El mundo es una guerra. No es una excreta, como dice el dicho. Sería hablar mal del hombre, la cima creativa o evolutiva de la vida. Guerra en el sentido casi genético. Ha sido su sentido histórico y biológico. La supervivencia, la competencia, el exterminio y el placer mortal están metidos en los genes de lo humano.
Ergo, hacer la guerra es una plenitud de la especie. Vivir durante siglos en ausencia de guerra, es decir, en paz, parece contranatural. De hecho, escasean esos períodos en la historia. El hombre necesita de la autodestrucción para sentir el valor de su humanidad. El poder y la compasión son su sino existencial. Arthur Schopenhauer decía que la compasión es el fundamento de la ética y la moral, y el sentimiento más elevado del hombre.
Pero no es cierto. Es el poder. Y el poder es la nomenclatura de la guerra. Luego, el hombre es un animal belicista. El Homo sapiens necesita sentirse grande para luego, desde su magnanimidad, experimentar el regocijo de la compasión ante lo destruido. Semejante camino hacia el otro extremo es la ruta de bautizo del asesino. Es allí cuando necesita llamarse humano. Y, ya usted sabe, se hace magnánimo también a través de la piedad.
Esto habla de la gran mentira que vive el mundo. Del conflicto moralista del asesino. Es decir, del hombre. Hipócritamente, se enseña que la grandeza humana estriba en el ejercicio de lo pequeño. La compasión, que es como promulgar la abolición del egoísmo. Pero esto lo dicen los poderosos, los asesinos, para sitiar al débil. La grandeza humana está en ser exterminador y asesino. Es la mentira verdadera que ansían publicar. De allí que la educación sea la gran estafa que oculta los homicidios. El minusválido, el destruido, siempre será el trapo de culpa, el altar de depuración, del victimario.
¿Tiene alguien culpa de ello? ¿Está mal el asunto? ¿Reconocer que el hombre es una bestia detrás de un refinamiento? Es a lo que le llaman cultura. El ser humano es tan culto como inocente.
El Homo sapiens bellicus fue quien dijo a los melios, vestido como griego antiguo, en 416 a.C., que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Fue quien, vestido luego como romano, en 146 a.C., arrasó Cartago, cuando no era necesario. Y quien, modernamente, en 1999, desapareció a Yugoslavia al imponerle condiciones imposibles, no tanto de rendición, sino de existencia.
Desaparecer la nación de Melos, Cartago y Yugoslavia no es un acto casual. Es el destello duro de una naturaleza auténtica. Tales lugares, que de un modo sistémico dejaron de existir, son, en sí, un nimio porcentaje de tantos egos que requirieron planos similares de expresión. El mundo es un libro escrito a capítulos. Aquiles, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Gengis Khan, Bonaparte, Bolívar, Hitler… son páginas. El hombre es como un gigante que requiere, de vez en cuando, agacharse para insuflarse de compasión sobre los charcos de sangre.
Por eso el poderoso, con su tramoya educacional, parece haber inventado el mito del cristianismo, que es como una columna real de la historia: los pequeños, esos que inspiran compasión con sus extraños comportamientos, son también seres humanos.
Bajo semejante reflexión, para hacer locativa la idea, podría ensayarse una alusión a un país o circunstancia cualesquiera. Por ejemplo, Venezuela, que es desde donde nace la voz de estas letras. El destino de la nación bolivariana, tutelada como está, desprovista de su naturaleza bélica, es una invitación al vacío. Así como subsiste, sin autonomía, tiene que saber que la compasión en el poderoso es un acto que solamente se ejerce en el momento de la destrucción.


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