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viernes, 26 de marzo de 2010

La guerra de Venezuela por el petróleo y Chávez como el nuevo gendarme necesario

La situación de Venezuela, de cara a un futuro defensivo en medio de una guerra, se ha puesto recia.  Lo he dicho casi en cada reflexión que he hecho, faltando nomás ponerle fecha al asunto:  la cofradía de países industrializados que regenta el mundo nos entuba hacia una confrontación sin remedio, con el objeto de cubrir sus necesidades en materia de recursos naturales.*  No es cuento, y no pido permiso para seguir siendo pesimista, dadas las señales al respecto, cada vez más alusivas, cada vez más cerradas, como círculos concéntricos en torno a las mayores reservas de petróleo del mundo. No es pesimismo lo que logre prevenir o concienciar respecto de la inminencia de un hecho.

Se dice en Venezuela, refraneramente hablando, que “la necesidad tiene cara de perro” para aludir a la pérdida de toda compostura y protocolos morales y sociales a fin de saciar la dicha necesidad.  Casi como si se dijera que el fin justifica los medios.  ¿Durito, no?  La historia está tan llena de ejemplos que es ridículo traer colaciones.  ¡Imagínense, es un refrán!  No más les sugiero ver al respecto una sabrosa historia de Guy de Maupassant, llamada “Bola de sebo”.  Lea esa farsa de los valores y maneras sociales, y vea como unas “damas” minimizan casi al grado de beatificación ─se dirá─ la profesión de prostituta y prácticamente obligan a una congénere (que ya era del oficio) a acostarse con un teniente para que las deje pasar, en medio de una situación de guerra en Francia.  Luego de lo cual, logrado los objetivos, siguen abominando de ella, como lo hacían antes.

¿Tirado de los pelos el ejemplo?  Tal vez, pero no deja de hablarnos de los temas, moral y guerra.  Y es la guerra, amigos, máxima expresión de la toma de medidas en función de la supervivencia y el suplimiento de necesidades.  ¿Que no lo cree, porque hay países que la hacen sin que necesariamente este amenazada sus subsistencia?  Poco creíble, sin duda; toda guerra apunta a lo dicho, más allá de apariencias, valores morales y necesidades.  Lo que normalmente cunde es la incapacidad de comprensión para penetrar en el meollo, intrincado por el mundo de las apariencias y la falsa moral “progresista” que se nos inculca sistémica y sestemáticamente desde el colegio.

Le pongo el ejemplo más brillante que se me ocurre.  ¿Ha visto usted, por estos tiempos de petróleo, a algún país pelearse por el agua?  Hay guerras del petróleo y de los cien años o días, pero ¿guerra del agua?  No la he visto por estas décadas, a menos que nos refiramos a la así llamada serie de protestas de calle que ocurrieron internamente en Bolivia hace un tiempo.  Bueno, le digo que en su nombre ya se planifican guerras, y ya se han hecho silenciosas invasiones y construido, también, inequívocas campamentos militares en el mundo.

¿Sabía usted que sólo el 1,5 ó 2,5% del total del agua del planeta es dulce, esa que tomamos todos los días?  ¿Visualiza usted a un país tan prevenido como los EEUU hacer guerras por ella?  ¿Lo visualiza con problemas de suministro, ahora mismo como hablamos, en tiempos de petróleo? Lo más seguro es que no; parecería ridículo.  Sin embargo, ya tienen bases militares en Suramérica, en las adyacencias de las pocas reservas mundiales del vital líquido.  ¿Sabía usted que ya les enseñan a sus escolares que la amazonia es un territorio que les pertenece, actualmente en manos de unos bárbaros (los suramericanos) que la maltratan?  ¿No le suena ello a guerra?  ¿O qué me dirá, que son buenos modales y educación, positiva expresión del progreso en el mundo? ¡Vamos…!

Lo regular es que veamos a ese país guerrear por petróleo, y aquí volvemos a nuestra preocupación inicial sobre el porvenir belicoso que se le encasqueta a Venezuela.  Necesitan petróleo y vendrán por él, tan seguro como que son un país industrializado, y el industrialismo, al menos a partir de su segunda revolución, se funda en el uso del petróleo como elemento base combustible.  De lo contrario, perece (desde el punto de vista industrial, lógicamente), dado que a corto plazo, por lo menos hasta el 2.050, no ha previsto la desaparición o corte del suministro del petróleo para su funcionamiento, lo que nos empuja a decir que, peor aun, el apogeo actual de esa infraestructura de explotación tiene que sonarnos más precisamente a amenaza clara, dado que es un sistema que exige continuar funcionando (exprimiendo petróleo) hasta tanto no ocurra un cambio de uso en la base combustible, se trate ya del hidrógeno, el etanol, la energía atómica o lo que fuere. Hasta tanto no advenga en infraestructura mundial la tecnología sustituta que, sin duda, ya debe estar prevista.

