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martes, 23 de mayo de 2017

EL PELIGRO DE TOCARLE LOS COJONES A DONALD TRUMP RESPECTO DE VENEZUELA

El peligro es que Donald Trump, acorralado por acusaciones de traición y por la odiosa impopularidad que lo carcome, termine haciendo lo que hacen todos los presidentes estadounidenses en semejante trance:  una guerra.  La historia reciente es un abanico en la materia que huelga detallar.  Con la excepción de Vietnam, han fungido sus guerras como tapaderas de popularidades desbancadas.

Una guerra desvía críticas y atenciones, y conduce a que lo que argumenta el atacante interno parezca un detalle banal comparado con la "seriedad" de la agenda exterior, la cual pide la automática solidaridad.  Que Trump quiera joder a los latinos y se gane por ello montones de enemigos ha de terminar pareciendo una minucia cuando el país se encuentra en una situación delicada contra el "terrorismo" internacional o el poder nuclear de un asiático megalómano.

En la medida en que su popularidad se constriñe, está en el ambiente la explosión de unas nuevas torres gemelas en virtud del ataque criminal de algún árabe maloso, o la típica decisión de invadir a algún país pendejo.  El objetivo sería escurrir el bulto, pasar a un segundo plano la diatriba interna, la impopularidad y el encono que acosan a tan arrogante presidente.

Y el peligro es que, habiéndose ya agotado el mapa fácil de las invasiones, el carajo pose la mirada en su "patio trasero", en Suramérica, irremediablemente en Venezuela, el país incómodo.  En Europa tienen los EEUU el cartucho gastado; en Asia la situación presenta un color de hormiga vieja con Irak, Libia, ya invadidos, y con el infructuoso Irán, imposible de invadir; Rusia apadrinó a Siria y arruinó el sueño de invasión gringo; ni hablar de Corea del Norte, con su problemático poder nuclear.

A Venezuela en cambio los EEUU la trabajan desde hace un par de décadas casi.  Le han incoado varios expedientes a su gobierno: primero el de guerrillero cuasi colombiano, después el de golpista, luego el de narcotraficante y, últimamente, el de dictador.  Cantidad de intentos, fallida toda, pero, como la mentira mil veces pronunciada haciéndose verdad, amellando conciencias y credulidades.  No importa tanto la acusación como lo que, por otro plano y mientras tanto, han logrado en concreto:  rodear al país, criminalizándolo: la instalación de bases militares en Colombia, listas para el zarpazo; la compra de países latinoamericanos para su causa injerencista; el manejo de organismos títeres internacionales para que hagan el trabajo de soporte "legal", el lobby invasivo, como la OEA.

Venezuela, pues, es la carta debajo de la manga de Donald Trump.  Él continúa con su tarea empecinada contra Corea del Norte, contra China y su mar "robado", contra el eterno y archirrival ruso; pero si lo presionan más, si le tocan los cojones, como dicen los españoles, podría optar por el tiro fácil y lubricado.  El país bolivariano puede presumir de que Rusia y China son sus aliados, pero ocurre que priva una realidad pasmosa en su contra:  la ubicación geográfica tan cerca del mal y tan lejos de los amigos.  Dirían los mejicanos:  tan lejos de dios y tan cerca de los EEUU. 

En el duelo por el poder internacional, los rusos se la deben después de lo que hicieron en Siria.  Ahora les toca a ellos, a los gringos, lucirse con alguna eventualidad demostradora de su poder ampliado en el planeta.  Apretar las tenazas invasoras contra Venezuela a lo sumo acarrearía una reacción internacional furibunda más que todo de países latinoamericanos, y, claro, la queja arrecha de los rusos y chinos, pero no más.  Tan próxima está Venezuela al  imperio estadounidense que, en caso de invasión concreta, ridícula sería cualquier defensa desde algún polo alejado del globo terráqueo.

Sin duda se desataría una guerra, interna en Venezuela, civil para más señas; y una conmoción en la opinión pública internacional, innegable, poderosa, pero vana como un fusil que nada dispara para defender el terruño desde adentro.  El país de Bolivar mismo, por constitucionalización de la no injerencia, ha prohibido la instalación de fuerzas militares extranjeras en suelo propio, y ello surte efecto también para tropas amigas.  Semejante situación no se compadece con la evolución bélica de los tiempos:  las guerras se hacen hoy día con aliados, jamás a solas; y ello, finalmente, no se equipara con la situación de la enemiga Colombia, país rastrero de lo gringo, con bases militares extranjeras en su interior, listas para el ataque.

