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sábado, 29 de marzo de 2014

Golpe en Venezuela y contragolpe en Crimea

Después del errorcillo de dejar aflorar los hechos presentes de sedición, el gobierno de Nicolás Maduro está en guerra, tomado a pinza por los intereses políticos y transnacionales de siempre, que buscan derrocarlo desde el exterior para meterle el guante a petróleo, a ese oro negro pero gratis o más barato que el cotizado en el mercado internacional, a más de $100 por barril.

Ya se ha dicho que se descuidó en su inteligencia de Estado, que se confió en la jugada opositora de dejar pasar a Venezuela unas navidades en paz para tener tiempo de armar la tramoya actual de humo y gas lacrimógeno. El gobierno pisó el peine de creer en los arrestos pacifistas de una oposición que cambiaba, o por lo menos se moderaba después de perder unas presidenciales y el llamado “plebiscito” de las municipales. Durante su silencio, dio la impresión de recomposición, de reflexión, embarcando en la ilusión a un montón. Su aura de paz se extendió hasta principios de febrero, cuando intentó hacer lo que parecía le había quedado pendiente: una reacción para coronar un golpe de Estado a través de una revuelta pintada de colores, de manuales actualmente en boga para tumbar gobiernos: el de Gene Sharp, el ideólogo del “pacifismo” y la desobediencia civil colectiva. Perturbando los carnavales pareciera haberse sacado el clavo de dejar pasar unas navidades sin guerra.

Las cosas marcharon viento en popa para la arremetida opositora hasta que ocurrió lo de Ucrania, también hackeada por los agentes de la ya conocida revolución de colores o golpe suave. Allá el plan funcionó a cabalidad. Factores diversos de la sociedad civil se mancomunaron en un común objetivo y depusieron al gobernante. EEUU y la UE cantaban glorias, y también quienes en el mundo andaban en la misma jugada de intentar deponer presidentes bajo la fachada de emulsión espontánea de manifestaciones y desobediencia civil generalizadas. Entre las filas opositoras venezolanas hubo un revuelo e inusitado entusiasmo: al presidente Maduro casi que lo toman por Viktor Yanukovich y ya lo veían huir corriendo para refugiarse en Cuba, como lo hiciera el ucraniano para Rusia. Pero con el paquete de Ucrana, apareció Crimea, con toda la fuerza de su especificidad.

Y el asunto cambió. La oposición venezolana de pronto se encontró con que su padrote estadounidense la relegó a un segundo plano, descocándose el jefe por la inesperada reacción rusa de anexarse a Crimea a la velocidad del rayo, con movimiento de tropas y referéndum incluidos en la acción. El plan geoestratégico de rodear al gran rival ruso privaba en sus mentores sobre el de tomar el petróleo venezolano mediante la acción de operadores nacionales internos. Desde entonces la protesta, denominada con mayor precisión “guarimba”, se prolongó ─peligrosamente para su propia salud subversiva─ como un moco estirado sobre el plano del tiempo: arriba ya a los cuarenta días en medio del rechazo generalizado de la población, según mediciones de bando y bando. Es la acción y expresión de pequeños y radicales sectores, urgidos de eventualidades políticas que los alimenten, tanto más de un mentor poderoso y mundial como los EEUU.

Crimen fue un tiro por la culata que se le escapó a los EEUU, después de veinte años de cultivar la toma de Ucrania. Crimea es el puerto de una importante flota rusa de cara a Occidente, puerta vital de supervivencia bajo la eventualidad de una confrontación con Europa. Venezuela es el foso de petróleo más descomunal del planeta, con importancia geoestratégica y energética a futuro para quien la tome o forme alianza con ella. El evento crimeo invitaba a una atención inmediata por parte de los EEUU; el golpe en Venezuela, por su parte, ubicada en un tranquilo “patio trasero”, podría esperar otra estación más despejada. En consecuencia, la oposición golpista queda huérfana y a la deriva, con sus calles de urbanizaciones ricas humeante, hediondas a alquitrán y a gas lacrimógeno. Mala suerte.

