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miércoles, 26 de febrero de 2014

Guerra de manuales

Sí, el manual, ya lo sabemos...

Ese que dice cómo tumbar gobiernos, de cierto gurú estadounidense.  Sin ejércitos, con sólo civiles que obligan a ejércitos...

Ya hemos visto a Ucrania:  cayó con base en el bendito manual.  Y ahora vienen por Venezuela, con su misma “brillante” receta. Así dicen.

El manual tumba-tumba ha de ser estándar.  Proclama que el género humano es uno sólo y se motiva por iguales razones casi en cualquier punto del planeta.  Somos cultura occidental, apenas con la diferencia ambiental, el frío enorme de allá y la calidez bendita de acá, Venezuela.

El manualito también hizo lo suyo en Egipto:  tumbó gobierno, y sin ejército alguno de lado de los revoltosos.  Bastó nomás un computador para manejar redes sociales y gente en la calle escandalizando.

Y también se disfrazó de colores e hizo su trabajo en los Balcanes. Vieja historia.

En Venezuela los seres humanos no han de ser diferentes.  Somos cultura occidental:  comemos, rezamos y aspiramos a ese otrora sueño americano por el que se afana el susodicho manual.  Ya usted sabe:  carro, equipos tecnológicos, mujeres, vinos y, sobremanera, libertad y derechos humanos.

De manera que tendría que calzarle el manual a Venezuela.

Y ya, el manual es lo que vemos:  medios de comunicación mintiendo, la ultraderecha intentando derrocar para instaurar su modelo capitalista, trucaje, vandalismo, guerrilla urbana, manifestaciones, difamaciones, vituperaciones, ablandamiento de la moral nacional, insulto a las fuerzas armadas y a funcionarios públicos.

El manual tiene un arma poderosa, su arma de guerra.  Los medios de comunicación en prostitución y las redes sociales.  Se fundamenta en la mentira y en la tergiversación de la realidad.  Y hoy en Venezuela hacen su trabajo. Compra voluntades y plumas periodistas.

Sus acólitos matan y culpan.  Generan líos y graban, y acusan, y proyectan en otros crímenes propios.  Superponen realidades ficticias sobre moralidades, y ablandan espíritus de tanto insistir con su trabajo desestabilizador. 

Llegan a un punto en que, en efecto, hacen ver lo que es blanco como negro.  Y entonces, en ese momento, alguna gente se estampa y sale a la calle a pedir renuncias. Aquella cuyos espíritus o mal están comprados o se enlistan en la llamada generación idiota, perdida para la patria. Pajaritos que desconocen la historia del país que habitan, conceptos reales de miseria, represión e incultura. Traidores o tontos analfabetas de la patria.

En fin, el manual es guerra de cuarta generación.  Es guerra sin ejércitos, como se dijo, es golpe de Estado y barahúnda.

Pero, véase, el manual tiene su caída.  Lo demuestra Venezuela, donde parece se escribió un antimanual con Hugo Chávez.  La clave:  la educación de la gente y la apertura de sus mentes ante las trampas que usa el poder para someter.

El antimanual venezolano da en el clavo y propone el rescate de las mayorías del abismo para darles ciudadanía, como la justicia manda.  Las prepara mentalmente para descubrir engaños y legalmente para accionar en caso de eventual necesidad política, en respuesta al golpismo.  Pruebas:  la gente que devolvió a Hugo Chávez al poder cuando lectores del manual capitalista dieron el golpe de Estado en 2002.

El antimanual chavista proclama que una democracia real debe contar con un pueblo capaz de sustentarlo en medio de penurias reales o incoadas, como la presente en Venezuela.  Y da como el ejemplo histórico la caída de Allende (la primera víctima del manual capitalista), quien contó con el apoyo mayoritario electoral del pueblo (la primera opción comunista en llegar al poder mediante elecciones), pero no con su auxilio de hecho a la hora del derrocamiento.

Chávez inoculó la rebelión y la justicia en la mente de los venezolanos, a tal punto que un mayoritario pueblo soporta a su gobierno y advierte al enemigo, sea militar troglodita interno o puño extranjero, que tendría que vérselas de hecho con un pueblo si es posible armado. No son pamplinas: ¿ha oído usted de la unión cívico-militar?

Y ya usted ve que en la hora presente el manual gringo, más allá de los revoltosos en específicas calles de urbanizaciones venezolanas, no ha contado con ningún brote de apoyo militar, ni con empresarios o comerciantes, como en el pasado, cuando se fueron a la plaza Altamira,  los primeros, y escondieron los productos, los segundos.

El manual de aplicación ucraniana es un sueño en Venezuela, como está visto.  En pocos días las protestas gestadas en Venezuela serán historia, e historia triste. ¡Ay de los traidores que deja! Suculenta purga moral tendría que hacerse en la patria.

