miércoles, 27 de febrero de 2019

EL DERROCAMIENTO PROMETIDO

Lo que viene ahora es un país imperial ofendido y retado.  Eso es.  No se dobló Venezuela ante el asedio escandaloso y, por el contrario, sus militares se apertrecharon aun más en torno a su comandante en jefe, Nicolás Maduro.  Ello da como resultado un imperio  herido en su autoestima altanera de gobernante.  El Goliat había dado su palabra de que sólo con resoplar se caería la casita de madera del palacio de Miraflores.  Y Miraflores sigue allí.  Ya usted ve.
El plan había sido vencer a través de una guerra de redes comunicacionales, esto es, a través del componente principal de la guerra de quinta generación, cuyo propósito es, según Zbigniew Brzezinski, ex secretario de Estado gringo, atacar el "recurso emocional de un país por medio de la revolución tecnológica. La táctica para mantener la desintegración política en la sociedad consiste en crear complejos de inferioridad" (tomado de  La Haine, 8 pantallas, 25 ago 2018, https://www.lahaine.org/mundo.php/ienfrentar-la-guerra-de-quinta).
Es decir, asustar, espantar, corretear a todo el mundo con tesis como que  "todas las opciones están sobre la mesa", viene la invasión, medio mundo condena a Venezuela, la apalearán a una vez montones de países como Colombia, Brasil, Holanda, entre otras tantas galaxias.  Y también  especies venenosas lanzadas al aire como que van cientos de oficiales rebelados, cuando la realidad es que no pasan de dos decenas; o que el gobierno está acribillando a la población, especialmente a las etnias originarias, además de darse el tupé de cometer el delito de lesa humanidad de despreciar la llamada "ayuda humanitaria".  En fin, desmoralizar es lo buscado desesperadamente con el propósito de, ganando la guerra virtual, ganar la real.  Es decir, visualizar a un Maduro y sus militares venezolanos defecados encima, rendidos sin disparar un tiro.
Pero no ocurrió.  La Venezuela bolivariana sigue allí, dispuesta a combatir como en los viejos tiempos de las guerras de independencia, en el cuerpo a cuerpo, generando bajas. Ya hubo expresiones heroicas de jefes de unidades militares que, en número pequeño, resistieron por horas ataques paramilitares en el lugar de Ureña.  Y sigue también allí el rostro agrio del país imperial, contrariado, perdido en no saber qué hacer con la tierra de Bolívar, poblada por incómodos venezolanos.  Llegó la hora en que los manuales de guerra no parecen surtir los efectos ansiados.
No se atreven los EE.UU. a atacar directamente a Venezuela.  Usan a terceros, a Brasil, Colombia y Holanda, y a los nacionales vendidos del interior de Venezuela, como es su modalidad de guerra actual en el mundo.  Saben que Venezuela mantiene una posición de país en extremo correcta y arrasarla es como arrasar en el mundo al único atisbo de humanidad y dignidad que queda. Temen a un efecto Polonia de la Segunda Guerra Mundial, cuyo ataque desencadenó la gran guerra: Rusia y China, sus enemigos, asumirían compensaciones simétricas: la toma de Venezuela por parte de EE.UU. equivaldría para Rusia a la toma de Ucrania y para China a la del mar del mismo nombre y unas tantas islas en litigio.  Una ruptura de la sinergia imperante, peligro planetario.
La soberbia imperial los ha llevado a la perdida de la sindéresis propia del plan estratégico que tienen para América Latina, su llamado patio trasero. Su actitud lanzada y bravucona junto a sus perros de guerra colombianos y brasileros les ha hecho olvidar el esquema: no necesariamente hay que derrocar a Maduro, así como tampoco hay que penetrar en el país con los marines.  Nada eso. El plan es el que ellos podrían denominar "cuenca fallida del Caribe"; a saber, todos los países del patio trasero serían  incapaces de comportar personalidad, independencia y soberanía, siendo peleles movidos por los vientos de sus apetencias y asedios, a las expensas de sus requerimientos materiales.  El granero, pues.  Pero dieron su palabra imperial ante el mundo y ahora, so pena de quedar ridiculizados, se hallan frente al dilema de un derrocamiento que no figura en el cómo de sus manuales.
El propósito caribeño y suramericano de su plan es cónsono con la definición misma de guerra de quinta generación: desde 2009 en las "intervenciones EEUU-OTAN, no interesa ganar o perder, sino demoler la fuerza intelectual del enemigo, obligándolo a buscar un compromiso, valiéndose de cualquier medio, incluso sin uso de las armas" (Op.Cit, pantalla 7).  O sea, cosechar estados fallidos, pendejos regables,
despensas dispuestas.
Allí siguen Maduro y también el ego imperial, paquete a desenredar.

