Según la ciencia, se nace con una predisposición genética a ser de izquierda o de derecha. Esa inclinación es del 60%; el resto lo abona el entorno con su influencia psicosocial.
Dos palabras clave surgen para comprender lo que la
naturaleza pone en la balanza: miedo y tolerancia. Según un estudio
neurocientífico (Ryota Kanai), el cerebro de un derechista o izquierdista
registra diferencias estructurales e induce a respuestas distintas ante
situaciones riesgosas o amenazantes.[1]
La persona de derecha (conservadora) muestra una amígdala
(cerebral) derecha con mayor cantidad de materia gris. Son proclives a activar
el sistema de alerta (lucha o huida) y a priorizar, por consiguiente, el orden
en sus vidas, la seguridad, las instituciones, evitando los cambios. Es la zona
del miedo.
La persona de izquierda (liberal/progresista), en cambio,
muestra un mayor volumen en la corteza cingulada anterior, que es una región
donde se gestiona la resolución de conflictos y el manejo de situaciones
ambiguas. Estas personas asimilan el cambio social y la diversidad de
opiniones. Es el conglomerado de la tolerancia.
Ambas estructuras funcionales forman parte del sistema
límbico, ese contexto primitivo de las emociones. Pero debe hacerse una
precisión determinante. Desde el punto de vista neuroevolutivo, la amígdala es
una estructura pequeña y muy antigua, parte del llamado cerebro reptiliano.
Tiene por trabajo activar, de modo básico, el miedo o el pánico como mecanismo
de supervivencia en reptiles, aves y mamíferos.
En cambio, la corteza cingulada es una estructura de mayor
tamaño, envolvente del cerebro, con un desarrollo evolutivo más reciente y
avanzado, masivo en los mamíferos superiores, refinado en primates y humanos.
Su misión es contener el desbocamiento instintivo de la amígdala, establecer la
calma biológica, invitando a la razón.
Sin duda, toda una explicación que pareciera querer
clasificar a los humanos en seres viscerales (derecha) y cerebrales
(izquierda). Dicho de otro modo, rayando en lo peyorativo: seres primitivos
(reptiles) y seres evolucionados (primates). Al final, son hallazgos
científicos que proponen, inevitablemente, una violencia conceptual en la
psicología política y alimentan el viejo debate sobre cómo debería ser el mundo
feliz: si gobernado por monarquistas, donde uno ejerce el poder y el resto se
inclina; o por colectivos, donde los ciudadanos ejercen el poder, y prima una
conciencia de la igualdad social.
La derecha tiene como lastre su definición biológica misma:
obedece a lo instintivo con su básico miedo a los cambios y su anquilosada
cobardía (conservadurismo); y la izquierda es una propuesta de evolución
explorativa que no finaliza y, en su amplitud o idealismo, no termina por
concretar la fórmula definitiva (progresismo).
Pero hay más. Se trata de un aspecto que introduce juicios
de valor en el cuadro, propendiendo a retratar a los monárquicos como ese
egoísta reptil que se apodera de los espacios y paraliza la historia
(degradación); y a los socialistas, como esos primates evolutivos que pierden
el contacto con la realidad por su pretensión de vuelo (utopía).
Aunque la ciencia no habla de «gen de la derecha» ni de «gen
de la izquierda», ha identificado un par de genes que la genopolítica ha
asumido para cada ámbito. El primero es el gen de la estatmina (llamado «gen de
la cobardía»), presente en la estructura característica de los «derechistas».
Su trabajo es regular la producción de una proteína altamente concentrada en la
amígdala, para establecer ese quantum de alarma en el individuo como
respuesta ante una amenaza.
De manera que se tiene que el correlato psicosociológico de
tales individuos es el sobresalto volátil y la ágil carrera, y la búsqueda de
refugio en ideologías conservadoras o de derecha. Su configuración es:
todo en orden y nada de cambios amenazantes. La derecha no es, precisamente, la
que hará una revolución para establecer un cambio, sino una contrarrevolución
para restaurar un orden perdido. Y semejante acto, de aparente valentía, ocurre
cuando se dispara el pánico y se torna insoportable la pérdida de la propiedad,
de la cultura o de la nación. Su alivio es reencontrar la seguridad conocida.
