¿Ha oído la infinita historia de la serpiente que se muerde la cola? ¿O que se la devora, para más precisión mitológica? Es un cuento viejo, por supuesto, de por allá, en el antiguo Egipto, en el siglo XIV a.C. Se convirtió en un cliché literario y filosófico para señalar fenómenos vitales e históricos que finalizan, pero que, en su mismo ocaso, encuentran los recursos para reiniciarse.
Pues, tal es el todo de la historia humana, sin ánimo de presumir filosofía. Que las cosas se repiten podría ser el primer salmo de semejante metáfora, pudiendo ser el segundo, que todo muere. El hálito de la esperanza y de la continuación está, precisamente, en el primer acto, repitiéndose, pero cobrando forma de nuevo.
Así son, en fin, los tiempos, tanto en su final como en su inicio. Los griegos vinieron y dijeron todo con su razonamiento. Y ahí empezó, por cierto, Heráclito, el tipo que no se bañaba dos veces en el mismo río, por decirlo metafóricamente. La vida, la historia, continúan con fuerza tal que se atropellan a sí mismas, como si se burlaran de su propia capacidad de recomenzar. O sea, se alude a ese otro modo de decirlo en cliché: el eterno retorno.
Tal esbozo del pensamiento, pesimista, si se quiere, no deja de asistir al hombre en sus horas más oscuras de desesperanza. Que para eso está, a propósito, según lo dicho, para revestir de esperanza el porvenir funesto de los humanos. No es azar que el símbolo Ouroboros (Ourá=cola, borá=alimento), descubierto en la tumba de Tutankamón, esté documentado en los textos funerarios de la época faraónica.
Navegar en la historia es toparse con múltiples culturas y ejemplos que dan fe de los giros infinitos del cambio, pero que sostienen el núcleo imperturbable del movimiento, si es posible el contrasentido.
Por ejemplo, que un venezolano se siente ante un atardecer a meditar el caos histórico de su patria, no se aleja en imagen de los días tristes de Odiseo en la isla de Ogigia, mirando el mar infinito que lo separaba de su amada isla Ítaca y de su esposa Penélope, aparentemente perdidas. No se diferencia en nada de alguien que haya perdido un gran amor y vea su suelo destruido en cualquier momento de la historia humana.
Pero, como se dijo, el mito destructivo viene zurcido a la esperanza. Y la esperanza, secuencialmente, está más allá de la destrucción, plena, con su grávido vientre de las reiteraciones. Es el consuelo de Odiseo encontrar algo en medio de la destrucción temporal que lo reivindique para proseguir el camino: su perro Argos vivo, su carísimo hijo Telémaco, su recuerdo del ser pasado… Es, para completar el giro, el venezolano que sabe que su país tiene una identidad prototípica en el tiempo y que la eventual decapitación política que padece no es una condena eterna.
Esperar que el tiempo reúna los papeles para volver a quemarlos es, quizás, la mejor descripción de toda revolución: el albañil que fabrica el cemento futuro a partir de cenizas y escombros. Porque eso es esa serpiente que se devora a sí misma: un ciclo completo de la vida y la muerte, un revuelco de lo que es y hay para seguir existiendo, quizás de un modo más digno. Y es un hecho que la historia está enhebrada con tales cambios interminables: la revolución que colma, la revolución que calma, la revolución que sana…
Aunque hay un detalle: no se pervive, no se continúa la historia, no se repite el ciclo ni hay lugar para la esperanza, si no hay identidad que reencontrar. Clasificó Carl Jung a la serpiente que devora sus propios contenidos entre sus arquetipos del inconsciente humano. Y en este sentido, para ensamblar el ejemplo, Venezuela es una construcción de difícil demolición dentro de la psique colectiva latinoamericana, aunque, en la actualidad, viva una debacle revolucionaria con el tutelaje estadounidense (3 de enero de 2026: captura presidencial), como pudo haberla vivido en el pasado en otras circunstancias. Es como la madre patria o madre nutricia en política continental. Aquello que dio vida a la forma geopolítica presente a partir de un pannacionalismo bolivariano originario. Una ínclita historia de humanismo y libertad.
De manera que, después de la destrucción, sí hay algo que un venezolano decapitado puede reencontrar: su recuerdo en el tiempo, su destino, su indestructible identidad. Es algo más que una simple cabeza circunstancial.
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