Venezuela es un país con demasiado petróleo para su propio tamaño y hasta gusto en tanto hay muchos que piensan que es una maldición porque su riqueza fácil concita agresiones en su contra y capa aptitudes de producción e inventiva nacionales. Como sea, es una perla de oro ambulante en la mira de tanto pirata, y procede su defensa en un tiempo presente en que la democracia no es más que un discurso de guerra y un sistema de gobierno decadente. Su futuro es de guerra y defensa tanto si una izquierda nacionalista la gobierna (porque querrá ser atacada) como si una derecha mercenaria la entrega. Pueblo y gobernante han de prepararse y acostumbrarse perennemente a tal precisión, en especial si es socialista. Se vive en un planeta cuyo cartel de entrada desgrana: “Aquí las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita”. Ser gobernante en Venezuela es un oficio que exigirá siempre dedicación más allá de la idea acomodaticia de un hombre sentado en Miraflores disfrutando de la miel y leche que brindan el poder.

viernes, 14 de marzo de 2014

El ultrachavismo opina

El ultrachavismo debe de haber nacido el 13 ó 14 de abril de 2002 cuando Hugo Chávez, entonces presidente repuesto en su cargo por el pueblo, inició una etapa de reconciliación y perdón nacional con el fin de hacer llevadero su programa reformador de gobierno intentando minimizar el factor violento opositor, empeñada en derrocarlo.

No antes.  Hasta esa fecha el finado Presidente nada había acometido que caldeara más los ánimos de sus seguidores, muchos de ellos bastante extremados, claros en la peligrosidad de lo que se engendraba, del antecedente que sentaba la justiciera revolución respecto del adversario.  Capítulos previos, como diferencias con Urdaneta Hernández, Acosta Chirinos o el mismo Árias Cárdenas no entran en la consideración porque el chavismo, esa acción de redención política y social que enmaridaba militares y civiles, no había tomado curso definitoriamente y esos tales enconos, a lo más, lo que hacían era evidenciar problemas de concordancia metódica e ideológica entre unos compañeros de gesta.

Cuando Chávez empieza a remover estructuras históricas de injusticia social y a concienciar a civiles y militares sobre lo que es la patria (la patria es el hombre) y sobre cómo amarla, de paso a través de procedimientos constitucionales, se inicia el chavismo propiamente, más allá de significar un cambio de gobierno que le llevaría la contraria al viejo modelo desmontado.  La visualización de un pueblo anónimo e invisible en el discurso y hacer republicanos, la refundación jurídica de una nación con históricos déficits, el Estado interventor afrontando a pudientes minorías y en favor de empobrecidas mayorías, la toma de conciencia histórica nacional, la permanente depuración de las fuerzas armadas de factores antinacionales (iniciada con el mismo golpe de abril) y la posterior purga de las instituciones estatales de enquistados vicios discriminatorios (iniciada con el paro petrolero del mismo año), además de la promoción ciudadana de una cultura patria, capaz de defenderse en términos reales y armados (Milicia Bolivariana), constituyen los pilares del chavismo, primero fronteras adentros, luego hacia un exterior integracionista, dado en llamarse “patria grande”.

Pero también empezó el ultrachavismo, gente de motivación diversa (personales, históricas, ideológicas) que tiende al extremo duro, ése que podría ver en los aciertos y reformas de la revolución bolivariana apenas esbozos de lo que tendría que ser en realidad el proceso de cambios, como decir gente más papistas que el papa o más chavistas que Chávez mismo, lo cual, por supuesto, corre el riesgo de la desvirtuación ideológica.  El nuevo chavista abusado en carne propia durante el período político pasado, sea por asesinatos, hambre, tortura o miseria generalizada; el nuevo chavista luchador de siempre por un cambio en la vida nacional o ese ahora chavista de las luchas clandestinas, comunista corrientemente, todos flamantes corredores hacia el sendero señalado por el líder, hacia su profundización, unos con sueños de castigos y compensaciones, otros con afanes de justicia histórica y, final y respectivamente, otros con propuestas confiscatorias de los medios de producción y abolición de las clases sociales.

Es ese chavismo a ultranza que apenas se posicionó en la marca para iniciar la partida y que deploró enormemente de aquel acto magnánimo de Hugo Chávez de llamar al diálogo a los mismos golpistas de siempre, como si el hecho fuera que quien tiene el poder popular se encontrara contra la pared y los señores de plata y flux mantuviesen su eterna posición de dueños de Venezuela.  No pocos problemas hubo con algunos de ellos más adelante, con colectivos, con Lina Ron, por ejemplo, para mencionar un nombre y un apellido, figuras de difícil sujeción a la disciplina partidista en circunstancias difíciles, figuras de las que el mismo presidente Chávez dijera que podían constituir columnas infiltradas para dañar con su radicalidad la gesta de cambios.

