Dirigir a otros nichos

PUEDES CONSULTARME EN ESTOS NICHOS SEGÚN CONVENIENCIA

lunes, 31 de agosto de 2026

Por neurosis y traición, los hermanos Rodríguez deben ser detenidos antes de colonizar por completo a Venezuela

Con Psicopatología de la vida cotidiana, Sigmund Freud evidenció que el hombre es un animal de detalles. A partir de ellos, de su análisis, puede abrirse una puerta inusitada hacia el mundus complexus de la neurosis. Culpas, miedos, remordimientos, complejos… En el día a día, la simple pérdida de una llave, por ejemplo, o hasta un porrazo que el pobre mortal se dé en una rodilla, pueden ser indicio de un malestar psíquico significativo.
La fascinación de la propuesta estriba en la narrativa cuasidetectivesca que hay en el embrollo. Descubrir contenidos mentales en los humanos por la ocurrencia reiterada de omisiones (lapsus) o comisiones es deslumbrante. De esa baza viene, por ejemplo, que olvidar el nombre de alguien o tergiversarlo podría comportar aversión hacia el innominado.
Se trata de una psicología de las profundidades, esa que se desliza desde una superficie consabida (o cotidiana) hacia un núcleo complejo emocional. Lo contrario es el discurso de la superficialidad. Esa que explica el abismo humano (lo desconocido) con evidencias conductuales.
Es muy común y gráfico decir que una persona traiciona por dinero, rencor o envidia, por ejemplificar con una de las peores acciones del ser humano. Y aquí la narrativa se llena de ilustraciones. Quizás el traidor más horrendo de la historia sea el antiguo Efialtes de Traquinia. Se dice que vendió a los espartanos ante los persas en las Termópilas por un saco de oro. O Judas Iscariote, quien, por menos, vendió a su maestro.
En todo caso, se explica lo complejo e insondable con fáciles evidencias. En el caso de Efialtes, la película 300 se atrevió a justificarlo por el rencor de un presunto rechazo militar. Se narra que era deformado y que Leónidas, el rey, no lo aceptó como soldado para la causa de la defensa nacional. Pero se trata de argumentaciones de cine. Conociendo que los espartanos sacrificaban a los infantes con deformidades, no hay probabilidad de un Efialtes jorobado.
Modernamente (para seguir con el tema de la traición), hay también traidores con expresa y aparente causa.  Dos son célebres, canonizados por la literatura. El primero es Mir Jafar, el indio que en 1757 permeó la colonización de su país ante el Imperio Británico. Aceptó un soborno millonario y la promesa de ser un gobernante títere (nawab). Rindió sus tropas ante un tal Robert Clive, jefe de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Su nombre hoy en Asia es el equivalente exacto a traidor, del mismo modo que “malinche” lo es en México y Suramérica.
El otro es Ahmed Chalabi, líder del Congreso Nacional Iraquí. Fue el político que inventó el pretexto de las armas de destrucción masiva para que potencias extranjeras, en 2003, invadieran su país y depusieran a Saddam Hussein. Su acción costó más de un millón de vidas y la actual disfuncionalidad política de Irak. Su premio: quitar un obstáculo en su carrera política.
En ellos, la teoría y praxis se lucen explicando las causales de la traición. Dinero y poder en uno, poder político en otro. Lo aparente histórico por la historia profunda de una complejidad humana. A contrapelo de estos fáciles grafitis, la ciencia ha profundizado en la explicación de algunas oscuridades. Una de ellas es que ha encontrado un gen relacionado con la cobardía, por mencionar otro aspecto de la monstruosidad humana.
Más recientemente (para seguir con la tesis gruesa contrafreudiana), quizás el caso de María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, encaje en esta visión expresa de explicar lo profundo de la traición con evidencias tácitas. Trabajó de la mano con el gobierno de los Estados Unidos para sancionar económicamente a su país, además de pedir formalmente su invasión militar. El premio sería el poder político derivado de la decapitación del gobierno venezolano.
Sin embargo, en el mismo contexto local de una tragedia, las aguas de la historia fácil se ponen turbias de nuevo con el caso de los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge), los dos traidores venezolanos que sucedieron a Nicolás Maduro. Y hete aquí que Freud y su psicología profunda deben emerger con su tesis psicoanalítica, dada la complejidad del caso.
