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lunes, 7 de abril de 2008

La oposición portátil

Imagen tomada de Maiolandia.com

Es realmente increíble que por ahí deambulen algunas mentes que, viviendo en el presente, con una fehaciente muestra de que en el país había que aplicar cambios desde hace mucho tiempo (no por otra razón cayeron), sigan aspirando a devolver las agujas del reloj para revivir su época de país portátil, cuando esclavizaban a los venezolanos más empobrecidos y se repartían el país como les venía en gana, regalándolo al extranjero, privatizando casi hasta las mascotas.

Pero por increíble o insólito que parezca no significa que sea fabuloso. Nada de eso: los especímenes existen, tan reales como que al salir a la esquina se puede encontrar alguno que nos diga en plena cara, retando cualquier lógica, por ejemplo, que la OPEP le hace un daño a sus agremiados, que el bombardeo a otros países es adecuado, que el corredor vial Bus Caracas en construcción o el Metro de Caracas es atraso para el país, que la creación de una Comunidad Económica Latinoamericana o de un Consejo de Defensa Suramericano son actos ridículos, que corregir la exclusión social en el acceso a las universidades es una medida orientada al oscurantismo. ¿Señores, que está pasando? ¿Con qué nos comemos todo esto?

No es moralmente aceptable que una mentalidad humana, a título de visceral oposicionismo político, deje prevalecer sus hormonas y se lance a satanizar lo que provenga, sea lo que fuere, de la fuente de un gobierno que no les gusta, por no decir que los desalojó del poder por ineptitud propia. Si se va al caso, en sus orígenes, habría que concluir que la culpa la tienen ellos mismos, los opositores, esos mismos deambulantes homúnculos de tiempos pasados que aún resuellan por ahí con aires de puro anacronismo. ¿Se es humano o se es bestia, más definitoriamente? ¿Dónde están los adalides de la educación, del refinamiento intelectual y del control de la brutalidad, tan rimbombantes ellos cuando toman un micrófono de un medio de comunicación social y empiezan a catalogar de “zambo tosco de Barinas” al presidente y de "chaburros" a sus seguidores? ¿Se tienen más tripas en el ombligo que en la caja encefálica? ¿Cómo habría que llamarlos, si vamos al caso que hubiera que ponerles un despectivo o jocoso nombre?

Dicen los abuelos, para traer a colación la sabiduría popular, único especialista para este caso psiquiátrico, que "Perro que come manteca mete la lengua en tapara", cosa que le guinda de perlas en el cuello a la oposición venezolana, a modo de cartelito descriptivo de su naturaleza y raza. Porque eso semeja nuestra oposición venezolana: una especie de raza en extinción que se sujeta con furor vital a su era jurásica, andando por allí, infiltrados entre la normalidad viviente del presente, aparentemente corregidos o adecuados a la dinámica política de querer hacer prosperar a un país, pero con todas las malas mañas destructivas de la desaparición de su especie. Basta con que abran la boca, cual dráculas, para mirar la hilera de anacrónicos dientes y acabar con la ilusión de su humanismo, camuflado bajo el aspecto de una figura humana.

Pero ya lo hemos hablado: es la oposición que se opone por oponerse -y valga la fiesta pleonástica-, conducta que tiene a la terquedad como rasgo propio de los humanos, pero que recuerda mucho a las mulas cuando se antojan de tirar hacia un determinado lado. Aunque podría humanizarse el rasgo aun más y llamarlo fanatismo, conducta que, por increíble que parezca, es más propia de humanos que de animales, a pesar que en su definición está implicado el sacrificio de la capacidad pensante en nombre de una idea. No es aceptable tildar de más fanática que terca a una mula, porque esa cualidad como que la tienen acaparada los humanos. Aunque en el caso de la oposición política nuestra ambas expresiones parecen resultar en extremo definitorias y encajar como la tuerca en el tornillo.

Más allá de la sabiduría popular, está el lenguaje de los doctos, de los especialistas, aunque, después de todo, lo que hacen tales doctos es decir lo mismo que el pueblo pero en otra jerga. Y está el hecho sociológico lamentable que ha enchumbado páginas de tinta: la mentalidad sospechosamente amable y permisiva de los paradigmáticos entes de los 50 años pasados de nuestra historia republicana respecto de los exterior, lo extranjero, lo europeo, lo bárbaro y gringo. Servilismo y vasallaje, para otros, formatos mentales forjados en el yunque de una educación subrepticia para el amantazgo de lo peregrino y el desprecio de lo propio. Una vil educación para la traición patria, derruida internamente en sus soportes de pertenencias nacionales. Unas figuras aéreas, de todas partes, menos de su país. Unos alumnos ansiosos por probar nobleza en la gran batalla por entregar a los suyos y su propia casa sin ser llamado en el acto "traidores", sino próceres, para tener un escudo, finalmente, en el gran país de sus sueños: Europa o EEUU.