La historia la documenta con el fascismo en Italia (1922) y el nazismo en
Alemania (1933).
Tan «monstruosa» derivación del temor (el calificativo va de
la mano con el fascismo o el nazismo) es tamizada por la conclusión principal
de la politóloga Rose McDermott (Universidad de Brown, American Journal of
Political Science): «No es que la gente conservadora sea más miedosa, sino
que la gente genéticamente más propensa al miedo tiende a volverse
conservadora.»[2] Su estudio, que fue hecho sobre una
muestra de gemelos y familias, terminó adosando al perfil temeroso de un
derechista el anhelo de medidas proteccionistas, como el rechazo a la
inmigración, el armamentismo, el orden estricto y, por supuesto, el severo
control de las fronteras.
El segundo gen es el DRD4, o «gen de la ideología».[3] Es un receptor de dopamina, la cual es definida como un
neurotransmisor clave en las motivaciones de un individuo para encontrar
recompensas cerebrales, según su cumplimiento de metas o hallazgo de estímulos
sociales. El trabajo del gen, pues, consiste en motorizar esa exploración
placentera desde la dopamina, innovando el modus vivendi o instaurando
el cambio social.
En términos históricos, las concreciones de esta pulsión
hacia la novedad fueron la Revolución Francesa (1789) y la Revolución
Bolchevique (1917). A diferencia del retrato pánico del derechista, el
individuo con esta caracterización de corteza cingulada y gen ideológico no
teme destruir estructuras tradicionales para iniciar un reloj civilizatorio
desde cero. Inclusive, el izquierdista puede tolerar entornos multiculturales
en virtud de su orientación hacia la justicia social.
Aunque los resultados históricos parezcan satanizar el
accionar de la derecha cuando se le detona el pánico, desde el punto de vista
de la supervivencia de la especie, la llamada cobardía es un componente
importante. El miedo no solamente te puede bautizar como un cobarde, en
términos culturales, sino que te puede también salvar la vida, en términos
biológicos. Habría que decir que la historia, en su enigmático devenir, hace
uso conveniente de un motor u otro para proseguir. Luego, en manos del pensador
o científico recaería la tarea de evaluar la catadura de una condición humana
averiada con tan abominables actos de exterminio. Pudiera el moralista argüir
que son retos evolutivos que la especie marca para su superación.
Cuando es propicio conservar lo construido para proseguir,
he allí que el miedoso entra en acción; cuando es conveniente revolcar, también
para proseguir, he allí que entra en juego este explorador de mundos, cuyo
placer es la refundación y la tolerancia del caos o lo diverso. Como se vea, se
trata de una correlación necesaria en el corazón de toda sociedad humana:
mientras el temor en uno tiende a formar escudos para preservar (amígdala y gen
de la estatmina), la tolerancia y el sentido exploratorio pueden conllevar la
transformación de lo conocido (corteza cingulada y gen de la ideología).
Conviene precisar nociones sobre nombre tan extraordinario:
gen de la ideología. Más allá de que el miedo es un componente fundamental para
la supervivencia, es de resaltar también que los reinos o monarquías son la
forma más espontánea de organización política en el hombre. Es decir, la
primera forma de poder político. Un líder, una nación: la mayor garantía de
seguridad a la mano. También la mejor manera de exorcizar la angustia en
tiempos de dioses, de humanos divinizados y de gran incertidumbre racional. De
hecho, reyes y monarcas, hasta hace poco, se consideraban divinidades, para
mejor respaldo.
Semejante espontaneidad se corresponde con la historia
neurobiológica del cerebro: primero fue esa almendra básica llamada amígdala,
con su arsenal receloso, y luego fue aquella estructura confeccionada en la
corteza del cerebro, cuya fisiología opuesta es la regulación de la
incertidumbre y una mayor determinación para emprender reformas, como se ha
dicho. Esta segunda instancia es como la calma previa al uso de la razón. La
función pánica se desata y el neocórtex (lugar de la estructura de izquierda)
después labora para discriminar. En medio de tal dinámica fisiológica, es de cajón
aseverar que lo que es expreso no necesita elaboración ni ideología (el miedo,
pues). Y lo que es de reflexión es lo que se ha dado por llamar «gen de la
ideología» al implicar un control de la animalidad para invitar al
discernimiento de la razón o de la idea. Como postrera es esa estructura
cerebral en la historia neurobiológica, posterior también es la Revolución
Francesa en el historial humano.
