En la selva...

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¿Xenófobo yo? Los europeos son mejores. Frases anteriores

lunes 14 de julio de 2008

¿Indio yo, rechazándo lo "superior" europeo?

Imagen tomada de Altercom Probablemente estas palabras sean tildadas de destempladas, expresión de un alma resentida o xenófobas, para irnos a los extremos.  Pero el tema xenófobo, promovido por la Unión Europea, no nos deja otra alternativa que hablar desde un plano sospechosamente xenófobo, por decir menos.   Y es el asunto de la directiva de retorno, a aplicarse en lo sucesivo a los millones de latinos que por allá viven.  Ver lo humillante cómo tratan a los nuestros, cuando nosotros hemos tratado tan bien a los suyos, da coraje y lleva a la imaginación a idear "venganzas" fantasiosas, cuando no a implementar medidas oficiales de contrapeso, como el control de los viajeros de origen europeo en nuestros países y puertos o la negación de nuestro petróleo.

Para consuelo propio, fantasioso, como dije, este autor en varios escritos pasados, mucho antes del asunto de la directiva de retorno, escribió sobre el tema de la transculturación y la condición cipaya de muchos nacionales, concluyendo en varios de sus escritos que una de las razones de semejante comportamiento era la condición amatoria de lo extranjero, cuando no la misma condición casi extranjera, entre otras consideraciones de carácter psico-cultural.  Sin grandes preámbulos, pasó (este autor] a recomendar leyes que impidieran el ejercicio político o de Estado a aquellos señores descendientes de extranjeros en una o dos generaciones.  Razonaba que era difícil que amasen a su país de nacimiento, cuando a cada rato hablaban del deslumbramiento de su país de origen inmigrante y deploraban del pobre patio en donde habían nacido, como en una maldición, por decirlo de algún modo.  Que no se podía amar a la patria chica cuando a cada rato se hablaba de la grande, viajándose para allá a cargar la batería de las nacionalidades y mirando por encima del hombro a los nativos.¹

Me di ese gusto, así, en mi fuero infantil, gusto que nuevamente pongo en el tapete para compartirlo con ustedes, hasta donde lo puedan tolerar.  ¿Qué es harto desagradable e irresponsable hablar del tal modo?  Seguramente, pero mucho me preocupo por no incurrir en actos de ceguera intelectual, cuando a título de la conciencia que esperan de mí, tienen la esperanza de que no diga las cosas como son.  La Unión Europea tiró la primera piedra xenófoba, y ello no lo tapa nadie con ningún manto de los escrúpulos o del decoro.   Ridículo sería que viniera a tratar un tema claro de discriminación con una vista nublada de escrupulosidad.  Es necio, más cuanto aquellos delicados que reclaman y acusan rápidamente de xenofobia a otros, a su vez podría estar incurriendo en un "mental" acto de traición a la patria, por seguir con el cuento de defender lo europeo, a título de amplitud mental, y no lo suyo. Invoco la majadería europea para validar la propia.

"vamos para allá a hacer de obreros y vienen ellos para acá a hacer de terratenientes"

¿Qué mis amigos de origen extranjero?  Los tengo, y muchos.  Pero como dije también en otro escrito por ahí, lo siento por ellos y habrán de comprender que la patria es primero.  Porque la "madre patria" de ellos fue quien tiró la primera piedra, y yo, muy tranquilo en mi país lleno de extranjeros, no albergo culpa alguna; todo lo contrario.  ¿Cuándo carrizos los hemos a ellos tratados de tal manera?   Como sea que hayan llegado a nuestros países, se les trató magníficamente, abriéndoseles las puertas.  Ahora nos corren de por allá, por sudacas, por negros o indios, cuando por aquí anda convertidos en tremendos terratienientes.  Ellos pueden venir a morir a aquí de viejo, si les diera la gana, pero nosotros no podemos ahora ni pasar unas vacaciones por allá a riesgo de que nos metan en una mazmorra.    ¿Está buena esa?

Ello sin contar que tengo un abuelo de la "madre patria", un alemán o italiano cruzado por allá, en el río de la sangre.  Pero afortunadamente −para el punto este de no deberse a nadie a la hora de reclamar−, lejos en el tiempo, difuminado ya en la fuerza de la sangre india que corre por mis venas, la mayor protagonista.  ¿Qué incurro en un acto de etnocentrismo a la inversa?  Por favor, ¡estos ilustrados espíritus europeos!

Como dijera el profesor Vladimir Acosta en un artículo publicado en Aporrea:  vamos para allá a hacer de obreros y vienen ellos para acá a hacer de terratenientes.²  ¿Bonito, no? Más coraje todavía para el tema.  Después lloran cuando desde acá se les quiere responder con no enviarles petróleo, que es de color indio o negro, si vamos al cuento de los colores.  Después lamentan que utilicemos una materia prima como herramienta de presión política, apoyados por los mismos espíritus ilustrados inmigrantes asentados en nuestros países. (¿Dígame los medios de comunicación, en manos de tanto “gringo”?)  Después se quejan que se quiera invocar como ley en su contra eso de que en la guerra vale todo. ¡Ah, sí, pero para ellos joder sí que es bonita cualquier herramienta! Con decir que mi pobre xenobia la colocan como un concepto inferior a la propia.

Sin duda, amo a mis antepasado europeos, que los tengo, como amo la raíz que me proviene de la tierra que piso.   Pero por mi mente no pasa a cada rato que yo provenga de una cultura superior o inferior, viajando hacia los lugares de culto genético a cada rato.  Negro, indio y blanco soy, como raza cósmica, debiéndome a la tierra donde he nacido y crecido.  Al prurito napoleónico o monárquico trasatlántico antepongo la dignidad bolivariana y punto, que es una doctrina de la simbiosis cultural.  ¡Peor para ellos en tierras americanas! Probablemente haya llegado la hora, en contrapartida a las medidas que hoy implementa la vieja Europa, de pedirles cuentas a aquellos que se creen mejores, de preguntarles cuánto hacen por el país donde viven, cuanto de él medran, cuanto le dejan y cuanto se llevan y, si queremos ser un poquito más ridículos, preguntarles, como goza un chiste mexicano, cuanto grado de culpabilidad acumulan en relación al genocidio europeo sobre nuestros indígenas.

Notas:
¹  Véase la "Oposición portátil".  7 abr 2008.  Págs.:  9 pantallas. -  http://zoopolitico.blogspot.com/2008/04/la-oposicin-porttil.html?showComment=1207734600000 y "De los inmigrantes o extranjeros en el ejercicio del poder en América Latina" en Animal político [en línea]. 2 jul 2008. Págs.:  10 pantallas. -  http://zoopolitico.blogspot.com/2008/07/de-los-inmigrantes-o-extranjeros-y-el.html. - (Consulta:  14 jun 2008).
² "Latinoamericanos va a Europa como obreros y europeos en nuestro continente se convierten en terratenientes" en Aporrea.org [en línea].  7 jul 2008.  Págs.:  1 pantalla. - http://www.aporrea.org/tiburon/n116593.html. - (Consulta:  14 jun 2008).