Lógicamente, el formato posee un brillo, determinada forma paradigmática. Se es blanco, ojos verdes o azules, graduado en Harvard, pelo liso, con apellido resonante, sangre noble si es posible (descendiente de Santander o de Páez, aunque fuese campesino éste en su origen, pero ladrón y ambicioso de primera), o, en su defecto, descendiente extranjero al menos en su primera generación. Todo un modelo, suerte de círculo cultural cerrado que asegure la no entrada de factores corruptores, como improvisados líderes comunales o militares que no hayan degustado la pastilla ideológica de sus de sus preferencias.

Y en el ejercicio, como dijimos, debe resultar un apologeta de las causas vendidas (para no decir perdidas), como consecuencia de toda esa educación recibida en el aula anglosajona, esmerada en que sus alumnos no vayan luego contra ella, es decir, contra sí mismos. La Escuela de Las Américas, donde enviaban a sus militares venezolanos, es una conocida institución forjadora de golpistas de Estado y traidores a la patria, alumnos cocidos a fuego lento en el arte de fomentar la insidia y el separatismo en el terruño propio. Y todo con el deslumbre del gran país modelo, hacia donde deben tender y aspirar cualquier que se precie amante del "primer mundo". Los EEUU son el norte.

¿Dónde carajos se ha visto que un pueblo es soberano entregándose en cuerpo y alma a quien lo coloniza?

De manera que las criaturas, dado semejante pastillaje de deslumbramiento ideológico, en tanto producto de una formación ideológica, de una educación para implotar culturalmente, no son ni responsables de sus propios actos, lo cual debe dejar en evidencia -para la causa revolucionaria- que no se combate ni siquiera contra seres humanos, sino contra suertes de máquinas creadas en el espíritu maquinesco de la Guerra de las Galaxias. Clones programados para soltar por esa boca frases hechas, con brillo docto, en contra de cualquier medida que diseñe el Estado venezolano como pertinente para resolver la normal problemática que se presente en un país, medidas como las mencionadas al principio, que no abunden en la panoplia conocida y belicosa del libre mercado, el imperial capitalismo y la final descomposición de las nacionalidades en función de otra, más universal -se dirá-, como la que ya sabemos.

Por ello al clon opositor venezolano jamás se le podrá oír aceptación alguna de una medida o idea procedente del sistema de gobierno que busque implementar cambios profundos dentro de la sociedad venezolana. Nada. Ni siquiera habrá de mostrar conformidad –que tengan que agradecer los ofende- con políticas que los beneficien a ellos mismos, locos como están de tanto virus extranjero dentro de su sistema neuronal. La Ley de Amnistía reciente, que casi los reivindica como golpista -para exagerar un poco- fue un ejemplo. Les pareció ofensiva, porque ellos, en su refinada cultura de exteriores, acariciaban cada noche su dulce título de felones patrios, respecto de los cuales sentían la tentación de ponerlos en una placa ostentosa, mirando al norte.

Cuando declaran a los medios de comunicación, con sus ojos verdes, su piel blanquecina y su aterciopelada voz de Harvard, por ejemplo, que el Consejo de Defensa Suramericano es una "locura" (lo dijo un vicealmirante de nombre Huizi Clavier) porque no contempla la inclusión del amo del norte dentro de sus filas, no se sabe que lamentar más: si el cuerpo humano utilizado como alojamiento de especies de chips electrónicos (es un soldado del futuro), o los mismos programas de computadoras, ofendidos en su inteligencia por lo plano mental de su huésped, que se supone de la misma pasta de sus creadores. Es, como dije al principio, simplemente increíble, aunque, hasta aquí, en virtud del razonamiento mismo del discurso, le sumo la razón de la exculpación, porque, como en la naturaleza, crea la educación organismos celulares (mentales) que como cualquier especie procuran luego su supervivencia.

