquina, es cada vez más difícil engañar al hombre con versiones de realidad incomprobables.  No diré que el mundo esta siendo invadido por ovnis y crearé un desbarajuste (como hiciera Orson Wells en su tiempo), si cada quien tiene la versión de la vida mundial a la mano por diferentes vías.  Es difícil, como dije, pero compréndase también que las proporciones y las simetrías evolucionan en reciprocidad:  los manipuladores de mundos, como los delincuentes respecto de los policías, le buscan la “vuelta” al gato y la “caída” del sistema. Mutan.

“Tres son los problemas terribles de la humanidad, donde se ejercita la mentira a diario, el cinismo como regla, por un lado,  pero donde, también, por el otro, se acumulan las grandes energías de protesta indignante de aquellos que suelen estar pisoteados e insurgen:  (1) el tema climático y ambiental, (2) el modelo político y (3) las armas de destrucción masiva.”

 

Voy con un ejemplo:  el reciente capitulillo de la llamada Flotilla de la Libertad, masacrada por los israelíes, habría pasado como una tontería veinte años atrás, cuando nosotros, los de entonces pasivos receptores, no teníamos la posibilidad de ver los hechos a ciencia cierta.  Otrora, dije. Pero hoy el mundo estuvo todo metido allá mirando la ocurrencia de los crímenes, debido a la emisión telemática de algunos tripulantes.  Sin embargo, como vimos, dando por tonto al mundo y creyéndolo estático en la idiotez, el gobierno israelí intento “sembrar” el barco con terroristas, de merecible exterminio. Un algo más del cansancia de siempre, por estas épocas.

Y es por aquí por donde, a propósito, se viene la reflexión del escrito.  El intento de creer en un mundo idiota poblado por homúnculos, gobernado por hombres realmente hombres (los que tienen la verdad-verdad y el monopolio de sus medios), no puede conducir a ese estatismo soñado por sus poderosos, a una eternidad parmeniana, de evidentes conveniencias.  No puede desembocar, pues, a lo que llaman “paz”, ese estado que poco a poco como que quisiera irse pareciéndose a la tranquilidad de un camposanto.

La burla a la inteligencia humana supongo tendrá su límite, y parece que mucho de ello hay en el presente.  Por eso digo, con los viejecillos, que las cosas no están bien.  Dotado el mundo como está en la actualidad, con miles de ojos visores, aun se le intenta dar por ciego, generándosele una acumulanate deuda de indignación, explosiva algún día.  Ya casi nadie aguanta:  todo se parcializa hacia el engaño y el maltrato.  Se miente descaradamente, se hace con el mayor cinismo.  Se te dice en tu cara que se te engaña, como si te provocasen, como si quisieran asegurarse de que eres un real estúpido.

¿Qué se busca?  Hablo de los grandes poderes del mundo, abusando de las gentes.  De las organizaciones mediadoras y canalizadoras mundiales, institucionalizando el delito, el crimen, el genocidio, el ventajismo, el poder de uno.  Intentando hacer del mundo una realidad etnocéntrica.  Condenando culturas, proponiendo guerras de civilizaciones, narcoterrozidando al orbe, para pintarse como mejores, para sujetarlo, dividirlo, quebrarlo, manipularlo, gobernarlo...  La ONU, la OTAN, la OIEA, el G8, OMC, la OEA en nuestras inmediaciones, al servicio de un bando, permanentemente satanizando al contrario, como si en efecto el “contrario” fuese eso, demonios, nada emparentados con la especie, de merecible exterminio también.

No censura la ONU los delitos de los propios (¿que pasó con la condena y sanciones a Israel por la masacre?), no se mete la OIEA con las bombas fabricadas por los del bando “bueno” (el suyo), salva el G8 a los bancos y al modelo capitalista y no a los ahorristas, hace lo mismo la OMC, y la OEA en nuestros predios acaba de descubrir ─por decir algo─ el paramilitarismo en Colombia, esa fulgurante colonia de los EEUU, país jefe éste ─por cierto─ del bando “bueno”, de la zona etnocéntrica, de los predestinadamente elegidos.  Satánicos son otros:  Corea del Norte, China, Irán, Bielorrusia, Venezuela, Bolivia, hasta los casi exterminados palestinos, etc.

No puede durar tanto la mentira abierta y su efecto humillante, y por eso digo, con pesimismo, que el mundo se apresta a una explosión.  Mucho hay ya de esclavo que ha desarrollado la conciencia del amo que lo espolea, y por doquier se generan espacios sublevados contra las viejas hegemonías, suerte de terremotos políticos.  Tres son los problemas terribles de la humanidad, donde se ejercita la mentira a diario, el cinismo como regla, por un lado,  pero donde, también, por el otro, se acumulan las grandes energías de protesta indignante de aquellos que suelen estar pisoteados e insurgen:  (1) el tema climático y ambiental, (2) el modelo político y (3) las armas de destrucción masiva.

