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sábado, 4 de octubre de 2014

La “conexión gocha” ya está en Caracas

El Táchira se mudó a Caracas.  El Táchira de la guarimba frustrada, es claro.

Ya había señales, planes develados, resentimiento contragubernamental acumulado.  El primero fue la guarimba, derrotada por ella misma.  No hubo gobierno que pudiera, para ser sinceros.  Se cayó sola al caer en descrédito ante la opinión pública, que empezó a cansarse.  El gobierno central hizo como Gandhi, resistir pacíficamente hasta el final, tolerando el desmán, esperando que el crimen se hastiara de sí mismo.  Sus razones:  el temor a desatar una verdadera guerra si actuaba con expresión.  Factores poderosos, colombo-estadounidenses, andaban detrás del encendido de la chispa.

Pero quedó el resentimiento contragubernamental profundo en esa oposición extremista, ahíta de guerra, frustrada por continuar.  Les advino un obligado período de silencio, de aparente inactividad, interpretado como triunfo por el gobierno venezolano, los más ingenuos como arrestos de toma de conciencia y comprensión democrática.  Una locura neuronal.

Mientras tanto las autoridades realizaban pesquisas sobre los escombros humeantes de la guarimba, especialmente en el estado Táchira.  Inteligencia.  ¿Quién, quiénes?  ¿De dónde? ¿Motivaciones? ¿Financiamiento?  ¿Colombia?  ¿La frontera?  ¿Secesión? ¿Uribe? Entonces se filtraron algunos hallazgos:  evidencias de planes, grupúsculos, células, ansiedades por trasladar la “fiesta” guarimbera a Caracas.  Hágase memoria.    Uno de los detalles más memorables fue el comportamiento “voluntarioso” del gobernador Vielma Mora, apresurado por llevarse los méritos del trabajo post-guarimba sobre los escombros, cuando fresco en el recuerdo estaban sus declaraciones blandengues y acobardadas respecto de las acciones de los grupos violentos.  Hay un programa de radio grabado con un conocido periodista opositor donde se recoge su “patriotismo”.

Pero tales intentos de trasladar San Cristóbal a Caracas, en piedra y humo, terminaron por disiparse, aparentemente.  Hubo detenciones y los impulsos concebidos para trasladar el terrorismo fueron exorcizados.  Mientras tanto el gobierno descubrió lo que todo el mundo sabía:  el Táchira, San Cristóbal, un estado subversivo.  Es decir, lo descubrió como tentáculo alimentador de la guarimba y de los actos de desestabilización en general. Como vía de paso desde Colombia. El Táchira pertenecía más a Colombia que a Venezuela.  Se la había ganado el paramilitarismo y el contrabando.  Hacia la zona de la frontera todo el mundo era informal y hacían del contrabando y el “bachaqueo” un estilo de vida.  Como los buhoneros en Caracas:  familias que compran los productos venezolanos en Mercal o abastos Bicentenario y lo acaparan y especulan.  Familias tachirenses completas dedicadas a vivir del contrabando:  llevaban a Colombia nuestros productos, extraídos de Mercal y abastos Bicentenario.  Hasta el más tonto vendía una paca transfrontera de cualquier cosa, si no meaba gasolina.

 

“Una declaración de guerra:  tú me tomas mi muchacho (Lorent Saleh), yo te tomo el tuyo (Robert Serra)”

 

Cuando el gobierno, ¡por fin!, mete el guante en Táchira y desmiembra al contrabando, dejó sin empleo a un gentío en el estado, y tocó intereses de militares corruptos albaceas de la frontera. Eso lo sabe medio pueblo.  El humor se fermentó y se transformó en bilis.  No se hizo esperar la protesta de los factores colombianos posesionados de Táchira y de su población comprada.  Ocurrieron colmos. Se molestaron con el gobierno venezolano por izar bandera sobre un estado que republicanamente es de su pertenencia.  Hablamos del paramilitarismo añejo ya en su afán de subvertir y pervertir a Venezuela, y de Álvaro Uribe Vélez, aquel a quien le faltó cojones para atacar a nuestro país cuando fungió de presidente de su país, en palabras del difunto Hugo Chávez.  Todos sabemos que trabajan, bajo directrices del Departamento de Estado de los EEUU, para desestabilizar a Venezuela.  Les dolió el Táchira arrebatado de sus garras, regulado en su frontera, patrullado, cerrado en sus trochas de contrabando.  Un montón de gente quebró con la toma de lanchas, bidones, camiones, domicilios.  Mantenían a la gente del Táchira, en la zona de la frontera, bajo protectorado, viviendo de la informalidad y el delito, como acostumbran hacer los carteles de la droga en las barriadas, construyendo infraestructuras para beneficio de los pobladores en lugar del Estado.  Pablo Escobar Gaviria, pues.

Cuando detuvieron en Colombia al joven estudiante Lorent Saleh (ahijado político de Uribe) y develaron sus planes de asesinatos selectivos y operaciones terroristas, no es difícil barruntar que la muerte del diputado Robert Serra es un mensaje de uno de esas organizaciones colombianas de muerte al Estado venezolano.  Una declaración de guerra:  tú me tomas mi muchacho (Lorent Saleh), yo te tomo el tuyo (Robert Serra).  La misiva de un barón de la guerra y el paramilitarismo como Uribe Vélez.  Quien mató a Serra, materialmente hablando, será siempre un pobre pendejo, un miserable instrumento que no servirá para llegar a la autoría intelectual del hecho.  Todo el mundo podrá saber quién lo asesinó fundamentalmente y no se podrá hacer un carrizo.  Ok, fue Uribe... ¿Y entonces?