Sin embargo, aunque la semántica sea de cuño nuevo
(izquierda y derecha políticas se conocen después de la Revolución Francesa),
el mundo ha sido una expresión «derechista» desde un principio, como se
corresponde con lo histórico explicado sobre las monarquías. En cuanto a la
izquierda, probablemente hayan sido los griegos, como constructores de la
razón, los primeros revolucionarios expresivos de esta actividad neocortical
(pensamiento, capa más evolucionada del cerebro). La obra de pensadores y
filósofos, como Sócrates, Platón y Aristóteles, no dejó ladrillo sin tocar de
las viejas estructuras, incluso bajó a los dioses de sus pedestales, como lo
confirma la experiencia de Sócrates. Para rematar, con engranaje neurohistórico
perfecto, Platón postuló la creación de una república gobernada por hombres de
pensamiento sosegado, en medio de una época primaria plagada de monarquías. En
este sentido, hasta se puede afirmar que la Revolución Francesa fue un evento
tardío como efecto espejo.
Si la eventualidad descrita no refleja ese pulso conflictivo
entre cobardes políticos y utópicos reformadores, es por el bloqueo mismo de
las estructuras mentales ideológicas. El mundo se debate entre los que amarran
y los que liberan, siempre infiriendo que la historia los utiliza por ciclos en
su sentido decursivo. Inclusive, lo hace asimilando los perturbadores desastres
del cerebro derechista, como los campos de concentración, el fascismo y el
nazismo, esos abyectos medios que utiliza para rescatar su seguridad perdida.
Lo que se llama humanismo no puede ser caracterización de
quienes, pulsionalmente, profesan la animalidad emocional para atenazar sus
viejas estructuras de tranquilidad. Para tales, es posible la quema inclusive del
género humano para el logro de los fines, como lo ha demostrado la historia.
La ansiedad destructiva por rescatar un escombro del pasado es de
magnitud épica, de manera que se incurre en la paradoja de aniquilar para
conservar. Es entonces cuando adviene el constructor y recreador de mundos,
para borrar o reparar, en momentos en que se amenaza el cimiento civilizatorio.
El ejemplo mismo del humanismo recrea un momento de revolución cultural frente
a la insostenible explotación del hombre por el hombre de la vieja era feudal.
De suyo, ya para hablar en propiedad con los vocablos, la
izquierda suele terminar recogiendo el reguero que la derecha deja en su
ejercicio político. Entonces despliega su trabajo, diseñador del mundo nuevo o
coexistencial. Cuando su efecto reparador sacia los niveles de convivencia
social de sus mismos adeptos y satura, consecuentemente, los niveles de terror
de sus opositores, vuelven la historia y los votantes a repetir el ciclo de la
autodestrucción, como esa mítica serpiente que se devora la cola.
Finalmente, a modo de viñeta, habría que decir que el
izquierdismo no es de fácil consecución, dado que hasta biológicamente es una
elaboración. Precisa, como el mismo derechismo, de ese 40% de influencia
ambiental para consolidarse. La diferencia estriba en que ese mismo 40% debe
ser también constructivo, o formativo, para mayor precisión. Como arrojan los
estudios, el sujeto debe militar en la escuela social de la vida, con debidos
estímulos que desafíen la ambición compensatoria de la dopamina y lo empujen
inclusive hacia experiencias importantes exploratorias.[4]
El ser de derecha es de más simple logro, casi expreso, como
se dijo. El sujeto adviene al mundo con su inclinación genética del 60%, no
requiriendo significativamente del efecto ambiental para quedarse en ese
predio. De derechas será. Es una simple correspondencia con la estructura
límbica, donde la amígdala, con su gen del terror, proclama el pánico o la
inseguridad. Al no existir una corteza circunstancialmente estimulada ni un gen
ideológico (la amenaza de la izquierda), el resultado es irremediable. El hecho
de que el mundo sea una construcción mayoritaria de derechas parece apoyar el
razonamiento. Desde un punto de vista histórico y considerando el esfuerzo para
su expresión, luce el ser de izquierda como un fenotipo recesivo.
