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domingo, 10 de mayo de 2015

El aterrador panorama que Colombia depara a América Latina

La desintegración, sucintamente; o la recolonización de los países y su reconversión en lo que es ella actualmente, un protectorado.  Tal sería el panorama, la herencia implicada en su sumisión a poderes y culturas ajenos a propia idiosincrasia, suramericana y soberana.

¿A qué mentirse?

Anda el país de Santander por ahí metiéndose en casi todas las organizaciones de nuevo cuño para la conformación de la patria grande en América Latina y el Caribe prácticamente no como un adefesio político, sino como una infiltración hegemónica de los EE.UU. y su guerra contra los pueblos libres en el área.  La CELAC, la UNASUR, etc.

Como su pueblo es sangre hermana de lo suramericano, nadie propone su exclusión de agrupaciones fraternales; el problema es con su dirigencia, los amos del valle, los que hacen de Colombia su billetera y catre:  ¿por qué no sincerarse y dejarse de tanta hipocresía?  ¿Por qué faltar a la lógica y a la justicia del pensamiento? ¿Por qué si te crees tan arrecho, distinto y superior juegas a juntarte con tu “hermanos” cuando la realidad es que te quieres deber a factorías extranjeras?  Como si pretendiera abiertamente, a título de “hermano”, desplegar un papel de quinta columna en América Latina, reportando hacia el polo que la define ideológicamente:  Europa, la OTAN y los EE.UU.

Colombia, estando en América Latina, no le pertenece, lamentablemente para el pueblo, que es quien finalmente sufre la inconsistencia de sus gobernantes.  Su reino no es de este suelo. 

¿Qué hace en UNASUR presuntamente conformando una alianza suramericana cuando sus mentores son los EE.UU., de quien nadie ignora procura la división del continente?  Entra al foro con la legitimidad de país y sale con la catadura de espía.  Estremecer la mesa, despaturrarla tiene que ser su misión.

¡Un país con siete bases militares extranjeras en su territorio, no se sabe si fabricando ya armas atómicas, miembro de una alianza suramericana!  Hecho inexplicable en tanto en UNASUR se cuece una unidad precisamente para exorcizar amenazas como las que definen a Colombia, ello sin preguntarse, seriamente, contra quién serían esas armas nucleares que presuntamente trama en sus entrañas.

No se metió en el ALBA por descarado principio de parcialidad hacia los EE.UU., cuya ALCA fue derrotada en su implementación política y económica por Hugo Chávez, y ella misma, Colombia, era su principal ansia desatada en América Latina.  Después se consoló firmando tratados de libre comercio con los EE.UU. 

Según pasado y presente, hay la impresión de que Colombia siempre se resintió en separarse como colonia de España.  Hoy se prosterna ante los EE.UU. y para nadie es sorpresa que, si no al estado cincuenta y tanto, aspira por lo menos a ser la Israel de América Latina.  Dicho por sus propios gobernantes.  Piénsese en Álvaro Uribe, por ejemplo; ¿qué se puede esperar?

Piense en aquella vez cuando tomó partido por Inglaterra en contra de Argentina cuando la guerra de Las Malvinas.

Ayer su prócer, Francisco de Paula Santander, intentó muchas veces asesinar al Libertador, Simón Bolívar, adalid de la independencia suramericana.  Ello sin alegar que las clases pudientes del país siembran el odio contra Venezuela hasta hoy, emblema de soberanía y libertad, cuna de la libertad de América Latina, de Bolívar y, más recientemente, de Hugo Chávez, el creador de la revolución Bolivariana.

Colombia es un problema en la región con su entreguismo a potencias extranjeras.  No se puede esperar de ella neutralidad cuando es ella misma quien empuña el garrote titiritero. Nadie puede quemarse las manos porque no agreda a Venezuela en medio de una confusa configuración circunstancial armada, terminando de aplastar el poco de latinoamericanismo que pudriese aún albergar en su pecho y obedeciendo de plano a su clara vocación alienígena.

