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lunes, 29 de junio de 2026

Se metieron en La Guaira: la doctrina militar de la ocupación estadounidense bajo el pretexto de la ayuda humanitaria

En diciembre de 1999, Hugo Chávez rechazó la oferta de ayuda de los Estados Unidos. Era la Tragedia de Vargas. 450 “marines” estaban listos para desembarcar en las costas con maquinarias. Chávez adujo que el país no requería personal militar extranjero, menos estadounidense, dado que detrás del argumento los gringos encubrían la intervención, la ocupación territorial y el espionaje.
Este capítulo fue apenas el preámbulo de la tormentosa relación del gobierno bolivariano con los Estados Unidos. Entre la izquierda latinoamericana hay la conseja de que "no se puede confiar en el imperialismo, pero ni un tantito así, nada", atribuida a Ernesto “Che” Guevara. Esta sentencia es reforzada por la jocosa idea de que en los Estados Unidos no es posible un golpe de Estado porque en su capital no hay una embajada de ellos mismos.
De hecho, volviendo a la relación tormentosa, en septiembre de 2008, Chávez expulsó a los norteamericanos y su embajada de Venezuela. Fue una medida solidaria con Evo Morales, quien, previamente, había expulsado al embajador estadounidense por injerencismo y comando de la oposición boliviana. Chávez adujo, además, que desde la embajada yanqui en Caracas se conspiraba para asesinarlo, desplegando actividad de inteligencia hacia los cuarteles militares.
El tiempo terminó dándole consistencia a las sospechas del presidente venezolano. La embajada, en efecto, podría haber sido un comando general de operaciones. En 2013, Edward Snowden expuso que los Estados Unidos espiaban a 38 embajadas en el mundo, controlando sus comunicaciones, “sembrándoles” con micrófonos, obligando en secreto a las grandes firmas de telecomunicaciones a entregarle a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) los metadatos de las llamadas telefónicas y mensajería.  
En modo alguno fueron infundados tales temores. Chávez era militar y sabía de doctrinas. Y la doctrina militar de los Estados Unidos en contextos humanitarios es clara y aprehensiva. Se llama Asistencia Humanitaria Extranjera (FHA) y contempla la obligatoria "recopilación de inteligencia concerniente al ámbito político, militar, paramilitar, étnico, económico y medioambiental" del país afectado; tiene como misión reconocer y mapear el terreno, así como identificar los espacios donde el acceso militar estadounidense pueda estar restringido; y perfilar el acceso directo del Comando Sur en las regiones estratégicas de interés para la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Pero, atención: el punto más inquietante de esta doctrina es que, si el gobierno de los Estados Unidos asume las tareas de búsqueda, la reconstrucción y el control de las telecomunicaciones (ya dan Internet Starlink), entonces su desempeño debe ser de gobierno completo (whole-of-government response). Es decir, su influencia debe determinar las decisiones civiles y administrativas del territorio, lo cual, como se analice, es una toma y comporta el debilitamiento de la soberanía del país afectado en nombre de una catástrofe que no puede sofocar.
En la actualidad, la presencia militar de los Estados Unidos en La Guaira es masiva, ejerciendo control operativo directo. Es prácticamente imposible diferenciar asistencia humanitaria de ocupación geopolítica cuando el país “ayudado” es la mayor reserva de hidrocarburos del planeta. Dígase, para redondear, que el gobierno interino de Delcy Rodríguez no ofrece resistencia a los norteamericanos y que Venezuela aún está bajo el efecto de la intervención militar denominada “Operación Resolución Absoluta”.
Todo el espacio aéreo de La Guaira está bajo control de aeronaves de última generación: helicópteros pesados MV-22B Osprey y Bell UH-1Y Venom, y aviones de carga pesada C-17 Globemaster movilizando tropas aéreas. Oficialmente, el ejército de los Estados Unidos ya empezó a radiografiar la estructura del Puerto de La Guaira y su sistema de vialidad.
El Comando Sur movilizó sobre las aguas venezolanas los buques de transporte y asalto anfibios USS Fort Lauderdale (LPD-28) USS Billings (LCS 15), respectivamente. Y el Cuerpo de Marines (Fuerza de Combate Litoral-24) tomó el control del Puerto de La Guaira.
Finalmente, asiéntese que la injerencia se torna completa (en el sentido doctrinario mencionado de “gobierno completo”) cuando el presidente de los Estados Unidos habla ya de un financiamiento inicial de $150 millones de asistencia y el embajador John Barrett camina junto al mayor general del ejército gringo, Kevin J. Jarrard, sobre los espacios litorales. Podría Donald Trump decir en cualquier momento, conociendo su locuacidad, que ya adquirió los derechos de propiedad de la costa venezolana y que no hay nadie en el mundo que pueda impedir que ellos, los estadounidenses, fotografíen, sobrevuelen o se queden por largo tiempo sobre esa tierra de desgracias. Es como si el asunto fuese una compensación a su fallido sueño de apoderarse de Groenlandia.
Fatídicamente, este texto no puede desembarazarse de un ánimo profético: pasarán eras antes de que los Estados Unidos y sus apetencias geopolíticas suelten la mordida que le acaban de inferir al territorio venezolano con esa excusa perfecta de la ayuda humanitaria. Será precisa una guerra para expulsarlos, y es precisamente la que está prevista, la guerra de independencia bolivariana.
 