Véase la ventaja abrumadora de la animalidad (en sentido
biológico y no peyorativo) sobre la intelectualidad. De joven, el hombre es
impulsivo y disruptivo, lo cual es confundido con liberalidad. La realidad es
que despliega una conducta refleja de la almendra temeraria, que te habla de
enemigos amenazantes. El acto de arrojo sencillamente es una saturación
glandular que intenta matar la aprensión con el miedo mismo. De modo que es
difícil comprobar la condición de genuina valentía desde el punto de vista de
la refinada izquierda.
La frase «Ser joven y no ser revolucionario es una
contradicción hasta biológica», atribuida a Salvador Allende, podría no tener
asidero real y funcionar como un constructo con efecto de sofisma. Lo que sí
podría ser más real es que la juventud no ha dado el tiempo necesario para la
maduración ideológica (gen de la ideología) y lo más probable es que sea un
sujeto cautivo de esa actividad límbica primera de las emociones. Debe quedar
claro que el razonamiento no niega la valentía como hecho fáctico de arrojo,
sino que invita a sopesarla como expresión genuina izquierdista.
De igual modo, cuando el hombre envejece, se hace
conservador en virtud de abrumadores efectos socioambientales que deconstruyen
el trabajo formativo de la izquierda. La debilidad corporal y la angustia por
la proximidad de la muerte, los hijos, la familia, los bienes y la comodidad
adquirida son una dura prueba para la consistencia progresista. El confort,
como valor burgués, podría estar asumiendo el rol de la seguridad tan
neuróticamente buscada por el derechista, ante cuya amenaza el pavor se apodera
del alma.
Bajo esta óptica, es fácil ilustrar con casos históricos el
espectacular tránsito de posturas ideológicas de jóvenes revolucionarios a
viejos conservadores, sin sumar que la misma psicología perfila al viejo como
persona conservadora por antonomasia. Por ejemplo, para mencionar un hecho
local, háblese en Venezuela de un conocido «marxista» que involucionó a
opositor de la propuesta socialista que representó Hugo Chávez: Teodoro
Petkoff. Antes del resultado final, ya había aceptado cargos ministeriales en
gobiernos que duramente había adversado en su juventud socialista. Podría,
inclusive, hablarse de la mandataria actual de Venezuela, Delcy Rodríguez,
junto a su hermano, pero es de advertir que el ejemplo rompe el molde del transfuguismo
de manera particularmente animal. Además, la historia ofrece ejemplos con mejor
delineamiento clásico para comentar con mayor dignidad.
Aunque la ciencia lo niegue por reticencias moralistas, sí
parece existir un gen tanto de izquierda como de derecha. El estudio mencionado
sobre el gen de la cobardía para caracterizar al derechista y el realizado
sobre gemelos para evaluar la contextura formativa de la corteza, y
caracterizar al izquierdista, dejan en claro el miramiento. Por supuesto, es
más criticable hablar, por extensión, de «gen capitalista» y «gen socialista».
Pero, sépase, en genopolítica, en la ciencia del control de masas, en la
publicidad y el mercadeo, estas nociones biológicas apabullantes son ya
herramientas más que hechos.
[1] Harkness, Timandra. 2014. “¿De
izquierda o de derecha? Un escáner de su cerebro puede tener la respuesta”, BBC,
20 mayo
<https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/05/140520_ciencia_cerebro_conexiones_ideas_politicas_innatas_np>
[consultado el 19 de octubre de 2026]
[2] “Tendency to Fear Is Strong
Political Influence”. s/f. Brown.edu
<https://archive2.news.brown.edu/2007-2015/articles/2013/02/fear.html>
[consultado el 19 de octubre de 2026]
[3] “Nuestros genes podrían definir
si somos de izquierda o de derecha”. 2015. Clarín, 5 agosto
<https://www.clarin.com/sociedad/genes-genetica-gen-iquierda-derecha-politica-liberal-conservador-estudio_0_B1G6ertP7l.html>
[consultado el 19 de octubre de 2026]
[4] “Nuestros genes”, Clarín.
📰 ¿Te ha sido útil esta exploración?
Animal Político se sostiene gracias al compromiso de su comunidad. Tras 20 años de trayectoria analizando la geopolítica global y la realidad venezolana de forma independiente, tu colaboración es clave para mantener este espacio libre de censura y presiones corporativas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario