Animal Político en tus redes

miércoles, 19 de agosto de 2015

¿DE DAKA A OLP, CUÁNTA COMPRENSIÓN FALTA?

La calle está allí, dura con su realidad.  Salir y otearla, según se sea político, ama de casa o simple deambulante, conduce a una percepción distinta.  El ciudadano común, desprovisto generalmente de formación ideológica para comprender el manotazo histórico que el país está recibiendo, eventualmente podría ser objeto del vaivén "inocente" de los vientos; el político, acendrado en la reflexión sobre el imperialismo atenazante, obtiene su tranquilidad hermenéutica; las amas de casa, políticas o no, simplemente padecen la carestía, independientemente de la inocencia o negligencia gubernamental, o de la culpabilidad o bestialidad opositora.

Es un hecho.  Los llamado ni-ni, clase política pretendidamente apolítica o desencantada, han aumentado al 45%.  Lo acaba de presentar la encuestadora Hiterenlaces.  Se acercan las elecciones, la dirección de la Asamblea Nacional fundamental.  Tiempo de tomas y retomas.  La historia se presenta como una puerta que se abre o no, o como página que se pasa o no, y en historia las cosas sencillamente suceden, sin regresión alguna.  No hay máquina del tiempo.  De manera que es imperioso su manejo, su control, su comprensión, su configuración, su determinación  de destino.

La Operación Liberación y Protección del Pueblo (OLP) ha demostrado cuál es el camino.  El control, el Estado presente, como en cualquier Estado socialista.  No se puede crear y luego liberar a los efectos de la intemperie bondades para el pueblo sin riesgo de oxidación.  Debe haber reclamo, sentido de posesión, control y pertenencia gubernamentales.  Sello y compromiso.  Te lo da la revolución para tu usufructo y felicidad, para tu posesión si como tuyo lo sientes; no para que jodas a tus iguales con un fraude de agradecimiento como respuesta.  No para que vendas apartamentos de la Gran Misión Vivienda Venezuela, no para que revendas y enrosques los vehículos ensamblados en el país, no para que bachaquees los alimentos subsidiados por el Estado, no para que vendas tu alma patria.  ¡Por favor, ya basta!  Estado pendejo y no omnipresente, junto a pueblo omnipresente y tramposo, constituyen la globalidad llagosa del problema.  Responsables de la pérdida de brújula y destino.

Nicolás Maduro en un tiempo, poco antes de unas elecciones, dio un zarpazo efectista de tigre político y consolidó los resultados favorables de tales comicios.  Fue sobre Daka, llamado "Dakazo".  Hoy vuelve el Dakazo en forma de OLP, con su éxito, con su presencia, con su control, huella.  La gente lo celebra, lo retribuye, lo quiere multiplicado, aunque parte de esa gente (los delincuentes, como se entiende), se resienta.  ¡Caramba!  ¿Es que es difícil comprender allá arriba, donde se cuece el lineamiento ejecutivo de la revolución, que la participación del Estado en la vida nacional es un clamor, es mandato socialista, es fundamento filosófico llamado "contrato social"?  Como cualquier Estado imperfecto, el pueblo también tiene su margen de error, su vaina colateral, por más bella que sea su metáfora histórica y argumentativa, y pide a gritos presencia, cumplimiento de la parte que al gobierno le corresponde, como un hijo espera que su padre lo reconduzca, en el buen sentido paternalista.  ¡Por favor, no más leyes hermosas para el pueblo si no hay Estado que supervise su ejecución e inversión, y si no hay pueblo amable y recíproco que valore, con moral, el sentido de desarrollo de una patria!  Todos culpables por todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2015

EL TREN DE LOS CAMBIOS QUE DEBE CONTINUAR (7)


