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viernes, 17 de abril de 2015

Guerrilla colombiana: regreso a la polis

Si los EE.UU. buscan la división y la guerra como mecanismo de control sobre los pueblos suramericanos, no puede haber paz en Colombia.  Es cuento viejo del repertorio en la usanza imperial.  Es Nicolás Maquiavelo susurrando al oído del emperador sus recomendaciones belicistas.

Siete bases militares norteamericanas hacen “vida” sobre su tierra, de la manera más cómoda y permisible posible, bajo inmunidad, en impunidad no sólo contra el pueblo colombiano, sino contra el continente completo.  En lo pequeño, aparentemente en actos insignificantes, para apuntar un detalle de lodo indigno nacional, los soldados gringos violan a las neogranadinas sin reconvención alguna; en lo grande, conspiran contra la unidad suramericana, contra Venezuela, su petróleo y revolución, contra el agua entre las fronteras guaraníes, contra los cuantiosos metales preciosos y no tanto dispersos en la geografía.  Contra la unidad.

Desde hace meses se reúnen las partes en conflicto en Cuba para pactar la paz, guerrilleros unos, el Estado colombiano el otro.  Ha rodado bastante la historia desde Gaitán para llegar ello, al enclave de la conversación, al cambio de estrategia, a los necesarios reconocimientos:  no ha sido posible la concreción de la ansiada revolución en Colombia; por el contrario, la derecha del país se ha hecho más fuerte, vendiéndose inclusive para lograrlo, vendiendo el país a los estadounidenses sin importarle un carajo.  Asunto complicado.  Hora de cambiar la táctica de las armas de fuego por otra modalidad.  Hacer como hizo Hugo Chávez en Venezuela:  utilizar los recursos convencionales de la civilización y la política para vencer al enemigo; utilizar sus propias armas y discursos, su mismo caldo de cultivo:  democracia, elecciones, organización del pueblo, voto.

El Estado colombiano va a las conversaciones en Cuba a regañadientes.  No quiere la paz porque sabe que se cae.  Primero porque entraría en conflicto con sus mentores, los gringos, quienes se esfuerzan por no permitirla (a la paz); segundo, porque sabe que Colombia, ya inoculada como Chile en su tiempo por el virus redentor del socialismo, no tardeará en retomar el camino de la liberación, cosa insoportable para el que explota y domeña, intolerable visión de un pueblo organizándose cívicamente para el combate electoral, en células sociales, en debates, en vez de seguir sumido en el fango selvático e inútil de la guerra que, contrario a lo esperado, fortalece al contrincante.  Es lo que viene.

Juan Manuel Santos no manda en el país, mandan los gringos.  Va a las reuniones con ínfulas de mandatario cuando es mandado.  No quiere la paz; no puede concederla ni firmarla.  Es el gran mentiroso, como cualquier presidente de la derecha que vaya, como por antonomasia lo es Álvaro Uribe Vélez y su mesnada paramilitarista.

¿Prueba?  La razón, la lógica.  ¿Prueba de hecho?  Como el Estado colombiano no quiere la paz, busca boicotearla, haciendo cínicamente la guerra mientras delante del espejo propala otra cosa.  Vea:  avanzó filas militares contra la guerrilla y, como ésta se defendió, en el acto gritó “guerra”, violación, ruptura de negociaciones, de palabras.  El hecho de que se hable de paz no comporta perder la vida para convencer a nadie, y menos si ese nadie busca eliminarte físicamente.  Nobeliana estupidez.  El Estado colombiano provoca, pues, y boicotea, y no tan a la calladita.

Pero es el camino.  La guerrilla colombiana lo ha comprendido.  El camino es Hugo Chávez, el socialismo, la organización de la gente, la revolución bolivariana, la lucha bajo la forma misma del enemigo (su “democracia”), el camino a elecciones, el voto, que es expresión del corazón justo inalienable.  Nadie te lo compra, se lo ganan. 

Hay que deponer las armas y regresar a la polis, tragándose un poco la sensación de pérdida inicial.  La lucha es con la gente en las barriadas, con ideas, con posicionamiento.  ¿No lo cree?  Pues mire como la guerrilla obligó al gobierno a asistir a conversaciones de paz cuando, sustancialmente, no lo desea.  Para ser más exactos, dígase que fue la opinión pública.  Por allí se encuentra la clave.  Y así como está obligado el gobierno a hablar de paz, poco a poco, conciencia a conciencia, forma a forma, voto a voto, tendrá que perder espacio contra una mayoría ganada sobre el plano de la inteligencia política.  El pueblo colombiano reúne condiciones para la invitación socialista.