Ambos hermanos provienen de una narrativa de la persecución política ultraderechista que, en definitiva, los dejó en la orfandad familiar. Ambos son o fueron voceros de un dispositivo político de la izquierda, quizás como recurso defensivo consiguiente. Y ambos, ahora, mediante el mecanismo de la traición ideológica, política y moral, son inexplicables adláteres del sistema que una vez combatieron y los persiguió (complejo de Estocolmo).
La explicación de sus vidas no puede ser tan simple como una bolsa de oro o la prebenda de un cargo político. Parece banal ante lo variopinto del cuadro emocional. En la aldea contemporánea no es fácil ocultarse entre la oscuridad comprada con el oro; y no hay poder que valga en medio de un país encrespado por la vileza de sus acciones. Se sabe que hay temor y cobardía motivacionales, pero hay la sensación de incomplitud explicativa. Por ello, la invocación freudiana, tanto más cuanto uno es psiquiatra y la otra, una joya pulida en la orfebrería universitaria occidental.
Se les acusa de maquinar la captura del presidente venezolano, permear la colonización de Venezuela por parte de los Estados Unidos y firmar la entrega colosal de un quinto de sus riquezas petroleras (65 mil millones de barriles de petróleo). Con respecto al caso agravado de Delcy, quien ejerce una presidencia más legal que legítima (nadie votó por ella), se dice en el argot cultista especulativo que disputa una rivalidad de poder femenino frente a María Corina Machado con respecto al poder del padre, Donald Trump. Sin duda, un caso psicoanalítico de pura cepa.
La crítica política dura ha razonado que este afán de poder la ha llevado a neutralizar a su rival ejecutando en términos reales lo que en el papel Machado ofrece como eventual presidente. Es decir, privatizar la industria petrolera, desmontar PDVSA, minar al país con empresas extranjeras, endeudar al país con créditos, eliminar los beneficios sociales y, como corolario, establecer un amancebamiento con los Estados Unidos, amén de darle la espalda a viejas alianzas y pasadas ideologías progresistas.
Ante tal panorama de objetivos cumplidos, desde el punto de vista trumpista, tiene que ser innecesario que ninguna Machado alcance el poder en Venezuela. La presidente encargada, Delcy Rodríguez, ya hizo la entrega. Los hermanos Rodríguez han revestido al país, otrora ejemplo libertario, con una viscosa sustancia de tutelaje.
En medio de esta aparente lucha por el padre perdido, el corazón de la traición palpita en la entrega de 17 yacimientos petrolíferos a Trump, con 65 mil millones de barriles, más del 20% de las reservas de Venezuela. Fue el acuerdo anunciado el 28 de agosto de 2026 entre ambos mandatarios. Como si se dijera: en este país, a futuro, ya no se requiere de ninguna persona llamada María Corina Machado. Los objetivos han sido alcanzados. La estabilidad política para los hermanos Rodríguez es un hecho. Lo ha insinuado Trump cuando ha acariciado a Delcy con las palabras, al felicitarla por el depredador acuerdo petrolero: «La relación que tenemos es un 10». ¿No ha demostrado ya la historia que taras y neurosis en empoderados políticos han conducido a las naciones al desastre? Dictadores, emperadores, führer, sátrapas… Traidores.  
Semejante lucha por la figura paterna, complicada con salpicaduras del síndrome de Estocolmo (lo paradójico), ha de costarle a Venezuela décadas de explotación petrolera. Jamás la estabilidad política de ningún gobernante ha costado tanto al futuro de un país. Venezuela ha sido empeñada durante cien años. La ventaja de recibir fiscalmente 209.000 millones en tributos durante 25 años no parece condolerse con el hecho miserable de que el barril de petróleo será vendido a $3,2. Además, está el hecho de que será el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos quien maneje los fondos petroleros, como lo hace en la actualidad. Esto significa que Venezuela tendrá un Banco Central y una empresa de petróleo prácticamente de papel.
Sin duda, tema complejo para la psicopatología de la traición política. Se habla de unos ejecutores inicialmente de izquierda política, pero, finalmente, de derecha enfermiza. Unos hijos de la orfandad que localizan al padre político, paradójicamente de la pasta de sus victimarios ideológicos. Unos ejecutores políticos que, por un tazón de estabilidad, someten a la incertidumbre el futuro de una nación completa. Unos neuróticos que, en el camino de sus dolencias, dieron por encontrado a un hombre fuerte que suplió la laguna de sus carencias más tempranas. Un país aquejado cuya imagen los acompañará para siempre, icónicamente, del mismo modo que Malinche y Jafar son sinónimos de traición.
 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Todavía falta un aspecto fundamental para ser cabal colonia

