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jueves, 5 de marzo de 2015

El manual tumba-democracias que se nos viene encima, ciudadana Luisa Ortega Díaz

Estamos entrampados.  Gene Sharp nos tiene entre sus postulados con su lucha “no-violenta” y nuestra incapacidad para digerirlo.  Él dice que la fuerza de seguridad de un Estado tiene que lucir como un exabrupto a la hora de contener a unos “manitas blancas” o nalgas peladas protestando pacíficamente.  O a unas “indefensas” mujeres, pueblo, amas de casa.   O una “desarmada” y “cívica” oposición.  Que el ojo internacional mira, evalúa y concluye, listo para intervenciones con sus diferentes garras organizacionales, llámese ONU, OEA o tribunales mundiales de justicia.

Entonces no podemos movernos, ni siquiera para defendernos, so pena de caernos porque, repito, entrampados estamos.  Nos debatimos entre defendernos o no defendernos, no pudiendo atacar, como sanamente corresponde a un ser político animado con instintiva vida.  Enredados andamos con resoluciones de defensa, que a la final se retiran porque... nos permiten defendernos con éxito.  La última, la 008610 del Ministerio de la Defensa, publicada en la Gaceta Oficial del 27 de enero de 2015, nos confería mucho ventajismo frente a los angelicales manifestantes de la oposición golpista.  Como si hubiéramos llegado al poder para recibir coñazos, después de recibirlos hasta en la cédula  durante la cuarta República, el monte y la guerrilla.

Dice la fiscal que estoico han de comportarse nuestros funcionarios en las manifestaciones, mientras se anda desarmado entre la jauría atacante.  Escupitajos, mentadas de madre, pedradas, orines y heces fecales, derrumbamientos  de las unidades motorizadas...  Desmedro de la autoridad.  Que han de ir hacia esa boca oscura de la violencia desarmados.  Humillaciones.  Nadie habla de matar a nadie, que se investigue y acuse al culpable cuando realmente lo sea, limpiamente,  libre de esa  impulsiva necesidad de dar con chivos expiatorios para aplacar juicios del griterío internacional, libre de la sospecha de la natural defensa propia, del miedo de un funcionario, de un error cometido para salvar su vida.  Total:  en su casa con seguridad lo esperan una mujer y un hijo.   ¡Pero un Estado ha de ejercer la autoridad para hacer respetar el stablishment democrático de una nación!  El porte de armamento es un recurso disuasivo que tiene que infundir el necesario respeto a la autoridad y permitir al funcionario, en última y necesaria instancia, salvar su vida.  No es suficiente salir a las calles como robots, encajados en conchas metálicas para ─lo más seguro─ ser asados como conejos a la armadura por uno de esos tantos incendiarios que salen a protestar “pacíficamente”, por una “democracia”, “libertad” y “Estado de derechos”.  Que no pague el funcionario del orden público por la falta de cojones del Estado y las instituciones para atreverse a enfrentar a la canalla armada interna y socarrona internacional.  Si el lío es la ley, debe volver a la Asamblea Nacional para el correctivo respectivo.

Mientras tanto, mientras nos debatimos entre ser o no ser, el manual tumba-democracias del filósofo anticomunista se nos viene encima y sobre el pelo (De la dictadura a la democracia).  Contemplado tiene que uno de los mecanismo de asfixia de su doctrina “no-violenta” es la coerción:  cercar al poder con el argumento irrebatible de la paz, de la crítica institucional exterior, y obligarlo a situaciones que, finalmente, habrán de favorecer su objetivo final de deposición gubernamental.  Irrebatible suena al juicio que un policía debe ir nomás que con su uniforme puesto frente a un muchachito armado con un lápiz.  De manera que, cuando se nos venga el golpe, no armado precisamente con lápices u ollas, nos consigan con un montón de agentes del orden público provistos nada más que con la carne para sangrar.  No se comprende el punto:  ¿cuál es la idea?  ¿Combatir manifestaciones con igual cantidad de efectivos policiales y guardias nacionales, de modo que parezca una contramarcha?  ¿Tenemos tantos funcionarios?  Si no con armas (simbólicas y disuasivas que podrían hacer valer a un agente por diez saltimbanquis), ¿contamos con los equipos y dispositivos antimotines sofisticados que pudieran compensar la anulación del policía armado?  Debo ser sincero:  conozco de cerca a la madre de un joven Policía Nacional que vive con el corazón en un puño y no veo en su ánimo el deseo de parir más hijos para que le trabajen a la institución.