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sábado 12 de julio de 2008

Chávez, un animal político

Imagen tomada de Saque de Esquina A no dudar Hugo Chávez se ha convertido en un habilidoso político de la supervivencia, tomando  "supervivencia" en el sentido positivo de lo que se esfuerza por prevalecer y prosperar, y alejándonos de la semántica que coloca su significado en el plano de las cosas que desaparecen o que ya son marginales.  No es igual afirmar que sobrevive la gacela como especie en virtud de los numerosos ejemplares que hay hoy en día en África a decir que también sobrevive el jaguar aquí en América en virtud de los 2000 ejemplares que apenas quedan todavía.  Uno es un concepto de supervivencia y abundancia, y el otro, de mengua, de uñas que todavía rasguñan el velo de la vida.

El Hugo Chávez habilidoso en supervivencia, cual explorador de montañas políticas, no es ese concepto en fuga de lo que aún queda, lejos de imaginarlo así −a propósito− en esta América Latina de los cambios, con tierra fértil para revoluciones hoy en día; es ese animal político que, aun sabiéndose próspero en su hábitat natural, en el alma popular de las voces americanas, lucha no para no menguar, sino para multiplicarse y no perder vigencia, efectividad, poder de influencia, capacidad de respuesta, arrastre...  Pegada política o punch, en su voz inglesa.

Así lo ha demostrado con sus últimas movidas sobre el tablero, piezas políticas mejor denominadas como "del desconcierto".  No es pequeña la responsabilidad de un líder que encarna la esperanza de un gran sector de los desposeídos de la Tierra y la de los de algún modo viudos ideológicos de la izquierda, derrumbada  en su formato tradicional y doctrinario de hacer política.  Tampoco es pequeño su papel en el concierto de las naciones suramericanas de hoy, siglo XXI, que buscan ensamblarse en un formato de poder mancomunado.  El tamaño del compromiso obliga, no a la concesión de espacios para con el enemigo, como muchos han criticado por allí, sino a la conservación de la preponderancia específica política de "poder hacer".

Y en ese altar no puede escatimarse la quema de los más diversos recursos que apunten al concepto de la supervivencia política progresiva, contante y sonante, como se suele hablar en los mercados, buscándose en lo posible mantener los toques de actualidad y pertinencia.  En modo alguno se habla de hegemonías, un estadio más allá de la pervivencia, porque semejante concepto pertenece a la categoría histórica de lo neoliberal combatido por los espíritus curtidos en las ideas de corte socialista.  Nadie busca evolucionar hacia lo sobradamente conocido como plaga política y económica del mundo.  Contrario a ideas hegemonizantes, se busca más bien un consenso, un contrato más humanista y humanizante, una concordia política entre las naciones que aproveche el suelo político arrasado por las ideologías funestas mercantilistas del siglo XX para construir un futuro de salvación.  En tal sentido, el llamado "socialismo del siglo XXI" funge como el ave fénix de los países asolados por las pestes del neoliberalismo mundial.

Para tan ingente tarea de construir sobre ruinas una nueva geometría de poder político, nada peor que aferrarse a radicalidades, como parecen recomendar los fundamentalistas de la izquierda política, aferrados al viejo modelo en derrota del siglo XX, no tanto en términos ideológicos como sí en los términos prácticos del ejercicio del poder.  Es mutatis mutandi como cualquier especie se perfecciona y sobrevive −que de supervivencia hablamos−, corrigiéndose sobre su marcha histórica.  De otro modo, no aprendiendo del pasado genético o no ejerciendo la memoria histórica, no se puede hablar de una criatura inteligente, de un hombre, o de un animal político, sino de otra especie o cosa.

El fundamentalismo rinde culto a lo disecado y, por extensión, lo  muerto.  La flexibilización, sobre la base de un eje fundamental, que eche mano del espectro de las argucias políticas al alcance a objeto de prevalecer, sostenidamente, es una actitud más cónsona con la naturaleza inteligente de ese bípedo erecto que se desplaza sobre la corteza terrestre.  Aquí nadie propone vender ni conceder nada.  Se trata de no repetir la lamentable historia del "fin de las ideologías", de traumático recuerdo para muchos.  Un Chávez muerto, sitiado o bloqueado, no le rinde servicios a nadie, siendo, para peor, lo que aspira el enemigo.  Para poder seguir rindiéndole frutos a la revolución de los pueblos en el mundo se precisa estar vivo, política y hasta biológicamente.  Este caminar sólo pide cerebro y que no se pierda el alma en sus pasos.

¿O es que acaso el arte de la política, en su gran extensión discursiva o dialéctica, contante y cultivante de un gran bagaje cognitivo sobre aspectos humanos, y en su dimensión técnica de conservación del poder,  es una disciplina exclusivamente abierta a plenitud a los políticos de la derecha?  ¿No puede un político de la izquierda, por aquello de la religión doctrinaria, echar mano de recursos que aplicados sobre la psique colectiva le asegure un crédito político, aclarándose siempre que no traicione el contenido de la idea como sí explote la posibilidad flexible de la forma?  ¿No puede un político de la izquierda aventurar una frase ambigua de gran poder político  que le permita, por ejemplo, ganar tiempo ante determinada coyuntura en su país porque dentro de las filas de la religión partidista los cancerberos ideológicos se "ponen bravos"? 

No se puede así, limitadamente, ejercer la política tradicional, siéndose de una izquierda delicada pero moviéndose sobre el plano paradigmático establecido por la derecha política, bastante hosco por cierto.  No de otro modo se puede combatir a plenitud al enemigo político, que no escatima argumentos de propio cuño para el ataque:   con sus propias herramientas y discursos.  ¿No es Hugo Chávez, por ventura, resultado de una lucha política establecida contra la derecha artera tradicional, en cuya escenificación utilizó los formatos y dialéctica política propios del sistema para vencer?  ¿No ganó Chávez su estatus a punta de elecciones, siguiendo el esquema ese del fementido discurso político contemporáneo que las privilegia como la esencia "democrática" de las sociedades civilizadas del mundo?  Si vamos al caso, la "democracia" en el mundo occidental es una farsa, donde el concepto "pueblo" es una idea que supuestamente está representada por sus líderes elegidos; contra ello, en primer término, un alma castiza y religiosa tendría que estar en desacuerdo, con todo lo que ello tenga de invitación para tomar el poder por otras vías.

Pero no, el presidente venezolano se sometió al formato, como el viejo Allende, siendo en tal sentido su descendiente político, aunque más favorecido precisamente por conocer la historia del pionero.   Vencedores de enemigos con sus propias armas y recursos, como dios manda para prevalecerr en la guerra.  Sabedor del inevitable contraataque de la derecha política, a diferencia de Allende, Hugo Chávez apertrechó ideológicamente a su pueblo para el combate y la resistencia.  Lo dotó de un arma ideológica. Tal es una verdad de aquí a Pekín, como se dice, que lanza al intelecto a preguntarle a los radicales viudos del siglo XX lo siguiente:  ¿es que acaso queremos repetir la historia del Chile de Allende, con su emblema de inmolación y rigidez política?   En este sentido Chile no es diferente a Venezuela:  ello es lo que busca el enemigo, y recibe ayuda desde adentro, desde las filas mismas de la revolución.