¿A quién demonios le habrá de parecer obscurantista, negativo o contracivilizado, por ejemplo, una Comunidad Económica Latinoamericana, con su respectiva moneda única y hasta carta constitucional colectiva, por el simple hecho que un país extraño a los nuestros en idiosincrasia (como los EEUU) se quede por fuera? ¿Qué tipo de locuras andan defendiendo semejantes clones de las causas exóticas? ¿Qué tipo de lógica parecen querer alimentar con semejantes ideas de la irrazón pura? ¿Por qué sí una Comunidad Económica Europea (sin los EEUU, por cierto) y no una nuestra? ¿Qué coño les pasó a sus neuronas durante tanto tiempo? ¿Qué tiene de retrógrado para un continente una Alternativa Bolivariana como el ALBA, un concepto de integración político y cultural, aun sin los EEUU? ¿Qué tiene ahora de malo una OPEP, idea misma de la IV República, más constreñida hacia sí misma que nunca; o un MERCOSUR, verdadera promesa de integración económica suramericana, sin los EEUU, que lo que realmente hace es dividir y guerrear para saquear? ¿O una OEA latinoamericana? ¿Qué diablos les paso a sus cabezas, señores opositores, por favor? No parecen querer dejarse de razones para que los sigan tipificando como “escuálidos”, escuálidos de "algo".

Si la respuesta es los EEUU, es decir, que el proyecto de autonomía y soberanía de los pueblos latinoamericanos deje a ese país por fuera, habría que responder con una pregunta: ¿hasta cuándo tanto vasallaje, servilismo, cipayismo y traición en tierra propia, ofendiendo, de paso, la inteligencia de la gente nuestra, para no hablar de orígenes republicanos, como Bolívar y las luchas de independencia? ¿Dónde carajos se ha visto que un pueblo es soberano entregándose en cuerpo y alma a quien lo coloniza? ¡No me jodan!

Sin duda: algo huele mal en Venezuela. Razones hay para creer que los muy doctos exponentes del oposicionismo venezolano perdieron los reales de la república educándose en las selectas universidades del norte, porque esa vaina de venir a amar un país destruyéndolo o vendiéndolo suena al mundo loco donde se le piden peras a los hornos.

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jueves, 3 de abril de 2008

Culto a la traición patria


"¡Durante cuánto tiempo nos han engañado!", protesta en uno de sus poemas Walt Whitman, refiriéndose al discurso civilizatorio sobre la incapacidad y manipulación humanas. Conocido es su mensaje sobre el poderío del yo y sobre sus loas a la democracia, suma sagrada de la voluntad de cada individualidad. Es, en fin, una frase que se me antoja de descubrimiento y decepción, como cuando uno mismo de niño conoce la vida de determinada manera y al crecer, al descubrir su real entramado, empieza a mirar al fondo y también a desilusionarse. Tal cual ocurre con aquellas mentalidades que rigieron el destino del país durante años, siendo doctos ellos en las más diversas disciplinas, ahítos de poder y prestigio, que de pronto se caen de sus alturas al penetrar la comprensión de la gente en la verdadera esencia que los caracteriza: su vasallaje, su naturaleza y condición de vasallos, su carácter de alma prestada para el engaño de los suyos, sin ellos mismos darse cuenta de la condición propia -lo cual es un extremo de gravedad.

Es el vasallaje, más denso conceptualmente mientras más se encuentre institucionalizado en un Estado, como en la Venezuela de los anteriores 50 años. Sus voces prestigiosas (entonces no se sabía que eran vasallos, se veían como demócratas, al menos para este muchachito viejo que escribe) se desprendían de las alturas, con su cargamento de historia y de erudición, para cundir y promediar en cualquier situación o espacio de la vida nacional. Lo copaba todo y, como luminarias del propósito humano venezolano, enceguecía el crecimiento de las llamadas "nuevas generaciones", para aludir así a los muchachos que crecían y miraban la realidad del país a través de los medios de comunicación. Era la intelectualidad y la dirigencia nata del país. El modelo –nada de vasallo o traidor ¿qué es eso? La élite adeca y copeyana, con sus enclaves empresariales, quienes desplegaban la cultura del "primer mundo" como modelo de vida, pero para ellos mismos con exclusividad. Los demás, el resto del país, estaban destinados a ser sus émulos o admiradores.