jueves, 21 de febrero de 2019

...Y EL CORAZÓN TAMBIÉN COMO FUSIL

Se escribe mucho.  Se especula.  Venezuela será barrida.  Es el país número 46 mejor armado del mundo en virtud de su recurso humano y técnico, según medios especializados, pero EE.UU. es el número 1.  Y por ello mismo, por la lógica militar de que nadie enfrentaría un ejército a los EE.UU. con posibilidades de ganar, es que priva la tendencia de la conclusión lapidaria. 
También posee aviones Su-30MK2, conocidos como Sukhoi, comprados a los rusos, con potencial de fuego que compite con lo más avanzado de los EE.UU.; de fabricación rusa también tiene en su haber los lanzamisiles S-300, tierra-aire, los cuales, combinados con los cañones antiaéreos ZU-23, los sistemas de misiles Buk-2M y Pechora 2M, desarrollan un paraguas de protección de 200 Km contra misiles y aviones, sin contar que los S-300 son tecnología de punta en materia militar (los que usa Siria para protegerse del bombardeo israelí); de China, Venezuela se dotó de radares sofisticados.  Todo sumado, según lengua de los expertos, convierten al país en la mejor defensa aérea latinoamericana.
No obstante, como si un oponente fuese puro aparataje, los espéculos dan su veredicto: podrá ser tal en Latinoamérica, pero EE.UU. es el cabeza de tecnología mundial, el fabricante por antonomasia, y, así dicha la cosa, la tierra de Bolívar está perdida.  No importa que la historia de la humanidad haya registrado capítulos como el de Vietnam, donde el descalzo derrotó al armado, ni historias cuasi míticas como las de David y Goliat, donde el pequeño acuclilló al gigante.  Son excepciones de la regla en la opinión derrotista o perversa.  El coloso es EE.UU., el "gigante" que fue despertado por los nipones después del ataque a Pearl Harbor.  Mucho es la verborrea definitoria, a voz elevada entre tantos partidarios del país imperial. Venezuela, que fue lo grande que fue contra viejos imperios, ahora no es nada de eso para quien persiste en actitudes lacayunas.
Se dice también que Chávez hizo lo suyo, que limpió las fuerzas armadas, que las fortificó contra la traición, que las moralizó en la raíz patria, que instauró, pues, la doctrina chavista, que es decir bolivariana, que es decir militarista y nacional, lo cual asegura combate contra la agresión y la traición.  De hecho, Chávez es un comandante militar, el constructor, por cierto, de toda la defensa anteriormente descrita, esa defensa que sucedió a los cazas norteamericanos F-16 y a los viejos helicópteros Súper Puma franceses. Uno de sus sueños fue instalar una fábrica de fusiles de asalto rusos Kalashnikov en Maracay.
Y mucho más hay en el decir especular o real.  8 mil son los francotiradores entrenados con fusiles Dragunov (rusos también), de los años sesenta del siglo XX, tan viejos como precisos, con alcance de 1300 mt.: una bala, un cadáver es el clisé al respecto. 2 millones son los milicianos, dizque precipitados y mal entrenados en el criterio perverso. 150 mil son los miembros de las Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FABN), sin incluir los efectivos de la Guardia Nacional; y todo ese lote, en el criterio de los más exaltados de la expresión alienada, son eunucos que no pegan un tiro a un marine inmortal ni siquiera a dos metros de distancia.
¿Cuánto no se ha dicho? Va y viene el criterio.  Ahora el país es polvo  cósmico; luego tiene algo con que defenderse; ora tiene aparataje, pero no gente o viceversa… La cosa es según el comprador de opinión.
