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martes, 19 de julio de 2011

Pasión vinotinto y mezquindad política

La Vinotinto Los recalcitrantes extremos de la derecha política venezolana denostan que La Vinotinto ─nuestra selección de fútbol─ coseche sus mejores logros durante los diez años del gobierno de Hugo Chávez, el “innombrable” (como le dicen) destructor de su histórico estatus de privilegios.

Sí, es verdad, se alegran por La Vinotinto, por nuestro gentilicio proyectado en el ámbito internacional, pero su resentimiento no los deja soltar a pierna suelta su grito de felicidad.  “¡Qué viva La Vinotinto! ─¡coño ─se retraen─, pero es en el gobierno de Chávez, no joda!─.  ¡Que viii...!”  Jamás reconocerán el apoyo brindado por las políticas del gobierno central al deporte nacional, menos al fútbol, al que ahora le va bastante bien, con chance hasta de coronarse campeón si se toma en cuenta que ya le tocó las nalgas a Paraguay cuando le empató el juego en cuatros minutos de tiempo de descuento.

Nunca se había visto a la selección nacional viajar tanto para enfrentar amistosamente tantos equipos en el mundo, cultivando y diversificando su experiencia de juego; para foguearse y avanzar lentamente en su nivel ─esto hay que decirlo:  le ha costado al equipo subir en su nivel─.  En una década se pulieron, se perfilaron, salieron del foso de la cenicienta donde la historia nos había metido.  En una década cambiaron la historia del medio siglo pasado.

“Hoy el equipo juega y el país sufre y goza con sus respectivas penas y alegrías, aunque algunos pujen y se contengan, podridos de mezquindad nacionalista.”

Suena grande ─y muy sugestivo─ eso de que no le había ganado a Chile en los últimos 44 años y monumental que por primera vez pasa a cuartos de final.  Tanto era el desánimo nacional que a modo de broma se decía, cuando La Vintotinto perdía:  “Jugaron como nunca y perdieron como siempre”.  Pero, en fin, la historia cambió para el presente, presente que juzga al pasado, cuando nunca se vio, por ejemplo, que un  jefe de Estado siguiera con detalle y atención personal los juegos, felicitara a los jugadores, aupara al equipo, hiciera bromas estimulantes con otros jefes de Estado sobre la emergencia y superioridad de nuestro equipo. Peor aún, ahora que un jefe de Estado lo hace, ellos, la recalcitracia política venezolana, no pierden la ocasión para demostrar de qué están hechos, de la vieja crema rancia del pasado: se burlan y gritan que el innombrable empava al equipo.

La Vinotinto le gana ahora a Uruguay, a Chile, Bolivia, empata a los grandes como Brasil y Paraguay, y la recalcitrancia política derechista venezolana sigue apegada a su perdición pretérita, a la mezquindad, a la estupidez, a la locura, a la ingratitud y desconocimiento para con el presente. Con flema, argumentan que el equipo se fogueó en la humillación del pasado ─como le corresponde a un principiante:  son sus palabras─ para ostentar la adultez y dignidad del presente. Simple evolución. Jamás relucen que nunca antes hubo política de Estado concreta que estimulase el deporte y puliera con brillo de perlas, como ahora.

Algún día el país político evolucionará hacia el brillo y adultez que se requieren para tener una oposición derechista consciente de que la patria es una sola y que todo lo que se queme en su ara, en su beneficio, es para todos, para el hecho de la venezolanidad sin mezquindades.  En la madurez política de la derecha política se tendrán (¡también!) cojones para reconocer tanto las faltas propias (golpe de Estado, por ejemplo) como virtudes ajenas, como la política del Estado presente en apoyo al deporte, para la igualación social, para el reparto con criterio de la riqueza, para el enderezamiento de entuertos, como era tarea del viejo Quijote.

Quince años atrás La Vinotinto perdía o ganaba sin pena ni gloria:  casi nadie se enteraba.  Hoy el equipo juega y el país sufre y goza con sus respectivas penas y alegrías, aunque algunos pujen y se contengan, podridos de mezquindad nacionalista.  ¡Qué viva Venezuela, caramba, para todos y todas!

miércoles, 13 de julio de 2011

Hugo Chávez a solas frente a la vida o la gloria

I

Chávez enfermo El presidente Chávez tiene un brote de células cancerosas en su cuerpo. Por lo que se sabe, le fue extraída una formación morbosa, presuntamente completa, y él se recupera.  Pero, ya sabemos, es el cáncer, correoso y traicionero, como es el ser de la enfermedad.  Los brotes pueden desplazarse y generar nuevas formaciones en otros sitios, según el cáncer es guabinoso.  En una fase final, digamos de sentencia, ocurre lo que se conoce como una metástasis, lo que no es más que el riego del semillero enfermizo en el cuerpo.

II

Como quiera que sea un líder, con amor mayoritario de su pueblo y apoyo de un aparato de Estado que se defiende a sí mismo salvaguardando su institucionalidad y funciones, sabemos que la enfermedad no respeta y no hace distingos de amores u odios.  Simplemente ataca, a pequeños y grandes, a anónimos o famosos, a amados u odiados, como dije.  Y nada de la grandeza humana podría ─en teoría─ revertir el destino. “El papa, el rey y el duque están sujetos a morir, como lo está el pordiosero”. El presidente Chávez es un mortal sencillo, a fin de cuentas, aquejado por una humana enfermedad.  Se dice que el amor, el apoyo familiar y la oración ayudan, y sobran testimonios de personas que han logrado devolver la rueda del infortunio con el apoyo moral de sus seres allegados y amados.  Aparte su familia, el presidente Chávez tiene el amor de un mayoritario sector de Venezuela y su lucha es lucha de muchos. Y cuando hablo de amor, hablo de amor sincero, en cualquiera de sus expresiones: paternalista, fraterno, de protección, hasta político, que ya es decir bastante.