La mentalidad vasalla creó escuela, se institucionalizó en el aparato de la administración y el Estado. Se connaturalizó y se hizo ciega en sí misma, aceptándose así misma como único colmo, modelo y propósito de vida, edificando el patrón a seguir por todos. La voz del vasallaje halló perfección en las más prestigiosas universidades del norte y otros lares, como Harvard, Cambridge, Stanford; sus militares destacaron en la instrucción recibida en la Escuela de las Américas; su empresarios y comerciantes, monopolizantes de la economía venezolana, estrecharon lazos con los hombres más adinerados del mundo (competían con ellos) e inscribieron sus nombres en las losas de los más caros club de la humanidad. Escribían libros de autoalabanzas, pues –decían-, cada grandeza amerita un canto. Convirtieron en santuarios del progreso cada rincón o cosa del mundo que tocaron. Instituyeron estilos de vidas y sembraron sus semillas en la institucionalidad misma del país, respirándose hasta en la sopa el amor por lo maravilloso exterior y la vergüenza por lo interior degradado.

De forma que no era extraño ver, a modo de emblema triunfador, como hacían los patricios en la época del imperio romano, a una catirita montada en un vehículo 4X4 (aquellos en una carroza) repartir caramelos y equipos deportivos entre los febriles "negritos" de los barrios, amontonados en la admiración por sus bienhechores. Pero -ojo, repito-, entonces no eran vistos como seres de conciencia prestada, sino como puros venezolanos patriotas, guías del futuro.

El vasallo hizo de los EEUU y Europa un templo, oficiando luego, como cancerbero cultural, lo que procedía y era pertinente de entrada a su interior, y lo que no era aceptable y decoroso. Así, nos llenaron de costumbres de otros pueblos. Vestido el vasallo con su ennoblecedora sotana, se acostumbró a ella y se hizo ciego ante el colorido y el hábito del uso consuetudinario. Se construyó la escalera del cielo en su interior; se ensambló pelo a pelo su visión de mundo, interiorizándosela como la "visión", profundamente, hasta el grado de la mutación genética. Se hizo gringo, aunque de Venezuela. Y todo asumido como el hecho más normal y apetecido del mundo: ricos demócratas trabajando por su pueblo.

Su rostro -el del vasallaje- gesticuló infinitamente el discurso de la panacea del mundo: no ser nosotros mismos y ser otros. Discurrió profundamente, en horas de pantalla televisiva. Impartió clases magistrales en las universidades. Ascendió laboralmente, la cabeza llena de las proezas de famosos millonarios del mundo, que habían empezado por ejercer un oficio de mecanógrafa (pero eso era un discurso, porque así persuadían al servilismo a los más pendejos). Fue el pan y el café con leche de los niños que crecían en la patria de Bolívar en tiempos de la gran democracia betancourista. El rostro del vasallaje fue admirado furiosamente, como el modelo de vida a seguir por aquel que aspirara a quebrar las barreras del progreso humano y descubrir galaxias.

Algunas voces por ahí llegaron a cuestionarlo, acusándolo de transculturado, de alienación, de tránsfuga o engaño, pero fueron tapiadas inmediatamente por la cayapa poderosa de sus voces multiplicadas en los medios de comunicación. Hacían encuestas cuando era necesario y obtenían de la población, perfectamente adiestrada en el espíritu de la "superación y el progreso", las condenas que su alta cultura aspiraba: comunistas asesinos, come niños, bolcheviques, anacrónicos esperpentos, etc. Fue el mundo perfecto, soñado y ejercido por las cúpulas dominantes de un país llamado Venezuela. Daba gusto mirar cómo la inteligencia de estos vasallos –líderes, repito- arreglaba todo con sus palabras: a las acusaciones de traición o venta de la patria que el pequeño comunista aquel le endilgaba, hacia gala de un discurso patriota que no dejaba lugar a dudas: el vasallaje amaba a su país, con toda la fuerza que podían desplegar personas empeñadas en que su país progrese, como cualquier otro país del norte o de Europa, donde se había instalado el primer mundo.

Así el vasallaje convirtió el patriotismo, la libertad, la igualdad, la democracia, en hermosas piezas de oratoria y bellas composiciones discursivas. Al oírlo expresarse en televisión, en la prensa escrita (de las que era dueño), no quedaba la menor duda de que amaban a su patria. Guerreros de la democracia. Procurantes del progreso de altas formas de vida. El país estaba mal -reconocían-, pero iba bien, y era cuestión de que ellos trabajaran un poco más por la patria y se enriquecieran en algo más para solucionar los problemas de los venezolanos.