Si de lo que se trata es de enclavar un nuevo modo de pensar y vivir, a saber, bajo el humanista esquema del socialismo −por mencionar la punta−, no se puede perder de vista que el contexto actual de las naciones se ubica en el plano ideológico y cultural propio del enemigo a vencer, debiéndose por fuerza sujetarse a la convención.  No hay otra vuelta; las armas "jamás vistas" del futuro esplendoroso habrán de llegar vía al trabajo de una educación progresiva sobre las masas.  Los paradigmas, los estigmas, difícilmente cambian repentinamente con métodos de fuerza o con inmaduras utilerías utópicas.  La historia está allí con sus emblemas para quien quiera beberla.

Por ello no puede extrañar ni puede ser reprensible que el jefe de Estado venezolano eche mano de los recursos técnicos que le brinda el arte político para sobreponerse a eventualidades adversas, sin que necesariamente abandone la matriz ideológica que lo alumbró.  Como todo político en el aspecto formal y en aras del combate o la supervivencia política, tiene derecho al recurso del impacto, de la confusión, de la ambigüedad, de la sorpresa o de lo que sea que apuntale su posición señera en el entramado político coyuntural que aspira a un "nuevo orden" para la América Latina, orden no tan nuevo por lo que tiene de bolivariano e integracionista en su gesta.  ¿O no lo tiene, debiendo fenecer como el soñador idealizado de idealizados mundos, entregándole el completo bastón de mando a quienes no tienen reparos en asumir la política como un campo de combate de la "tecnología" de las masas?

Y ya lo vimos desde el capítulo estremecedor del 2D de 2007, cuando la derrota de la Reforma Constitucional.  El Hugo Chávez que se erigió como nuevo en la lid política no vino a cuento porque en algún momento cediera en sus presupuestos ideológicos, sino porque empezara a echar mano de artilugios desconcertantes para el enemigo en el plano de las estrategias políticas, el primero de ellos el manso y civil reconocimiento de la derrota reformista, hecho que, como se vio, para nada pareció tener semejante carga peyorativa, dado que desargumentó la matriz de opinión que propalaba a nivel mundial que Hugo Chávez era un tirano en Venezuela.  Y, como ya se sabe, los tiranos no aceptan ni derrotas ni reconocen resultados electorales.

Semejante fase del desconcierto, magnífica desde su accidental inicio, dio pie con bola en el sucesivo acaecer político del país, cultivando sonados triunfos en aspectos internos que incorporan a la oposición, como la retroacción del famoso currículo educativo, la cuestionada Ley del Sistema Nacional de Inteligencia y Contrainteligencia, y la reunión con los empresarios (junio 2.008), a quienes urgió unirse en una "gran alianza nacional productiva", naturalmente, aclarándoles antes que la "vía venezolana es por el socialismo", pero bajando el tono de la radicalidad, conversando, manteniéndose políticamente a flote, desconcertando, sin abandonar el discurso contra el libre mercado, tratando de sumar alguna voluntad allí donde palpita el corazón del oposicionismo venezolano.

Por supuesto, como ocurrió con el 2D, el efecto político fue paralizante, a más de desconcertante.  El Chávez político levantó reacciones encendidas hasta dentro de las filas propias, teniendo un efecto desarticulador sobre la oposición venezolana, más específicamente desargumentador.  El capítulo de currículo educativo y la mencionada ley dejaron frías en las calles las marchas y protestas proyectadas para sumir en el caos a la ciudadanía venezolana.  El asunto con el empresariado suscitó el encono y la incomprensión de algunos sectores laborales, quienes conceptualizan al patronazgo como enemigo.   "Al enemigo ni agua", fue el lema enarbolado para formularle su desacuerdo, críticas que en modo alguno conciben que se pueda conversar con el factor adverso, mucho menos creerse eso de que pueda albergar una conciencia socialista, como es la invitación del presidente.  El agua y el aceite no comulgan, según conceptualización tradicional.

Pero el punto maestro de la nueva faceta chavista, replicada sobre la experiencia del éxito interno, ha sido su implementación en el plano de la política internacional, concretamente en lo que atañe a la relación con Colombia.  Fue fulminante para el mundo político opositor, cuyas campañas de satanización mediática se basan en la racionalidad ideológica, oír de labios de Chávez que probablemente la lucha armada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sea un hecho obsoleto.  No digamos nada de la actual reunión del mandatario con el presidente colombiano, Álvaro Uribe, cuya presencia es protestada en Venezuela por sectores de la sociedad civil.  Sencillamente pasmante, con efecto desarticulador en las políticas de ataque opositor.  ¿No es, pues, Chávez el tirano al que hay que atacar por andar prometiéndole el infierno comunista a los latinoamericanos?

Y mientras el mundo opositor se recupera del desdibujamiento de la imagen con que alimentan sus ataques, y mientras reagrupan sus nuevos cañones de ataque hacia lo que imaginan es el real talón de Aquiles chavista, el hábil político gana el tiempo requerido para el examen de sus fuerzas y la concepción de flamantes y poderosos artilugios de combate político a futuro.  Nadie puede negar que el presidente venezolano haya logrado desmontar con su maña el argumento mediático de que es un coadyuvante terrorista y amparador del narcotráfico, en momentos en que los EEUU activa la IV Flota de la Armada y la pone a circular alrededor del continente.  Todo el empuje argumental del enemigo, con amenazas de guerras entre hermanos, sino de inminencias intervencionistas, de pronto se ve tirado por los suelos, situación a la que no se habría arribado jamás −por cierto− de persistirse en el empeño severo que recomiendan los radicales de siempre.

Que el enemigo se desconcierte por obra y arte del maquinar político, y en el intervalo del pestañeo se opte por huir o atacar, no merece encarnar ninguna crítica política, más si quién acomete la acción no ha dado pruebas fehacientes de ninguna traición o reblandecimiento fundamental.  No es patrimonio particular de ciertas tendencias políticas aprovecharse permisivamente del humano legado de la ciencia y el arte.  Todo lo contrario, el conocimiento del hombre, la psicología de las masas, el arte político, es un patrimonio universal presente en la despensa de cualquier mortal, para la batalla dialéctica, para la reflexión, para quien, en apoderamiento de él, procure avanzar sus propuestas.