Las proyecciones del funcionamiento de la infraestructura industrial estadounidense, antes de cambiar al sucesivo formato sustitutivo, están calculadas, con toda certeza, sobre la base del petróleo existente en el mundo, ubicado en forma de reservas no en países (óigase bien) sino en la corteza terrestre.  No hay Irak, Venezuela, Arabia Saudita o Irán (no se incluye Rusia, país armado); hay petróleo y reservas.  Y hay una infraestructura, como dijimos, para su explotación creada, hecho que nos hará ver a ese país con “cara de perro” cuando por alguna razón una reserva se sustraiga a su cálculo o se le presentan problemas de suministro (actualmente el competidor en la materia, China, ha disparado las alarmas).  Y Venezuela es uno de esos potenciales casos de sustracción, aunque hoy le venda petróleo a plena capacidad.  Asunto serio, por consiguiente, y nada digamos de aquella doctrina colonialista del tal Monroe, que hace dar por hecho que le pertenecemos, no tanto ya en nación, sino como suelo.  Y esa cara de perro semeja con gran precisión a la de un cánido de guerra.

No hay formato de buenos valores o buenos discursos que valga.  La guerra es la guerra y su necesidad de hecho es su necesidad.  Los EEUU no se dejarán morir en nombre de la libertad bolivariana de Venezuela o cualquier otro país que figure en la lista de suministro.  Menos en nombre de acomodaticios valores a respetar del mundo civilizado y progresistas, como les gusta a ellos mucho nombrar (EEUU y su combo industrial):  “Por el respeto a la democracia, la libertad y las buenas costumbres, no invadiremos a Venezuela para tomar su petróleo, vital para nosotros.  Caerá nuestra base industrial y perderemos la preponderancia que hasta hoy hemos protagonizado en el mundo.  Muramos”  ¡Por favor!

“Gendarme necesario”, con todo y lo que la expresión acarree en materia de reconocimiento ─lamentable─ de que hay una nación que no ha madurado los niveles suficientes de civismo y amor patrio al grado tal que haga inútil la invocación de figuras caudillescas que vengan a exorcizar[...]

En medio de mi visión si ustedes quieren insana, no me consuelo con las pastillitas esas de la historia que pintan a Venezuela como país intocable, so pena de desatar una conflagración mundial, como en la Segunda Guerra Mundial lo fue Polonia.  Es inútil.  Polonia fue arrasada, finalmente, como sabemos.  Por el contrario, es necesario alarmarse porque nuestro país tenga esa percepción, nada halagüeña.

Y tirar la vista más allá, analizando los signos y síntomas del cielo.  En repaso:  Chávez cierra filas nacionalista sobre el petróleo, preocupando al gringo; el país industrial insiste en llegar a mediados de siglo a expensas del petróleo de los demás, como lo han calculado, cuando se supone habrán cimentado en infraestructura la nueva tecnología; hay ya bases de guerra “petrolera” en Colombia y el resto del continente y el Caribe; Chávez reanima a las milicias, urbanas, de frontera y territoriales, como recurso coadyuvante en caso de agresión; EEUU y sus aliados (Colombia-Perú-patio trasero, Israel-poder sionista-financiero y España-aliado caso Irak) presionan con fuerza una operación internacional para desdibujar a la patria de Bolívar como un país narcoterrorista y guerrillero.

Vea el punto último, más claro así:  los enemigos de España (los etarras) presuntamente ya hacen vida en Venezuela; los del gobierno colombiano ─las FARC, la guerrilla─, también; los de Israel (células árabes y palestinas, terroristas), también; los de EEUU ─el terrorismo, Osama Bin Laden, el narcotráfico─, ni hablar.  Es la guerra, amigo.  Más claro no canta el gallo y más tonto no puede ser quien opositor, por ejemplo, como instrumento ciego de su propia destrucción, abogue por la defenestración de una administración de gobierno que defiende celosamente la soberanía patria.  Es materia larga y tendida para la reflexión preocupante.