"Hasta que llegó Hugo Chávez e hizo rodar las caretas. De inmediato, cuando se levanta el maquillaje de la tan refinada y extraña cultura, se deja al descubierto la gran verdad y progreso de Venezuela, una gran herida de 912.050 kilómetros cuadrados llena de hambre y miseria"

Se era vasallo, oficiante del vasallaje, pero sin saberlo. (Ojo, redundo deliberadamente). Por el contrario, nadie hablaba en tal sentido: más bien, se era salvador de la patria, adalid, luchador, instruido, demócrata, refinado, culto, blanco, hermoso, artístico y talentoso. No existían argumentos para recibir tan espantoso mote descalificador. Además, como se dijo, eso era una condición en la que ni se pensaba o reflexionaba: se había interiorizado como la nueva ciudadanía, se había hecho gen, y gen patriota.

Hasta que llegó Hugo Chávez e hizo rodar las caretas. De inmediato, cuando se levanta el maquillaje de la tan refinada y extraña cultura, se deja al descubierto la gran verdad y progreso de Venezuela, una gran herida de 912.050 kilómetros cuadrados llena de hambre y miseria, signos soterrados del modelo de apartheid que se había establecido en Venezuela, donde unos soñaban con los países y aires de pastos europeos y otros con un simple y tubular pan. El engaño enterrado, ahora a flor de piel.

Y con Chávez, morenito él, ordinario, con su nuevo discurso desbarrancador, creció y maduró un mundo de conciencias, secularmente engañado, exclamando de pronto, como el viejo poeta que citamos al principio: "¡Durante cuánto tiempo nos han engañado!"

Una nueva era que paró en seco el endiosamiento de unos en las alturas y el estupidizamiento de otros en las bajuras. El ruido de la caída de la falsa cultura venezolana, de las caretas al quebrarse en el suelo, hizo despertar a media Venezuela, ahogada en la baba de las propias necesidades. El muchacho que "tranquilamente" crecía mirando como dioses a esa gente educadísima, de primer mundo, moderadora de la vida nacional, de pronto miró al país partido en dos planos, bajo shock, donde una de las partes se revolvía furibundamente por defenderse de las imputaciones que de pronto se le hacían, acusándosele de haber sumido en el engaño a la otra. De pronto descubrió que el mismo hombre zambo de Barinas, en su porte y estampa, resultaba un verdadero problema de encaje racial para el gusto y aceptación de la parte repentinamente puesta en tela de juicio, agregándole al engaño otros elementos de carácter etnocéntrico.

Y cuando empieza la reacción natural de las viejas cúpulas en fuga, defendiendo a "su manera" su cultura anterior, su modo particular de hacer patria, sus santuarios del saber norteño, sus fiestas extranjeras, su halloween, lo hacen de un modo verdaderamente apenante para las nuevas generaciones, de pronto maduradas, aquellas arrancadas a su influjo. ¡Ellos estaban ahí, en el mero centro del medio! Se defienden con toda la fuerza del amor por sus EEUU y capitales europeas, con toda pena de la decepción de no poder llevar a nuestro país hacia las esferas del progreso por ellos soñados, praderas celestiales pobladas de reyes y súbditos feudales. Atacan con toda la fuerza de su vasallaje al descubierto -¡ahora sí!-, sorprendidos ellos mismos en la posibilidad de haber estado viviendo el lamentable sueño de una vida prestada, donde su misma autohipnosis cultural había hecho de ellos unos civilizados ciudadanos traidores; con toda la fuerza de no darle la razón a quien de pronto viene y quiere hacerte comprender que no habías vivido nada realmente, nada tuyo genuinamente, que tu vida es un fiasco y era una especie de molde vacío al servicio de otras agencias de la cultura humana. ¡Vaya, vaya, vaya!

No es de extrañar, pues, que el vasallaje ataque defendiéndose con lo único que conoce: lo extraño. Rechazará, orgánicamente, todo aquello que propongan los nuevos tiempos de la autonomía soberana, háblese de mancomunidad regional, integración económica, consejos militares de defensa, mercado y monedas comunes, petróleo de alto precio, nacionalizaciones de recursos naturales... Cualquier cosa que haya demostrado progreso en su implementación incluso en las áreas de primer mundo que tanto ellos mismos -los vasallos- defienden, como el concepto de Comunidad Económica Europea y su Euro. ¿Por qué y cómo así de semejante loquera? ¿No es buena una Comunidad Económica Latinoamericana? Simple: como fanáticos religiosos de los primeros siglos, no conciben la vida sin su gran templo: EEUU. Un consejo militar de defensa latinoamericano no tiene sentido para ellos si los EEUU no están presentes.

Es, pues, nuestra oposición política venezolana una sarta de viudas de una farsa desenmascarada, de obligados anacoretas sollozantes-sin templos-, de licenciados traidores en las mejores universidades del mundo.

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