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miércoles, 30 de abril de 2025

¡POBRE PANAMÁ!

Donald Trump tiene a Panamá sitiado sin disparar un tiro. Ha dicho que recuperará el canal y la presión de esa loca amenaza mantiene los ánimos políticos caldeados en el istmo. Su canciller, Javier Martínez-Acha, a quien Nicolás Maduro llamó "imbécil", acusándolo de haberse "bajado los pantalones" ante los gringos por no defender con honra a su país, ha declarado ante una comisión de diputados de su país que su estilo es callado e inteligente, que nadie coacciona a Panamá y que es mejor seguir así, calladitos con sabiduría, porque al último panameño que se le ocurrió desafiar a los Estados Unidos con un machete (Manuel Noriega) no terminó muy bien.
¡Pobre Panamá! El canciller prosiguió declarando que el memorando de entendimiento que firmaran ambos países recientemente por el tema del canal no "cede soberanía", aunque posibilite la presencia de militares estadounidenses sobre el territorio debido a que su tema es la seguridad. ¡Vaya ingenuidad! Que los tales militares no estarán de modo permanente ni podrán establecer bases militares, como si dijera que Panamá no es Irak, de donde no los han podido expulsar en veinte años, o Venezuela, de donde costó un ojo de la cara sacarlos de la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda.
Irak y Venezuela poseen el dulce petrolero que jamás empalaga, y Panamá el canal, infraestructura geoestratégica de tráfico interoceánico. Allí hay ingenuidad, a no dudar.
La interpelación se pone tensa cuando un diputado le cuestiona por qué los militares panameños tienen que pedir permiso a los estadounidenses para circular en ciertas zonas de su país; y el inefable Martínez-Acha responde que sólo deben "notificar", no pedir "autorización. ¡Sin palabra!
Un país como los Estados Unidos, que amenaza con anexarse a Groenlandia o Canadá, no parece el más confiable como para atenerse a un tonto memorándum de comportamiento. Sueña con cogerse el canal, no pagar peaje y espantar a China.
¡Pobre Panamá! Cuatro veces intentó desprenderse de Colombia infructuosamente, y desde la cuarta vez conversó con los yanquis para que en lo sucesivo lo respaldaran (1846, Tratado Mallarino-Bidlack). Su historia e independencia, en verdad, están cifradas en torno al canal, construido por los gringos, finalmente, quienes se sienten padres vitalicios de la criatura, del mismo país panameño. Nada de extraño tiene que lo reclamen como colonia.
El canciller hace honor a su apellido: es un hacha sin filo, sin la H.

domingo, 27 de abril de 2025

EL GRINGO CANAL DE PANAMÁ O SUEZ

Los Estados Unidos construyeron el Canal de Panamá, finalizándolo en 1914; Francia, el de Suez, en 1869. Pero los estadounidenses quieren imaginar que ellos también construyeron el de Suez para ordenar su paso gratuito a través de él, como ya lo hacen con el primero.
El apego gringo a su hechura, por la que pagó después un arrendamiento de 250 mil dólares anualmente hasta 1999, podría estar escenificando en la mente comercial de Donald Trump una confusa explosión conceptual de derechos de propiedad, autoría, regalías, que lo impulsan a decretar que ese canal es suyo, de urgente recuperación.
No le debe resultar admisible que su país haya tenido que pagar 10 millones de dólares a Panamá para ellos mismos construirlo, además de la renta indicada. De puño y bolsillo yanquis, es el colmo que la estructura sea de otros. «El Canal de Panamá es nuestro, lo construimos, gastamos»,  debe de estar devanándose el seso Trump, «¡Lo retomaremos! ¡¿Qué hacen los chinos allí?!»
No hay mesura ni consuelo para considerar que el canal fue prácticamente estadounidense durante casi un siglo, usufructuado en el ínterin. En la turbia mente presidencial hay resistencia para separar propiedad de usufructo, la figura del uso y disfrute del bien ajeno. ¿Qué cabe esperar de quien nada tuvo que ver con el Canal de Suez, ni con Groenlandia, y ya los proclama como suyos? Ha poco Panamá es de su propiedad como Canadá podría ser el estado 51 de su imperio.
Los gringos son responsables técnicos en gran medida de la construcción de la centenaria industria petrolera venezolana, pero, para sus efectos, son sus dueños, dueños hasta del petróleo, y por esa razón, más allá del rol de patio trasero que le encasquetan a Venezuela, no toleran que se vendan hidrocarburos a terceros.
Tuvieron también que ver con el fallo del Laudo Arbitral de Paris (1899), que despoja del Esequibo a Venezuela, y no es de extrañar que ahora quieran revivir algún extraño derecho de propiedad o arbitraje para cogerse las riquezas de esas tierras.
Cabe pensar que, para acabar con la codicia o con los locos sueños de propiedad, bueno es no hacer tratos con la hormiga o, en su defecto, acabar con el néctar irresistible, como pensó hacer Saddam Hussein en su tiempo al querer volar los pozos petroleros para quitarse la maldición gringa de encima.


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