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viernes, 4 de diciembre de 2015

CAMBIO POST 6D O MUERTE

No, qué va, yo no estoy proponiendo la renuncia de nadie ni el cambio de ningún gabinete porque, lo sabemos, tal acción superflua no arreglaría el problema.  No, no.  Sería algo así como el ilustrativo clisé del dolor de cabeza:  bajarlo con pastillas sin corregir las causas de la infección o tumor que lo dispara.

Yo estoy proponiendo que el gobierno baje a las masas populares, al poder comunal, simplemente, y que desde allí, vía postulados de la izquierda redentora, trabaje con el hombre de la calle y sea el gobierno central su expresión, con toda la problemática que la calle supone.  ¿No se denomina la Revolución Bolivariana "Poder Popular para […]", fundamentalmente? ¿O ese entrecomillado en los nombres de los ministerios y dependencias gubernamentales es sólo una facha?  Vamos, vamos, seamos autocríticos:  no digamos que la pared es blanca cuando es negra.

¿Qué digo?  Digo que el problema que aqueja mortalmente a la Revolución Bolivariana en el presente, y a la izquierda en retroceso en general en  América Latina, es el distanciamiento del sistema respecto de su pueblo, masa de donde, en efecto, surgen sus líderes para luego almidonarse en el poder, siendo esto históricamente el eterno drama de todas las debacles políticas.  Véase la historia.

No, no, yo no estoy pidiendo que el presidente Nicolás Maduro haga cola en un Día Día o en un Mercal para comprar huevos; qué va, no se me ocurre semejante estupidez.  Eso no es indicio de salud revolucionaria, sino quizás la expresión del peor populismo que uno pueda imaginar.  Él, como otros rangos de elección popular, fue electo para trabajar ejecutivamente, para orquestar y dimanar el poder desde y hacia las bases.

Yo estoy hablando de la fisiología de un organismo, no de liquiliques o guayaberas que lo vistan.  Estoy hablando de elección, evento que fundamenta y reivindica a toda fenomenología política, de raigambre popular para más señas; y de la expresión de esa elección en los cuerpos estructurales del poder instituido.  El gobierno se sentará a mandar con el pueblo, teniendo operadores políticos nacidos de las filas populares, y fin a ese dedo señalador que elige nepóticamente en lugar del elector verdadero.

De eso hablo, de hombres y mujeres trabajando en el entramado del poder con vista y conciencia de su propio hecho existencial, de los problemas de las comunidades de donde surgen y con capacidad para redimensionar problemas y soluciones hacia los ámbitos de la realidad nacional.  El mismo lío que existe en Caracas para conseguir un paquete de harina de trigo, sea por causa de la real guerra económica que vivimos o por la inconsciencia de un inescrupuloso bachaquero que la acapara y revende, es el mismo que ha de existir en cualquier parte del país, y esa es una conciencia que una expresión comunal habrá de llevar a la estructura del poder para más difícilmente despojarse de su conciencia de pueblo.  No necesitamos a esos ocupantes de cargos gubernamentales  señalados a dedos, a esos bichitos del Estado que, olímpicamente, se van a unas islas caribeñas a hacer mercados mientras los pela-bolas que lo eligieron  (obligados por un dedo que se los impone) pasan los mil y un demonios en las colas viviendo en carne viva los efectos de la guerra económica.

¿Podría alguien decirme qué tipo de conciencia comunal, comunitaria, humanista y revolucionaria hay en una acción como ésta?  ¿No parece la cosa, más precisamente, un acto de menosprecio popular, más que de expresión?  En fin, nadie asegura que un funcionario extraído del poder popular, apenas investido con su saco y corbata gubernamental, no se vaya a comprar en otra parte lo que en Venezuela falta; pero, al menos, es un indicativo de un esfuerzo de cohesión y expresión que el aparato de construcción revolucionaria realiza para ajustarse a la letra.