La maquinaria se mueve, correlativamente a la campaña de descrédito internacional contra Venezuela.  Interna (la oposición entreguista) y externamente, como dijimos.  Lo último en la materia fue la retoma militar de Las Malvinas por parte de Inglaterra.  Por petróleo, por su explotación, por problemas jurisdiccionales con Argentina, presuntamente.  Tal es el cuento y argumento que trae a nuestra aguas submarinos y otros equipos bélicos de carácter nuclear. No digamos que no se justifica como movida militar para asegurar el petróleo adyacente a la isla, pero no nos durmamos respecto a  la posibilidad de que constituya un ejército de apoyo a la aventura estadounidense en la región. Preguntémosno de que se trata.  ¿Posicionamiento estratégico para el combate?  Recuerde esto:  EEUU y su viejo país de origen, Inglaterra, juegan en llave a la guerra.  Y andan por ya por estos lares, como se dice, con buques de guerras y demás.

Digo esto último y concluyo, a riesgo de crítica, lo más seguro:  Dado que ya las coordenadas de la guerra están localizados sobre el país, afanosas de petróleo; y dado que la opción política diferente a Hugo Chávez para el regentar el país es la oposición venezolana, entreguista como la conocemos (hecho que le ahorraría la guerra del despojo petrolero a los EEUU), Hugo Chávez emerge como el líder imprescindible para la custodia, para la defensa soberana. (¿O queda otra opción, estimado amigo? O nos plegamos a la invasión o nos defendemos).  Su permanencia en el poder ha de contarse como necesaria, fuerza mayor, de ser necesario, si el destino proyecta como inevitable que nuestro país nuevamente tenga que guerrear para defender sus autonomía, soberanía y vida.  “Gendarme necesario”, en Cesarismo democrático, de Laureano Vallenilla Lanz,² es la expresión más a la mano que se me figura para calificar a Hugo Chávez, sobre la eventualidad de una situación en la cual un país depredador quiere engullir y otro país de la cadena biológica alimentaria se resiste a ser engullido, con perdida de nación, historia, identidad, soberanía y territorio.

“Gendarme necesario”, con todo y lo que la expresión acarree en materia de reconocimiento ─lamentable─ de que hay una nación que no ha madurado los niveles suficientes de civismo y amor patrio al grado tal que haga inútil la invocación de figuras caudillescas que vengan a exorcizar los males de la república y a intentar preservar el carácter de autonomía, integridad y soberanía conquistado en las Guerras de Independencia. Si el país cae en manos de la oposición, derecha política al fin, retratada como está con la causales extranjerizantes, justificadora de las bases militares estadounidenses en América Latina, silenciosa respecto a la quiebra de la democracia en Honduras, regalona de sus recursos naturales (petróleo para la venta a $4), aficionada a pedir prestado sin importar hipotecar el país entero, amante de la idea de coronar como el estado cincuenta y tanto de los EEUU, o algo así como Puerto Rico; caeremos en un coloniaje casi de imposible reversión. Hablaríamos, sin duda, de insistir el “destino” con su receta, de una única circunstancia u oportunidad histórica.

Así como la historia y las necesidades de subsistencia le imponen a uno atacar, le imponen a otro defenderse.  De modo que el mandato es tomar acciones sin rubores, por supuesto, sobre la eventualidad dicha o su inminencia.  Tenga un momento de pensamiento, no más un segundo, y respóndame si la última acción de invasión imperial dejó al país agredido vivo:  ¿es el Irak de hoy el mismo de ayer, sin menoscabo de su nacionalidad, soberanía o petróleo?  Dígame esto último y lo dejo:  ¿le pertenece su petróleo? Me dicen que ni sus museos se salvaron del apoderamiento, trasladados sus objetos a Europa y EEUU.

Nota:

¹ Oscar J. Camero: “El petróleo está echado” [en línea]. En Animal político. – 30 Oct. 2.009. – [pantalla 11]. - http://zoopolitico.blogspot.com/2009/10/el-petroleo-esta-echado.html. - [Consulta: 26 Mar. 2.010].

² Laureano Vallenilla Lanz: Cesarismo democrático [extracto] [en línea]. – Caracas: Monte Ávila Editores, 1.990. - http://www.analitica.com/Bitblio/lvallenilla/gendarme.asp. - [Consulta: 26 Mar. 2.010].

lunes, 22 de marzo de 2010

Libertad o estupidez ilustrada

“Durante cuánto tiempo nos engañaron”.  Walt Whitman

La libertad es la capacidad que tienen los poderosos para mantener a los débiles sometidos a régimen, sin que estos se percaten de la jugada. Total, puede decirse: si nadie nota nada ni protesta, puede hablarse de un mundo de libertades, y hasta de paz. Sobre tal contexto, nada impide definición tan perversa de tan versátil palabra.