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sábado, 27 de junio de 2026

Tembló y no hay hoy un Simón Bolívar para dar un sablazo a los curas del desastre

Los místicos explican que las grandes crisis de la historia venezolana coinciden con períodos de alta actividad sísmica. Como bandera, enarbolan el terremoto que asoló a Caracas el 26 de marzo de 1812.  Las tensiones de entonces, la guerra, la pobreza y el sufrimiento habrían herido la corteza terrestre con su emocionalidad corrosiva. En su visión, la tierra no es una piedra descomunal, sino un ser vivo que interactúa con el hombre.
El religioso, por su lado (ser político y dogmático), también dicta su cátedra cuando la tierra se enfurece (según los místicos). Así fue como el fraile Felipe de Quevedo, sobre los escombros de la iglesia de San Jacinto, se atrevió a formular un discurso político disfrazado de religión ese 26 de marzo, Jueves Santo, de paso. Según su arenga, se vivía la “ira de Dios”, un “justo castigo” por haber profanado el orden divino al desconocer al rey Fernando VII, de España.
Simón Bolívar, al notar que estaba amedrentando a la muchedumbre en favor de la monarquía, se dirigió hacia el pilar donde se había subido el dominico y lo tiró violentamente del brazo, desenvainando luego la espada para conminar al motín religioso que se había formado. Militarmente, impuso orden y acatamiento, y movilizó a los sobrevivientes hacia los trabajos de rescate y reconstrucción. Allí profirió su famosa frase, subiéndose al pilar de donde había bajado al clérigo: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».
Se ve, pues, cómo el místico razona para buscar consuelo divino; y cómo procede el religioso para hacer lo que la Iglesia siempre ha hecho a lo largo de siglos: cizañar para mover al hombre a través del miedo y la culpa hacia el consuelo de la sumisión.  Y se ve, también, cómo siempre habrá de necesitarse de una conciencia superior que zanje lo etéreo con golpes de realidad.
Ese terremoto, con una magnitud estimada en 7.1, destruyó Caracas y mató a 10.000 personas. Como el evento telúrico tenía como marco a una secuencia sísmica que sumó a las fallas de San Sebastián y la de Boconó, asoló también a Mérida y Barquisimeto, destruyendo iglesias y cuarteles patriotas. Tuvo una pavorosa réplica nueve días después, el 4 de abril. Entre tantos efectos que tuvo, determinó la caída de la Primera República de Venezuela, en gran medida porque la catástrofe se ensañó contra los bastiones republicanos (La Guaira, Caracas, Mérida, El Tocuyo, Barquisimeto), matando soldados y destruyendo armamento, y “perdonando” al enemigo realista (Coro, Maracaibo y Guayana).
No se culpa, pues, a los místicos y fanáticos religiosos que buscan acomodar sus razones sobre unos hechos que, aparentemente, parecieran querer dárselas. De eso se ve hoy bastante, a propósito del doble terremoto del 24 de junio de 2026. No ofende tanto la perspectiva del místico como la del fanático religioso, que es como si se dijera político. El místico entra en conflicto con la ciencia; el fanático, con la humana razón. La indignación es la cabalgadura de este último.
En efecto, como en 1812, por allí andan rezando para que Venezuela diluya su republicanismo y se sume a la confederación estadounidense, estado número 51. Ven en el 03JUN26 una señal, como un rayo divino; y han empezado a utilizar el presente terremoto como una argumentación de la destrucción para buscar salvación bajo el ala imperial.
Incluso, algunos parecieran lamentar que no hubiera una mayor destrucción para precipitar sus ansias. Es cosa de locos, que de fanáticos e iglesias se habla. Afortunadamente, el epicentro del terremoto presente se localizó lejos, a 250 km, en Yaracuy. Por tal razón, con todas las bajas que ocasionó en La Guaira, se cataloga como un evento moderado, aunque su magnitud (7.5) haya sido superior a los otros dos terremotos devastadores de Caracas: el de 1812 (7.1) y el de 1967 (6.6).
Estos dos últimos mencionados, tuvieron su epicentro a 25 km, en el litoral. De allí su altísimo potencial destructivo. El de 1812 se considera catastrófico; el de 1967, grave.
A falta de un Bolívar contemporáneo que aplique el sablazo al artero, tienen que bastar la ciencia y la historia para explicar y disuadir pasiones. La crisis republicana que se inició con la captura del presidente del país no necesariamente tiene que derivar en desintegración nacional, apalancándose en el esoterismo de un desastre natural. A una Primera República le sucedió una Segunda, como a una Quinta ha de sucederle una Sexta. ¡Que así sea esa simplicidad numérica de la historia donde jamás calce la noción colonialista!