Que el obrar chavista como técnica política confunda, sorprenda, gane tiempo, reagrupe o suavice asperezas, sin que la propuesta bolivariana pierda su perspectiva integracionista y socializante, incluso en circunstancias de arremetida internacional, tiene todos los visos de una bendición del cielo, en vez de ser un motivo de preocupación en boca y pluma de los cancerberos ideológicos de antaño y siempre, prestos para la recomendación de rígidas recetas de la derrota, según experiencias históricas.  Comprender que la tríada hombre-ideología-y-tiempo constituye un sencillo insight de aplicación fundamental, probablemente no entre dentro de los duros cálculos de su intelectualidad ideológica. Para ellos, va el saludo de los tiempos que pasan…, con todo el respeto que merecen las mentalidades que honestamente sostienen sus puntos de vistas.

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martes 8 de julio de 2008

La mariposa de Ingrid

Imagen tomada de Quimaera La derecha política está de fiesta.  Tanto en Bogotá como en París, amén de Washington, se celebra el acaecer político conveniente del mundo, así se trate del aparentemente insignificante vuelo de una mariposa, por aquello de las connotaciones simbólicas, cuando no científicas.  Su alta cultura le asegura que en el ámbito de la política el mínimo aleteo de semejante insecto podría tener repercusiones devastadoras, de vida o muerte, para aludir con ello la magnitud de las vivencias y para a la vez utilizar un lenguaje cónsono con las exageraciones, como de suyo suele ser toda ella en sus expresiones.  Así parece de frágil el mundo de las ideas a veces cuando importa tanto ensalzar su apariencia, como si con ello se conjurara cualquier fortaleza de la competencia, de las ideas contrarias, ideológicas en este caso.

Tal ha ocurrido con la mariposa de Ingrid Betancourt, recientemente liberada en confusas circunstancias, ni siquiera aclaradas por ella misma.  La derecha política mundial, con su característica parafernalia comunicacional, se ha lanzado al ruedo mediático a opacar lo que inconvenientemente pueda brillar y a lustrar lo que también inconvenientemente se pueda opacar, como si se viviera en el mundo de la Guerra Fría de las Ideas, y como si no se creyera ella misma −la derecha política− su enaltecida tesis del "fin de la historia", que muy presuntuosamente proclamara con el declinar ideológico del comunismo internacional.  ¿A qué tanto se le teme para mentir o realzar tanto −vale preguntar?

Lo cierto del caso es que le preocupa enormemente que se establezca como hecho cierto la matriz de opinión de que Hugo Chávez y el filón bolivariano nada tuvieron que ver con el éxito de la operación de rescate, con tal apasionamiento −se dirá−, que más que el rescate mismo, lo que parece realmente importante es dejar sentado quién se lleva las condecoraciones y quién, por el contrario, se enloda con la victoria ajena.  Como si el nuevo enemigo ideológico a vencer fuese el bolivarianismo, la nueva forja de trabajo para la justicia popular, temible formato sustituto de tanto muerto y de tanto error en la forja de la izquierda política (al menos regionalmente).  Grande es el sueño de tantos de que jamás hubiera existido un hombre como Simón Bolívar, temerario idealista, una de cuyas virtudes fue soñar casi sin saber que estaba despierto, derramado en la realidad.   Su doctrina es la de la activa unidad, la de la acción y la idea.  Grande también es el sueño de que jamás hubiera existido el otro gran dolor de la derecha política, Carlos Marx, sin contar todavía aquellos particulares héroes de los pueblos que van surgiendo a la palestra pública según tropiece o no con ellos el neoliberalismo mundial en su afán impositor de modelo único.

O en su defecto, quizás se sueñe algún día con que el hombre pierda su histórica memoria con el propósito de allanar el camino hacia la primacía ideológica, donde se viva un mundo paradigmático −sin derecho a pataleos−, donde natural luzca la esclavitud humana, la plutocracia y el monárquico o imperial ejercicio del poder a escala mundial en manos de unos pocos.  Aunque...  ¿quién dice que ello no ocurra en los actuales momentos, con la transculturación, el poder mediático y el lavado de tanto cerebro?  La realidad es que se viven esfuerzos hegemónicos de aniquilación de las ideas contrarias, marchando la extrema derecha hacia su final utopía.  Ello explica por qué los campos de batallas ya no son las montañas ni las llanuras, sino el cerebro humano, la psicología de las masas, la capacidad de ficción −sustituta de la realidad− de tanta corporación mediática del mundo sobre los pobres mortales.

Y por ello también se comprende que con el caso de Ingrid apenas importe un comino su estampa, apenas lo que diga, sumida como está en el temblor mediático infligido a la población mundial con la noticia.  Importa dejar sentado que ganó la derecha, que lo hizo Uribe, Sarkozy, el gobierno de los EEUU, la Comunidad Económica Europea, el G-8 y su canal de noticias CNN; en contraposición a Chávez, las FARC, China o Rusia, UNASUR, el Grupo de Países No Alineados y el canal de noticias Telesur.  Es irrelevante descubrir ahora que la liberada no padeció jamás hepatitis o leishmaniasis estando en cautiverio, a menos que se quiera presentar como una argucia mediática de la derecha política para vencer en esta batalla de las ideas.

Tan poco importa lo que diga la mariposa que, aun reconociendo ante los micrófonos que Hugo Chávez es un factor de influencia entre las filas de la guerrilla, en un sentido moral e ideológico, no tenga el entrevistador (también ideológico) oídos más que para escuchar que el presidente venezolano es su jefe y estratega.   Sumar a este contexto lo que presuntamente evidencia la computadora de Raúl Reyes es un acto de espontánea pericia periodística.  Se ha visto ya tanta declaración del hermoso lepidóptero en este sentido, amagando con sincerarse a veces, que no sorprende que el periodista mismo le entierre el micrófono en la boca con el propósito de dejarla sólo expresar lo que es conveniente escuchar.  A veces parece sentirse en el ambiente la amenaza de sacar a la luz pública, a modo de reconvención para con la entrevistada por parte del periodista, que su liberación costó unos $20 millones, siendo obligado responder a condición de pieza adquirida comercial, no distando de ello  −a propósito- su obsesiva declaración de que Uribe es el padre de la patria colombiana en la época presente.  O casi.

De forma que la fiesta de la derecha política mundial es que nada tenga que deberle a uno de sus contrapartes ideológicos en el mundo:  el bolivarianismo.  Significativo es el hecho que lo primero que haya tenido que hacer Ingrid Betancourt es viajar a París para agradecer desde allí al mundo su liberación en vez de hacerlo desde Caracas.  "¡Terror en las filas!" −podría haberse llamado la película, burdamente disimulada en su contenido por el poder mediático−.  Grande es el alivio de tanto jefe de Estado del mundo globalizado de no tener que enviar felicitaciones al jefe del Estado venezolano, dada la eventualidad.  Gana Sarkozy −que paradigmáticamente es George W. Bush, la comunidad de naciones europeas y factor de soporte de la derecha mundial, a fin de cuentas− porque capitaliza la condición de la otra nacionalidad de la liberada, pudiéndose a futuro afirmar, dado el hecho de que Ingrid ganase las elecciones en Colombia, que un francés gobierna en el país suramericano, como ya ocurrió con un supuesto japonés en Perú y como ha ocurrido con tanto extranjero europeo disimulado en América Latina.  Déjese sin palabras lo que de puerta tendría en América Latina para el hacer de la vertiente ideológica de raíz europea.