En mi opinión particular, si el gobierno quisiera resolver el problema con las guarimbas, esa expresión de guerra de cuarta generación, lo podría hacer con técnicas de la llamada guerra de tercera generación.  Con los cuerpos de seguridad y de inteligencia del Estado, en número abrumador sobre los focos álgidos, en operación relámpago, capturando a los cabecillas y sitiando el perímetro donde operan (asfixia logística o monetaria), se llame Chacao o Táchira.  En blitzkrieg, para decirlo con mayor propiedad, sin dar tiempo a organización ni pensamiento en el adversario.  Intervendría algunas policías bajo el mando de algunas alcaldías traidoras y, si es posible, podría hacer un toque de queda brevísimo en ciertas áreas delicadas. Con rapidez y resultados.

La pasta “heroica” de tales manifestantes se expuso cuando temblaron el día de la concentración motorizada en Miraflores.  Se desaparecieron a su paso, y no se veía guarimba por ningún lado.  Lo que significa que el Estado, junto al pueblo, si quisiera, podría barrer con esa sarta de comprados de una sola soplada.

jueves, 20 de febrero de 2014

¿Qué esperan los golpistas con el prolongamiento de la protesta? ¡Mosca!

Todos sabemos de qué se trata, blancos y negros, chavistas o golpistas, tirios y troyanos.  Las protestas, bajo la fachada estudiantil, son un pretexto cualquiera para intentar incendiar al país.  Leopoldo López y su Voluntad Popular, y sus redes populares, tuvieron todo el tiempo del mundo, mientras duraba su inhabilitación política, para dedicarse a ello.  Hasta paramilitares nos trajo y los sembró en Táchira, a la sombra de una fascista relación entablada con Álvaro Uribe Vélez.  A la calladita, mientras desde la MUD le daban hasta con el tobo en las continúas peleas que escenificaban por liderazgos, canalizó recursos económicos de los EEUU para comprar voluntades en Venezuela y recursos humanos y operativos desde la vecina Colombia.

El Estado lo descuidó, hechizado quizás con el teatro llamativo de peleas domésticas montado por la oposición, ahora sabemos adrede, y lo dejó operar tras bastidores a sus anchas, engañado por el cuerpo de actores de la MUD.  De continúo el gobierno se empeñaba en ver peleas a cuchillo entre Capriles y otros factores, entre Primero Justicia y otros factores, y jamás tomaba en consideración a Leopoldito, derrotado él, marginado, inhabilitado, calladito, trabajando como loco (y traidor) para su nueva organización política, Voluntad Popular.

Y ahí se tienen los resultados.  De pronto aparece cual Rambo e incendia la gasolinera de Caracas, articulado dentro de un acabado plan de derrocamiento que probablemente incluya la eventualidad de su detención misma.  Según informaciones pescadas por la inteligencia del gobierno, se ha podido comprobar que su repentina y violenta emersión sobre el tapete político del país no es nada caprichosa y obedece a un esquema con prolongaciones temporales que alcanzan al mes de mayo, momento cuando, según cálculos golpistas, se implante un gobierno de transición en Venezuela.  Es vox populi que Leopoldo López sería quien lo presidiría, y es claro que las acciones buscan reeditar el libreto del golpe de abril de 2002, con el aliciente de que ahora con Maduro (y no Chávez) las cosas tendrían que ir más fácilmente.

Podría decirse que la actitud confiada del gobierno y de los venezolanos en general que aspiramos a una convivencia y estabilidad política en el país ha derivado en esto, a la imperdonable situación de violencia presente.  Nos dormimos todos en la esperanza de la reconciliada estabilidad, estimulados por la carencia de sintomatologías extremistas durante un período de tiempo significativo en el record de una oposición venezolana violenta y comprada por intereses extranjeros.  Según lo presente, caro le ha salido al país un mes de diciembre y enero con aparente paz.  Y caro ha de salir también la moraleja, una vez superados las escaramuzas:  ¡jamás el gobierno debe bajar la guardia con la derecha venezolana y debe de desconfiar hasta de las más prometedoras propuestas o pronósticos de paz!  Como decir:  bueno es para sentirse y seguir vivo que ocurran estos estremecimientos de tierra. No los buscamos por pendejos.

Pero lo más importante, y que todos sabemos también, es lo que se está esperando en el momento presente con el estiramiento de las situaciones de protestas en el este de Caracas:  el pronunciamiento de algo, alguien, empresarios, si un militar, mejor.  Allá está la plaza Altamira huérfana aún, otrora púlpito para la conspiración de militares y tantos otros actores de la carpa golpista.  En el contexto de las tropelías que ocurren en su entorno, bajo la mirada ajena de los cuerpos de seguridad del municipio Chácao y con el apoyo de otros que harto conocemos, la plaza espera y ofrece su tentadora humanidad de “gloria” al sector empresarial y a algunos militares por ahí para que se atrevan a apoyar el golpe escondiendo los alimentos y enseres del pueblo, los primeros, y reluciendo las armas traidoras, los segundos.