Y súmese que Venezuela es ya una "amenaza inusual" para los intereses de los EEUU, suerte ya de bocadillo servido en bandeja de plata; y que el Comando Sur, Colombia, Guyana, Trinidad y Tobago, las base militares y la ansiosa oposición apátrida interna, vendrían a ser algo así como las putas maquilladoras de Donald Trump, listas para actuar en pro de su dios para el caso que su imagen se estropee hasta niveles políticamente intolerables.

domingo, 9 de abril de 2017

EL GOLPE NECESARIO

La derecha es el status y la conservación de lo que hay y siempre ha habido en una realidad política:  una sociedad piramidal, por no decir absolutista, de origen visceral, donde el fuerte vive del débil y, de hecho, más allá de enfoques darvinistas, hace de él, del lisiado, su alfombra. Monarquía, emperador, monarquía, emperador, el poder de uno y su séquito
La izquierda es demolición de estructuras, del tal formato conservadurista, aniquilamiento de historias, necesariamente tendencia ideológica libertadora.  No más la esclavitud.  Necesariamente propuesta revolucionaria.  La nueva sociedad, el hombre nuevo, y eso por el estilo.
Burguesía es la nueva fuerza política y económica que surge al calor de la evolución tecnológica y política del mundo, del nacimiento del capitalismo, de la producción en serie de insumos en virtud de los cambios de épocas y hallazgos científicos; es el nuevo poder económico, la nueva clase social, superior a reyes y emperadores con sus nuevos valores y platas.  Hizo posible las revoluciones en Francia, y concretó en el mundo lo que se vive hoy:  el poder del don dinero disfrazando viejas y originarias estructuras de fuerzas, esto es, la de los reyes y emperadores mismos, con mimos verbales de apariencia revolucionaria.  Un burgués es un advenedizo que sueña con ser rey, no obstante su sangre oscura.  Véase el proceso de las revoluciones francesas, madre de lo que hoy cabalga políticamente en el planeta.
El proletario es la carne de cañón.  Gente asalariada y sin pan, siempre bajo el reto de no vender su alma por un mendrugo, requerida, por consiguiente, de una guía e ideologización permanente.  (¡No, no:  no es insulto, es realidad!).  Acompañó a la burguesía durante las revoluciones e hizo posible lo que otra vez vivimos en esta Tierra:  el poder de uno, esencialmente reyes y emperadores en el poder, pero bajo formatos acallantes izquierdistas.  Y así no es descabellado oír:  un rey (presidente o lo que sea) revolucionario, contra sí, marxista, proletarista…
Es decir, se vive un engaño.  La nueva clase social, la burguesa, se hizo emperadora con el concurso de unos engañados y harapientos, y les calla el pico a estos con la presunción de que responden a sus exigencias de cambios, de hombre nuevo, de nueva sociedad, equidad, justicia y otros atributos que costaron revueltos históricos y mucha sangre.
O sea, se vive a lo derecho, bajo sitio, y la izquierda siempre ha sido una promesa, un sueño, un ideal, la revolución necesaria que nunca llega.  Se llevó el burgués a los de la izquierda proletaria al poder, en formas y palabras.  Les dijo:  tomamos el poder, tumbamos a los reyes de sangre, hay prensa y libertad de expresión, habrá igualdad, derechos humanos, democracia, repúblicas, y se instaló la bandera sobre el cénit de la flamante nueva era de la manipulación humana.  Y la izquierda, aquellos que se sentaban al lado zurdo del parlamento, mordió el polvo quizás con la ilusón de que a futuro mordería pan e igualdad.  Siempre requerida de guía y realidad, de ideología, de juntura, sistema y organización.  Hay que seguir diciéndolo.
En Venezuela hay una revolución; en otras palabras: la derecha está en problemas, a punto de perder su prevalencia eterna.  Significa también que Venezuela, con tantos años de capitalismo y conservadurismo, es un país estructuralmente reaccionario.  Se defienden los burgueses, adentro y afuera.  Se rebela al poder que se pretende instaurar durante ya dos décadas:  esta vez hay el peligro de que los burgueses no puedan otra vez engañar con sus misiones emperadoras a las masas, y las masas, comunidades organizadas, comunas, consejos comunales, harapientos con más clara vista, pernocten en estado de alerta a lado del fuego y eventuales barricadas.
Y hay dos cosas, necesarias de mirar:  que la izquierda a la que se le responde  con tanta guerra y reacción en el país de tripas burguesas, no se deje otra vez usar, como en las revoluciones pasadas (¡vaya: historia de bolcheviques y mencheviques!); y que para evitarlo tenga que dar lo que tiene dar lógica y necesariamente:  un golpe de Estado.  Otra vez el cuento del gendarme necesario, pero está vez revolucionario, proponente, en custodia de las losas puestas sobre el camino labrado.
No existe manera, no hay documentación histórica sustentada, de que la izquierda y la revolución prevalezcan sin golpes estructurales sobre el material derechista, aunque tampoco existe documentación de cómo es que la izquierda tiene que conservar el poder sin traicionarse ni hacerse rey.  ¡Véase que se dijo "conservar", y que las mismas palabras preservan su tinte ideológico!  ¡Ni hablar de cuando un revolucionario alcanza el poder!  ¿En qué se convierte:  en un destructor o rehacedor de sueños?
Se lee con los manuales sobre cómo realizar la revolución (no sólo con Marx), pero no de cómo sostenerla en condición de Estado en medio de una jungla mundial e institucional burguesa.  Tal circunstancia hace que Venezuela, al sol de hoy, con una propuesta de poder transformador en primer plano, sea un país amenazado, desestabilizado, desestabilizador, asediado, en guerra, amenaza a su vez para el status quo, amenaza inusual (cuando no regional) para las potencias, rodeada peligrosamente por los picos y palas, aristas, cabillas y concretos de las estructuras sociológicas demolidas.  De manera que el golpe militar de la izquierda, a falta de historia ilustrativa que lo desdiga, no sólo luce lógico, sino inevitable.

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