Actualmente es grande el esfuerzo que se despliega para el borrado ideológico. Se empieza por lo que está a la mano, como la iconografía. Simón Bolívar, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, revolución bolivariana… Horror al comunismo o a su mal menor, el socialismo. Es la orden. En breve, Venezuela debe lucir como un tazón lustroso, listo para el reseteo de los nuevos tiempos. Por dentro, en sus recodos oficiales, debe vestir un tapizado blanco, sin lunares de retratos; por fuera, el país debe proyectar un azul profundo, mejor azul petróleo. En todo caso, se trata de la debida identidad que ha debido lucir desde hace muchísimo tiempo, según detractores.
Por supuesto, el objetivo final es el alma política del venezolano. Allí el barrido no es tan simple como cambiar una imagen. Se debe luchar un poco más, y ello se logra afeando lo escaso sobreviviente y lo heroico pasado. Destruir la historia es la innegable consigna de la maquinaria imperial. La guerra psicológica, capítulo cultural. Pero, como se dijo y como ocurre con las cosas relacionadas con el espíritu, no es tan fácil borrar un pasado ni tan fútil matar una idea.
Chávez redactó una herencia. Está escrita en las honduras comentadas. Su mayor logro fue someter a catarsis a Venezuela y sus adyacencias, y hacerles ver su estado solapado de esclavitud. Es decir, de incompleta independencia. Había un parapeto bolivariano cuando llegó, atril vendedor de sangre humana a título de libertad. Venezuela era un granero imperialista, como lo es ─¡otra vez!─ ahora.
Por fortuna, la historia no se borra con tanta facilidad. Bolívar y su gesta son una secoya sembrada en el alma humana. Es la idea peligrosa a combatir, como fue combatido el barinés Hugo Chávez. Nunca el borrado será completo debido a que sobrevive la idea. Ambas gestas, la bolivariana original como la rescatista chavista, están vivas. Y eso es un hecho prácticamente imposible de erradicar, ni siquiera evaporando a todo lo venezolano, si ello fuera factible. Como dice Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos [“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”]: el «umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado [del olvido] las ruinas de un anfiteatro.»
Sin embargo, mientras el cálculo imperialista se propone este reseteo fundamental, hay que reconocer que ha alcanzado los siguientes hitos en aras de colonizar al país bolivariano. Con el permiso de la brusquedad, propio de lo político, se mencionan a continuación:
  1. Quiebra de la institución presidencial.
  2. Restablecimiento de la embajada estadounidense.
  3. Obligar a Venezuela a romper con Rusia, China, Cuba e Irán.
  4. Vender sus recursos geoeconómicos y no cobrar por ellos.
  5. Restablecer relaciones con Israel.
  6. Olvidar a Palestina.
  7. Liberación de la delincuencia política.
  8. Recepción del exilio apátrida.
Faltándole:
  1. Una base militar extranjera (anticonstitucionalidad en curso en La Guaira).
  2. Doralización (en curso).
  3. Sacar a Venezuela de la OPEP.
  4. Instalar una dictadura de derecha.
Se trata de engarzarse en la nueva oleada derechista continental: desde Javier, allá en Argentina, pasando por Rodrigo Paz, en Bolivia, hasta más allá, Nayib Bukele, en El Salvador, por mencionar extremos y un corazón hemisférico.
Claro, Venezuela es la joya de la corona por la monumentalidad de sus recursos minerales. Ella sola podría sostener la tesis de que el continente es un enorme granero colonialista. El tratamiento que se le prodiga es inconmensurable y no escatima el esfuerzo de la guerra y de la maquinación fratricida. Entrar a Suramérica implica haber conturbado la puerta histórica e ideológica de sus fundadores. Pero, citando a Pablo Neruda y a ese carácter impoluto de las ideas, hay que persistir en la persistencia de lo persistente:
PADRE nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la patata, el salitre, las sombras especiales,
las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
todo lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre».
["Un canto para Bolívar", Tercera residencia]
 