miércoles, 24 de junio de 2026

El regreso del exilio como humillación postrera para el chavismo

En el curso de la Segunda Guerra Mundial ocurrió un hecho de gran vergüenza para el derrotado. Francia debió firmar su capitulación en el mismo vagón donde obligó a los alemanes a firmar la suya durante la Primera Guerra. Tan icónico es el hecho que bien podría conocérsele como la “humillación de 1940”: Hitler se esmeró de tal modo que llegó al extremo de romper el museo donde el vagón estaba incrustado para regresarlo a su ubicación de 1918 (cuando Alemania se rindió) y hacer que Francia allí firmara su rendición.
Son los humores y avatares de la guerra. El odio, la venganza, la humillación y el revanchismo son parte de la jerga emocional bélica. Los que se van, recurren al arte de reaparecer para ejecutar venganzas; los que han sido derrotados, de pronto, se reactualizan victoriosos en pos de su revancha; y los que han mordido el polvo hasta pueden regresar del más allá, cuales espectros, para demostrar su poderío ultraterrenal.
Como de amor, el hombre es un ser de odios. Es un Aquiles arrastrando durante días el cuerpo de un Héctor sobre la arena. El alma humana pide sangre para equilibrar, como puede pedir flores para celebrar la paz. Tiene una preocupación enormemente animal por restablecer equilibrios y saciedades.
En Venezuela, el 03ENE26 marca una derrota para quien ejerce el poder. Es decir, para el chavismo de nuevo cuño, los mencheviques del socialismo venezolano.  Vino la ultraderecha y dio su golpe, manteniendo aún en vilo el cadáver del derrotado en medio de la vacilación de la muerte. El mensaje simbólico es que la izquierda cae, aunque se trate de una idea degenerada, y la derecha se resarce de toda la humillación recibida durante casi tres décadas de injurias, disfrutando del espectáculo de muerte.
Como la política es la madre conceptual de todas las batallas y la guerra no es más que su continuación instrumental (según Carl von Clausewitz, De la guerra), no hay dudas de que la tierra bolivariana experimenta a cabalidad un conflicto bélico. Tras su zarpazo, la derecha política disfruta su revancha. Sueña con ver al jinete sin cabeza caer de la cabalgadura y con su vagón simbólico para la firma de derrotas. Aspira a su reequilibrio mental e histórico.
Como Hitler, estiliza su cóctel de la victoria. Prepara la mejor de las venganzas contra el chavismo. Y es la de hacer resurgir desde el fondo del inframundo a los espectros políticos que se fueron en exilio y regenerarlos sobre los escombros del ogro caído. Traerlos uno a uno y reconstruir con su simbolismo el país perdido. Cambiar el nombre de la república. Desenterrar cadáveres. Quitar fotos, banderas y estrellas. Eliminar la teoría y la praxis de la organización comunal. Reconstruir la militancia y hacer del país la colonia de siempre, pero abiertamente esta vez, como humillación mayor para el vencido, sin tapujo ni vergüenza alguna.


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sábado, 20 de junio de 2026

¿En dónde se esconderán cuando las aguas se desborden?