..."lo que resta es una guerra cerrada contra la insurgencia como vía para significar un debilitamiento de la izquierda en general en el mundo, teniendo como norte los esfuerzos de integración en curso en el continente suramericano.  Poco habrá de importar el resto de los cautivos, más allá del empapelado discurso de los derechos humanos."

Que la memoria no falle a la hora de recordar la opinión devastadora de presidente francés en cuanto a lo referido a la guerra contra Irak y la probable contra Irán, además de su pasada y conocida actitud frente a las protestas de los hijos de inmigrantes en Francia, a quienes ofreció "limpiar a manguerazos", como debe hacerse con la "basura social".

En contrapartida, el papel de presidente venezolano, como también el del ecuatoriano, es minimizado hasta la satanización mediática.  Tanto así que, si alguna vez incidió de algún modo positivo en la felicidad de las liberaciones, fue por obra y arte de la derecha política que lo utilizó sumiéndolo en el engaño.  Quede del capítulo para Hugo Chávez los restos sospechosos de un bombardeo en Ecuador o la sospecha implícita en la admiración de carácter ideológico que le pueda dispensar un guerrillero de las FARC, incluso a pesar de sus recientes declaraciones de que el movimiento subversivo podría ser obsoleto.  La misma Ingrid Betancourt, incapaz de esbozar una declaración concreta en el sentido de los justos reconocimientos, se presta −esto sí− para seguir el juego para el cual parece fue amaestrada, por no ofender con insinuaciones de compra-venta:  sin cortapisas declara que Hugo Chávez, dada su ascendencia moral sobre la guerrilla, puede jugar un papel importante en futuras liberaciones (siendo un alivio que no lo haya hecho en la propia. Falta no más decirlo).

De ello no hay duda.  Es claro que la primera persona en alegrarse de que el presidente de Venezuela no tuviera que ver en su rescate es la misma Ingrid Betancourt, y no porque hoy declare que un personaje como Uribe es providencial y deba seguir en el poder, llevándole la contraria a la gesta integracionista bolivariana, sino por condición y convicción propia.  La ex candidata presidencial es oro de ese filón fermentado del mantuanismo poderoso de la sociedad colombiana, educada en la escuela ideológica de la diferencia clasista y a la sombra de la ubre golpista (nutritiva al fin) del gobierno de Rojas Pinilla, donde su padre ejerció de ministro.

Tranquilamente declara la liberada lo que le ponen a declarar por pagar favores, pero que también suena como dulce música a sus oídos:  la derecha triunfante, un Sarkozy risueño, un gobierno de los EEUU con crédito en el asunto, la promesa de una colombo-francesa en la presidencia, la misma línea de guerra de siempre contra la insurgencia, aunque sea esta expresión de problemas sociales y hambrunas en Colombia.  Su único impedimento en celebrar a Uribe completamente y pedirlo para un tercer período presidencial es que pueda opacar la aspiración propia de llegar a la presidencia, la cual mantiene intacta desde el momento en que la secuestraran junto a Clara Rojas.  Por lo demás, mientras tanto, es un lucimiento dialéctico para un porte de inteligencia como el de ella declarar felizmente que es una mujer proclive a las ideas de la izquierda, condolida con las miserias de los pobres de la tierra, sin embargo también incapaz esbozar un pensamiento solidario con los factores protagónicos que hoy en día operan cambios en la América Latina. La hija de Colombia, casi una hija de Gaitán, en su versión ideológica retocada.

A Ingrid Betancourt, después de su liberación, se le perdió el aviso de su alta cultura, que hoy juega con las palabras cuando critica a Uribe por aplicar la violencia para resolver los problemas sociales, en vez de resolver los problemas sociales y el hambre para acabar con la violencia, como dice haría ella.   Semejante dote de inteligencia, en su grado íntimo de sutileza, pareció perder de vista el asunto del aleteo de la mariposa como capaz de generar cambios en la corteza terrestre política, por más humilde que sea la especie a la que se pertenezca.  ¿Será que, por desventura, imagina ella que como cautiva valía más que los otros que quedaron en la selva, ridículas crisálidas con altos sueños de libertad?  ¿O que por definición ideológica vale más que los alzados en armas presos en las cárceles del gobierno colombiano?  ¿O que ella era la mariposa final, o reina, fementido retrato que le ha enristrado la derecha política mundial?  La farsa mediática frecuentemente suele enarbolar la estupidez como banderas cumbre del pensamiento humano.

Y como quiera que la derecha se hizo como quiso de su mayor bien cautivo (la Ingrid Betancourt francesa y los tres norteamericanos:  lo mejor de lo mejor), este artículo no puede evitar finalizar lapidario:   lo que resta es una guerra cerrada contra la insurgencia como vía para significar un debilitamiento de la izquierda en general en el mundo, teniendo como norte los esfuerzos de integración en curso en el continente suramericano.  Poco habrá de importar el resto de los cautivos, más allá del empapelado discurso de los derechos humanos.   Una vez rescatada la mariposa, mutada ahora en soldado, como ella misma dijera, importa poco el efecto ese de los aleteos.  La determinación de que no existen más cautivos en las selvas colombianas es un condicionante necesario para imponer con soltura una matriz de guerra con específico sesgo ideológico.   O lo que es lo mismo:  el efecto mariposa, en su plano simbólico-connotativo, se ha consumado, operando el cambio esperado para la derecha política. Lo demás son larvas o presunciones de vida. 

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viernes 4 de julio de 2008

Del sentimiento trágico de Colombia

Imagen tomada de El Espectador.com (Bogotá) No hay que llamarse a engaños.  El gobierno colombiano, a fuer de implementar planes de supervivencia y combate procedentes de otros países que le brindan su apoyo, ha terminado siendo esos "otros países", menos un gobierno propio.  Eso lo sabemos de "cajón", prototípicamente, se dirá, si evocamos el pasado guabinoso de ese país desde la época misma de la Independencia, donde vimos a su prócer, Francisco de Paula Santander, hacer una y mil piruetas para quebrar la causa bolivariana, buscando apoyo extranjero para imponer una tesis interesadamente personalista, coqueteando desde el mismo génesis republicano con los factores de la injerencia imperial.

Cuando El Libertador lo detiene en una de sus andanzas magnicidas y lo expatria en vez de fusilarlo −dada la posibilidad de hacerlo−, salvaguardó en el exilio una semilla contrarrevolucionaria que habría de volver posteriormente a hacer las cosas a su manera en Colombia, mandando a los mil demonios la gesta emancipadora, permeándose desde entonces al interés extranjero como vía facilitada para el logro de particulares empresas.  Muerto Bolívar, sumido en la mayor miseria, triunfaba Santander, sumido en medio de ingentes riquezas, incontabilizadas propiedades terrenas e inmobiliarias que forjaron el formato del poderío oligárquico en el país, tan fresquito hoy en Colombia como entonces, con estamentos cuasi colonialistas y demás.