De manera que es vital para este zarpazo golpista de hoy prolongar lo más posible la situación hasta que ocurran los decantamientos dichos, y así tomar la vitalidad necesaria para enrumbar su plan hacia los esquemas consabidos del golpe de abril de 2002.  “¡Maduro, fuera!, ¡Maduro, vete ya!”, como soñada consigna, pronunciada desde un micrófono ante multitudes enardecidas, y el acompasamiento del intervencionismo internacional que ya sabemos:  la UE, la OEA, los EEUU, la ONU, etc., y los gobiernos de Colombia, Perú y Chile como actuales perros de guerra del imperialismo estadounidense en América Latina. Para la consecución de tal vitalidad no importarán los medios, y lo digo con sentido de recomendación para mis paisanos y con la debida conciencia de peligro implicado, según historia ya vivida:  cuando ellos, la oposición extrema, sienta que la protesta declina por cansancio, impotencia o cualquier otra razón, acometerán baños de sangre para alimentarla, como en la imaginación podría alimentarse a una especie de vampiro monstruoso que pide sus necesarios sacrificos humanos. No son pamplinas: recordemos al lamentablemente célebre João de Gouveia.

Ente ellos mismos se matarán para obtener la cuota de sangre necesaria para el prolongamiento de sus intentos de incendio masificado, así como entre ellos mismos, allá en el este de Caracas, se trancan las calles, se queman las calles, se pisan entre sí, respiran humo de las chamusquinas, cierran los comercios, apedrean sus sus propios carros.  Es una locura al descubierto, y esto para el gobierno revolucionario:  locura al descubierto no coge desprevenida a gente cuerda.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Muerte y resurrección de Leopoldo López (cuentos políticos)

Era el personaje del momento, ¿quién lo dudaba?  Probablemente en todo el mundo, justo en ese momento, no había ser humano más popular, es decir, más odiado y amado a un tiempo, como bien corresponde a un político.  “Así es la vida pública, Leopoldo López”, se musitaba así mismo, desplegando una sonrisa vana, “Es la fama.”

Su esposa lo tomaba de la mano de vez en cuando y se la apretaba, como interpretando sus silencios.

─¡Cálmate, amor mío! ─le recomendaba a cada rato─.  Te vas a hacer a hacer daño con tanta intensidad de pensamiento.

Entonces Leopoldo le mostraba la blanca hilera de sus dientes, bajando como a voluntad el efecto saltón de sus ojos.

─No es nada, cariño.  Tranquilízate.  Todo estará bien.   Contrario a lo que se pueda imaginar, mañana será un gran día, no sólo para el país y para mí, sino para tí, que eres mi esposa, potencial primera dama.

─Pero, Leo ─le reprendía ella, angustiada─, ¿cómo me dices eso, que parece tan poco serio e irreal ahora mismo?  ¡Si mañana precisamente te van a hacer preso y no hay nada de eso de lo que hablas…!  Y por lo que he oído..., por lo que he oído de esa horrible gente del gobierno...

─¿Qué? ─la cortaba, mirándola fijamente─.  ¿Que me matarán?  ¡Por favor, eres ingenua, querida mía!  Eso no es lo que debe preocupar.  Esos idiotas no matan a nadie, mi amor.  ¡Quien me preocupa es mi propia gente!

─Por eso ─sentenciaba ella─.  ¿A mí qué me importa de dónde te maten si al final es igual?

Y bajaba el brillo insistente de su fija miraba, moviendo sus ojos de un lado a otro, como dándose una tregua para tomar el rostro sollozante de su mujer sobre sus hombros. Problemas de la fama, se diría.

Definitivamente ella no lo interpretaba acertadamente, se decía, perdiendo la vista un rato en medio de la noche caraqueña, oyendo el permanente tumulto de las barricadas en las calles de Chacao, en su nombre, por cierto, como si buscara el sol rápido del amanecer para concretar de una buena vez los magnos planes que en su cabeza borbotaban.

Inspeccionaba su derredor con detenimiento, casi con malestar, con ojos de fuego y decepción, cuidando que su mujer no lo notara, por supuesto.  El olor a chamusquina invadía el apartamento-fachada-de-bunker donde lo habían alojado sus amigos políticos aquella noche, y por las ventanas se colaban también con claridad los vítores que lo celebraban, las repentinas explosiones, los fuegos artificiales de aquellas sucesivas noches de violencia que el don de su providencia habían generado.  Él, Leopoldo López, contra todo un Estado, futuro Estado arrodillado.  No pudo evitar exclamar:

─¡Estúpidos! ─pensando en la contrariedad de que quienes lo pudieran asesinar fueran precisamente sus compañeros de bando ideológico.  Al momento sintió como su mujer le imprimió más pasión a su abrazo, como si hubiese querido inocularle sosiego. “Querido ─le susurraba─, pienses mal o pienses bien, estás pensando”.

No pueden comprender ─seguía cavilando─ lo que para él había tomado visos de revelación desde hacía rato.  La realidad no era un puro de cosas inertes y hasta opuestas, como te enseñaban, sino una arcilla moldeable por la voluntad del hombre.  Como él mismo había hecho con Venezuela en los últimos días con su partido Voluntad Popular

Por eso miraba y miraba de nuevo el lugar que lo rodeaba y se molestaba una y otra vez con aquella cuerda de idiotas, pendientes nomás del facilismo, sin visión profunda, listos para sacarlo del camino y robarle sus frutos, gafos que afirmaban que era un fugitivo “enconchado”, en trance de ser capturado y preso, liquidado políticamente.