Pero no es gala (ni gula) dialéctica, sino historia.  Es un tema al día, sobremanera en América Latina, cuando el molde político-económico de la derecha (plutocracia y capitalismo) se desploma y cae, en consecuencia, el ensamblaje del engaño.  La gente empieza a mirar y los ricachones a preocuparse por sus finanzas y estatus, y a gritar, con todo su poder mediático, que no hay “libertad”, que se acabó la historia y el progreso, dizque ya no hay patria, mucho menos “democracia”.  Eso.

No es para menos su queja.  ¿Qué libertad podrán ellos tasar en que un muerto-de-hambre aprenda a leer, a organizarse socialmente y ha descubrir el engaño, esto es, la fisiología del dominio a la que lo han sometido?  El que lee, lee lo que ha sido. Es para aterrarse.  Por el contrario, para el paradigma del poder, una vaina así es un atentado contra todo:  contra el sistema, el mundo de valores, la democracia, el Derecho, la Historia, las buenas costumbres, la libertad...  Es semilla de revolución, y revolución es vuelco de la tortilla histórica.  ¡A un carajo con la independencia de nadie!  Es sedición, y sedición no es libertad, por más que los libros (escritos por él mismo, el paradigma, digo) ensalcen a la palabrita como corolario ideal.

Usted se puede ir lejos y ver extendidamente este punto de la “libertad” (de los poderosos, como dijimos:  no hay otra), cuento chino hecho tragar a los más tontos, y notará siempre que su fundamento es la ignorancia del otro, del menos afortunado, del más débil, casi siempre mano de obra o esclavo, regularmente pueblos.  A la par de cuento chino, es cuento viejo.  Es Bolívar con su apotégmica frase:  “Nos han dominado más por la ignorancia que por la fuerza”, que juzga la historia de modo descamisante y sentencioso.  No es descubrimiento del agua tibia, sino develamiento de la fría.  No de otro modo pudo morir El Libertador, odiado por el poder oligarca y sumido en la miseria que dan como receta y destino a la clase por ése poder sojuzgada.

La casta de sacerdotes egipcios monopolizaba el conocimiento relativo a los ciclos fértiles y climáticos del Nilo, fundamental para la actividad agrícola y alimentación de entonces.  Nadie más entraba en ese breve círculo custodio de las armas de sometimiento masivo que entonces (como también hoy) es el conocimiento, dosificado, negado o hermético.  Un sacerdote de aquellos era capaz de ejecutar milagros, predecir inundaciones y eclipses.  Poderoso, pues, erigido sobre la prosternación de los más simples (o ignorantes), que no alcanzaban a leer los códigos destinados para los más selectos.  Consistía la libertad en dosificar la vida.

Tiempo más atrás, algo más antiguo, Prometeo robaba el fuego a los dioses y se lo entregaba a los hombres, para preocupación y temblor del poder divino.  Los hombres, en consecuencia, se harían poderosos, podrían ver más a fondo y hasta competir con los inmortales.  Se acababa la “libertad”.  El titán sigue encadenado debajo de las montañas, eternamente castigado.

Universalmente es conocida la historia bíblica de la serpiente dando la manzana a Eva, fruto del árbol prohibido, del conocimiento de lo bueno y lo malo, ése mismo que al comerlo te hacia igual a Dios, conocedor, pues, carente de inocencia, consiguientemente ingobernable o no-engañable.  Eva dio el fruto a los hombres con las consecuencias conocidas.  Algún insondable poder se desmoronó con el secreto develado, y la creación se fue a pique.  Algo del destino humano se perdió al ganar “libertad”. Un gran discurso, y hasta atemorizante, sin duda.

Ficciona Augusto Monterroso en uno de sus cuentos (“El eclipse”) ─viniéndonos ya  casi al presente, época de la Conquista─ como fray Bartolomé Arrazola intentó impresionar a una pila de indios mayas para salva su vida, amenazándola con la ocurrencia de un eclipse (que recordó acaecería ese día) si no lo liberaban. Igual le extrajeron el corazón, mientras los sacerdotes le rezaban sobre su sangre derramada los eclipses que habían sido y los que habrían de ser.  No funcionó para el caso el arma consabida de sometimiento masivo, porque esta vez la tiranía histórica se consiguió a un pueblo con la lanza del conocimiento en ristre.

Por supuesto, podrá ser historia o mito, pero no dejará por ello de ilustrar el mecanismo de dominio por engaño de las clases poderosas, mecanismo propio de este sistema plutocrático que mediante su modelo ideal (capitalismo y exclusión) sojuzga a los pueblos del mundo.  Mucho es el cacareo de los ricos en América Latina porque sus pueblos despiertan y descubren patrañas.  Y es que ya no van a las urnas a regalarles el voto así como así para sostener esa otra mentira neohistórica que es la farsa democrática.  Y es el lamento generalizado que el mundo de valores “buenos” y “conocidos” se acaba, se le escapa la libertad, se hace comunista.  Armagedón, casi. El mundo se pone patas arriba cuando un desdentado, un pobre de la Tierra, se hace con algún tipo de liberador conocimiento y reclama.  No más explotación, no más burla, ¡basta!  ¡Fin de mundo, caramba, que tiene su dueño!