Colombia está armada ─es la excusa─ porque tiene una feroz guerrilla a la que enfrentar, y entonces recibe el apoyo de “bondadosos" países como los EE.UU. con su Plan Colombia que, amén de “combatir” al narcotráfico (las cifras han aumentado), también le echa una “ayudidita” con los irregulares.

Colombia es una bomba, problema de todos.  Las conversaciones de paz en La Habana (¿cómo siquiera se han hecho?) deben cristalizar lo más rápido posible.  Debe desmontarse la guerrilla para quitar la lógica imperial de que el país necesita estar invadido para ser ayudado contra tales “plagas” de la civilización.  Hasta a eso llega la razón simple:  recomendar dejar las armas subversivas, en un principio realistamente justificadas, para ahora luchar no tanto contra un Estado capitalista, salvaje y espurio de pueblo, sino para ejercer la soberanía patria.  Si hay paz, si no hay guerrilla, se supone que habrá entonces menos enemigos a enfrentar con tantas bases militares.  A menos que el enemigo sea la casa misma, los vecinos, Venezuela y su petróleo, la unidad latinoamericana, indócil a colonialismos ésta, como lo soñó Bolívar.

La lógica política dice que esa paz a la que se aspira en La Habana ha de ser imposible.  No le conviene a los EE.UU., que requieren una eterna excusa de intervención más allá del narcotráfico, ni a la dirigencia militar del país neogranadino, a quienes se les metió en el seso ahora ser europeos, ser OTAN, ser miembros de una fantasmagórica “Alianza del Pacífico” contra China, actualmente la primera potencia económica del planeta.

En vez de apostar a lo propio, a Suramérica y el Caribe, a la unidad, a la historia férrea y soberana vernácula, a la diversidad de relaciones económicas y políticas con el mundo, Colombia quema sus castañas en los templos de unos decadentes EE.UU., ante el ídolo de la unipolaridad.  Y tomó esa decisión desbordante de ventosas en una hora en que el país del norte ha sido desplazado como primera economía, come más de lo que produce, vive amenazas internas de estallido por causa de su descomunal deuda y se abate desesperadamente sobre el mundo con guerras en busca de su hegemonía perdida.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Para lo que quedó la SUNAVI: registro de problemas habitacionales, no de soluciones

A contrapelo respecto de la política gubernamental de sanear el problema habitacional del venezolano con la construcción de viviendas marcha la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda (SUNAVI).  Claro, la SUNAVI no construye viviendas como el gobierno, quien, a propósito, hace poco en el estado Vargas entregó la número 700 mil.  La SUNAVI encaja en la problemática integral de carencia de techo desde otro ángulo, enfocándose en regular la justa relación que debe privar entre el que alquila (arrendatario) y el que arrienda (arrendador), levantar la información sobre el hecho habitacional en el país, entre otras funciones detalladas más abajo.

Hay el que no tiene casa y podría estar en la calle, viviendo arrimado o nómadamente; hay el que está viviendo bajo un techo que no es suyo, arrendándolo; hay el que lo tiene precisamente, por esfuerzo propio o por auxilio gubernamental; y hay el que tiene muchos techos y se dedica a vivir de ellos, arrendándolos.  Una generalidad de la situación que en varios de sus aspectos presenta un perfil inquietante, de larga data en el país y que, justicieramente, la política gubernamental ha incluido dentro de sus lineamientos para subsanarlo, combatiendo matices perturbadores que abarcan al sin-techo que lo busca como al negociante de muchos techos que se aprovecha de la necesidad de otros para lucrarse.