Los grandes cínicos y engañadores del mundo se retrotraen de las obligaciones de cuidar el hábitat, en nombre de su peculiaridad existencial (las obligaciones son para los pendejos), persisten en presentarnos como saludable un modelo político-económico en debacle (el capitalismo, con todo lo que ello implica en esclavitud y pobreza) y, finalmente, se permiten hacer ostentación de las 5.113 cabezas nucleares que tienen en almacenamiento, además de la miles que mantienen sembradas en diferentes espacios.  El mundo bomba, pues, internamente humillado en su inteligencia y al mismo tiempo temblando por su propia reacción y dignidad, lo cual habrá de ser el precio de su despertar.

Como se ve, toda una ambigüedad pesimista sobre la guerra y la humana dignidad, como emotivos factores de convulsión.

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domingo, 6 de junio de 2010

Guerra y civilización: la propuesta “humanista” del estado de Israel

Israel guerra ¿Es usted pacifista?  Le diré que no conciba muchas esperanzas, en vez de que conciba mucha paz.  La paz no es contigo ni conmigo.  Estemos claros.  El mundo es una guerra.

Desearla puede constituir una fuerte inclinación, sobremanera para quienes se tienen pintado a este mundo como una suprema instancia regentada por el género más elevado de todos los tiempos ─el humano, rey de la creación─ y para quienes lo conciben como un globo de ensayo de la fe, espacio esperanzado de crecimiento espiritual, escalafón preliminar de ganancia celestial.

¿Es usted filántropo, humanista, activista de la no violencia, además, claro está, de pacifista?  ¿Le gusta el mundo con sus hermosos atardeceres, mucha vegetación y animales, aire limpio, conversaciones vespertinas ante la caída del sol, con sus hombres y mujeres dechados de virtudes morales, intelectuales y físicas?  ¿Es usted idealista y confía en que finalmente advendrá una armonía sideral?  ¿Tiene usted alma de monje, beato, predicante, profeta, socialista, de cristiano en el más puro sentido?  Esté, pues, dispuesto a dejarse comer un poco por las hormigas, que pican también hasta en las mejores épocas de paz, especialmente si es abundante el aire natural y esplendente la vegetación con la que usted sueña.

El mundo es una guerra, como siempre ha sido.  Es un gen.  Una loca carrera por la supervivencia, una competencia, desde que se nace.  Es diestro:  le prepondera el lado izquierdo del cerebro, como diría un neurólogo.  Una imagen de un salvaje venciendo obstáculos naturales y sobrenaturales para finalmente ser.  Un pelearse eterno por los espacios, puestos, patios, casas, haciendas, parroquias, municipios, estados, países, continentes, planetas, cielos, estrellas..., ab infinitum.

Y si alguna vez tiene paz no diremos que no hay guerra, sino que sus guerreros descansan, como se ha dado por describir siempre esa naturaleza belicosa del hombre (la paz es el descanso del guerrero).  Vayamos a la historia para comprobar:  nada más abundante y cultivado que la guerra, paso a paso, siglo a siglo.  Es necio enumerar cuando la evidencia abruma.  Sólo dígase que su fruto es experto, decantado a lo largo de generaciones de cosechas.  El hombre, más que guerrero, es un agricultor de la guerra, si es que a usted le gusta ─como a mí─ darle vueltas a las palabras.

Pero el hombre es esperanzado, ser de ideas también, aparte las armas.  Un pequeño margen de ellos ha superado digamos esa inclinación belicista con el cultivo de su conciencia, con su pensar más sosegado, multiplicando sus esperanzas con cada período de paz que la humanidad experimenta, con cada descanso de los soldados (no quedó más remedio que así expresarlo).  Va y se le encima al resollante cuerpo de armaduras, musitándole el descanso, la vida, la familia, las artes, el amor, la paz, un mundo mejor, otro hombre, coloridísimos atardeceres sobre una capa de murmullante vegetación, de murmullantes animales...  Hasta que el superhombre se repone y se apresta de nuevo al combate, que es donde encarna la mortal gloria humana, tal como nos marcara ese también belicoso espíritu de lo griego.

Figura esa aparente condición especial una suerte de confrontación entre un poeta de la paz y un filósofo de la guerra.  Uno que le canta al hombre y otro al superhombre, respectivamente.  Pero el “yo me celebre y me canto” puede dar para todo, inclusive como preámbulo para el hallazgo del superhombre.  Y la cosa se presenta como que no hay salidas.  Suerte de curas bendiciendo mortales armerías.