Ya robustecido, con el dedo del alma debidamente emparedado, vuelvo a la calle al día siguiente, miércoles (http://zoopolitico.blogspot.com/2015/07/despues-de-la-tempestad-6.html).  ¡Que toda la sampablera que había vivido ocurrió el día martes, día de la semana en que abre el mercado de Quinta Crespo, dos días después de las elecciones primarias del domingo!
Bajé en el ascensor de mi edificio no sin cierto escozor contra la luz del nuevo día, en medio de uno de esos momentos de molesto desaliento que a uno le embarga durante la lucha.  "Pero ¿por qué gente en el país con tan poco sentido de patria?", pensé, mientras a través del pasillo de la planta baja enfilé mis pasos hacia la reja exterior y el quiosco del "amigo" David, que está frente a la entrada del edifico.  "Porque, veamos, ¿qué es aquello que hacemos que tiene a tanta gente en el mundo y en el país contrariada?  Predicar algo de justicia, corrigiendo pasados; igualdad, retribución para las ingentes masas de explotadas durante la IV República; control del libre mercado, más presencia del Estado en el desarrollo económico y político, metiendo en cintura a los leoninos de siempre que sacan la tripa al venezolano; dictar leyes para proteger a los desvalidos históricos, la mujer, el niño, los ancianos.  Equidad.  ¡Ah, pero esa vaina arrecha y descubre la hipocresía de todo el mundo!  ¿No se llenan la lengua un montón de escualidones cuando habla, invocando derechos humanos, ideales, justicia, progreso, prosperidad?…  ¡Puf, qué basura!  ¿A qué se refieren?  Supongo que a la vara personal y monetaria de medición.  No es raro en ellos considerar que hay violación del derecho humano en una política que favorece a una mayoría de "pelagatos" y mete el ojo en el ojal de su bolsillo.  Como si dijeran, remedando a su vulgar estilo al Cristo con los fariseos:  'Métete con el santo, pero no con la limosna."
Al salir encuentro que el quiosquero no había abierto, cosa rara en tantos años, lo más seguro por el impacto del capítulo del día anterior.  El árabe de la zapatería apedreada, donde milagrosamente me cobijé, conversó un rato conmigo y me dijo que los chavistas y él mismo habían agarrado a unos escuálidos Baralt arriba mientras huían y los comprometieron a pagarles las vitrinas.  Algunos se pusieron a llorar y otros invocaron los derechos humanos.  Uno amenazó ridículamente a la policía que se había presentado en la persecución con demandarla porque violaba su debido proceso, y, después de entregar su palo y cabilla, mencionó pertenecer a una red de monitoreo de los derechos humanos avalada por la OEA y PROVEA, esta última en Venezuela.  Terminó gritando, mientras lo metían en la furgoneta policial, profiriendo que iría a la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.
El árabe rió un rato conmigo, exclamando "─El imperio y la televisión los tienen locos",  mientras terminaba de darme los detalles de lo que yo me había perdido al enconcharme en mi casa.  Le pregunté por el quiosquero y me dijo "─Ese es un gallina que vuela de miedo"; de la señora Nancy, la vieja cacatúa, cuyas bolsas él tomó con los melones rotos y nuevos, además de unos huevos, dijo que, si no se aparecería, se prepararía un manjar.  Le dije que yo había pagado BsF. 700 por las reparaciones de esa compra y me respondió que no era su problema, que las bolsas le pertenecían por reparaciones a su local si la dueña no aparecía.  Al fin no supo decirme qué pasó con ella.  Sólo me aclaró que al parecer el gritón, el que se presentó como abogado cuando me abordó el día anterior, era un pariente del malogrado Dr. Pancho y me recomendó que me cuidara de sus locuras y de su guardaespaldas, el corpulento de la pelea.
Bien mirado el asunto, me dije que había salido barato de aquella especie de justa política, aparentemente armada para generar consecuencias más allá del simple desahogo de un montoncito de escuálidos bravos por unas elecciones que no siquiera eran suyas.
─Paisano ─me dijo el árabe, sirio para más detalles, afecto al gobierno de Venezuela por su posición a favor de Bashar al-Asad contra EE.UU.─, ¿por qué usted no se dedica a estar tranquilo en su casa en vez de andar por allí alborotando a tanta gente?  Hay mujer, hijos, televisión en casa, real para salir a comer o pasear… ¿Para qué tanto lío?
─¿Cómo es eso, Mustafá? ─le pregunté no creyendo que el árabe pudiera creer que yo andaba por el mundo buscando discordias cuando frente a sus propios ojos había sido víctima del ataque de una sarta de opositores.
─Me refiero a que otros pueden hacer el trabajo de la lucha, hombre.  Hay que ser inteligente.  ¿Por qué no dormir y comer en casa fino con mujer?  ─me dijo con su español aporreado, señalando mi dedo también aporreado para soportar su discurso─.  Mira que nosotros apoyamos gobierno, pero no completo porque no pega socialismo con nuestra sangre.  Lo de uno es vender por montón, a manos llenas, sin dedos rotos, si es posible sin control, y todos felices.
Terminé de reírme un rato con el árabe, celebrando sus loqueras, aunque verdades de fondo para él.  Bajé de una vez hacia el mercado y zona de mis reuniones políticas, pensando entre jocoso y severo que, de ser cierta la palabra del árabe, mucho camarada tendría que andar incómodo en el gobierno con semejante disyuntiva genético-ideológica, especialmente unos cuantos llamados Tarek que, si es cierto que los nombro en una generalización, no por ello dejan de ser de ascendencia árabe y pueden presentarse de pronto sustraídos de las predeterminaciones genéticas, histórico-culturales y biológicas.
"─Es sólo una ocurrencia ─me dije mientras miraba pasar debajo de mis pies el cemento de las aceras─.  El humano es un ser principalmente de ideas".

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