─¡Imbéciles!

Había descubierto que el mesón de los periódicos en la esquina del apartamento, las escandalosas pantallas de la computadora y de la TV, así como las portentosas insignias de su organización política, Voluntad Popular, y los recortes en las paredes y las fotos de sus apoteósicas marchas, suerte de trofeos de combate, y los incontables obsequios y mensajes de sus seguidores, y hasta los fementidos muertos y delitos que el gobierno le achacaba (guarimba, golpe de Estado, sedición, conspiración), en modo alguno configuraban una realidad de paredes que lo represaban en un escondrijo.  No, no, caballero:  de repente todo aquello crecía como un monumento ante sus iluminados ojos, monumento a sus pies, mundo a sus pies, preludio presagiante de lo que habría de ser la historia de su país al día siguiente cuando se entregara como reo, cuando tomase la palabra ante los medios de comulación y cuando diese el vuelco que tendría que dar por fuerza de su providencia personal.

─Pero no entienden, mi amor, al quererme matar, que no cualquiera está llamado a transformar la materia y la historia.  Se debe primero tener una revelación, y tener condiciones, naturalmente.  Yo por sangre estoy emparentado con Bolívar, el padre de todas estas tierras, y también con Cristóbal Mendoza, el primer presidente de este país.  No por casualidad la historia me ha traído acá, a esta circunstancia de continuar las mismas sendas grandiosas que mis antepasados, y tampoco es casualidad que me haya educado en las mejores universidades del mundo (Kenyon College, de Ohio, y Kennedy School of Government, de Harvard), donde un año no lo paga cualquier pelabolas de esos que me quieren matar ($60.000) y donde se imparte la mejor preparación del mundo para dirigir naciones, tanto más cuanto EEUU es la mejor democracia del mundo y no esa denigrante acusación de imperio del mal que estos malparidos del gobierno se empeñan en soltar.   He sido alcalde de Chacao dos veces, he fundado partidos políticos, soy padre y jefe de Voluntad Popular, soy Maestro en Políticas Públicas en Harvard, conozco el sistema, tengo dinero (si de eso se trata) y puedo ayudar a mucho hambriento por ahi, mi familia alimenta a este país desde hace decenas de años y también, como si fuera poco, le da de beber con el mérito de darle identidad nacional con su cerveza Polar... ¿Qué más? ─soltando a su esposa y llevándose las manos hasta la sien─.  ¡Comen y beben de mí, mi amor!  ¿Qué más tiene que ocurrir para que comprendan y me reconozcan?    ¡La gente me ama!  ¿No la oyen en las calles con sus gritos de libertad y balaceras de paz? Me toca ahora ser el que viene, el presidente de este país, el gran líder para redimirlo, rescatarlo de las garras de este comunismo atroz que nos priva de felicidad.  ¡Pero no, no comprenden ahora estos “amigos” míos que mi acto de entrega no es una rendición, sino un gran principio dentro de un magno plan, y entonces juegan a perderme, los muy hijos de puta!  No ven más allá de sus estúpidas narices, y andan es pendientes de peleas internas, empujándose unos con otros para hacerse con cargos y ser jefes, rogando que con mi asesinato se encienda el país completo, caiga el gobierno y entonces ellos, las muy basuras, recoger el fruto de mi sangre derramada.  ¡Payasos!  Desconocen que se tiene que estar predestinado por la historia, como yo, para fundar nada.  Mañana aprenderán, mañana...; previo análisis de la historia de este país, expondré mi plan en apenas pocas palabras... ¡Ya verán!

Consternada y hasta asustada, su mujer se había desprendido de él desde hacía rato, oyendo desmesurada su discurso.  Después de tocar su frente y observar espantada aquellos ojos repentinos, como de puntiagudos fuegos, había salido y regresado con el auxilio de una especie de edecán que hacía guardia en la habitación contigua.

Entrambos lo sujetaron y lo llevaron hasta su cama, pidiéndole calma y paciencia, diciéndole que el día próximo ya entraba y que debía descansar para ello, para estar fresco para la patria.  Y así lo redujeron, entre gritos exaltados de ser el presidente, ella la primera dama y el edecán ministro.

Al día siguiente, mientras con su familia se dirigía al punto donde daría a las masas su discurso para posteriormente entregarse al los cuerpos policiales, iba tarareando las palabras que Bolívar pronunciara en su lecho de muerte (“Si mi muerte contribuye a que cesen los paridos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”) y las de Hugo Chávez cuando fuera apresado (“Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados [...]  y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias.”)

─¡Ambas cambiaron la historia en su momento! ─exclamaba de vez en cuando ante los rostros preocupados de sus familiares─, luego de lo cual ─proseguía─ cada uno fue un personaje ilustre en el país e inició un nuevo ciclo político dentro de la historia.  Tal es el camino.