En épocas de desesperos y esperanzas, el mundo ha tenido sus enviados.  Jesús de Nazaret, uno de los más emblemáticos, vino.  Llegó, afloró su semilla humanista, confrontó a los gendarmes de la tierra, surcó, sembró, predicó el fruto y su cosecha y, finalmente, fue fijado a un asta mayor.  Vivió lo que duró el tiempo de descanso y reacción de las fieras.  Sin embargo, como dijimos, el hombre es una materia de esperanzas, de sueños de cambios, de lucha invencible también de ese otro pequeño porcentaje amante de la vida del que hablamos.  Jesucristo dejó su promesa de volver, aunque ─seamos más vivos─ propuso en realidad que nunca el hombre lo dejase marchar de entre sí.

“[...] debe estar dispuesto a dejarse comer un poco...; por las hormigas en tierra, por los halcones en el aire, por las pirañas en ríos, por los tiburones en mares y por los israelíes en el Medio Oriente.”

Y a fuer de historias belicosas, de naturalezas humanas exhibidas como apetecibles trofeos, hoy la paz y la guerra han evolucionado.  Se ha hecho más artero su gen transmisor.  Ha mutado.  Ha suavizado sus aristas fenotípicas, que no genotípicas, mucho menos arquetípicas.  Se ha hecho ciudadana la guerra, “civilizada”, por supuesto en el sentido de esa cotidianidad que ya no es capaz de procurarnos asombro. Está por doquier, tanto en la realidad, como en la técnica y la teoría.  En los manuales. En la mentalidad educando de las nuevas generaciones.

Es decir ─para decirlo monstruosamente─, ya no es guerra ni paz, es hombre, humanidad, cultura, vida.  Y así como evoluciona la guerra, evolucionan también sus aperos, sus conceptuaciones, hasta grados realmente extraordinarios.

Si ya es bastante que la aceptemos en nuestra filas conceptuales como un carácter de nuestra naturaleza, y la carguemos para arriba y para abajo con nosotros, en la ciudad, como si nada (así lo sueñan sus promotores), la revolución bélica nos pide más aun, un más allá de nuestra capacidades de asombro.  Si cierto es que ya nos recomendó que nos familiaricemos con su carnicería, nos pide ahora otros revolcones de la razón:  olvidar las convenciones en la materia y lanzarnos en la aventura de vivir un mundo que no queda otra opción que definirlo como al revés.

A saber, enemigo no es el soldado del otro bando, sino ahora el hombre de paz, el que ayuda, el que restaña una herida, o una cruz roja organizacional, un pan o un curetaje, como si se hiciera un esfuerzo final para erradicar para siempre a esos idiotas del género humano que contrarían la naturaleza bélicosa de la especie.  Nada más contraproducente al momento que un Jesucristo, un Gandhi o una Madre Teresa.  Asesinarlos se impondría como una inaplazable misión.

Otra convención a desmontar:  muerte a los rendidos, para eliminar físicamente al enemigo.  Quien levante la mano en el terreno de combate para señalar “hombre herido”, debe tomarse como blanco para un tiro.  La muerte le sienta bien; nada digamos, hasta este punto, que la tortura es un fin.  Otra:  no se puede normar a la naturaleza humana, porque ella simplemente es, como desde hace rato lo es ya la guerra en el mundo; de manera que convenciones sobre armamentos, prisioneros o refugiados son cosificaciones de la historias y libros viejos.  Palabras como Ginebra, ONU, OIEA, etc., tendrán que ser abolidas (no obstante su escaso cargamento objetivo, imparcial y humano) para la nueva semántica del porvenir.

Finalmente, no se le ocurra levantar un pañuelo blanco.  ¡No se le ocurra rendirse, caramba, porque cuente con que ya no tendrá ni vida para seguir luchando, en el supuesto que usted pertenezca a ese escaso margen porcentual de luchadores por la paz.  ¿Todavía persiste en su arriegado empeño, no obstante haberle alertado sobre los nuevos vientos y naturalezas de cambio?  La paz es la guerra, y usted, señor pacifista, es un enemigo, a lo menos un soldado de paz, para decirlo en un versátil lenguaje que probablemente a usted no le guste mucho.

¡Ama al género humano y quiere su bien! ¡Ayudar!  Filántropo, humanista, activista de la no violencia, soñador, idealista, criatura de otro planeta, recuerde lo dicho:  debe estar dispuesto a dejarse comer un poco...; por las hormigas en tierra, por los halcones en el aire, por las pirañas en ríos, por los tiburones en mares y por los israelíes en el Medio Oriente.  Si la guerra es lo que viene, es la civilización del futuro y es, yendo más allá, una naturaleza importante de la especie misma, usted, amigo mío ─déjeme decírselo─, es un pedúnculo del pasado biológico del hombre, una suerte de gen recesivo.  No calza con el superhombre hoy y su dilema es mutar.