En la era de los satélites no se pierde una aguja en el pajar. El dicho es de los abuelos, cuando los teléfonos eran vasos interconectados por un hilo. Ahora la pregunta es dónde perderse.
Al hecho hay que sumar la persona o el temple del perseguidor. Si el sabueso es un simple mortal, las posibilidades del fugitivo son algo más aliviadas. Pero si se trata de un Estado, minado de tecnologías, como los Estados Unidos, hasta el centro de la Tierra de Julio Verne puede resultar inseguro.
Quienes detentan el poder en Venezuela (el llamado gobierno interino) movieron sus cartas con los hechos del 03ENE26 para ganar tiempo, según razonan sus seguidores y hasta ellos mismos. Desde el perfil ideológico de quien lucha contra el imperialismo, dieron el salto de cabra para aliarse con ese mismo adversario y así salvar el pellejo, y la paz de los venezolanos, presuntamente...
Tal es el razonamiento y casi la posición de Estado filtrados al país con visos de oficialidad. El respeto a la paz, a la ley, al derecho internacional y a la vida, además de una fiera creencia en el diálogo, son los pétalos de la flor discursiva gubernamental que intenta suavizar el hedor de la cobardía y la entrega.
Porque ese es el viento que sopla y el agua que se estrella sobre el pavimento de las calles: en el país avanza una poderosa ola de opinión que los retrata como desertores de un sistema, por un lado, y como apéndices odiosos de algo que ha debido desaparecer del todo, por el otro.
Esto equivale a decir que el triunvirato que gobierna a Venezuela en la actualidad está sumido en un serio problema de afectividad política. Es odiado por los odiadores naturales de la derecha política, por más que se afane en ganársela con sus acciones de camuflaje; y dentro de sus propias filas experimenta un creciente rechazo. Vale decir, se les agosta el país y la consistencia política.
La cruda realidad para estos personajes es que, también, el presunto tiempo ganado ante sus inevitables verdugos se agota. A la situación del acabose interna, se le suma la externa, es decir, el accionar de los Estados Unidos, tutores que, finalmente, serán sus ejecutores. Estos ya afinan su fase final, llamada transición, lo cual da igual llamar elecciones o sustitución política.
Y he allí que hay que hacer la pregunta trágica para el triunvirato: ¿dónde habrán de esconderse Delcy y Jorge Rodríguez, y Diosdado Cabello cuando hayan cumplido su fase de bobos útiles y se resistan al cesto del basurero? La historia no le atribuye piedad al país imperial si sus intereses se tornan riesgosos. Simplemente, ejecutan.
De allí la imagen inicial de este escrito. No hay lugar donde refugiarse cuando la lluvia genere sus inundaciones. Delcy arregló su situación de proscripción internacional, quizás extensiva a su hermano. Pero Cabello es un blanco que tendrá que traicionar más para ampararse debajo del regazo de los extranjeros. Se les carcome el espacio desde adentro hacia afuera y viceversa.
Son carreras políticas que están muertas y que, en efecto, deben buscar la morada final para sus huesos. El drama perturbador está en que una persona tenga que huir hasta después de muerta, no encontrando lugar ni para plantar sus huesos, ni siquiera en el patio de su casa. Podría ser que los de afuera quieran incinerarlos, como dizque amenazaron el 03ENE26, o ponerlos detrás de unas rejas, como hicieron con Nicolás Maduro; y podría ser que los de adentro se ofendan sabiendo que están por allí, cloqueando libremente, como dicen que sonaban los huesos ancestrales de la Rebeca Buendía, de Cien años de soledad.


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domingo, 14 de junio de 2026