Dentro de este cuadro oneroso del problema habitacional, el margen que ocupa la realidad de los que arriendan (arrendatarios) no es menos pesaroso: una significativa tajada del problema general si se considera que de 2 millones de familia sin vivienda, 1,4 arriendan, según cifras del año 2010 dadas por un directivo de una organización en la materia (José Acuña:  “Vivienda y desalojo en Venezuela” [en línea]. En: Aporrea.  16 Oct. 2010. [ca. 17 pantallas].  http://www.aporrea.org/ddhh/a108131.html. [Consulta:  6 Mayo 2015].  Tal porción significativa de la realidad (seguramente menor al presente) es a la que está llamada a cubrir la SUNAVI, de manera que huelga a la vista su importancia y rol institucional en la mitigación del problema.  Su misión, en palabras claves, de acuerdo con el artículo 20 de la Ley para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda, que contempla su creación, es:  velar por el cumplimiento de los deberes y derechos observados en la ley tanto para arrendatarios como para arrendadores, fijar el canon de arrendamiento, realizar inspecciones y fiscalizaciones de los inmuebles, efectuar procedimientos para la determinación de ilícitos, imponer sanciones, determinar indemnizaciones, proveer refugios, levantar información en la materia para el Ejecutivo Nacional, trabajar con las organizaciones sociales para fomentar el acceso a la vivienda, crear el Registro Nacional de Arrendamiento de Vivienda, controlar los contratos de arrendamiento de vivienda, etc.

Pero la SUNAVI, probablemente avasallada por la dimensión del fenómeno arrendatario en el país, prácticamente no se ha dado abasto para contribuir de manera efectiva en el alivio de la situación habitacional en general; por el contrario, la ha complicándola porque suma al hecho de carestía la carga que viene a significar la inoperancia burocrática, piedra de tranca temible que en su disfuncionalidad lo que ha hecho es amparar a los abusadores de siempre, esto es, los que desalojan.  Un ejemplo:  no responden a tiempo con el servicio SAVIL (Sistema de Arrendamiento de Vivienda en Línea), adonde lo usuarios arrendatarios acuden para consignar sus pagos al tener desavenencias con los arrendadores; resultado:  que los arrendadores se valen de tal tardanza de la institución para practicar desalojos al acusar a los arrendadores con que no pagan.  Sin ir muy lejos:  quien escribe (expediente FI-1473-14) lleva siete meses esperando una inspección a la edificación donde vive.  El asunto, kafkiano de plano, ya va recreando el ambiente reflejado por el escritor Franz Kafka en su novela El proceso.

¿Qué está ocurriendo?  La SUNAVI prácticamente está inoperativa, sea ya porque su misión la rebasó, no tiene personal, la tarea es demasiado magna para la cortedad de una sarta de burócratas que la gestionan.  Lo que ha hecho es registrar y registrar casos, problemas, quejas, lamentos que se quedan grabados como en una cinta magnetofónica para una historia olvidada, sin respuesta.  No sale a la calle, no es operativa, no tiene alguaciles que cubran la geografía para el mínimo cometido de entregar una notificación o convocatoria, no conecta con las bases populares, donde podría estar su salvación como institución dado que ella trabaja y se debe al pueblo.  En su record ha de tener, abrumadoramente, más registro de lamentos que de sonrisas generadas en el rostro de los usuarios por la resolución de algún inconveniente. 

En su expediente institucional, a modo de karma que arrastra sin resolución, pesan en la SUNAVI los siguientes retos con los que no ha podido:

(1) el tema de los cien edificios (punto de cuenta que Hugo Chávez dejó pagado para adquirir estos inmuebles)

(2) la providencia administrativa 00042 (edificios de vieja data), con la que os dueños se han limpiado el trasero, vendiendo los inmuebles como nuevos porque la SUNAVI no inspecciona, no calcula el canon a tiempo, sólo registra lamentos, como se ha dicho.

(3) el tema de los refugios

(4) la discapacidad para afrontar a los poderosos ─ ley en mano─ frente a los oprimidos y desalojados de siempre, a los que está llamada a proteger por principio, por ética, por legalidad y justicia, según dicta el mandamiento socialista del legado de Hugo Chávez, ese que provee y salda la deuda histórica con el pueblo.

¿Qué hacer con la SUNAVI?  O es intervenida, o es reestructurada aumentando su personal y capacidad de atención o es convertido en un ministerio tal vez transitorio con perfil real de poder popular.