Llegado el momento, en medio de la parafernalia propia de las manifestaciones callejeras, con megáfonos por doquier, cámaras, luces y la barahúnda de la gente, sus adeptos, emocionados con la aventura de derrocar gobiernos e incendiar calles, guardaron silencio para escucharlo.  Soltó:

─”Si mi encarcelamiento es el despertar de un pueblo, valdrá la pena”.

Y así, palabras más, palabras menos, se dirigió hacia el piquete de la Guardia Nacional Bolivariana para entregarse, deleitándose en su pensamiento con el porvenir político de sus adversarios, propios y ajenos, juguetes ahora del destino ante esta su última y definitiva maniobra estratégica.  Un nuevo ciclo nacía para la patria y con él su resurrección política, es decir, la de Leopoldo López en la historia.

domingo, 16 de febrero de 2014

José Vicente Rangel y el peligro de la guerra civil en Venezuela

Poderosa reflexión de José Vicente Rangel en torno al infausto momento que hoy vive el país, de vandalismo y de pesca en río revuelto con el fin de propiciar dos eventos:  (1) un esquema como el de abril de 2002 y (2) una final y ansiada situación de agresión internacional que conlleve, lógicamente, al derrocamiento del gobierno de Nicolás Maduro y a la instauración de un gobierno de ultraderecha (José Vicente Hoy - 16-02-14, transmitido por Televén).

El veterano periodista se interroga con impotencia y casi con desesperanza (diría yo) por qué la justicia venezolana no actúa sobre los responsables de la presente espiral de violencia, que, luego de ensayar una barbarie ante el Ministerio Público en el centro de Caracas, aspira ahora generar una situación de facto en la plaza Altamira, claramente procurando  reeditar el esquema golpista de 2002 cuando militares insubordinados la tomaron para pronunciarse y pedir la renuncia de su comandante en jefe, entonces Hugo Chávez.

José Vicente Hoy 

Sin mencionarlo expresamente, dice que hay suficientes evidencias (videos, fotos) y expresiones públicas como imputar a Leopoldo López, además de otros y otras que huelga pronunciar acá.

Reclama, sobrado en razón, lo que es ya un clamor nacional e histórico en Venezuela:  ¿por qué la dirigencia opositora no termina de deslindarse de la violencia, de los grupos extremistas, en nada cónsonos con ningún criterio de construcción del país?  Y los denuncia como cobardes actores que apenas musitan que no apoyan la violencia actualmente desatada, en medio de un sospechoso comportamiento que más precisamente pareciera apoyarla.

Concluye que Venezuela ha llegado a un estado cénit de definición del ser histórico:  o rechaza la violencia o se hace con ella.   Y recomienda que, para el caso que la dirigencia de país opte por la primera opción, esto es, su rechazo, será necesaria la actuación enérgica del Estado en su prevención y erradicación.

Un sombrío panorama enmarcan sus palabras finales, pronunciadas como un aterrador alerta:  en breve hay la posibilidad de la ocurrencia de una guerra civil en la tierra de Bolívar.

Quien escribe recoge con preocupación tales declaraciones de tan connotado actor político de la vida nacional y las coloca en coincidencia con su última publicación en Aporrea:  “Se nos va el país de las manos ¡y juro que intento no escribir pazguatadas” (http://www.aporrea.org/oposicion/a182074.html).  Capitalmente el escrito, como el periodista, se pregunta:  ¿qué es lo pasa con el Estado, que pareciera estar proponiéndole a los venezolanos morir de mengua, sin prevención, acción y defensa?  ¡Caramba, ya no hablamos del problema puntual de la inseguridad, por ejemplo y por cierto, cuya vigorosidad galopa al ritmo de la misma inocuidad estatal!

Señores, se habla de una guerra civil, del acabose de Venezuela probablemente al mismo estilo que Irak, Libia, etc., posibilidad que no debiera ser de tan poca monta en el criterio de acción y reacción del Estado venezolano.

A actuar.

viernes, 14 de febrero de 2014

Se nos va el país de las manos ¡y juro que intento no escribir pazguatadas!

I

Se nos va el país de las manos ¡y juro que intento no escribir pazguatadas!

Se nos va, del mismo modo que se le fue de las manos el paro y el sabotaje de la industria petrolera a Carlos Ortega allá en sus políticos tiempos mozos de 2002.  Entonces Orteguita tomó agua en el cuenco de las manos y poco a poco fue relajando los deditos, y así el paro se le escurrió.

Del mismo modo se le escurre el stablishment político al gobierno, tomado hace tan poco de la voluntad del pueblo venezolano.  Ha ido aflojando los dedos de manera hasta confiada, como si por ratos olvidara que la substancia que el pueblo le dio para su custodia, para que la conservara entre sus cuencos, si bien es un espíritu, puede también llegar a comportarse de forma correosa como el agua y gotear indeteniblemente.

Lógicamente, hay una diferencia entre el escurrir de uno y de otro:  Orteguita se vendió tanto para capturar el agua entre sus manos como para dejarla luego escapar; por su parte, el gobierno se confía, se dirá de modo inexplicable, y afloja, afloja, como si la naturaleza etérea de la sustancia que se le dio en custodia lo invitara a volátiles comportamientos, a disquisiciones humanistoides y a idolatrías per se de idearios lustrosamente escritos, esto último pazguatadas de verdad, a propósito.