Lo cierto es que el ultrachavismo intenta ir al grano de la realización ideológica y poco se cuida de la conceptuación que coloca a un país en un mapa sostenido de relaciones mundiales,  sometido al engranaje de la política internacional, la diplomacia y al discurso institucional de la democracia, libertades, derechos humanos.  El ultrachavista empuja hacia la decantación definitiva y, por tanto, parece no reparar en confrontaciones.  Sin menoscabo de su formación humanista, buenas intenciones, sentido de justicia, priva en él el impulso, hecho propio de la naturaleza humana más cuanto si en el ínterin median motivos de indignación o afrenta.

Lo que los moderados llamaron una concesión formal desde el ángulo ideológico y los politólogos estrategias del discurso, los ultrachavistas lo consideran un error histórico, y aún hoy, que el gobierno llama otra vez a diálogo a los mismos golpistas del 11 de abril de 2002, lo siguen considerando, incluso con mayor denuedo si el hecho es que el perdón de ayer puja por convertirse en la caída de hoy del gobierno.  Tanto Leopoldo López y Capriles Radonsky, los ayer perdonados y hoy subversivos, han tenido que estar en prisión, pudiéndose decir con propiedad que el Estado hizo su trabajo y cumplió con la obligación y exigencia ciudadana de anular aquello que le amenaza. Tendrían…

Una parte inmensa de los mitos e historia alimenta el razonamiento de esta veta política inconforme:  fuera de la arista truculenta de su ejemplaridad, vienen al pelo aquellos mitos en que el actual rey es derrocado por su debilidad pasada de perdonar a un rival; o la historia misma de la revolución rusa, cuyos líderes hicieron razia sobre los probables herederos a futuro del trono de los zares.

El gobierno tiene que asumir el riesgo del ejercicio del Estado de derecho y dejar de alimentar pesadillas históricas de hundimiento revolucionario.

lunes, 3 de marzo de 2014

Fantasía ultrachavista sobre cómo disolver el conato de golpe de Estado presente

Del mismo modo como un opositor, con sus vándalos quemando calles y arrancando árboles, fantasea con derrocar al Pdte. Nicolás Maduro y con instaurar una dictadura de derecha en Venezuela, tutorada por los EEUU, así los chavistas también tienen sus fantasías para acabar de una buena vez con el bochinche.  Ponga atención para que no tergiverse, compadre, y no salga luego a decir que aquí vendemos gasolina para incendiar nada.

Antes de entrar en reflexiones, hay que recoger el sentimiento que corroe el espíritu de quienes enarbolan las banderas que dejara el comandante Hugo Chávez, y no precisamente a partir de estas circunstancias, sino desde hace muchísimo tiempo cuando el comandante empezó a perdonar al adversario y se empezó a decir que había chavistas más chavistas que el mismo Chávez.  Gente que sigue a Chávez, pero que nunca le perdonó las escenas de ese capítulo.

¿Se acuerda?  ¿Es usted uno, por cierto? ¿Sintió cómo se le estrujó el alma cuando Chávez, después del golpe de 2002, llamó a diálogo a una gente que se burló luego del gesto?  ¿No le pareció, muy en su interior, que semejante actitud de perdonar y eximir golpistas entonces parecía exceder el concepto de magnanimidad que podía practicar un líder revolucionario?  ¿No se llegó a decir que resultaba harto peligroso que el humanismo de la revolución llegara a tanto y que una situación estable no se podía definir por su capacidad de adoptar hechos contrarios a su propia vitalidad?

¡Ah, es usted uno de ellos!  Bueno, bienvenido.  Pertenece a un extenso sector con dilemas epistemológicos y hasta existenciales.  Ya sabe usted, al estilo “Ser o no ser” shakesperiano.  La eterna discusión sobre poner la otra mejilla revolucionaria de modo tal que el boxeador se canse de golpear, hasta que comprenda que comete un error y se dé cuenta de que el golpeado, junto con sus ideas, es grande y loable al grado tal de ser seguido o imitado.

Pero, bien, fueron ideas y acciones del comandante, y ya sabe usted, señor revolucionario con problemas existenciales, se trataba del mandato del líder bajo históricas circunstancias, muy difíciles, estemos claros.  Y cuando la circunstancia raya en lo confuso, ambiguo, fuera del canon de la recomendación histórica, a un revolucionario no le queda más que mantener la unidad y la disciplina.  Era Hugo Chávez, y lo hecho, a pesar del resquemor de tantos seguidores entonces, bien hecho quedó, dada la continuidad democrática de la propuesta revolucionaria hasta el presente, doce años después.  La historia dio la razón y absolvió.