En Colombia se ha instituido un ecosistema de poder sobre un factor único de la cadena alimentaria:  la guerrilla.  Tal es excusa, argumento, razón, necesidad, pábulo para la preponderancia del formato de poder en el país.  Mientras exista se justificará el paramilitarismo, el uso de la fuerza, las humillaciones, las bases gringas, el abuso, toda acción que sacuda la sacralidad del espíritu y la nacionalidad neogranadina.  Se vive hoy en aldea global, prácticamente; otras estrategias existen, ahora en mundo tan pequeño, para obligar a los poderosos al cambio.

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sábado, 11 de abril de 2015

Perdón, Panamá

Nada más digno y justo:  los EE.UU.  deberían pedir disculpas a Panamá.  Se vive una hora de rejuego, de retoma de posiciones y reconocimientos.  Ya no más “patio trasero”.  La doctrina Monroe ha de opacarse entre el viento del pasado como un adefesio colonialista.  Las naciones latinoamericanas hoy se erigen como entidades conscientes de su individualidad, independencia, soberanía, provistas con propia institucionalidad y mecanismos de existencia.

El país del norte masacró a Panamá en 1989 con la excusa de capturar al general Manuel Antonio Noriega.  Un acto aberrantemente colonialista y autoritario de muy cercana data como para parpadear como si nada.  Masacró al barrio El Chorrillo e inundó sus calles con chorros de la sangre humana provenientes de gente que vivía de la misma proximidad laboral de la zona del canal, mayormente.   X mil muertos y X mil heridos para acallar los reales brotes de soberanía que restallaban en Panamá y amenazaban su joya del firmamento:  el canal (cifras indeterminadas, escondidas probablemente bajo sus notas clasificadas; mientras tanto, colonialistas y colonizados manejan la cifra de 300 muertos para Panamá y 200 para EE.UU.:  operación “Causa Justa”, en fin).

Noriega, no obstante haber sido antes uno de sus agentes en la CIA, se les ponía duro, se rehusaba ya en el poder a seguir dictámenes que, por más vendido que se sea, duelen en lo nacional. ¿Qué otra razón podía haber sino la inseguridad por el canal de Panamá?  Entonces lo marcaron, conociéndose el resto del cuento.

Antes, en 1964, le habían dado a Panamá con las armas cuando a unos estudiantes se les ocurrió la idea de izar su bandera nacional al lado de la estadounidense en la zona del canal, en su propio país, pues, como si amenazaran con quitarle a los EE.UU. lo que no era de ellos. Fueron 21 los que murieron, mártires por su país, anónimos de la historia.

El resto es historia, pero historia significativa, puramente maquiavélica.  Panamá es Panamá como país porque en 1903 los EE.UU. inauguran sus operaciones encubiertas en Latinoamérica separándolo como punto geográfico de Colombia.  Conspiraron hasta que lograron un istmo solito para ellos y así controlar con más tranquilidad su valor estratégico, además, lógicamente, de mear como perros en su patio para marcar el territorio en plena guerra fría.  Época irredenta en que los países no pasaban de definirse como escaques sobre un tablero de combate por la hegemonía global.

Lógicamente el asunto no se excusa con semejante argumento, pero resulta inconcebible que un país como los EE.UU., que se cogió la mitad de México y tenía planes de anexarse a Cuba y Nicaragua completos, pueda razonar que un país certificado en su nacimiento por ellos mismo pretenda hacerse independiente, tanto más si el canal estaba enclavado en su seno.  Panamá, pues, era suyo.

Pero como se ha dicho, el orbe ha cambiando.  América Latina, Suramérica, el Caribe, es otra.  Hoy reclama con más personalidad y conciencia la injusticia de la historia sobre su humanidad; se preocupa por su futuro y, como ente autónomo de irreversible crecimiento, se preocupa por el porvenir.

¿Que hay que excusarse?  Vale.  Sería la frase que inauguraría realmente una nueva era de relaciones en el hemisferio, entre dos Américas que jamás se han encontrado.  Más incluso:  si a los corazones los invadiera una más osada dignidad, Panamá pediría reparos de guerra.  No es descabellado.  Alexis Tsipras, acosado por descarados cobros de Alemania, recientemente le cerró el pico con un baño de agua fría al país ex nazi:  pidió que resarcieran a Grecia por daños de guerra.

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