II

Y no es que con esto de carear con la realidad el carácter humanista de la revolución bolivariana estemos llamando a la implantación de un gobierno represivo en Venezuela o mofándonos de los postulados que hacen del socialismo la propuesta política más justiciera de cuantas dispone hoy el hombre.  ¡Por favor, no seáis tan estúpido o idiota!  Hablamos de supervivencia, de esenciales contenidos, y no de formas rimbombantes o cómodas sutilezas, por más que la forma resulte inseparable de lo primero.  El capitalismo y su parafernalia de muerte y explotación está ahí haciendo mohines en la otra acera.

Se le entrega la joya de la corona democrática al gobierno, con mandatos de reforma y profundización justiciera entre el pueblo, y se le dice:  “Custódiala y consérvala, no la pierdas”.  Y lo primero que hace el gobierno es dejarse coger por sorpresa, según apariencias, por una pila de estudiantes matriculada en el golpismo internacional promovido por los EEUU.    ¡Vamos, vamos, algo huele mal en Venezuela, que no es tan lejos como Dinamarca!

Un Estado ─más que derecho─ tiene obligación a su defensa.  No se contiene tan sólo a sí mismo, per se, a hombres de carne y hueso que encarnan en concreto los poderes públicos y la administración de un país:   comporta también un mandato popular, un espíritu de supervivencia, un contrato con la gente, una globalidad nacional mayoritaria que la mantiene histórica y territorialmente en posibilidad de existencia.

Cuando se deja patear el trasero, deja también el Estado que se lo pateen a ese conglomerado mayoritario que le confió el mandato de país, y violenta el contrato social e ideológico que subscribió en el momento de cargar la pasión mayoritaria nacional.  ¿Que un sector menor, adverso o políticamente perdedor chilla y propone la abolición del Estado porque si, porque de repente se proclama mayoría y se cree con potestad...?  ¡Mala leche!  El Estado debe prevalecer, y lo hace en medio de un movimiento que en modo alguno es arbitrario, sino facultado y representativo de una mayoría nacional.  A menos que vivamos en el mundo al revés, donde 4 es menor que 3 y las hormigas les apliquen batacazos a los toros.

No hay Estado sin ejercicio de la autoridad, como tampoco hay mejor forma de gobierno que aquella que delega el pueblo (es ya lugar común, mito, Grecia y Roma juntas).  Si no hay una práctica y percepción de la aplicación de la justicia, si no hay leyes que se hagan respetar y lo que hay en su lugar es un súmmum de contemplación de lo platónicas que son las tales leyes, entonces se le hace un guiño a la anarquía y una invitación a la irresponsabilidad de exponer compromisos contraídos que valen la vida de la misma patria, patria mayoritaria.  No hay contrato, contrato social, esa potestad que da un ciudadano a su organización de poder para que vele por las formas y contenidos en medio de un engranaje funcional de derechos y deberes.

Estados así, en su sentido de gobierno, pasan arrastrando al voladero a la misma nación que se le ha confiado, como un idiota puede pasar una página hermosa sobre la organización humana escrita por Karl Marx u otro ideólogo o filósofo de la convivencia humana.  Advienen así las guerras civiles, por impericia, descuido, incomprensión, irresponsabilidad o debilidad del custodio de la joya pasionaria política nacional (me perdonan estos barrocos).   El socialismo no tiene nada que ver con rígidos estereotipos ni con babas derramadas sobre páginas luminarias respecto del bien que comporta; es una propuesta de justicia e igualdad en permanente crecimiento, construcción y adecuación respecto del orbe que procura redimir.  Aquellos que atentan contra un Estado no pueden tener derechos humanos más conspicuos que el conglomerado representado por él.  El Estado es al ciudadano lo que la especie al individuo.

III

La derecha política en el mundo anda que ajusta tuercas y tornillos mientras nosotros, los socialistas, las aflojamos, en medio de un mal comprendido cometido humanista.  Por allá en México, por ejemplo, llega un vándalo y quema el Ministerio Público, y el Estado, con todo y lo espurio que pueda ser en su conformación (pero es el Estado), lo penaliza con 20 años de cárcel, según la reciente ley aprobada, esa misma que se diseñó para controlar las protestas y considerarlas actos de terrorismo.  Aquí en Venezuela el Ministerio Público, recientemente rostizado por un sarta de violentos, no vale tanto, ni siquiera una semana de privación de libertad; por el contrario, se captura al muchacho y se le devuelve a su madre mientras sigue pataleando y reclamando que tiene derecho a la quema de instalaciones gubernamentales ¡según la constitución!  Resultado:  más violencia estimulada, cero respeto, carencia de autoridad y sentido de prevalencia, y, ¡ahora sí!, vacío de poder.