III

Las imágenes lo han mostrado significativamente afectado:  con menos peso, con mucho dolor espiritual, con la ropa fofa, colgante, sin el acostumbrado ahínco y viveza del hombre que conocemos.  No es para menos:  el hombre tiene brotes de unas semillas que pueden ser mortales.  Sin duda, le llegó una hora difícil, de reflexión, de tentador cambio.  La familia, lo amado, las pasiones y ansias de la vida pasan a la balanza.  El proyecto de país, del cual es líder, también está enfrente de él, a su consideración.  El hombre duro y antiimperialista, el que le dijo “mierda” a la mayor potencia del mundo, admirado y emulado por muchos líderes continentales, corre el riesgo de mostrar debilidad ante la eventual inminencia de la muerte, miedo que presuntamente debe de sentir todo lo que es vivo.

IV

Vive su hora amarga, su toque espiritual que seguramente le reza “cambia de vida”.  A lo que él le responde, con seguridad, “No, es un descanso.  Volveré al curarme”.  La angustia por dejar esta vida (no el miedo a la muerte) acucia, con toda certeza.  Tiene alta responsabilidad.  Es un hombre de Estado, del pueblo, con un deber y una obligación de conclusión para aquellos que empezaron a soñar.  Me topé en el camino con un hombre damnificado y me dijo que, si el presidente moría, él lo más seguro, junto a su familia, rodaría con las aguas de la incertidumbre.  Otra, representante de la otra Venezuela ─que lo odia─, me contó que le entraba un  "fresquito" porque el hombre estuviera enfermo.  Pero el presidente Chávez tiene una responsabilidad, como es todo en él, dedicación completa, sin tomar en cuenta odios o amores. Es un presidente para todos, que simplemente trabaja por el mandato humanístico de transformar la vida y sus condiciones.

“Ulises luego lo encontraría en su paso por el Hades y oiría de él que sufría enormemente el tedio en las sombras, arrepentido por no haber escogido en vida ser un hombre sin complicaciones, sencillo pero aún vivo quizás, con sangre circulando por sus venas.”

 

V

“Moriré en la lucha”, bien podría murmurar.  “Me iré a elecciones así mismo en el 2.012, con los brotes morbosos internos.  Un pueblo cree en mí, me necesita y, sobremanera, estima que no tengo sucesor”.  Gran problema ése, por cierto.  No hay más Chávez más allá, o en el más allá.  Sería una fuerza moral, como la de Bolívar mismo, pero ello no serviría para completar el proyecto vivo de país socialista, para ponerle freno a la tenacidad imperial de someter a Venezuela a patio eterno trasero, para impedir que las hienas del pasado político conservador vuelvan a su banquete de sangre y privilegios en Venezuela.  El hombre se requiere vivo y en acción para comandar, cual Cid Campeador, el resurgimiento de una nación.

VI

Sobre la mesa corren los dados.  El presidente, como todo hombre humano al fin, podría tener una duda, un dilema.  Descansar o no descansar, cosa que podría dar la impresión de un cambio de timonel, de revolución inconclusa bajo el mando de un hombre debilitado.  Un respiro podría ser una gran bocanada de energía para las hienas, extranjeras o perros nacionales.  No hay remedio, ni vuelta atrás, según pintan las circunstancias.  Ser o no ser.  Vivir mansamente, en el descanso retirado, mientras la revolución marcha al frente de otro guía, pero naturalmente bajo su guía moral.  O seguir trabajando, como lo ha hecho, al frente de la guerra ideológica de todos los días, viviendo para su pueblo mientras dure o recuperándose mientras trabaje o muriendo poco a poco por dentro, pero al frente de la batalla, otra vez como el Cid Campeador, que luchó hasta hecho cadáver sobre su montura, poniendo en fuga a enemigos hasta en medio de esa condición.  Genio y figura hasta la sepultura.

VII

La historia y los mitos podría recorrer su mente, ejemplarizándole.  Cuando el mítico guerrero griego, Aquiles, escogió un destino, se decidió por una vida gloriosa pero corta, en contraposición a una vida larga como labriego, pero sin gloria.  Ulises luego lo encontraría en su paso por el Hades y oiría de él que sufría enormemente el tedio en las sombras, arrepentido por no haber escogido en vida ser un hombre sin complicaciones, sencillo pero aún vivo quizás, con sangre circulando por sus venas.  La amada y tibia vida, ajena a él en el inframundo.  El presidente Chávez ha hecho de Simón Bolívar, El Libertador, su icono vital, su figura, su amor, su ideal, y él es su émulo.  Bolívar murió en medio de la lucha política, después de haber concretado la lucha armada, vestido con las ropas de un amigo, sin un penique y en soledad.  No tenía nada más que el nombre, como el antiguo Aquiles tenía gloria, gloria eterna.  Así, pues, seguir o no seguir.  Descansar o morir en medio del fragor de la lucha eterna por cambiar la vida.  He allí el dilema.  Por un lado la tibia vida, la familia, el amor sincero de los allegados, con prolongada existencia física sobre la faz de la tierra; por el otro, la hosquedad de la lucha política, el enfrentamiento, el amor y odio de muchos, la barahúnda, el fragor de la batalla y la gloria, pero breve la vida, sin reposo ni convalecencia. Serena vida o gloriosa muerte.