Hoy se repite el esquema.  Los mismo golpistas (perdonados en el capítulo anterior) dando el golpe y el gobierno, nuevamente, tendiendo la alfombra roja del diálogo, llenando de golpista la sala Ayacucho de Miraflores.  Más allá de cuestionar o apoyar el asunto, nos remitimos a lo nuestro:  a ese sector digamos ahora ultrachavista que transpira por ahí y revive viejas amarguras, y a sus fantasías para resolver esta vaina de una buena vez.  Hartos andan ya en la redes sociales escribiendo que los opositores sí que pueden hacer su oposición plenamente (con golpismo incluido), pero que ellos, los chavistas mayoritarios del país, no pueden ejercer plenamente su chavismo, independiente de que puedan catalogarlos como más papistas que el mismo papa, es decir, a riesgo de que puedan catalogarlos como otra cosa diferente al chavismo sin ser propiamente antichavista.  ¿No se los dije?  ¡Tremendo lío epistemológico y existencial!

En sus fantasías estos ultrachavistas ─digámoslo así─ no aprueban esa Conferencia Nacional por la Paz donde abrevan los golpista para ganar tiempo e intentan confundir en aras de su plan subversivo presente; mucho menos si se presentan para mancillar al mismo presidente y para hablar con ínfulas de chantaje, es decir, buscando una nueva mejilla para golpear, como se acostumbraron.  Nada de eso.  El ultrachavista ya no tiene rostro que ofrecer y, por el contrario, propone que llegó la hora de exigirle la cara al contrario, de quien tiene que emanar la propuesta de diálogo y las llamadas de paz sobre los suyos, amén de la petición de disculpas puesto que ha sido él quien ha cometido la falta. 

Este ultrachavista parte de la apreciación de que es la oposición quien tiene la responsabilidad de llamar a la paz a los suyos, y pronunciarse y decantarse entre cívicos y no violentos.  Y, fundamentalmente, parte también del hecho de que es el chavismo quien ejerce el poder, mismo que, en virtud de mecanismo de sostenimiento constitucional, debe mantenerse.

Divaga constantemente con que el gobierno corre el riesgo de caer de persistir en su actitud autoflagelante, mejillesca, dando absurda cobertura al perdón de tan inveterados golpistas y a una especie de institucionalización del golpe de Estado en Venezuela.  Los golpistas rompen, el gobierno repara y perdona, y se prepara para la nueva asonada de los mismos protagonistas.  Perenne ciclo.

El ultrachavismo quiere luchar y equilibrar la historia.  Quiere radicalizarse.  Quiere limpiar de escupitajos sus mejillas fermentadas ya y, si es cierto que no procura vengarse por las patadas pasadas, quiere dejar claro que no más en el presente; que ahora es poderoso en tanto ha recuperado la conciencia de que es la expresión política mayoritaria en el país y que, consecuentemente, hará cumplir la ley, proponiendo castigos por su transgresión.  Así de sencillo.

Y quiere dejar claro que no ha luchado aún, como expresara brillantemente el gobernador de Anzoátegui, Aristóbulo Istúriz, en la misma Conferencia por la Paz, de manera que esas palabras, más allá de su literalidad, a partir de hoy queden a la libre interpretación de vándalos y golpistas.  ¿Amenazas?  Difícil es así verlo cuando se trata nomás de hacer cumplir las leyes.

