El acuerdo no pinta bien. Su tinta se diluyó antes de llegar a la imprenta. Se dice que es una negociación. Pero en un comercio de semejante calibre, como es la costumbre entre pueblos y dignatarios, todas las partes ganan, especialmente si se utiliza la semántica “negocios”. Luego se tiene que puede ser un acuerdo, pero no un negocio.
Los griegos decían que la justicia solo existía entre iguales. Poseían una razón matemática. Si una de las partes no tenía fuerza o criterio para defender una posición, se estaba en presencia, entonces, de un ser sin capacidad para ejercer reclamos o derechos. Dioses y hombres imponían su poder allí donde otros mostraban carencias. Hacían reimponer el hecho de que 4 es mayor que 2.
Y en esta “negociación” entre Venezuela y los Estados Unidos, Caracas no parece tener fuerza para ejercer derechos. O, por lo menos, el asunto no luce como un trato entre iguales. Entregó el quinto de sus reservas petroleras y recibirá lo que el fuerte tuvo y tendrá a bien ofrecerle. Es decir, el país es incapaz de reclamar la respetuosa igualdad.
En el 416 a. C., en el contexto de la Guerra del Peloponeso, pidieron los atenienses a los melios rendirse y pagar tributos debido a que eran aliados de sus enemigos, los espartanos. Estos se negaron. Apelaron a su derecho a ser neutrales, a su libre albedrío como nación, a la justicia divina y al honor. Entonces los griegos los masacraron, rindiendo primero por hambre a esa infausta isla de Melos, asesinando luego a los hombres y esclavizando a las mujeres y niños.
Eso significa que, según lógica griega (que es razón universal), el país suramericano no se está sentando a la mesa para negociación alguna, sino que chapotea entre el barro de la guerra. La asimetría de los términos del acuerdo así lo indica. Venezuela recibe un trato bélico de imposición. Que haya accedido a recibir 209.000 millones durante un siglo (no 25 años) por vender 65.000 millones de barriles de petróleo a $3.22 no parece un acto de cordura ni de nadie igualado al otro.
Esto conduce a establecer que, en efecto, puede hablarse de acuerdo en tanto el débil acepta los términos del fuerte, como parece claro, pero nada de eso de negociación. Es, ni más ni menos, la impronta de un documento de rendición. Con eufemismo, el depredador dirá que se firmó un gran acuerdo para disimular la inmoralidad de su condición leonina. Porque sí, el ganador siente por allá lejos que conviene ante la opinión pública no parecer tan abusivo.
Lo que significa, también, que las partes se comportan como si procedieran de una guerra (guerra del petróleo, para más especificidad), donde uno impone y carga con el botín, y el otro acata. La vergüenza de esta historia es que Venezuela ni siquiera combatió y su petróleo se lo llevan simplemente porque la cobardía petrifica.


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