Entre la república y el imperio: del padecimiento político del venezolano

El país padece dos problemas fundamentales, políticamente hablando. Uno es marasmo ideológico, que genera desasosiego en la población y la conduce, indefectiblemente, a la confrontación. El otro es la realidad fáctica con sus carencias o limitaciones (alimentación, servicios, salud), lo cual, también, suele conducir a las masas a la explosión.
Puede decirse, incluso, que tales puntos son delineados universales del comportamiento humano en sociedad. No necesariamente la ambigüedad ideológica o la carestía económica detonan niveles de desdicha en el ser humano. En sociedades “avanzadas”, dígase de primer mundo, la unicidad de pensamiento o el abrumante bienestar socavan la felicidad de ese animalito intranquilo llamado hombre. De un tiempo para acá, las evaluaciones sociológicas han tipificado el suicidio como una constante en esos paraísos.
Tendríase, pues, que concluir que no hay manera de hacer feliz al ser social. La disconformidad parece ser un lastre de su complexión psíquica. Ambos rasgos, idea y realidad (o espíritu y cuerpo biológico), aparentemente antitéticos, rigen su comportamiento explosivo en la polis, como ya desde antiguo lo señalara Aristóteles. El hombre es un animal político.
Este ser de ideas y de padecimientos realistas u orgánicos es la figura con la cual tienen que lidiar las teorías políticas de todos los tiempos. Explicarlo, comprenderlo, consolarlo, conducirlo, cualquiera que sea el sistema político que lo enmarque. Háblese de república o monarquía; o de izquierda o derecha.
Después del 03ENE26, con la irrupción de la violencia contra la soberanía republicana, ambos padecimientos se han acentuado en Venezuela. En términos ideológicos, el país parece querer enfrascarse nuevamente en la típica polarización jacobina y girondina, de izquierda y derecha, república e imperio. La histórica y revolucionaria república frente a la amenaza monárquica.
No se habla de que haya el riesgo de que en Venezuela se proclame un reinado, encabezado por la líder de la derecha política. Pero agobia el hecho de que la agresión extranjera haya descolocado los pilares de la historia bolivariana, así como la percepción de que el mismo republicanismo se preste para su propia disolución. Y que pueda concretarse, después, la abominable idea de que en el país se establezca, oficialmente, una colonia o protectorado, como parece pintar la actualidad. Esto ha puesto a la fiera de las ideas a caminar frenéticamente dentro de la jaula. Desde afuera hay palos y piedras que le caen para azuzarla.
Es verdad que, romanamente, el modelo de república nació siendo sucedido por el de la perenne monarquía o imperio, como propuesta a la incapacidad política del hombre para distribuir justicieramente el poder entre la ciudadanía. A esa idea gremial de filósofos y soñadores fracasados (la república), se antepuso la imagen de un solo hombre encarnando el poder de manera pragmática para remediar problemas concretos de la gente (el emperador). Es decir, el nacimiento de la república como idea comportará siempre el temor y la amenaza monárquicas como correctivos.
Tal es el agobio existencial del animal político en su polis, Venezuela. Por otro lado, en términos pragmáticos, está esa otra realidad que incide en la explosividad humana, exacerbada después de la fecha indicada, como se ha dicho. A los gestos de descomposición republicana, como la cesión de soberanía y la creación o modificación de leyes complacientes con lo imperial, se suma una realidad de adversidades ciudadanas. El país experimenta una inflación cabalgante, un deterioro peligroso en el suministro de los servicios, una quiebra consolidada en los rubros educación y salud, y un desmontaje raudo de programas compasivos sociales. Las famosas misiones de la era chavista están siendo desprogramadas y, al parecer, el esquema abanderado de la república socialista venezolana, como lo son los consejos comunales y las comunas, tendrá el mismo destino.
De manera que vive el venezolano las dos vertientes clásicas del malestar cívico: idealismo y realismo, por expresarlo de una manera cómoda. Y las vive, precisamente, en medio de una circunstancia precipitada y de ruptura, con funcionarios extranjeros caminando en su país, extrayendo unas riquezas que podrían explicar los costillares de la pobreza ciudadana.  Parece, pues, que el venezolano, en tal sentido, es un ser social íntegro para la explosión.
 
 
 
 