En este sentido, como ustedes saben, hoy en América Latina los países que han abierto un poco el ojo ante el secular poder establecido, tales como Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros, son catalogados como países subversivos, peligrosos, terroristas, sin libertades, represivos, casi que sin futuro.  Cosa de lógica si se consideran por un momento sus logros en materia de erradicación del analfabetismo, conciencia social y valoración histórica. Todas cosas que nunca gustará a los sacerdotes de la historia. Países demoníacos donde el ricachón empieza a perder sus negocios, sus esclavos y su antigua y plena posición de mando; países inmersos en hórridas revoluciones que arrastran consigo la libertad, como cuando se jala un mantel de una mesa y se da al traste con todo.

Y no obstante ello, hoy como ayer el sistema opresor se la juega históricamente como aprendió a hacerlo:  dando por hecho la ilustración propia y la estupidez del otro.  De allí que no dejemos de sorprendernos de tanto abuso, de tanto maltrato a la inteligencia, de tanta campaña mediática, de tanta ridiculez ilustrada, para decirlo de algún modo.  Usted los ve por allí con su OEA (y su receta de “democracia”), con su SIP (y su receta de “libertad”), con su OTAN (y su receta de guerra), con su ONU (y su receta de paz), intentando que usted siga siendo el mismo estúpido de siempre.   Usted los ver por allí con su libertad, certificando mundos, gritando la palabrita a todo pulmón, apostando al pasado, negándose al futuro, que es cambio. Usted los ve, los devela, e incluso así no se avergüenzan.

En fin, amigos, ninguna artimaña es suficiente para que sigamos siendo tontos.  Hoy como ayer los sacerdotes del pasado se vanaglorian de encarnar lo más granado de la especie, y ellos solos son los únicos dignos de seguir siendo sabios, máximos o libres.  Lo demás es pico y cantera.  Monte.  Mundo para unos y mundo para otros.  Libertades, específicas libertades.  Ya lo dijimos:  para algunos habrá la dignidad de cultivar, por ejemplo, el conocimiento atómico; mientras para otros, el temor. Un ejemplo entre mil y cualquiera. Mil y una son las situaciones, pero una sola la verdad, ya desde hace tiempo develada, casi hecha popular (lo cual no impide que siga existiendo el descaro y la desvergüenza de considerar a los demás idiotas):  jamás calzará un hombre o pueblo con conciencia de opresión en el juego de la “libertad” de quienes han anulado y engañado eternamente.

viernes, 19 de marzo de 2010

INTERNET y guerra

Internet sano ¿Qué es lo que pasa?  ¿Estamos en guerra que corremos hormigueantes, ahítos de emocionalidad y desbordados por la imaginación galopante?  ¿Nuestro equilibrio racional es tan susceptible que se quiebra con un rumor, con un retazo, con una sugerencia, con una palabra?  ¿Se esconde el coco en aquella esquina, acechándonos?  ¿Es seguro que hoy pereceremos?

La respuesta es “sí”, es cierto, estamos guerra.  No debe avergonzarlo el decirlo, saliéndonos ya de tanta hipocresía humanista, comprendiendo que ésa, lamentablemente, ha sido el prehistorial del hombre desde sus primeros genes.  No parece que con la aseveración contrariemos ninguna naturaleza social ni humana.  Seguimos en guerra.  La guerra es el mundo.  Hay centenares de guerras en este momento.  Yo guerreo, tú guerreas, ellos guerrean.  La paz sólo es un momento de asueto para aceitar la maquinaria.

No ha sido solamente la Primera y Segunda Guerras Mundiales, ejemplos marcos del nacimiento de los humanos actuales de la Tierra.  Lo fue también la larga Guerra Fría (yo mismo soy, para ejemplo, Guerra Fría).  Lo son las invasiones que por causas de expropiación de soberanías y recursos naturales realizan los países imperiales sobre los más indefensos.  Lo es la colonización.  Lo ha sido siempre el sistema político y económico capitalista que se le ha impuesto al mundo con los resultados conocidos de explotación y plutocracia.  Lo será el futuro.