Pero nada se ha dicho de lo otro, de lo que no es arma metálica, sino moral.  Tanto que se habla y se especula, como si el mundo sólo fuera humo y pólvora.  Nadie ha dicho que Venezuela es madre de patrias, es madre de Suramérica, es una histórica bandera llena de dignidad y grandeza, es liberación, propuesta de salvación actual para la humanidad, hoy definido como socialismo.  Es inspiración. Un libro de historia y libertad.  Es guerrero que a pie descalzo, con puro corazón teñido de ideales, portando una lanza de madera muchos de ellos, venció en la lid al imperio español, la segunda potencia colonial del momento, por allá en mil ochocientos veintitantos.
El Teniente  General Pablo Morillo y Morillo, en 1816, se quejaba con el rey Fernando VII de las contrariedades con que se topaba en sus batallas en Nueva Granada y Venezuela: donde lo derrotaban era porque había venezolanos combatiendo o asesorando.  Abominaba de ellos.  El venezolano era el culpable del fracaso español, y no era posible vencer en nombre del rey en cualquier parte si no se acababa "radicalmente con el germen de la revolución en Venezuela".  Era el venezolano el responsable de que el "americano no quier[a] ser gobernado por nadie, a menos que sea jefe de su país". Harto de la obstinada resistencia, sintetiza ante Su Majestad: "En una palabra, todo en la lucha actual es obra de este maldito pueblo."
Ciertamente las armas y municiones aniquilan, pero no tanto como una moral fornida, así como un sentido claro de ser-en-la-historia, con raíz patria definida, consciente de lo que se es y se quiere ser.  Tal carácter de la indestructibilidad lo da el estudio y la concienciación del ser mismo venezolano. Total, las armas la disparan humanas moralidades, maltrechas o fortificadas. Pocos países tienen una historia con tanta carga de heroísmo y nacionalidad como Venezuela; al grado tal que ser venezolano es una desmesurada dignidad.  Y ello es un armamento humano para quien ose despertar al "gigante dormido" bolivariano.  La historia tiene ejemplificaciones: entre los antiguos, los 300 guerreros espartanos de Leónidas  detuvieron a 100 mil persas del dios-rey Jerjes I, en la fundamental Batalla de Las Termópilas (que salvó a Occidente); ya mencionamos a Vietnam, país respecto del cual huelga detallar.
Lógicamente nadie vende una imagen de país tira-piedras ante una potencia nuclear. Guardando el respeto por la comparación, Venezuela no es el caso palestino ante el Israel armado, por ejemplo. Venezuela afronta los tentáculos del país injerencista del Norte a través de terceros, como Colombia, Aruba y Brasil, lo cual, por cierto, es uso que ilustra la presente modalidad imperial de combate: usar a nacionales internos para sus fines transgresores extranjeros, como hizo ya en Libia y Siria.
En fin, entre tanto que se comenta y se escribe con tintura peyorativa respecto de la tierra de Bolívar, donde las líneas escritas o palabras pronunciadas sólo miden niveles de pólvora, nadie habla de voluntad, moral o disposición de combate, que miden niveles de guerra y resistencia.  Tanto es la ceguera del hundimiento que rojos y blancos (o amarillos), ignorantes y sabios, se han dejado arrastrar por la estampida de las impresiones y apariencias.  Nada se dice, por ejemplo, que ahora, en momento de agresión y de ominosa posibilidad de invasión por parte de los EE.UU., la FANB se ha cuadrado monolíticamente en torno al Presidente de la República, Nicolás Maduro, Comandante en Jefe de la Fuerzas Armadas, amenazando con respuestas magníficas y viejos tiempos de gloria. Pocas han sido las deserciones en su seno; apenas un coronelillo por ahí se declaró en traición, haciendo rodar por los suelos la esperanza estadounidense de generar una estampida con sus virtuales amenazas y ganar la guerra sin disparar un tiro.  Inclusive, para el caso que decidan pelear de modo directo, enviando sus marines, tendrán bajas de sangre en el cuerpo a cuerpo.  Será un combate de moral elevada acompañada también de un limitado –es cierto– pero sofisticado y letal armamento.