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sábado, 13 de junio de 2026

El tren rojo del pasado

Para expresarlo gráficamente, dígase que el tren llegó a una parada complicada. El tren rojo… Se le informa en el sitio sobre la vialidad y la dificultad con su carga. Tiene que regresar, le ordenan unos inspectores con el ceño muy fruncido.
El tren rojo puede ser un país o una persona. O una visión de mundo. Pero, en cualquier caso, se le alega inaceptabilidad. El mundo tiene otra coloración, incompatible con ciertas tonalidades, como la suya. Tiene dueño y no se pueden aceptar disformidades.
Soñar y ser distinto es imperdonablemente molesto. El sistema se desgasta procesando rasgos diferenciales. Regresar a los talleres, desarmarse, rearmarse y, sobremanera, pintarse de otro color. Es la licencia.
En el mundo ajeno no se toleran ni presuntuosos ni locos que se crean de otra especie. La única clase y forma aceptables es la obediencia. No importa que, siendo el mundo así, parezca ancho y ajeno. Eso sería problema de los disconformes, parias permanentemente depurados. Finalmente, es cosa del dueño. Venir con cuentos de redecorados y otros candiles perturba el ecosistema libertario. Esa paz, tanto de vivos como de muertos.
Tampoco hay tiempo para oír historias, por más que se presuman hermosas. El mundo no puede ser cambiado y punto. Le pertenece al futuro, y eso es una línea tendida al frente, sin cuestionables cálculos ni lógicas aberrantes. Ha de comprenderse que, cuando el mundo es de uno, el resto vive la felicidad de no hacerse cargo. Simple. Su coloración ideal tendría que ser el blanco, la distinción del todo o de la nada.
De manera que debe girar el tal tren rojo, en forma de U, y dar marcha hacia atrás. Tuvo su oportunidad. Recorrer los rieles del pasado tiene que ser su segundo viaje. Su incentivo: haber avizorado, por momentos, el poder y la potestad del Señor en la tierra futura, y prepararse para volver con el formato requerido. Además, disfrutó del paisaje, rápido y lejano a sus costados. Se le da garantías de que el camino de regreso al pasado permanece en buenas condiciones y jamás se daña.
Después de instruírsele en el rechazo y firmar obligaciones, el tren debe aceptar la incineración de su carga. Es más fácil el cambio si, de facto, se empieza a dejar de ser. Entregar sus pertenencias. Arrodillarse y jurar, como ante un señor feudal, para evitar el borrado en el porvenir.
Y esos pasajeros asomados desde las ventanillas deben ser regresados hacia sus orígenes remotos o míticos, hacia un tiempo donde puedan bañarse en las aguas del Leteo, pasando el río Estigia, ensayando mil veces el futuro buscando El Dorado. Una y otra vez naciendo, repitiendo la historia, como medidas reeducativas.


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domingo, 7 de junio de 2026

Las elecciones presidenciales de Venezuela en 2027

El río ha empezado a resonar. La palabra “elecciones” ya se perfiló entre el montarrascal. Por supuesto, hay muchos murmullos entre las briznas de los montes. Pero “elecciones” fue escuchado por los simples mortales, esos a quienes se les dosifica la realidad y se les modela el pensamiento con las redes sociales y las mentiras verdaderas.
El Departamento de Estado llamó al gobierno encargado de Venezuela para instruirlo. Marco Rubio, el secretario de Estado que no ama ni a cubanos ni a venezolanos, dio su veredicto. María Corina Machado lleva meses trabajándolo para incidir en Donald Trump en relación con las elecciones. Y dijo a Delcy Rodríguez el gringo que había que ir preparando las condiciones.
Se vienen, pues, las elecciones. No ahora, como dijera el mismo Rubio y la congresista mayamera María Elvira Salazar. Pero tampoco en el plazo de la previsión constitucional. Serán en 2027.
Cuando el Departamento de Estado llama a la presidente encargada para instruir una ley, operativo o incursión, da plazos muy breves para su ejecución. No de diez minutos, como explicó Jorge Rodríguez en la reunión secreta del PSUV. Tampoco así. Son lapsos semanales, por mencionar un plazo, sin embargo, relampagueantes en políticas, en verdad apremiantes.
No debe haber “presos políticos”, dijo Machado a Rubio. Y éste se lo dijo a Delcy, y pronto se le oirá también a Trump, como si fuera idea de su cuño. Es simple imaginación. Diosdado Cabello, que también recibe llamadas, dejó entrever en unas pantanosas declaraciones que no habrá elecciones en ningún 2030. Había que vaciar, en fin, el Helicoide, y soltar a las avecillas, inocentes o culpables. Rubio siempre remacha sus palabras con el recuerdo del acuerdo alcanzado con la presidente encargada, a quien le reflota que le perdonó la vida. También dejó instrucciones sobre los directivos del CNE, donde siempre hay que purgar con celeridad.
Para los efectos, no importa tal impronta, si los presos son monstruos o santos. Hay que liberar. Es la orden. Las leyes de la república importan un bledo si quienes mandan en Venezuela son los Estados Unidos. Que nadie se engañe. Hay que apremiar esa ejecución de la Ley de Amnistía. Al país deben volver, también, todas esas avecillas políticas que volaron en el exilio. Urge conformar el nuevo ecosistema ultraderechista que habrá de purgar al chavismo y su horrible ideología del país.
Tampoco importan un carajo los plazos constitucionales. Las elecciones vienen. 2027. Si la Constitución manda a escenificarlas en 30 días (falta presidencial absoluta) o en 180 días (la falta temporal del TSJ), es irrelevante. Venezuela está tutelada y punto. Manda el gringo. A una gente que no respeta el derecho internacional poco debe importarle la legislación de un pobre rico país petrolero.


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