¡Qué remedio, pues, es la realidad!  Está en guerra tanto el que se defiende como el que ataca, teniendo en cuenta que la neutralidad es un estado de potencial adhesión a uno de los extremos.  Si no defiendes la vida misma, que es la razón extrema para justificar los conflictos, defiendes un derecho, el humanismo, lo que la historia humana ha atesorado como conquistas (a través de guerras, por cierto), una idea, un concepto de dignidad, etc.  Hay guerra a veces porque no tenemos razones para hacerla, si podemos cometer una locura menor que el mismo acto de guerrear y decirla.

Pero si tu, revolucionario, soñador u hombre práctico, amante de la vida, transformador del mundo, crítico del sistema, no encuadras en el convencional paradigma de aquello que genera las injusticias y los consiguientes conflictos; y si, por el contrario, te alineas en el bando de quienes promueven un nuevo orden para el mundo, en el que prevalezca la disciplina, la justicia, la igualdad o equidad sociales, la racionalidad, todos altos valores aparentemente sólo conquistados por los libros... Criticando las abominables prácticas de quienes han detentado siempre el poder, del modo belicoso que hablamos...  ¿Por qué demonios incurres, de manera tan espontánea, en los mismos vicios combatidos que argumentan tu tan hermosa lucha o sueño? (vea lo que digo:  como que hay guerras conceptuadas como “bellas”).

Si es cierto que estamos en guerra perpetua, como llevamos dicho, y la irracionalidad cunde por doquier y una palabra tiene efectos impactantes de bomba atómica y el coco amenaza con zarpazos hasta del mismo cielo; como es cierto que la condición bélica parece una naturaleza humana, así como el hecho loable de que te motiven nobles razones para erradicar su causales, entonces tengo que decirte dos cosas:

  1. En guerra debe prevalecer la disciplina (histórico clisé), y las causales de conmoción durante ella se deben utilizar como una fuente de energía para avanzar en la conquista sin perder el sentido racional de lo real (¿no hablamos de revolución, pues? Entonces hablaremos, nosotros, de no perder la racionalidad y el equilibrio).  El enemigo aflora, paradigmáticamente, en esto rubros, en emocionalidad, animalidad, estampida, visceralidad, rumores, injusticias, asesinatos, explotación sistémica, miedo, esclavismo...  Tu me dirás que conquistamos con la lucha si, como él, perdemos la sindéresis brutalmente y pareciera que nos le uniéramos, no sólo en cuerpo, sino en alma tambien).
  2. De ser el guerrerismo una suerte de naturaleza humana, con todo su arsenal de motivaciones ya paradigmáticas, como la desigualdad social y económica, la explotación humana, el colonialismo, la discriminación racial o religiosa; entonces tú, como revolucionario, como soñador que aspira al cambio hacia una humanidad más simétrica (lejos del hábito y uso que ha sido), tienes ante ti una tarea titánica, y no es más que luchar contra pulsiones abismales de la animalidad humana.  Casi que la cristalización de una mutación.   Serías esto, apotegma interpretado de El Libertador: todo revolucionario se opone a la naturaleza y lucha contra ella para lograr su obediencia, de ser necesario.

¿Entonces?  No me vengas con cuentos, pidiéndome ahora que acepte perder mi sentido de juicio y tolere tus propuestas parciales de censurar al adversario (ciudadano al fin) con las mismas pintas y guisas que protestas cuando se trata de ti. Seguiríamos en lo mismo, guerrear por guerrear, logrando después del combate lo mismo que detentaba el vencido.  Una estupidez.  Allí no hay conquista, menos ningún sentido transformador revolucionario.  No luchamos contra ninguna naturaleza humana, anclados como estaremos en los mismos pozos de la desigualdad, la irresponsabilidad social y ciudadana, el mismo sistema inhumano capitalista, la misma explotación del hombre por hombre conocida por todos.

Lo dicho por los últimos acontecimientos sobre las comunicaciones virtuales, a cuyo respecto pareces escurrir el bulto de la responsabilidad personal y centrárte en la del otro. No, no, no; somos todos, ausentes, tácitos o presentes. Nadie escapa. La polis es compartida.

Soy lapidario en esto de INTERNET, donde el anonimato, si bien es cierto es una atractiva posición de expresión, tiene que ser susceptible de develamiento ante la eventualidad del reclamo de una dignidad ofendida, de un Estado puesto en riesgo, o de una población sometida a terrorismo virtual.  Debe replicar la convivencia virtual (al menos fundamentalmente) a la humana en la vida real sobre la base de un código de responsabilidad civil, de modo tal que si tú me calumnias o lesionas mi dignidad o causas sufrimiento fortuito a los míos seas susceptible de responder por ello ante un tribunal.  Ni más ni menos.  Ello no lesiona ninguna libertad de expresión; por el contrario, la enaltece.

