El país padece dos problemas fundamentales, políticamente hablando. Uno es marasmo ideológico, que genera desasosiego en la población y la conduce, indefectiblemente, a la confrontación. El otro es la realidad fáctica con sus carencias o limitaciones (alimentación, servicios, salud), lo cual, también, suele conducir a las masas a la explosión.
Puede decirse, incluso, que tales puntos son delineados universales del comportamiento humano en sociedad. No necesariamente la ambigüedad ideológica o la carestía económica detonan niveles de desdicha en el ser humano. En sociedades “avanzadas”, dígase de primer mundo, la unicidad de pensamiento o el abrumante bienestar socavan la felicidad de ese animalito intranquilo llamado hombre. De un tiempo para acá, las evaluaciones sociológicas han tipificado el suicidio como una constante en esos paraísos.
Tendríase, pues, que concluir que no hay manera de hacer feliz al ser social. La disconformidad parece ser un lastre de su complexión psíquica. Ambos rasgos, idea y realidad (o espíritu y cuerpo biológico), aparentemente antitéticos, rigen su comportamiento explosivo en la polis, como ya desde antiguo lo señalara Aristóteles. El hombre es un animal político.
Este ser de ideas y de padecimientos realistas u orgánicos es la figura con la cual tienen que lidiar las teorías políticas de todos los tiempos. Explicarlo, comprenderlo, consolarlo, conducirlo, cualquiera que sea el sistema político que lo enmarque. Háblese de república o monarquía; o de izquierda o derecha.
Después del 03ENE26, con la irrupción de la violencia contra la soberanía republicana, ambos padecimientos se han acentuado en Venezuela. En términos ideológicos, el país parece querer enfrascarse nuevamente en la típica polarización jacobina y girondina, de izquierda y derecha, república e imperio. La histórica y revolucionaria república frente a la amenaza monárquica.
No se habla de que haya el riesgo de que en Venezuela se proclame un reinado, encabezado por la líder de la derecha política. Pero agobia el hecho de que la agresión extranjera haya descolocado los pilares de la historia bolivariana, así como la percepción de que el mismo republicanismo se preste para su propia disolución. Y que pueda concretarse, después, la abominable idea de que en el país se establezca, oficialmente, una colonia o protectorado, como parece pintar la actualidad. Esto ha puesto a la fiera de las ideas a caminar frenéticamente dentro de la jaula. Desde afuera hay palos y piedras que le caen para azuzarla.
Es verdad que, romanamente, el modelo de república nació siendo sucedido por el de la perenne monarquía o imperio, como propuesta a la incapacidad política del hombre para distribuir justicieramente el poder entre la ciudadanía. A esa idea gremial de filósofos y soñadores fracasados (la república), se antepuso la imagen de un solo hombre encarnando el poder de manera pragmática para remediar problemas concretos de la gente (el emperador). Es decir, el nacimiento de la república como idea comportará siempre el temor y la amenaza monárquicas como correctivos.
Tal es el agobio existencial del animal político en su polis, Venezuela. Por otro lado, en términos pragmáticos, está esa otra realidad que incide en la explosividad humana, exacerbada después de la fecha indicada, como se ha dicho. A los gestos de descomposición republicana, como la cesión de soberanía y la creación o modificación de leyes complacientes con lo imperial, se suma una realidad de adversidades ciudadanas. El país experimenta una inflación cabalgante, un deterioro peligroso en el suministro de los servicios, una quiebra consolidada en los rubros educación y salud, y un desmontaje raudo de programas compasivos sociales. Las famosas misiones de la era chavista están siendo desprogramadas y, al parecer, el esquema abanderado de la república socialista venezolana, como lo son los consejos comunales y las comunas, tendrá el mismo destino.
De manera que vive el venezolano las dos vertientes clásicas del malestar cívico: idealismo y realismo, por expresarlo de una manera cómoda. Y las vive, precisamente, en medio de una circunstancia precipitada y de ruptura, con funcionarios extranjeros caminando en su país, extrayendo unas riquezas que podrían explicar los costillares de la pobreza ciudadana. Parece, pues, que el venezolano, en tal sentido, es un ser social íntegro para la explosión.



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