En Venezuela, en medio de la construcción de su socialismo, ese mismo tan mal interpretado en su humanismo de Estado que vela y se desvela en sus cometidos, se está dando el parto de una especie de monstruo mitológico de las mil mejillas, cual hidra, especialmente concebido para excusar las lesiones contra el stablishment constitucional.  Abiertamente andan por el país, sentándose en foros públicos, quienes promueven golpes de Estado, y hasta se dan el lujo de diseñar la muerte de otros dentro de la boca de un cañón.  Así la mitología, tan cabalgante, lejos queda de la realidad y de la posibilidad, por tanto, empezar a corregir desde sus primeras manifestaciones los grandes delitos, como reza una teoría criminalística por ahí. Al futuro delincuente se le corregiría desde el mismo momento en que se salta el torniquete del metro.

De manera que, a émulo de la gran delincuencia con alas desplegadas, los pequeños e incipientes transgresores tienen el parque abierto para ensayar sus carreras.  El Estado, esa enorme masa resistente por el tiempo de los tiempos, podrá jamás tener moral para intentar educar y llamar la atención siquiera a un motorizado que se “coma” la luz de un semáforo o atropelle a una señora en la calle, o a un buhonero que comercie a diario con el pan básico de su propio pueblo, por más leyes bonitas y babeadas que existan.

IV

En el país hay una guerra de las llamadas de “cuarta generación”.  Ella se fundamenta en el arte del engaño, más que cualquier otro tipo de guerra.  La percepción de la realidad es clave, y en ella despliegan un papel capital los medios de comunicación, puestos por el bando conspirador para tergiversar y confundir los sentidos.  En el momento en que un pueblo empiece a ver negro el firmamento, cuando en realidad es blanco, insurgirá contra su Estado o, más levemente, no moverá un dedo para sustentarlo a la hora de una agresión.

Armas de guerra son, pues, los medios, y un Estado diligente, cónsono con su naturaleza de ser vivo que busca prevalecer y defender la delegación humana que lo sustenta (la que hace nación, la mayoría, la democrática), tomaría cartas en el asunto para defenderse.  Una vez certificada la ocurrencia de la guerra dicha, claramente orquestada por intereses extranjeros, con lamentables desenlaces a su favor en Irak, Libia, Egipto y ahora Siria, sujetaría a ética y ley a los medios de comunicación, fiscalizaría las redes sociales y buscaría el germen de su propia caída en la circulación informática.  China hace rato se dejó de cuentos y plantó cara a Google y a las redes sociales.

¿Qué chillan las organizaciones internacionales pro derechos humanos y libertad de expresión?  ¡Mala suerte!  Todos sabemos que no son tales, sino que son instrumentos imperiales para permear sabotajes en países.  No son ellos precisamente los que a plan de demolición están sometidos, sino la estabilidad de nuestro amado país, Venezuela.  El Estado debe tener la certeza de que al velar por sí mismo vela por la integridad nacional, y ha de interesarle más un país que la filosofía de un instrumento de comunicación creado en los EEUU (INTERNET) y usado ahora para derrocar gobiernos. De allí ha de alimentarse su autoestima.

V

Hubo un tiempo en que se creyó que Hugo Chávez fingía golpes de Estado con el propósito de descubrir traidores.  Creerlo no cuesta, dado su astuto espíritu político; pero también, a un tiempo, cuesta un mundo hacerlo conociendo su lado humano incapaz de mandar a un gentío a una matazón.  Hugo Chávez tuvo su acto de golpe de Estado y también su momento para recoger las velas de la violencia y reflexionar, como todos conocemos, cosa que evitará explayarnos sobre el punto.

Los hechos del 12 de este mes, la pila de muchachos quemando al país, no parece por ningún lado ninguna confección de jugada política para pescar siquiera una sardina.   Luce más bien como una obra del olvido y la negligencia del Estado, carente de cuerpos de inteligencia y de seguridad, dormido sobre la sustancia que le confió el pueblo para que la custodiase.

Véase hasta dónde se llega:  el presidente Nicolás Maduro se lamenta del conato de un nuevo “golpe de Estado”, réplica de los hechos de abril de 2002.  ¿Hasta cuándo el llanto y no el acto?  Es hora de navegar, de ganar mares y avanzar sobre las ondas, en pro unas, adversas otras.  El país va en el barco y su capitán posee un contrato en su bolsillo.  Los hechos mencionados no debieron nunca ocurrir (tiros, muertos, colectivos), sino prevenirse, como corresponde a un Estado encargado para hacer prevalecer la democracia.

VI

Detrás del edificio del senado romano, una troja de bárbaros planea la caída de Roma.  Son cientos de miles, dispersos en pequeñas células a lo largo del imperio.  Tienen para sí que quienes con poder lo sujetan no son dignos de llamarse hombres, menos de vivir.  En brotes inconexos maquinan, primero tentando la fuerza y capacidad de respuesta del enemigo, después juntándose unos con otros para acrecentar fortaleza.  En cada uno de ellos flama una expresión multicultural, sin bruñidas concepciones de lo que ha de ser un Estado, menos si alguien les paga o se aprovecha de ellos, claros nomás en que odian a los romanos y en que la conspiración es su modo de vida.  ¿Bibliotecas?  ¿Dónde?  ¡A quemarlas!