Santander sobrevive hoy en Colombia, y todo esfuerzo que prepondere el interés particular sobre el colectivo, específicamente en su afán de apoyo exterior, en modo alguno debe sorprender a la conciencia bolivariana, debiendo más bien certificarla sobre la convicción de que actúa por histórica condición y naturaleza.  Su gesta (hoy más nunca mantuana) es la deconstrucción ideológica, más precisamente la bolivariana, doctrina que, a fin de cuentas, en sus ingredientes de justicia social, es el tradicional enemigo del singular modo de ejercer el poder político y económico en el país.   Su reacción natural (hablo del país- casta), como ser viviente al fin, es procurar la supervivencia, como sólo sabe hacerlo históricamente, como lo enseñara el mismo Santander, con golpes trapaceros que no tendrían en nada que envidiarle a un áspid.  Decía Maquiavelo que los hombres atacan u "ofenden por miedo o por odio", y el dicho en su parte final se nos presenta como una disyuntiva de escogencia sustantiva.

Ciertamente Santander fue partícipe de la gesta independentista y moral revolucionaria, pero esencialmente fue un disidente, un hombre de indesprendible abolengo y un soldado peligrosamente humillado en su honor personal por su misma tropa.  El capítulo de los soldados no aceptando su jefatura por preferir al lego campesino de José Antonio Páez, amén de no alcanzar jamás la estatura moral de autoridad de Simón Bolívar, construida en el desprendimiento y el idealismo, es una significativa ocasión para disertar sobre dos rasgos temibles de la personalidad humana:  resentimiento y revanchismo.

Y eso es Colombia hoy día, en su componente de castas económicas y políticas, soltándolo así, simplemente, sin el tonto prejuicio de ofender dignidad o gentilicio algunos, refiriéndonos a aquellos que se sujetan centenariamente al poder sin haberse abierto jamás a ninguna revolución que le permita a las mayorías participar de las riquezas de su patria.  El pueblo es el de siempre, el soldado que participó con su sangre en la gesta heroica de fundar una república para que dos o tres pelagatos lo esclavicen después.  ¿Quién carrizos dice que Santander es la dignidad de un país que se hizo república en la vorágine libertaria bolivariana y que hoy se erige, por condición mantuana, en el gran deconstructor continental  de las causas integracionistas que beben en el ideal romántico y poderoso de la ilustración y de la justicia social?

Porque, a más de decir tantas cosas, es el país y su dirigencia un preparado caldo de cultivo para implosionar ese germen de bolivarianismo que se quedó flotando entre los latinoamericanos, arteramente atacado desde su directriz exterior sobre la base del discurso de la democracia y la institucionalidad.  Tal es la careta que hace providencial la advertencia de Bolívar sobre los EEUU y su advenimiento para plagar de costras a América Latina en nombre de la libertad.  El apoyo de la comunidad internacional es reclamado para Colombia desde esta alevosa vertiente de las suicidas ideas antirrepublicanas, jueguito que tiene sin cuidado a las irresponsables dirigencias del país, que se saben descritas en la obra de Maquiavelo cuando se sienten aludidas como el objeto de la expresión “dividir para gobernar”.

De manera que, por lo dicho, en su sentido de urgencia, Colombia es el país de América Latina más precisado de una revolución.  Su existencia presente, en su formato mantuanesco y vilipendiante de valores históricos, es una real amenaza para las repúblicas independientes de América Latina, donde el trasiego diario es la existencia digna y soberana en contraposición a los intereses neocoloniales de las potencias extranjeras.  Desesperadamente urge un cambio de paradigma, un estremecimiento de la conciencia nacional, que reedite en lo posible el sentimiento gaitanista de encarnar el amor de pueblo que se dispone a luchar por si mismo.  Y vayan estas palabras para justificar un movimiento guerrillero en Colombia en tanto son una inicial recabación del sentimiento gaitanista, pero vaya también la crítica en lo que concierne a dejar envejecer la lucha en el monofundamentalismo táctico, cayendo en el ostracismo y perdiendo terreno en el afecto popular.  Las guerras de hoy son de información y de combate psicológico.

"Simplemente Colombia es EEUU, Europa o cualquier otra procedencia que se preste a financiar y sostener a los patricios en el poder a contrapelo de las amenazas típicamente bolivarianas de integración, soberanía y justicia social"

Del mismo modo que se amerita sacar los restos del divisor José Antonio Páez del Panteón Nacional en Venezuela, un tanto igual se precisaría para Colombia con Santander.  Porque, desde el punto de vista de la supervivencia, no puede ser permisible un país que ya inicio la fase de atacar militarmente los espacios de otros, sus vecinos, del mismo modo que los hace Israel en el Medio Oriente, salvaguardando el interés geoestratégico propio y de otros cataduras, específicamente imperiales.  Suficientes pruebas ha tenido que dar el país desde antiguo para que en la hora presente, que luce como de conflagración inevitable, hayan tenido los demás que conceptuarlo como "amenaza".  En la hora presente lucen como detalles que en el pasado se alineara con los extranjeros en vez de hacerlo con los paisanos (Guerra de Las Malvinas) y que desde siempre tres países dominen su economía nacional:  Inglaterra, España y EEUU.

Simplemente Colombia es EEUU, Europa o cualquier otra procedencia que se preste a financiar y sostener a los patricios en el poder a contrapelo de las amenazas típicamente bolivarianas de integración, soberanía y justicia social.  Y todo a cambio de la venta de los valores ideológicos fundacionales de nuestras repúblicas, nombre que parece aceptar con gran reconcomio hacia la Historia, que así lo dispuso, de modo malogrado, a juzgar por lo dicho, pudiendo muy bien haberse quedado en su forma original de Capitanía General de España o, en su defecto, para los tiempos contemporáneos, pudiendo haber adoptado después la condición de país asociado a los EEUU, como Puerto Rico.  De modo que es comprensible que Bolívar, incluso en su forma espectral, coloque en fuga a tanto agente imperial en Colombia.

Sencillo de sencillez:  si ambos países -Colombia y EEUU- medran de un vigoroso conflicto, peor aun con la perspectiva de desbordarlo hacia la pesca de río revuelto continental, ninguno podrá tener el interés de pacificar nada.  Ipso facto perderían, uno debiendo flexibilizar la severidad explotadora para con el pueblo, otro viéndose en la derrota de no poder intervenir "oficialmente" en Suramérica.  Como en toda guerra esclavista y secesionista, respectivamente, hay intereses políticos y económicos que impiden la conciliación, negándola de plano.

