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jueves, 2 de enero de 2025

LOS CIEN MIL DÓLARES POR EDMUNDO GONZÁLEZ

Nicolás Maduro se juramenta el 10 de enero como presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela.  Prácticamente desde el mismo momento de las pasadas elecciones la atención política nacional y mundial está centrada sobre tal fecha como paso subsecuente de un proceso. El cable político ha alcanzado alta tensión porque, también, el candidato opositor, Edmundo González, que no reconoce a Maduro y se autoproclama a sí mismo como el presidente electo legítimo, anuncia su juramentación.
El primero lo hará ante la Asamblea Nacional y la institucionalidad y poderes del Estado venezolano; el segundo, quien se encuentra en España asilado, propone entonces regresar al país para hacerlo, muy probablemente en un lugar clandestino, ante las cámaras y micrófonos de los países interesados en derrocar a Maduro y servirse gratuitamente de los recursos naturales de la patria de Simón Bolívar. Lo secundaría su vicepresidenta virtual, María Corina Machado, y facciones de la fauna política del país, como Primero Justicia, Vente Venezuela, y entes y ONGs financiadas desde el exterior.
Y así se tiene que para el 10 de enero se está planteando que dos personas asuman una única función gubernamental, lo cual, técnica, política y moralmente es imposible, siendo, además, nomás en su hipótesis, un acto de abochornamiento de la condición presidencial de un país, rayándose con el gesto en lo circense, la ridiculización y en la pérdida de dignidad ante el mundo, hecho en el que invierte la oposición con tal tenacidad que se le va la supervivencia política en ello, dado que más beneficia al conspirador que al gobernante la destrucción de la noción de país, aunque el mismo sea cuna de todos. Su misión puntual es deslegitimar con efecto derrocador.
En consecuencia, el gobierno debe considerar que se le realiza un ataque mortal, y debe emplear bajo esa bandera toda su capacidad defensiva para neutralizar (o destruir) al enemigo, denominación que merece sin empacho quien para el contrario busca la muerte o el desmantelamiento. Para nadie se oculta que la oposición venezolana sueña con que Nicolás Maduro sea asesinado o se muera en una cárcel estadounidense al estilo Manuel Antonio Noriega, sin escatimar los respectivos pasos previos para lograr ese fin: invasión de Venezuela por los EE. UU., imposición de una dictadura de derecha, asesinato masivo de militancia política adversa.
Las razones de defensa estriban sobre el compromiso del gobierno con la mayoría que lo apoya (militancia en peligro de muerte), el sostenimiento histórico de la república (en riesgo de colonización) y la preservación de la institucionalidad y dignidad nacionales. Se está hablando de uno de los países más heroicos de la tierra, claramente amenazado con invasión y guerra civil.
Tales riesgos hacen que luzcan pobres los 100 mil dólares que ofrece el aparato del Estado venezolano por el suministro de información sobre el paradero de Edmundo González, en estos momentos en trance de ingreso al país, según dinámica política de los agentes conspiradores internacionales y según sus propios anuncios.  Aunque, si se analiza, es posible que se trate de un gesto de sobreseguridad de un gobierno que ha sabido con sus cuerpos de seguridad neutralizar intentonas y sabotajes de los más pintados a lo largo de los años, incluyendo personajes presuntamente letales, mercenarios, con experiencias de guerra en Irak y Europa.

EL SERIO PRONÓSTICO OPOSITOR DEL 10 DE ENERO DE 2025

El gobierno, de acuerdo con él humor augural de la oposición venezolana, cae ahora, el 10 de enero. Lo dicen los signos del cielo y de la tierra, como siempre ha pronosticado el futuro del mundo la historia y prehistoria de los pueblos, tiempos inmemoriales ha.
En un principio fue la oscuridad y el caos; luego advino la luz y la voluntad planeadora; después surgió la vida, inconcebible expresión bondadosa de los dioses. Y por ese entonces planeaban muchas águilas y zamuros entre los primigenios cielos. El hombre entonces cazaba y se refugiaba entre cuevas contra el frío y las temibles fieras. El porvenir, en fin, después del cotidiano presente de lucha y supervivencia, era materia de fuerzas oscuras o luminosas de la tierra, cosa de miedo y misterio, lenguaje de dioses vernáculos o extraterrestres que debía ser decodificado.
Así los griegos destripaban aves y leían lo por venir en sus vísceras, y no entraban en batalla si no había el debido augurio; los romanos tenían para sí que, si un águila volaba en determinada dirección en el cielo, se recibía un mensaje prometedor de los dioses; más atrás, en los albores de los tiempos civilizatorios, la negra sangre de los sacrificios se estatuía en una firme garantía de victoria. Ya más acá, muy próximos a la era de la razón, resonante es la historia de Agamenón sacrificando a su hija Ifigenia para ganar la guerra de Troya, hecho que se logró a costa del dolor de su mujer, la reina Clitemnestra.
Siete mil años después de la primera civilización humana conocida, inventada la escritura, conquistado el método de la razón y de la historia como garantía de la memoria humana, inventada la imprenta,  perfeccionado el método científico, iniciada la revolución industrial y llegados a la era informática y cuántica, en un lugar sagrado de Suramérica (Venezuela), la oposición política proclama que nada de lo avanzado mencionado anteriormente en pro de la madurez humana impide la magia de la ilusión humana de cara al porvenir.
De tal modo que para sus estándares los pronósticos de un brujo en Haití respecto de la caída del presidente de Venezuela, por ejemplo, revisten serios presagios para la ciencia política, la cual debe, sin cortapisas asumirlos como ciertos; o el paralelismo mágico de la caída de Bashar Al Assad en Siria, allá en Asia, que apunta de alguna manera desconocida a que ha de haber también una caída en Venezuela; o el acto de nombrar a un presidente paralelo y virtual como conjuro contra  la realidad,  de manera que, de modo consolador, la ficción resulte más real que lo tangible físico; o la gestión aún no desarrollada por un presidente de una país enemigo por allá en el norte de América, presunto garante y apoyador de verdaderas democracias.
De la oposición política venezolana sorprende, en verdad, que no haya acudido en marcha a realizar hecatombes en lugares públicos como plazas o estadios para pedir a los dioses la caída de Nicolas Maduro o de cualquier otro representante de un gobierno indudablemente popular, mostrando con ello un serio desprecio por la evolución humana y al mismo tiempo ejercitando una inteligencia que bebe agua de los pozos mágicos y primigenios de la prehistoria humana.