sábado, 8 de agosto de 2026

Se puede vivir de la compasión… en el paraíso

El mundo es una guerra. No es una excreta, como dice el dicho. Sería hablar mal del hombre, la cima creativa o evolutiva de la vida. Guerra en el sentido casi genético. Ha sido su sentido histórico y biológico. La supervivencia, la competencia, el exterminio y el placer mortal están metidos en los genes de lo humano.
Ergo, hacer la guerra es una plenitud de la especie. Vivir durante siglos en ausencia de guerra, es decir, en paz, parece contranatural. De hecho, escasean esos períodos en la historia. El hombre necesita de la autodestrucción para sentir el valor de su humanidad. El poder y la compasión son su sino existencial. Arthur Schopenhauer decía que la compasión es el fundamento de la ética y la moral, y el sentimiento más elevado del hombre.
Pero no es cierto. Es el poder. Y el poder es la nomenclatura de la guerra. Luego, el hombre es un animal belicista. El Homo sapiens necesita sentirse grande para luego, desde su magnanimidad, experimentar el regocijo de la compasión ante lo destruido. Semejante camino hacia el otro extremo es la ruta de bautizo del asesino. Es allí cuando necesita llamarse humano. Y, ya usted sabe, se hace magnánimo también a través de la piedad.
Esto habla de la gran mentira que vive el mundo. Del conflicto moralista del asesino. Es decir, del hombre. Hipócritamente, se enseña que la grandeza humana estriba en el ejercicio de lo pequeño. La compasión, que es como promulgar la abolición del egoísmo. Pero esto lo dicen los poderosos, los asesinos, para sitiar al débil. La grandeza humana está en ser exterminador y asesino. Es la mentira verdadera que ansían publicar. De allí que la educación sea la gran estafa que oculta los homicidios. El minusválido, el destruido, siempre será el trapo de culpa, el altar de depuración, del victimario.
¿Tiene alguien culpa de ello? ¿Está mal el asunto? ¿Reconocer que el hombre es una bestia detrás de un refinamiento? Es a lo que le llaman cultura. El ser humano es tan culto como inocente.
El Homo sapiens bellicus fue quien dijo a los melios, vestido como griego antiguo, en 416 a.C., que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Fue quien, vestido luego como romano, en 146 a.C., arrasó Cartago, cuando no era necesario. Y quien, modernamente, en 1999, desapareció a Yugoslavia al imponerle condiciones imposibles, no tanto de rendición, sino de existencia.
Desaparecer la nación de Melos, Cartago y Yugoslavia no es un acto casual. Es el destello duro de una naturaleza auténtica. Tales lugares, que de un modo sistémico dejaron de existir, son, en sí, un nimio porcentaje de tantos egos que requirieron planos similares de expresión. El mundo es un libro escrito a capítulos. Aquiles, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Gengis Khan, Bonaparte, Bolívar, Hitler… son páginas.  El hombre es como un gigante que requiere, de vez en cuando, agacharse para insuflarse de compasión sobre los charcos de sangre.
Por eso el poderoso, con su tramoya educacional, parece haber inventado el mito del cristianismo, que es como una columna real de la historia: los pequeños, esos que inspiran compasión con sus extraños comportamientos, son también seres humanos.
Bajo semejante reflexión, para hacer locativa la idea, podría ensayarse una alusión a un país o circunstancia cualesquiera. Por ejemplo, Venezuela, que es desde donde nace la voz de estas letras. El destino de la nación bolivariana, tutelada como está, desprovista de su naturaleza bélica, es una invitación al vacío. Así como subsiste, sin autonomía, tiene que saber que la compasión en el poderoso es un acto que solamente se ejerce en el momento de la destrucción.
 