Los romanos por su parte, homúnculos o no, con esclavos unos y propiedades diversas otros, pasan sus horas entregados a sus vicios, se dirá en el cénit de su aventura conquistadora de mundos.  Su Estado es inmenso y en apariencia inmarcesible, capaz de soportarse por sí mismo.   ¡A qué preocuparse, César, continuemos con la orgía!  El Estado romano prácticamente es el planeta y el hombre, por fuerza, ha de vivir necesariamente en él.  ¿Quién harapiento con cayado insurgirá contra tal poder establecido?

En Venezuela es claro que no tenemos un imperio como gobernante ni bárbaros inocentes como conspiradores.  Por el contrario, el primero encarna una lucha contra maquinaciones imperiales y los segundos pujan precisamente para abrirle puertas al imperio del capitalismo internacional.  De modo que los papeles parecen trastocados.

Tampoco pareciera que tuviéramos un Estado superpotente, extenso y capaz de valerse por sí mismo frente al ataque de las hordas, situación que, de ser así, podría justificar que poderes públicos y presidentes de la república pudieran echarse las bolas al hombro, como se dice popularmente.

Pero el asunto es que pareciera existir una situación insólita en Venezuela, contrahistórica:  un Estado frágil comportándose como un infinito imperio, resistente y guapetón él, de paso gobernado por bárbaros que no comprenden la dimensión ontológica del concepto Estado; y, por otro lado, imperialistas escasos pero poderosos fungiendo como bárbaros en la medida en que atentan contra la República Bolivariana de Venezuela.

martes, 11 de febrero de 2014

Retrato de una nalga adolescente

Si, de bolas, tenemos problemas.  ¿Quién no los tiene en el mundo entero?  ¿Es que antes no los había en Venezuela?  Te conmino a que me nombres algo o alguien sin problemas.  ¿Entonces?  ¿Qué crees que debemos hacer?  ¿Tirarnos por la borda?  ¿Protestar porque no somos perfectos?  ¿Hundir el barco?

Gente hay por ahí para quienes tener problemas en Venezuela no es el problema, sino cómo resolverlos.  Y eso está bien, porque nos pone en el plano de lo posible, imperfecto y humano:  bichos con pedos como todo el mundo.  El problema se presenta cuando esas personitas proponen que quienes tienen que resolver los problemas nuestros sean quienes, precisamente, no los tienen.  Es decir, otros diferentes a nosotros. 

Vamos más allá:  gente que no se quiere, que desconfía de sí misma y con sobrados sentimientos de insuficiencia.  Actuando tal cual como lo haría un extranjero proponiendo soluciones a troche y moche en tierra ajena, sin sentir dolor por las medidas aplicadas porque en el fondo no le importan los efectos de tales, a la mar de inconsecuente sobre la tiera que pisa.

Entonces esa gentica, como se siente menos porque suponen que los extraños resuelven mejor aquello que no le duele tanto como a propios, levantan su voz y llaman estúpidos a sus compatriotas.  Proclaman que lo desconocido y nunca visto es superior, y que lo vernáculo es basura.  Y es basura, por lo tanto, el país, el gobierno, el pueblo y todas sus formas de ser nacionales.

Y se lanzan a las calles a proponer luchas fantasmas, levantando banderas de mundos ajenos y causas inexistentes, porque sencillamente su reino no es de estos lares; y se permean y se dejan utilizar, ¡entonces!, por esos factores de la otredad que finalmente podrían interesarse en lo que ellos en verdad sienten:  que no sirven, que no merecen vivir a lo vernáculo, que son peores que todos y que no merecen el país donde hacen vida.  Y así esos factores exógenos le proponen otra “patria” sobre la que tendría que ser verdadera.

Y son comprados, y empiezan a derramar la sangre propia en nombre de allende intereses en función de la desaparición de aquello suyo que tanto les asquea:  su ser propio, su propio país y gente.  Porque ellos se duelen de ser lo que no son, y de estar donde no, teniendo lo que no tienen, del mismo que una cucaracha se arrecha por no ser una flor, o viceversa.

Tal me parece el retrato de quienes estudiantes nalgas blancas de hoy, junto a sus acólitos y hasta promotores, andan pelando sus esfínteres por esas calles, invocando exógenas soluciones para su patria, imitando revoluciones coloridas destruye-países, incapaces de amarse a sí mismo, peores que todos en el mundo entero, cagadas de todos los tiempos, según propio comportamiento y declaraciones.  Para ser franco, me parece el retrato de todo ese sector opositor político que los apoya.

Y lo peor de todo es que no hay nada que hacer al respecto: al no ser ellos lo que pretenden o proclaman ser, no hay con quien negociar ni presentar reclamos. No existen, no son…, o son sombras de lejanos fuegos. ¿Cómo reclamarle a una cucaracha extranjera que no florezca o huela como una orquídea nuestra?  Algo loco.  Te responderá, con el mundo al revés, que las orquídeas apestan.