Y por ello mismo, en el contexto del capítulo "Ingrid Betancourt liberada" (por comentar el tema en boga), jamás será creíble la tesis de que ocurrió como consecuencia de negociaciones entre partes beligerantes enfrentadas, porque ello le daría crédito de fuerza a una de las partes; así como tampoco jamás será presentada a la opinión pública la tesis de que ocurrió a cambió de nada, porque colmaría de humanidad a una de las partes que se procura satanizar a cualquier precio.  Lo que se impone es declarar que su liberación fue un rescate de corte militar, porque ello alimenta la vena procurada de la guerra.  No está en el sentido histórico de la supervivencia de las oligarquías (ni de los EEUU)  declarar que la guerrilla está hasta tal punto debilitada que es inminente un proceso de paz en el país. Nada más contraproducente, más allá de la retórica de las declaraciones oficiales que presenta a un ejército ganando la contienda.  Rescatada o liberada, pagada o birlada en un operativo de inteligencia, es irrelevante para la paz en Colombia.  Las FARC, por su parte, tampoco declararán que cobraron rescate por un ser humano...  Y si fuera el caso de que estuviesen debilitadas, téngase la seguridad de que serían "ayudadas" prestamente por los "perros de la guerra", cuando no por los mismos gobiernos de Colombia y EEUU, los principales interesados.

En fin, la reedición bolivariana y santandereana (Chávez y Uribe, respectivamente, y salvando las proporciones) de las luchas independentistas y sus dramas internos de traición, entreguismo o insoburdinación (Santander, Piar), es indicio de que la guerra no ha terminado y de que a nuestros países se les concedió la gracia nomás discursiva de existir como repúblicas libres, a modo y efecto placebo, por decirlo de algún modo.  La lucha ha de proseguir a pesar de algunas renuencias internas, como en el pasado, teniendo como norte la unidad continental y el develamiento de los nuevos formatos del poder colonial.

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miércoles 2 de julio de 2008

De los inmigrantes o extranjeros y el ejercicio del poder en América Latina

Con motivo de una reflexión sobre los hechos de abril de 2002 y sobre la Venezuela de la última década, de cambios revolucionarios, dejé correr con nervio una reflexión sobre los porqués de la actitud enajenada de tantos venezolanos, amante de lo alienígena y despectiva de lo propio.  Sobre todo de tanto venezolano opositor, que vio con la llegada de Hugo Chávez al poder −morenito él y poco académico, en el sentido convencional− una suerte de retroceso en la escala evolutiva de la cultura occidental.  Se aspiraba a una Europa o a unos EEUU, donde quienes mandan encarnan el ideal de la blancura progresista, otrora conquistadora e imperial y hoy arrellanada sobre un “alto nivel” de vida y comodidad.  De hecho, si de asegurar el pan se tratase, como entienden muchos el progreso, las dos terceras partes de sus habitantes padecen de obesidad, seguramente un  daño colateral de la superlativa felicidad.

No hablemos del caso Obama en los EEUU, un negrito que hoy amenaza con hacerse del poder en los EEUU y mandar a los mil diablos tanto escrúpulo y tanta mente chapada en la exquisitez cultural.  El hecho que, como mesnadas políticas, tenga la derecha venezolana que obedecer sus lineamientos gringos en la dura tarea de salir del zambo que gobierna Venezuela, es ya bastante indicio de que sus convicciones elitescas son una estupidez, resabios de viejas épocas de gloria donde lo cortesano (en el sentido clasista) y señorial les colorea el recuerdo de sus ancestros.

No digamos tampoco que el pobre Obama, como cualquier presidente de los EEUU, es una triste figura delante del podio, a expensas de las ordenanzas del verdadero poder que se esconde tras bastidores.   Digamos que, por un lado, ello decepciona la cultivada aspiración de poder implícita en toda mente cortesana que juega metras cerca de su rey.  En su mente regurgita el estigma de que se es rey para gobernar y ser "señor de vidas", como siempre ha ocurrido en el pasado y como es esperable que ocurra en el presente, si se es portador de una alta cultura de clases y educación superuniversitaria, recibida en los mejores centros educativos del planeta.

Pero por otro lado les consuela saber que también como, aparentes cortesanos, pueden aprehender el poder (no todos pueden ser rey), manteniendo en sujeción el sistema, como una mente sobre un tablero de ajedrez, utilizando hombres a modo de jugadas políticas o económicas, y como es la realidad del poder hoy en día.  Ello trae a colación un ejemplo más tropical y muy al pelo, por cierto:  Álvaro Uribe Vélez, el presidente de Colombia, una figura del sistema “de poder” muy a su pesar, así como se apresta ser Barack Obama.  Por más que el culto abogado se antoje de ejercer su poder en el reino de la presidencia, apoyado por su cohorte paramilitarista, nunca excede los esquemas que la oxidada oligarquía le impone.  Y ello es frustrante para el pequeño gran hombre, quien se duele de no ser más poderoso que su ministro de la defensa o de no reunir méritos de clase para ser aceptado en los lugares donde pisa el poder económico.  Su presidencia es un ejemplo de cómo un cortesano que quiere ser rey brega por abolir el esquema y los sentimientos cultivados por él mismo.  Su nombre es resentimiento y revancha.

Pero volviendo al punto inicial, con la disculpa de ustedes ante la digresión (que no es tal), digo que buscaba explicarme por qué el venezolano opositor le da la espalda a una propuesta política de nacionalismo y soberanía como la de Hugo Chávez, reprobada en cualquiera de sus aspectos, sea sobre el gentilicio histórico venezolano, sea sobre su política en favor de las clases populares, se trate de promover leyes que apuntalen el interés propio ante la inversión extranjera, háblese de integración en el plano continental o lo que sea.  Por ningún lado pasa la prueba, sitiado −se dirá− por tan implacables espíritus cultivados en la exquisitez de la historia y en el futuro de los progresos.

Ni una Venezuela miembro del MERCOSUR, ni un Consejo Suramericano de Defensa, ni la petición de uso de una moneda única latinoamericana, ni un parlamento suramericano, aunque sea a reflejo de Europa.  ¡Pardiez:  nada!  Nada que estreche lo que es familiar y común entre lo propio, sobre la misma tierra, y regule lo extranjero.  ¡Caramba! −hay que preguntar−:  ¿no son todos estos mecanismos,  al fin y al cabo, copia de lo extranjero amado, o de lo amado extranjero ensayado con éxito sobre otros espacios, dignos de su realce y promoción, si europeo mejor?  ¿No es MERCOSOR semilla naciente de una Comunidad Económica Europea pero para Latinoamérica?  ¿No es el Consejo de Defensa una suerte de OTAN latinoamericana?  ¿No es el Parlamento Andino un esfuerzo de Parlamento Europeo?  (Copia en cuanto a experimento exitoso, pero original en cuanto a concepto de integración bolivariana).