Revolucionario hoy puesto por la historia y la lucha en el poder, con oportunidad de cristalizar las transformaciones sociales e individuales soñadas, sobre la base de la justicia y la responsabilidad civil, no podría estar de acuerdo en incurrir en los mismos vicios largamente combatidos, por más que se precien como factores de la condición humana.  ¿Qué eso?  ¿No empieza mi derecho donde termina el tuyo, así ello sea la bandera utópica de toda guerra?  Y si así fuera el caso, que toda aspiración revolucionaria, soñadora, trasformadora o lo que sea, pertenezca al territorio de lo utópico y lo contranatural, ¿no y que habíamos quedado en que si la naturaleza se opone...?  Dime para qué luchamos.

Noto que una simple sugerencia de investigación a un medio opositor noticiero hecha por el Presidente de la República, Hugo Chávez, ha desatado enconados debates sobre la restricción o libertad de expresión, fuera y dentro del proceso revolucionario, como si el acto de pedir responsabilidades sociales o civiles fuera materia nunca vista revolucionaria.  En un segundo retornamos a estadios iniciales del proceso, de discusiones o peleas viscerales, de tomas irracionales de posiciones y hasta de guerras entre padres e hijos por causa de disparidades político-ideológicas.  ¿Tan susceptibles estamos?  ¿Dónde están, pues, los postulados y las convicciones que nos presentan como una opción de cambio valiosa?  Dime, en fin, correligionario, para qué hacemos la guerra, esto para el caso que no ejerzamos una condición humana con ella.  ¿Para responder como hombres por nuestros actos o para vivir en la impunidad como animales?

Más del autor en <a href="http://zoopolitico.blogspot.com/">Animal político</a>

camero500@hotmail.com

martes, 16 de marzo de 2010

Credo terrorista

No, no iré al diccionario por causa de la palabra “terrorismo”.  ¿Para qué?  ¿Para recibir una inocente charada sobre la técnica del miedo aplicada para destruir un orden o un sistema determinado?  No me sirve para leer la cartilla de la  presente vida, como dudo sirva tampoco a otra persona que precise de un diccionario político actualizado sobre el cinismo y el etnocentrismo galopante de esta nuestra cultura occidental (aunque unos son más occidentales que otros).

Por supuesto, el diccionario nada tiene de malo.  Cumple lo suyo.  Suelta su hueso descarnado y punto.  El problema empieza cuando te preguntas “¿Quién?”  ¿Qué es esa violencia y  por qué?  El embrollo empieza cuando surge alguien que se cree dueño del diccionario y se lo mete debajo del brazo para llevárselo, del mismo modo que un jugador de béisbol se imagina por encima de las reglas al ser dueño del bate, de la pelota, del guante y hasta del estadio donde se juega.  “Si no voy ganando el juego, me lo llevo todo”, suena como equivalente a “De acuerdo con nuestras definiciones, eres terrorista”.

Allí está la vaina, cuando alguien empieza a “dictar cátedra” y a hacerse dueño del conocimiento.  Sí, señor, sin darse cuenta que disfraza el concepto con los valores de su interés y conveniencia.  Es decir, terrorismo de un lado y no de otro.  Terrorismo conceptual, sectario; terrorismo bueno y terrorismo malo.  Terrorismo de acullá; defensa propia acá, hasta el grado casi angelical.  ¡Vaya, vaya!

Así, los dueños del concepto podrían propalar que tú eres terrorista porque te defiendes de la necesidad de destrucción que ellos tengan de ti, sea ya para tomarte militarmente y hacer de ti una base, sea ya para tomar tus riquezas o sea ya porque tú mismo tengas necesidad de destruir ─también─ a los dueños del concepto para sobrevivir.  Nadie dirá que es una guerra, porque se supone somos un mundo civilizado y ello pondría en evidencia que los tales dueños conceptuales no lo serían tanto al guerrear; es mejor aseverar que hay terrorismo, es decir, brutales apéndices de la barbarie de necesaria extirpación.  Y quienes poseen buenas tijeras son esos que andan con el legajo semántico debajo del sobaco.  Los salvadores, los defensores del mundo y la cultura.  Policías galácticos. Ya los conocemos.

Asunto de otredad, de culturas, de etnias o países inferiores.  Aquellos. Si vamos al caso, métanme a mí mismo en el paquete cuando señalo a otro. El discurso libresco da para todo, y no hay que sorprenderse, como llevamos dicho, que si te defiendes y señalas seas tasado como terroristas.