domingo, 2 de agosto de 2026

La desincorporación de la FANB del plano republicano como esquema tutelar

Siempre resultará temerario hablar de la desincorporación de las fuerzas armadas de un país. Normalmente, encarnan proezas fundacionales, objeto de la loa eterna de los ciudadanos a quienes se deben. Por ejemplo, el Ejército Rojo (1918, creador del primer Estado socialista del mundo, vencedor del nazismo), que dio pie al Ejército Soviético (1951) y luego a las actuales Fuerzas Armadas Rusas.
O el Ejército Popular de Liberación, artífice de la “Larga Marcha” y proclamador de la República Popular de China, en 1949. O las mismas Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, Estado victimario al cual aluden estas letras. Son gestoras de la independencia de las trece colonias británicas y baluartes de la actual república federal norteamericana.
Locuaz, es lo menos. Tales entidades siguen siendo fortalezas de sus naciones, sobremanera cuando entrecruzan sus existencias en medio de una enorme rivalidad geopolítica. ¿A quién se le podría ocurrir pedir su disolución?
Lo mismo tendría que decirse de la Fuerza Armada Bolivariana de Venezuela (FANB), genética del Ejército Libertador, fundado el 19 de abril de 1810, emancipador por antonomasia de Suramérica. Su gesta fue la independencia casi continental, vencedora en Carabobo y Boyacá, liberadora de Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá.
¿Cómo sugerir semejante tremendura demencial? Por historia y gesta, Venezuela parece unida de manera identitaria a su FANB. El artículo 328 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) la reconoce como una institución fundamental para la seguridad nacional. De hecho, el Código Penal venezolano ratifica la sacralidad de tal institución y sanciona a quien ofenda su institucionalidad. Criticar la utilidad o validez del cuerpo armado venezolano podría sonar a instigación a la desobediencia o rebelión. Más en concreto: si tal cuerpo está consagrado a la seguridad nacional, pedir su disolución podría implicar un llamado a la subversión del orden público.
Pero así está sonando la voz del país después de su invasión, el 3 de enero de 2026, por parte de tropas estadounidenses. En vez de ofensión para dignidad institucional alguna, es afrenta al oído ciudadano. El hecho terminó en una indescriptible derrota, casi sin combate y con muchos muertos, y con el presidente de la república capturado. Esto equivale a decir que una institucionalidad “fundamental” del país no cumplió su rol en materia de seguridad nacional, capitulando operativamente, dejando que otra institucionalidad sacra (como la presidencial) fuese violentada.
El mayor problema moral de emprender una reflexión crítica contra una institución de semejante envergadura es el honor militar, sin duda mancillado cuando se habla de inutilidad y disolución. Sin embargo, tiene que haber un modo de analizar la eventualidad sin que el señalamiento de la verdad resulte menoscabado. Se trata de la verdad por la verdad. José Gervasio Artigas, prócer de la independencia uruguaya, dijo que “con libertad ni ofendo ni temo”, que es como decir que “con la verdad ni ofendo ni temo”, dado que se refería a la honradez que quita el cuidado de no dañar a nadie.
En todo caso, el autor de estas líneas esboza los hechos acaecidos, lo cual jamás podría ser más tremebundo que ser autor o partícipe de ellos. Por supuesto, no se niega que, en un mundo de realismo mágico, hablar de un crimen pueda resultar más criminal que el ejecutor o el crimen mismo. Y, para ser francos, el universo de responsables de la situación crítica actual del país se cosifica desde la presidencia encargada para abajo, pasando por la Asamblea Nacional, el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela y el mismo ministro de la Defensa en funciones de entonces.
Puestos a respetar la constitucionalidad, por cierto, el artículo 25 de la CRBV habla de nulidad cuando el Poder Público viola constitucionalidades, enfatizando, como la guinda del pastel, que un funcionario no podrá eludir con su rango la responsabilidad penal, civil o administrativa.