Estemos claros, y estamos cansados de eso, y lo denunciamos porque en riesgo no está el pellejo de un gobernante o dos, sino el movimiento político nacional de izquierda en Venezuela.  Usted que me lee y yo, que me comunicó con usted, sabemos de electos en el país que están allí porque los puso el dedo de Chávez y ahora los pone el dedo de Maduro, y esos electos ayer y candidatos hoy, lo sabemos, no son ni representativos ni participativos del poder popular, honestamente hablando, muchos de ellos repudiados por sus electores.  No tengo necesidad de nombrarlos, pero usted me puede escribir y me los nombra, para seguir esta conversación y escribir otro artículo con nombres y apellidos.  Fueron impuestos y pasados irrespetuosamente el poder de decisión comunal.

Apenas esto es un hilo del problema que presentamos de cara a las próximas elecciones, mermados como vamos por culpa tanto de un detalle (como el mencionado acá que atañe al poder popular) como a muchos otros embrollados.  Y tal será mi posición a secas luego de los resultados electorales, salga una cosa u otra.  Mío será el esfuerzo de presentarlo en las instancias del PSUV (UBCh, asamblea) al que me dedo, humildemente como pueda, con todo el humor crítico que desde estas líneas ejerzo.  Hay un peligro de caída, de merma crítica, y debemos empezar a ejercer correctivos.  Luego no habrá mañana ni ninguna otra oportunidad para acomodar nada.  ¿Para qué diablos no iremos a reunir en un partido que tuvo el chance de enmendar y no lo hizo? ¿Para llorar sobre la leche derramada?

Hasta hoy el "poder creativo del pueblo", no incorporado participativamente a la cosa política, con elegidos genuinos en un 100% de extracción popular, y el "Poder Popular para", han sido una farsa y así lo denuncio.  No más.  Es hora de reclamar y señalar para corregir.

No todo se compra con plata circunstancial, con paliativos de momento.  Es necesario sentarse a producir y a desmontar el maldito rentismo que nos aqueja.  Es hora de sentarse a enseñar a pescar y no a regalar ningún pescado.  El país no quiere producir nada y el Estado no hace su trabajo rector y supervisor cuando expropia o funda empresas o cooperativas.  Dígame usted, mencióneme una sola industria exitosa pensada para desmontar la monodependencia petrolera.  Menciono palabras emblemáticas, y todos sabemos de lo que hablamos:  café, cemento, cabilla, huevos, carne, pollo, arroz, plásticos…  Es cierto, hay una guerra económica, pero si la quitamos igual queda un aparato productor a la deriva, sin supervisión sistémica.   Bastante el gobierno lograría en esto de incorporar al pueblo, en ser pueblo, en respetar al pueblo, en sufrir con el pueblo (nomás para mencionar un detalle), con hacer cumplir la leyes, servidas revolucionariamente para el pueblo.  En ellas están contenidas la justicia y la participación popular, la democracia participativa, el legado chavista.

Basta ya de seguir con el libro, la letra y las fotos bonitas, y nada de trabajo de campo ni de prédica propia ni de ajuste a derecho.  Por piedad, pido que no se sigan creando leyes contra bachaqueros, contra explotadores inmobiliarios, contra acaparadores, contra asignados en divisas, contra especuladores, contra delincuencia organizada, contra la corrupción, si un carajo de ánimo hay para hacerlas cumplir para salvar lo que de pueblo consagrado hay en ellas.  Hora de quiebres de estructuras con sus correlativos cambios de actitudes.  No hay vuelta atrás después de la hora electoral, resulte lo que resulte.  En el mejor de los casos, no puede servir un triunfo mermado o pírrico para seguir proclamando que nos las estamos comiendo y haciendo requetebién, que no hay nada que enmendar porque "ganamos", animosos gritando que la "revolución avanza".