Terrorista es quien se oponga no a lo que dice el diccionario, sino su portador.  Por ahí nos vamos entendiendo.  Ello entrevé que hay seres, culturas, países, continentes, depositarios de saberes y dignidades superiores a otros saberes y dignidades que a alguien se le pueda ocurrir imaginar.  Los determinadores, pues, calificadores ellos, más allá del Catón clásico.  Certificadores.

Así, los dueños del concepto podrían propalar que tú eres terrorista porque te defiendes de la necesidad de destrucción que ellos tengan de ti, sea ya para tomarte militarmente y hacer de ti una base, sea ya para tomar tus riquezas o sea ya porque tú mismo tengas necesidad de destruir ─también─ a los dueños del concepto para sobrevivir.

Bien (mal) podría darse la situación ─de acuerdo con el etnocentrismo descrito─ que sea usted dueño de un recurso que una cultura “superior” de esas necesite para su sobrevivencia o estabilidad.  Déjeme decirle que está en problemas.  Su vida (que usted puede considerar valiosa) peligra.  Su techo y su suelo, también.  No albergue dudas de que vendrán por usted, y usted, mi querido amigo, si se defiende será un bicho terrorista de esos certificados en el secreto diccionario y, si no, si se queda tranquilito sin soltar un tiro o gemido, podría ser calificado como terrorista potencial que en algún momento pudo defender lo suyo.  Ja, ja, ja (“esta risa no es de loco”, como dice la canción), es un túnel con un final de luz jodida.

De modo que existe, también, de acuerdo con estos dueños de la verdad y la cultura, terrorismo per se.  En estado de cultura inferior, digamos bárbaro, en forma de pueblos sacrificables para que sobreviva lo de la especie mejor.  ¿Nos estamos entendiendo?  Entonces, no más por ser poseedores de unos recursos naturales que los dueños de la cultura puedan necesitar, potenciales terrorista del mundo son:  Venezuela y su petróleo, Arabia Saudita y su petróleo, Irak (ya lo fue) y su petróleo, Irán y su petróleo, Nigeria y su petróleo, o, por hablar de otro rubro, Suramérica y su agua dulce.  Por tener armas nucleares que haría prácticamente imposible la toma de su petróleo, no lo es Rusia (terrorista es, también, quien no tenga la capacidad persuasiva de defenderse de semejante apelativo).

Pero diversifiquemos el concepto:  si usted está en dominio de un alto grado de tecnología, comercio y fuerzas militares, que eventualmente pueda opacar a los cancerberos de las etimologías, también será susceptible de protagonizar la lista de indeseables manejadores del terror.  Así, con su poder tecnológico y su cariz de economía del futuro, China es un fuerte candidato.  Ya comete actos de terrorismo al defender la integridad de su territorio o reclamar el amenazante armamentismo de una de sus provincias separatistas. Más acá, incluso: perfilarse como el país más próspero de la Tierra es un acto de terror.

Desde otro ángulo, nada digamos si adoptas ribetes ideológicos y te declaras contrario a la doctrina político-económica más “perfecta” de todos los tiempos, es decir, el capitalismo.  Allí es hasta probable que te den con la biblioteca en la testa.  Encabezarás listas certificadas por todas las providencias y secretos de la Tierra.

Para el caso de Venezuela (y América Latina), muy en boga al momento con el temita éste que tratamos, terrorista será desde que nació, al declararse rebelde y en libertad ante imperios y, luego, al saberse dueña de ingentes recursos requeridos por esos portadores de la verdad que aquí sugerimos, en especial de petróleo.  Habrá de ser terrorista de antemano, sin que exista la necesidad de vincularla con la ETA, Osama Bin Laden o las FARC, como se esfuerzan ahora.  Posee unos inventarios de soberanía que se niega a regalar.

En fin y en general, de acuerdo con estas parcializaciones de la verdad, de los intereses y de las conveniencias, terroristas serán las FARC pero no los paramilitares en Colombia; Irak, pero no quienes lo invaden para tomar su petróleo; quien albergue a un etarra o a un Osama Bin Laden, pero no quien dé cobijo legalista a cuanto terrorista “bueno” haya trabajado para la CIA.  Terrorista es quien torture en cualquier otra cárcel que no se llamé Guantánamo o Abu Ghraib.

Quien escribe los es por lo que escribe, sin duda alguna.  Yo soy terrorista, tú eres terrorista, él es terrorista, nosotros somos terroristas, vosotros sois terroristas, ellos aman (o ellos son buenos).  Así habrá de rezar el gran secreto contenido en ese gran también libro sagrado de la cultura y la política. Terroristas somos todos, pero no el todo, como se consideran algunos que pueblan apenas unos fragmentos del planeta.