De todos modos, hay que sentar que debe el honor existir primero para que luego pueda ser mancillado. Y, por lo que la historia ha grabado, no hay honor en la especie de los hechos mencionados: un país tutelado de manera flagrante, un presidente secuestrado, una soberanía pisoteada, unos recursos naturales robados por apetitos ajenos, un futuro hipotecado e incierto… La reflexión, pues, se devuelve al punto primero: si la flagrancia sigue persistiendo en la inutilidad de una FANB, que no se pronuncia ante la afrenta en curso ni asume su rol defensivo, desincorpórese. Ni honor ni dignidad hay en el acto de desentenderse de la vergüenza.
Países hay sin fuerzas armadas, propiamente. A saber: Costa Rica, Panamá, Japón (sus fuerzas son de “autodefensa”), Islandia, Andorra, Mónaco, Liechtenstein, Samoa, aparte de otros microestados y estados insulares. A propósito, llama la atención que Japón y Panamá abolieron sus fuerzas armadas después de sufrir una invasión estadounidense. Las prohíben en sus cartas magnas, además de Costa Rica, que lo hizo después de la guerra civil, en 1949. Se hace la mención porque Venezuela acaba de ser invadida y su fuerza armada acallada, como si no existiera. Con las ideas siempre hay peligro de que, más allá de un contagio, se conviertan en esquemas.
La irracionalidad de un desmontaje de la fuerza armada venezolana cobra sentido monstruoso cuando se sopesa que el país, más allá de institucionalidades o rubros republicanos, es una mina planetaria de recursos naturales energéticos y una potencia geopolítica. Pero, como se dijo, esta imprescindibilidad es un deber ser, no materializado como realidad. Constitución e historia nacionales exigen con toda ley lógica la persistencia de una fuerza armada, operativa y funcional; no obstante, los hechos presentes, como si se tratara de un ejemplar que se separa de la manada, desdicen de la tesis necesaria.
Desafortunadamente, la incursión estadounidense del 3 de enero evidenció la especie de prescindibilidad que se analiza: (1) la inutilidad operativa ante el despliegue de 150 aeronaves invasoras y la anulación en minutos de los misiles claves antiaéreos Buk-M2E (24 objetivos al mismo tiempo, hasta 20 km de distancia); (2) la incapacidad defensiva ante la captura de Nicolás Maduro, lo cual dejó al descubierto que los millones de dólares invertidos en equipamiento militar no sirvieron para la función constitucional de defender la soberanía y proteger al jefe de Estado; (3) la crisis de legitimidad institucional que condujo al Ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, a proponer un “plan de transformación” de cara a los hechos, dándole consistencia, de manera inquietante, a la crítica que se ejerce en este espacio. Exactamente, no dijo Padrino que la institución debería ser desincorporada, sino transformada {S/f-c. Elpitazo.net <https://elpitazo.net/politica/un-mes-despues-de-la-captura-de-maduro-padrino-lopez-anuncia-investigacion-por-hechos-del-3ene/> [consultado el 2 de agosto de 2026]}.
En fin, la Operación Resolución Absoluta del 3 de enero de 2026 expuso a una FANB ineficaz, costosa en su aparataje, inútil en su infraestructura antiaérea, neutralizada en apenas un par de horas.
No hay allí honor que defender ni susceptibilidad que respetar. El honor fue asesinado y se lo llevaron a la tumba los más de 100 soldados que murieron en la contienda, 30 de ellos cubanos, en general, un 0,04% del conglomerado total de la tropa venezolana. Quien no luchó quedó afrentado o, peor, en un estado dantesco de muerte cívica si tuvo que obedecer una orden superior que no lo eximirá del incumplimiento del deber. Tanto más grave si, como la caracteriza el artículo 329 de la CRBV, la FANB es una entidad apolítica: defender el país de la injerencia extranjera tiene que ser un movimiento reflejo que no consulta criterios partidistas.
Una Venezuela sin fuerzas armadas es un contrasentido no solo histórico, como se dijo, sino existencial. Desmontarla es menoscabar la república y lesionar legados. No tener una infraestructura para defender sus riquezas conllevará un futuro de descomposición explotativa. Y eso no sería, ni en el sentido griego ni en el francés, una república, sino aldeas. Como se dijo, los tiempos que corren son impredecibles. Si ya hay desclasificación de materiales ufológicos y un desbordamiento imaginativo sobre las realidades que fueron o serán, habría que suponer que, sin fuerzas armadas, el país se amparará bajo la tutela del derecho internacional, lo cual ya es un sentimiento familiar.