  • Entonces sueña con recuperar moralmente la plaza Altamira mediante una marcha roja que la cope aplastantemente y durante el tiempo necesario para que se desarticule la guarimba que la encarna como símbolo.  Supone que no ha de haber problemas porque se tratará de una toma pacífica, cívica, por supuesto, dispuesta a responder si es provocada; que el alcalde Ramón Muchacho no se opondrá, dado que no se ha opuesto a la actividad de los grupos que ejercen la violencia dentro de su municipio, y si lo hace confrontando con su policía, tanto mejor, porque quedaría al descubierto su posición parcializada y promotora del golpismo que alberga dentro de su propia casa, hecho que induciría al decantamiento y toma de posiciones necesarias para corregir desde el Estado; y supone también este fantasioso ultrachavista que no habrá adversario para la toma ciudadana de la plaza Altamira, dado el talante cobarde de los guarimberos que hacen vida en tal municipio:  corrieron como conejos cuando los motorizados chavistas pasaron por sus calles, olvidando el guarimbeo.  Y así con Altamira con los otros tantos puntos de las específicas urbanizaciones en llamas.
  • Tomaría militarmente las instalaciones eléctricas del estado Bolívar, luciérnaga clave de Venezuela.
  • Declararía una emergencia en las fronteras totales del país con el propósito de asfixiar la alimentación externa de los planes de derrocamiento.
  • Sujetaría firmemente a los medios radiales, de TV y redes sociales a códigos de éticas y reglamentación, tomando en cuenta que los medios de comunicación constituyen el armamento primordial del golpe suave y de esta guerra de cuarta o quinta generación, misma que está en curso dentro de la patria de Bolívar.  Si las emisoras están subvirtiendo el orden y la paz, las cerraría sin pérdida de tiempo.
  • Prepararía unas amplias celdas, porque si miles son los que transgreden, a miles habría que detener.
  • No permitiría el cierre total de ninguna vialidad importante en el país.  Es inconstitucional.  Y esto lo tomaría como punto de honor.  Quienes jalean en tales eventos suelen ser los violentos dentro de las tomas urbanas, y si cierran, deben ser capturados.
  • Allanaría la Universidad de Carabobo de confirmar el entrenamiento de paramilitares en su seno.  Ningún país del mundo permitiría una vaina así.  Si hay riesgos de incremento de desórdenes durante tal acción, son pequeños comparados con lo grave que se gesta a futuro en su matriz.
  • Realizaría una operación relámpago en Táchira, donde al parecer se gesta un movimiento paramilitarista secesional.  Acá urge la mano dura y a fondo de los cuerpos de inteligencia y del sector militar.  Es asunto de integridad patria.
  • No permitiría el mancillamiento de ningún efectivo del orden público, castigando con severidad al infractor, sea quien fuere.  El ejercicio de la autoridad es fundamental en cualquier sociedad y se define como uno de los pilares del contrato social.
  • Incorporaría el monitoreo aéreo de las zonas subvertidas mediante helicópteros.  Es vital precisar la logística de los revoltosos.  Durante la cuarta república el Estado de entonces no tenía reparos en utilizar helicópteros para reprimir protestas y lanzar gente desde el vacío; aquí se pide nada más el monitoreo, pero si se precisase su acción para desmontar un relajo y devolver el orden a la ciudadanía en un sector determinado, no opondría ningún reparo.
  • Emprendería acciones contra los alcaldes opositores prestados a la guarimba.  En Colombia intentó el Estado inhabilitar al alcalde Gustavo Petro nomás por no recoger una basura; ¿qué no le saldría de pena a cada uno de los bichitos nuestros por infringir leyes allá en la malograda patria de Gaitán?
  • No daría la libertad a ningún golpista y lo hundiría en el encierro de una cárcel por muchísimos años, como manda la ley.   Y haría pagar a cada uno de los responsables por las muertes generadas en las guarimbas, así fuesen cientos.
  • Asumiría que es una guerra, pero no contra los tontos útiles guarimberos, sino contra quienes los utilizan; y bajo tal consideración pondría en acción a todos los componentes de la FANB sobre la geografía nacional.  Obstruiría logísticas, apoyos, recursos, etc.
  • Desplegaría una campaña al estilo “Chávez” en el ámbito mundial, explicando el desarrollo de un golpe en Venezuela.  OEA, ONU, UNASUR, MERCOSUR, ALBA, Petrocaribe.  Al enemigo se le pica adelante, más aun si comunicacionalmente.
  • Promovería alianzas concretas militares con China o Rusia.  Esos países, ante el ataque estadounidense y europeo, están necesitados de reconfigurar su simetría de poder en el mundo.  Nuestra América, sumida en el duelo del poder, si no apuesta por un aliado en breve será recolonizada como el “patio trasero” que siempre delineó el imperio norteño.
  • Comprendería que bajo tales esquemas de guerra de desgaste, de colores, naranja, de cuarto o quinta generación, el tiempo favorece a los majaderos, quienes utilizan tácticas no convencionales de combates para ir minando lentamente la moral republicana y la cohesión institucional.  Un ejercicio del Estado de derecho es fundamental.  De dar largas, podrá ocurrir que el adversario de unifique en miles de fragmentos dispersos en la geografía nacional (su ejército asimétrico), y aún hay tiempo para prevenir con la energía legal.

Sobra decir que para un ultrachavista el cuido por el formato diplomático o por el qué dirán es un asunto precisamente de formas, secundario, pues es lo esencial revolucionario lo que se encuentra bajo amenaza.