--   Oscar J. Camero, @animalpolis

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viernes, 27 de noviembre de 2015

LOS GOLPES QUE DA LA VIDA PARA LA VENEZUELA PRESENTE

Es historia conocida.  Calpurnia Pisones, última mujer de César, le dijo que había soñado premoniciones y que no fuera al senado; y él, como si la suerte hubiera estado echada, fue sin hacer caso.  Lo asesinaron, inclusive alguien como un hijo o gran amigo le encajó puñaladas.

Simón Bolivar se partió el alma e invirtió toda su fortuna en una causa que luego no le rindió ni una camisa propia para morir.  Generales, hijos, legados políticos, hicieron trizas sus ideas y partieron, también, la Gran Colombia en porciones personalizadas:  Páez en Venezuela, Santander en Colombia y patatín, patatán.

Uno se recita mientras camina el lugar común de que la vida es dura, injusta.  Y uno no comprende si juzga lo visto y vivido de acuerdo a la educación inculcada, especialmente religiosa.  Si eres bueno, te toca un pedazo de cielo al menos (es lo que se asegura).  Pero al parecer la vida en general es aparatosa, caótica, sin ley ni justicia, y no se sabe cómo desentrañarla.  Y lejos se ve ese cuento de que si vives en paz no hay guerra personal para tu vida o para los tuyos.  Te la provocan porque para algunos la paz es un estado de guerra.  Te busca pleitos el destino, como si fuera una constante el guerrerismo y la discordia, y como si hubiese dioses por ahí que disfrutan con nuestros exudos de angustias.  ¡A ver!  ¿Cuánta sangre para hoy?

Hablo de causas y sacrificios en su nombre, y de lógicas esperas compensatorias.  No es que diré que César o Bolívar, como hombres de guerra y habiendo matado a tantos, no tengan que morir, pues a la final morimos todos; digo que no es tragable que mueran sin recoger un fruto del árbol cultivado en su específico jardín, uno por la estabilidad imperial y otro por la republicana.  Un poco más atrás de los romanos vivieron los griegos heroicos de la guerra de Troya, en la que ocurrieron tragedias personales que nos hacen pensar en los trancazos del destino.  Afortunadamente allí uno, leyendo, se consuela con saber que el hado de Aquiles, por ejemplo, ya estaba escrito y que antes de que se metiera a matar hombres los dioses le habían ofrecido una vida corta pero gloriosa o una larga pero anónima.  No hablemos del suicidio de Áyax porque Agamenón no quiso reconocerlo como el más valioso guerrero de la victoria en Troya, sino a Ulises.

Si vives entre las armas, la guerra y la sangre y no te salpicarás precisamente de ambrosías o flores, ni siquiera en momento de paz, que es lo que no digiero.  Hace un día leí un comentario sobre el derribo del bombardero ruso por parte de turcomanos en Siria:  "No bombardeaba precisamente flores", y la suerte que le tocó al piloto fue una relacionada con el fuego y la destrucción.  Pero el bombardero trabajaba a favor de la causa convenida como progresista:  bombardeaba terroristas.  ¿Entonces?  ¿A qué nos atenemos?  Puedo cerrar esta reflexión diciendo que la juguetona vida tiene un sarcástico sentido del humor y que gusta mucho de ver los rostros atónitos de los atolondrados mortales.

Dentro de poco habrá elecciones en Venezuela, parlamentarias, no menos importantes por eso.  Como sea, su resultado apunta a la consecución de una herramienta política hábil para decidir derroteros políticos.  La Revolución Bolivariana, legado de Chávez, llegó al país para realizar un trabajo:  enmendar un estado de injusticia social que asolaba a los venezolanos durante la denominada cuarta república, entonces a punto de estallido.  Lo ha hecho con señeros logros, organizando y educando al pobre y desvalido para limpiarle el rostro y lucirlo como ser humano, fundamentalmente cívico.  Pero ya se sabe, hay oposición, esa parte infaltable del destino (el yang del ying o viceversa, diría un chino), y son en el país esos que han tenido históricamente la cara "limpia" porque los ahora chavistas antes se la lustraban mediante lo que hoy tendríamos que denominar sin ambages "esclavitud".  Tal era el barco:  una manada de obreros explotados con uno por ciento de capitanes concentradores de la riqueza.  Como es el mundo neoliberalista salvaje, pues.