Actualmente mucha gente en el estado Táchira, resentida por la intervención del Estado venezolano en el asunto del contrabando y el bachaqueo, está ganada para una guerra contra su propio país, gente manipulada por factores de guerra colombianos.  Ya han hecho, descaradamente, hasta marchas y protestas defendiendo el contrabando, su “oficio” injustamente saboteado por el gobierno de Venezuela.  Hasta allí se ha llegado, el pueblo venezolano perdiendo la cédula.  El objetivo final, en el marco del pautado inicio de “toma de calle” de la oposición venezolana, es trasladar el descontento “gocho” a Caracas para incendiarla.   Más paramilitarismo disfrazado en la protesta. Eventualidad ya conocida y sufrida.

La pautada toma de la calle por parte de la Mesa de la Unidad (MUD) para el 4 del mes corriente debió ser suspendida porque los factores extremos que en ella militan no obedecen a reglas y se echaron al pico a Robert Serra asincrónicamente.  Es muy significativo que el ex presidente Ernesto Samper, colombiano, Secretario de la UNASUR, haya declarado al respecto que la muerte del diputado es una señal de la penetración del paramilitarismo en Venezuela.

La “conexión gocha”, la bisagra paramilitarista en Venezuela, ya está en Caracas, y no es descartable que asesten más golpes si de lo que se trata es de una guerra declarada al país desde la baja Colombia. Atentos.

martes, 23 de septiembre de 2014

El Monstruo del puente Llaguno

La vaina iba bien, se recuperaba la confianza en el país con los golpes del presidente al contrabando y a otras peras de boxeo. Si, no hay dudas: ahí están los números y una sensación de civismo creciente en la estructura política del país… Pero fallamos.  Nunca lo reconocimos suficientemente, y nos enfrascamos en criticar más y más, pecando de desequilibrados, viscerales, sesgados...

El tiempo de construcción que nos brindó la derrota de la guarimba hizo recrecer durante los últimos meses el tejido erosionado de nuestra democracia siempre hacheada.  Volvió el país a su curso político ideal, sin machaques callejeros, marchas, incendios.  Y el gobierno se apuntaló en las encuestas como pacífico y progresista, hecho que siempre lo ha sido, por cierto, pero jamás reconocido por los otros.  El problema interno en la oposición, su silencio divisor, le dio un respiro y propaló la percepción de que el gobierno había ganado.

Hasta que ocurrió.  Fue puesto en libertad Iván Simonovis (bueno, “casa por cárcel”), el “Monstruo del Puente Llaguno”, y el gobierno se granjeó en filas propias el fuego crítico y cuestionador que había menguado desde la oposición.  Al parecer una costumbre de querer andarse quemándo siempre y formándose vainas que nadie necesita. ¡No te digo yo!

Pero, como decía al principio, la culpa es de nosotros mismos, mía, gentica que nunca reconocemos a tiempo lo que idealmente está hecho y nos damos cuenta de ello cuando realmente ocurren eventos criticables, mínimamente lamentables como el de marras.  Como si las altas nubes del Olimpo del gobierno lo hicieran a propósito con el fin de estremecernos a punta de contrastes.  ¿Me copian?

¿Dura la cosa, no?  Salió el asesino, y todavía andan por ahí los fantasmas de las víctimas tan chorreantes de sangre, tapándose el hueco como el Prudencio Aguilar de Cien años de soledad.  ¿Náusea, verdad?  ¿Qué fue por medidas humanitarias desde el Tribunal Supremo de Justicia, según argumento de un gobierno humanista y respetuoso de los derechos humanos?  ¡Caramba!  ¿Está claro, verdad?  No se puede respetar el derecho humano de uno a costa de violentar el del otro.  No es balanza, no es justicia, y menos cuando en el caso presente no hablamos de uno, sino de decenas de muertos y cientos de dolientes.  Simonovis a su casa metiéndole el palo en la llaga a todos, y peor aun cuando el sujeto jamás ha mostrado arrepentimiento público por sus crímenes.

Perdón, me quedé dormido en el juego de la reflexión.  ¿Me tocaba jugar a mí?  Paso.  Establézcase la pena de muerte si no se quiere que sigan ocurriendo hechos así:  eventos “humanistas” criminales.  Entonces no habría un Simonovis que soltar y asunto zanjado.  ¡Pero si estamos de acuerdo en que un gobierno humanista no puede consentir en su sociedad la pena de muerte, al menos, carajo, no se cometan crímenes en nombre de tal exención!

Diré en lo sucesivo, señor Gobierno, “eso, esto, aquello, está bien”, para que no me vuelva usted a estremecer el espíritu animal que llevo por dentro con otra llamada de atención hacia lo bueno con lo malo, con otro gestito “humanitario”, por ejemplo.  No evolucioné hasta vuestros niveles y me quedé petrificado como bárbaro.

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