¡Caramba, no se entiende!  No se puede explicar cómo no cala lo que tanto opositoramente se ha amado:  EEUU, Europa, el "primer mundo" y sus mecanismos de progreso.  ¿No es en eso, pues, donde radica el germen de la inconformidad política con el modelo que proponen hoy los presidentes reformistas latinoamericanos?  ¿No es garantía ello de que no se viaja hacia un modelo político de otro mundo, sino hacia uno terrícola, harta y exitosamente ensayado en un sector del planeta, tanto mejor si occidental europeo?   ¡Caramba, no se entiende, ni se visualizan en el panorama más demostraciones sobre el aspecto ideológico que calme la intestinalidad de la derecha política de estos lados!  Que si Cuba, que si el comunismo, que si el socialismo, que si la URSS, que si China...  ¡Pamplinas −hay que exclamar−, cuando se propone implementar un mecanismo ensayado por su misma preferencia y condición política! (Por eso es que muchos exclaman, sarcásticamente, “¡Compadre, este comunismo nos está matando!” No hay tan descomunal montaña que una ceguera pueda ver).

Hay algo más de fondo, a no dudar, típicamente latinoamericano, y esto es el menosprecio propio, la cortesanía que se porta en los genes, importada allende el mar, desde la época de la Conquista y el cruce de culturas y sangre.  No hay otro modo de explicar por qué proponiéndose ser latinoamericanos (la relación hombre-tierra) se opte luego por menospreciar el gesto y exponer más bien que se sea como otros (la relación hombre-aire), seres más lejanos pero familiares históricos al fin, habitantes de otros espacios donde aún sobreviven vestigios monárquicos.  Simple y complejo a una vez:  el latinoamericano odia al indio que lleva por dentro y ama al europeo o extranjero que una vez fue.

Nosotros, los latinoamericanos, europeos, indios y negros a un tiempo, pero menos extranjeros finalmente, podríamos entrar al concurso de la locura proponiendo que se inhabilite para el ejercicio político a quien en una generación o dos sea hijo de inmigrantes.  No de otro modo se puede combatir tanto impulso de traición y venta en nuestros pueblos, con gente en el poder que añora el terruño que dejó su padre o madre en Italia, en Francia, Portugal o España.

No de otro modo se puede explicar que no se ame lo que se tiene y se muera por amar lo que ya no es suyo o se disipa en el tiempo.  Ni siquiera valen réplicas familiarizantes para el exigente gusto de un oligarca opositor chapado a la europea.  Un Hugo Chávez presidente es una abominación para la cultura militante de lo alienígena.  Sus propuestas, como las de cualquier otro presidente afecto a los cambios (y aunque sea blanquito él y aunque replique lo europeo), valen un carajo si al concretarse mandan al diablo los genes luminosos de la Madre Patria, por denominar de algún modo la "cultura superior" por la que tanto se suspira.   Y he aquí la perla lamentable:  la oposición política continental, la derecha política en su fundamento hasta ideológico (es monárquica, cortesana), se cree extranjera, mejor si europea.  Cualquier medida, aunque copie a lo amado, si lo saca del juego como instrumento de injerencia en cualquier sentido, no puede ser bienvenida en el espectro contrarrevolucionario suramericano.

Y un MERCOSUR, una OTAN suramericana o lo que sea, aunque imite o no la decoración de sus altares amados en la distancia, saca las manos del juego de las potencias europeas en América Latina y las coloca en el lugar debido del trato y el comercio equitativo o simétrico.  ¿Hacer molestar al presidente norteamericano o a algún rey europeo?  Es de lo último.  Ya lo hizo Simón Bolívar en tiempo pasado, mantuano él de pura cepa, y, según soplan los vientos, lo sigue haciendo hoy, erigiéndose en el gran responsable histórico de esta barahúnda de cambios en el continente.   Por ello digo que ser opositor hoy en América Latina (contrario al cambio y a lo propio), o ser militante de la derecha política, es una forma aflorante del espíritu humano de ser vasallo o cortesano, recordatoria de otras épocas. Intrínsecamente, más allá del interés material económico:  un asunto de herencia cultural.  Y no digo nada nuevo:  ya durante la Revolución Francesa los monárquicos se sentaban a la derecha del parlamento y los revolucionarios a la izquierda.

De forma que una criatura de éstas fácilmente puede ser considerada extranjera en su propia patria, hecho que no sorprende desde el momento mismo en que ellos así se denominan, solazándose en su cultura superior.  Si de espíritu ya lo son y de obra no pierden la oportunidad para demostrarlo, yendo a contracorriente del apuntalamiento de conceptos identificatorios latinoamericanistas, no quedaría más remedio que así entenderlo, pudiéndose en consecuencia actuar políticamente (y soberanamente)  contra ellos.

¿Cómo?  Nada del otro mundo, aunque no deja de justificarse la palabra "nervio" utilizada al principio de este escrito.  No se trata de algo parecido a una Guerra a Muerte, como en los tiempos de Bolívar, donde los españoles y canarios no eran perdonados aunque fuesen inocentes.  Nada que ver.  Se trata de una medida que los mismos europeos, hoy día, con sus medidas migratorias antilatinoamericanas, se ganan con su actitud de promoción de rechazo para ellos mismos.  Algo así como decir que no mande más el europeo sobre nuestros pueblos, que es lo que ha estado haciendo de cualquier modo a través de los criollos "nuestros", que así se creen y menosprecian su componente aborigen.

¿Que con qué se come el cuento?  ¿Cómo llevar a cabo semejante adefesio cultural o político?  Fácil es la solución cuando una "elevada" civilización como la europea-occidental propone dislates del calibre del tratar de certificar que pertenece a una clase superior o algo por el estilo con sus medidas inmigrantes.  Nosotros, los latinoamericanos, europeos, indios y negros a un tiempo, pero menos extranjeros finalmente, podríamos entrar al concurso de la locura proponiendo que se inhabilite para el ejercicio político a quien en una generación o dos sea hijo de inmigrantes.  No de otro modo se puede combatir tanto impulso de traición y venta en nuestros pueblos, con gente en el poder que añora el terruño que dejó su padre o madre en Italia, en Francia, Portugal o España.  Si, como llevamos dicho, son traidores y vendidos a trasatlánticos dioses e ídolos muchos de quienes han vivido la casi totalidad de sus generaciones en un país suramericano, ¿cómo no habrá de ser fácil el entreguismo cuando se es hijo casi directo de uno de esos países "superiores"?  Se me viene a la memoria, por decir lo que pienso, el vendedor de PDVSA, Luis Giusti... y no atino a ver la razón.  ¡Ojala alguien haga mirar mis errores! 

¡He dicho!, a despecho de tener amigos en tales condiciones, y, como el parlamento europeo, cumplo una fantasía de corte etnocultural, aunque no de primacía racial (que no tenemos una distintiva), sino de amor por la patria, al país, a América Latina, a Suramérica, a la Gran Colombia.  A mis amigo, a Giuseppe, a Joao, a Pepe o Paco, Francöis o Manuel, desde ya les digo que los quiero, sí, que uno es un poco de todos, pero también que la patria, el habitáculo de la vida, es primero.  No se es de ningún lugar si no se tiene, como los árboles, una buena raíz penetrada en la tierra.

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