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sábado, 11 de julio de 2026

Estados Unidos trabaja desde ya en la secesión de La Guaira

En el estado La Guaira se gesta una secesión. Puede sonar escandalosamente exagerado, pero habría que responder que exagerado es el cielo, que no tiene fin, y que hiperbólico es querer apropiarse, por ejemplo, de Groenlandia.
Egos hay que desbordan el lenguaje de la razón con su apetito. El mundo se hace pequeño para el hambre. En un principio, siempre hay incrédulos que exclaman “¡Imposible!”, “¿Quién puede creer eso?”, y hasta de estúpido es moteado quien reporte avistamientos. Alejandro Magno, Gengis Kan y Napoleón Bonaparte son todos ellos egos hiperbólicos.
Donald Trump, de la saga de los imperios, no es la excepción. Aún hoy calcula que  Canadá, Groenlandia, México, Cuba, Irán y Venezuela deben ser sus anexiones, si no todos, por lo menos en parte. Es probable que el cazador de estúpidos aduzca que no es lo mismo, que son tiempos diferentes y que Trump sólamente es un hombre millonario.
Pero el ego no cambia en la especie. Es su sello, la conciencia diferencial. Encuentra que la riqueza exorbitante, la anexión espacial o la celebridad son los únicos mecanismos que hacen justicia a su grandeza. Todo narciso pide estatua. Y ya sabemos que el presidente estadounidense pierde la compostura hasta por una medalla de oro que no le ha sido adjudicada (como la del Premio Nobel de la Paz, de María Corina Machado).
De los tantos objetivos que se planteó morder con su dentadura áurea, Venezuela se le ha dado a la perfección. A Groenlandia le salieron hasta defensores de ultramar. México ofreció guerra, como Canadá. Cuba espera. Irán se batió a muerte.
Los militares del país bolivariano entregaron sin protesta a su presidente, lo cual, para empezar, endulzó la gesta conquistadora del yanqui, quien celebró con millones de barriles de petróleo. Luego siguió el oro. Pero es La Guaira, con sus cataclismos aliados, la que ofrece la oportunidad dorada de entrar y tomar espacios, para nunca más soltarlos.
La doctrina militar del gringo trabaja de manera incesante. Hoy es humanitaria, constructora de refugios para presuntos damnificados; pero, esencialmente, construye fortalezas para la prolongada instalación de su “gobierno completo”. La doctrina militar humanitaria del gringo utiliza la causa noble para penetrar y sembrar.
Y ello hace, en efecto. Ya ensaya en el estado costero su fase ejecutiva. Manda. Dispone. Controla el espacio aéreo. Atraca buques sobre aguas venezolanas. Camina el terreno con carros y botas militares. Maneja la logística. Mapea el terreno. Digitalizar lo que ha de ser suyo. Todo un trabajo que no se compagina con la naturaleza de las labores de ayuda. En fin, gobierna.
Y ya recoge frutos que le dan un olor a propiedad a sus nuevas tierras. Las autoridades venezolanas, en apenas semanas, empiezan a lucir disfuncionales. Los funcionarios y políticos son rechazados. Los diputados Jorge Arreaza y Nicolás Maduro Guerra (“Nicolasito”), por ejemplo, fueron repelidos por habitantes del Urbanismo Hugo Chávez Frías, Catia La Mar, cuando fueron a interactuar con ellos. Poco antes, se había visto a un Diosdado Cabello discutir con un rescatista gringo, que quería hacer lo que quería. La misma presidente encargada no se atreve a caminar entre el populacho, prefiriendo sobrevolar el área. Hubo alianza, sí, pero en el pasado inmediato.
La mordida de Trump en las costas de La Guaira es profunda, de difícil soltura. Como en Haití, donde los estadounidenses instalaron bases militares temporales tras los eventos naturales de 2010, el objetivo es hacer lo propio en la tierra de Simón Bolívar. Es incontenible. La patria gringa así lo requiere, como precisa, también, de Groenlandia, según se dijo. La seguridad nacional y estratégica es inaplazable. Van y vienen a ese país antillano. Controlan cuando quieren su aeropuerto, su espacio aéreo, terrestre y acuático. Le desembarcaron 7.000 tropas con el cuento de la ayuda humanitaria. Le atracaron un portaaviones.
En Venezuela están en eso. Prosperan. El mandato es construir en la cabeza del continente suramericano una base militar con la función estratégica de repeler al enemigo geopolítico (Rusia, China e Irán) y velar por la propiedad de los recursos energéticos, minerales y raros del hemisferio. No se olvide lo dicho, precisamente porque suena a locura: el ego atrabiliario del emperador es capaz de lanzar su candidatura presidencial en el estado La Guaira, para concretar el golpe y cobrar “favores” concedidos. Ya Trump había manifestado su deseo de ser candidato en Venezuela, como Marco Rubio en Cuba. Declaraciones registradas por la historia.


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