Hubo un rescate.  Se crearon misiones sociales a los efectos.  Se pensionó a un gentío.  Se dotó de vivienda a otro montón.  Se levantó la moral independentista del país y se proyectó al continente, desde ahí contagiándose al mundo.  Todo el mundo lee, va a la escuela y dispone de magnos derechos en la república.    Chávez panamericanizó a Venezuela con sus ideas.  Pero, como dije, como dijo César antes de morir, como musitó Bolívar sus frases de sueño y unidad también antes de morir, allí está la traición y la deslealtad como contrapartida para dar el zarpazo irónico de la vida, del juguetón y crudelísimo destino.  Y el destino cuenta para dar el zarpazo en Venezuela, en estos momentos previos electorales y de circunstanciales y nada inocentes crisis de seguridad cívica y alimentaria, cuenta con el opositor ahistórico y el hombre falto de conciencia, éste último de cualquier lado, de allá o de acá, pero muy doloroso si de nuestro lado.

Yo leo la historia para buscar consuelo ante las patadas del presente y, lo confieso, no lo consigo; por el contrario, salgo de la aventura pensando que el destino del hombre es el caos y la inconsistencia.  No hay orden que no se desmorone.   Pero yo barrunto lo que pasa, y nada de esto pesimista sobre la vida que he referido será cierto si uno no quiere:  es que los hombres hemos sido débiles ante las tareas titánicas de forjar la conciencia y torcer el rumbo de las injusticias e incoherencias, de la historia.

Yo pido al venezolano en la hora presente:  en breve la historia del país puede torcerse, miremos con el ojo del humanismo que redime y seamos cónsonos con el sentido ideológico que salva y mayoritariamente arranca más sonrisas desde lo hondo cívico republicano.  Hay problemas, es cierto, no consigues un pepino y no es raro que por el mismo pepino un delincuente te asalte; pero tengamos conciencia y capacidad de ver más allá de tan provocadas crisis que, a la final, son mantos oscuros que levanta el viento de la historia para probar el alma férrea o delicada del hombre.

Torcerle el pescuezo a la historia significa también torcérselo a los hombres que pierden el rumbo interpretativo de la conciencia.  Yo pido mantener el rumbo presente y, para no hablar pajas solamente, propongo que luego de sostenerlo a punta de conciencia en las urnas nos enfrasquemos en decapitar y pedir renuncias de responsables, con la dureza de la Guerra a Muerte que planteó Bolívar en su tiempo, reformando altos gobiernos y comunales instancias, como UBCh y organizaciones sociales.  Inspección y fiscalización es lo que falta a la patria, plagada de leyes bonitas, pero incumplidas.  Contraloría social.  Trabajo y empeño.  Sentido unitario de país.  Porque el sentido de tránsito presente a la vista está que no funciona y ha perdido la familiaridad con el Plan de la Patria y los ejes estratégicos delineados por Chávez, el punto de partida de la V República, de esta única república bolivariana. 

Lo peor que le puede pasar a la Revolución Bolivariana ahora, después de la muerte de Hugo Chávez, es lo que hizo José Antonio Páez con la república después de la muerte Bolívar:  venderla, dividirla, parcelizarla por pingües acomodaciones de la ventaja personal.  Entre tanta dureza del devenir histórico uno descubre al menos que su movimiento puede ser cíclico (y esto en algo consuela), y nos está diciendo ese devenir que para la Venezuela presente puede haber la opción de la guerra y del caudillismo que sucedió a la capitulación ideológica de un hombre sin luz como Páez.  Lo está gritando hoy, como antes.  ¡Ea, la serpiente que se muerde la cola!

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