El tipo del manual se anotó un triunfo, parcial como lo especifica en su literatura de lucha paulatina.  ¡Jóvenes incendiarios por la “democracia” de Venezuela, la calle es suya!  Su coacción, junto a otros postulados como la conversión, la acomodación, apunta hacia la final desintegración del poder.  Sépase, para terminar, que la protesta “pacífica” de los estudiantes, amas de casa, mujeres, organizaciones no gubernamentales, está concebida para impactar moralmente las filas del gobierno objetivo, ganar de entre sí adeptos, prestigio de víctimas o demócratas ante la opinión pública nacional e internacional, y así dar paso a una fase siguiente de parálisis dentro del poder con la tesis de la no-cooperación, fase esta lograda con el desarme de capacidades a fuerza de opinión pública, con infiltrados y manos caídas entre los ministerios e instituciones del Estado, con sabotajes, errores y negligencias entre el personal de los servicios públicos.  Cuando haya la necesidad imperiosa de repeler una manifestación señalada por la conspiración como fundamental, no habrá cuerpo de orden público capaz, ni civil funcionario ganado para hacer funcionar en un ministerio el mecanismo de alerta y defensa estatal, pongamos por caso, porque de antemano ya él ganado estará por la propaganda y convicción de que quienes protestan son unos “demócratas” inocentes que luchan por la “libertad”, aunque en el cincho refuljan los metales de su condición golpista.  La fase final es la intervención.

sábado, 7 de febrero de 2015

Desde mi rancho / Adeco viejo

Yo sí, soy escuálido y a mucha honra, aunque últimamente denominado “escuaca” con alguna intención coprofágica.  Pero no me importa.  Simplemente soy.  Y es “escuálido” mi nombre primero, de pila si ustedes quieren, con abolengo histórico, dado que así fue que nos bautizó el “innombrable”, como ya saben, el siniestro de la verruga.

Vivo en un rancho de Catia, y odio.  Odio que me quieran sacar de él y vengan acá con sus aires de redentores sociales a perturbar esta sana paz de los muertos del sector, esa que apenas mueve las hojas de la mata de mango y no se mete con nadie, aunque se trate de esa mata de mango mi jardín que desde hace rato me tiene cuarteado el piso de la sala.  Pero no me importa, como dije, conozco las entrañas de mi miseria y lo que vale es que no tropiece y me caiga cuando por encima paso.

Soy adeco y copeyano también, de pura casta, hoy un poco reformado en otros colores algo más tornasolados.  Primero Justicia, Voluntad Popular o Un Nuevo Tiempo, MUD, da igual.  En un pasado fui comunista, no me apena decirlo, pero mi “partido del pueblo” llegó al poder y la orden fue dejar de serlo, ¡y allá fue cuando la vaina se dividió y unos agarraron para el monte (ahora están en el poder), otros se hicieron con el coroto político y los restantes, como yo, nos quedamos de pelabolas lamiendo las ollas vacías!  ¡Joda, y por eso es que a veces las tocamos con tanta saña!

No me apena decirlo, repito, y con honra.  Porque en esta vida es lo único que uno se lleva, la dignidad, la decencia, la consonancia con uno mismo.  Adeco y ahora opositor hasta que me muera.  Si el partido ─ahora con Ramos Allup─ manda al cambio, a la división, al voto, a las cabillas, voy porque es mi esencia, aunque hoy por hoy no haya nada que que dividir ni fuerza para ir de votos.  Si tengo que besarle la pelona y cejas a Julio Borges, voy; si tengo que “darle bollo” a un fulano con Leopoldo López, voy; y si tengo que meterme a bruto con Rosales, no faltaba más.

Total, lo importante es ser, permanecer, “vivir la vida”, como diría el prófugo profesor.  Y nada de dejar que estos populistas de nuevo cuño, antes blancos como yo y ahora rojos (¡ah, aquellos tiempos!), colmen de felicidad al pueblo con sus comidas, Mercal, misiones, estudios...  Aunque nosotros, aquí entre a la callada, no logramos nunca un carajo como lo hacen estas hordas, pero, eso sí, lo intentamos y reclamamos el derecho de ser los primeros en tener la idea.

Tenía una mujer, Francisca, pero la tuve que poner de patitas en la calle porque se metió en el “proceso”.  No era tan vieja como yo para aseverar que loro viejo no aprende; apenas vio la franela roja con la imagen del innombrable sonriente, se metió en una serie de misiones de esas que le roban los nombres a nuestros héroes nacionales y ahora es abogada y dirigente de la causa.  Aprendió a leer, la vieja.  Para mí que sigue enamorada, preocupada por mi salud, por si me llega la comida, porque me enteré que el Mercal que pusieron acá tan cerca de mi ranchito fue obra de ella.   ¡Vieja loca!  Esa vaina me tiene tan arrecho que, sin saber por qué, como si buscara consuelo en su profundidad ignota, me he puesto a mirar la grieta del piso durante toda la tarde.

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