lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Por qué el hombre y el idealismo?

I

¡Cuántas humanas ideas no pertenecen a lo imposible!  Usted nombre y piense.  Si no se le ocurre alguna, entonces piense en las que son susceptibles de concreción sobre el plano de lo real.  No es difícil empezar a imaginar.

Una idea es una proposición mental de realidad que, lógicamente, aspira (en tanto proyección) a un espacio fuera de los volátiles contornos del cerebro para virtualizarse.  Es un súmmum trascendental corporizarse, fundir su naturaleza etérea en un formal cuerpo donde sea el alma ─ese principio vital─ quien gobierne a la materia que lo comporte.  Y tanta más gloria tendría la transmutación si esa forma inicial se concreta en un sistema, esto es, en un conjunto de cuerpos gobernados por la concepción precursora, cuerpos (ya seres) debidamente ensamblados para un propósito. Lo que se llama sistema de ideas, ideología, doctrina, etc.

Pero ya es esto un colmo de realización, como quedó dicho.

 

II

Algunas pueden concretarse exitosamente; otras chocan con objeciones para su desarrollo.  No obstante, continúan siendo ideas porque su naturaleza siempre estará definida por esa aureola precursora.  Y al continuar siendo ideas, lógicamente, seguirán incidiendo sobre el comportamiento humano.  ¿O no?  Realmente son las ideas las que trazan ese camino fáctico que un día se decide seguir, corporizado sobre el mundo de las materializaciones.

¡Qué hay ideas completas (las realizadas), otras chuecas (las semirrealizadas) y otras incompletas (las imposibles)!  Nada más falso.  La idea es eso, el principio o proyección de algo; no más.   No se realizan porque se concreten sobre el espacio físico humano, sino por el simple hecho de existir mental e inicialmente (así sea durante el tiempo de un estallido fugaz), y por el magno efecto de, aun en tal estado, ejercer determinaciones sobre el destino de los hombres.  “En el principio era el verbo [...]”

Que sean chuecas o estúpidamente realizables, como un golem; preciosas y profundamente humanas, como propone, por ejemplo, el sistema socialista, con su ética y justicia; injustas e inhumanas, como las enarbola el sistema capitalista en uso; o completamente irrealizables, como cualquier utopía, es una elaboración de la divina creatividad humana.  Algo así como ideas de ideas.

 

III

Y así han vivido y viven los hombres, en medio de tales situaciones dígase inconclusas o realizables.  De hecho, ellos mismos se conciben a sí mismos como las mismas ideas:  triunfadores si se realizan, fracasados si no cristalizan; o sabios o trascendentales si se concretan; o soñadores o revolucionarios si cultivan aquellas ideas de concreción aparentemente imposibles.  Es asunto de perspectiva o cultura, de formación o decisión personal.

Sobre estos últimos especímenes (en realidad lo hacía sobre uno de sus personajes de ficción), decía Jorge Luis Borges que padecen de irrealidad.  No parece haber otro modo alterno de definir “soñador” o “iluso”.  Ser hortelano de cultivos que fácticamente no germinarán a la realidad es un oficio que demuestra dos cosas, por lo llano:  (1) el hombre es un ser de ideas (etéreo o mental), y estas per se pueden fundan cabalmente su realidad; (2) el mundo exterior, ese espacio donde toman concreción complementaria tantas ideas, podría hasta no ser necesario para la existencia del humano pensante.

Porque todas las ideas son siempre en un principio:  fundan mundos, vivifican, recrean, definen, independientemente de que tengan o no aplicación real.  Es lo que el hombre es, esencialmente.  La consideración sobre si las ideas son el producto de una experiencia fáctica es irrelevante para la apreciación del estado actual de humanidad; figura una discusión bizantina del tipo “¿quien fue primero, el huevo o la gallina?”, para utilizar uno de esos maravillosos lugares comunes que zanjan disquisiciones.  Ya se es humano y no importan para ello las causas (el gran enigma), y esto podría convenirse con algo de comodidad y no sin algo, también, de vergüenza.   Es un estado logrado (caso que se plantee la causalidad evolutiva), una marcha sin retorno.  La dotación en el hombre de una corteza cerebral, que le posibilita la imaginación del futuro como un espacio de proyección mental, es un plano para la existencia infinita con omisión ─si se quiere─ de la dimensión ambiental.

Dice Hermann Hesse, en Demian

Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse.

 

IV

Tomás Moro fue quien empezó a bautizar ese término llamado “utopía”, ese planteamiento de jugar con ambos planos, uno real y el otro probable o irrealizable, según su posibilidad materializable.  Con él podría haberse empezado a pensar en mundos paralelos, irreales, competidores con el real.

Pero es una necedad colocar así las cosas.  Es lo que dicen los manuales, los recortes, las historias o biografías.  El hombre es un ser birreal desde el mismo momento en que piensa; desde que fundó su primera ficción, soñada, hablada o escrita.  Desde que tiene la capacidad de inventar mundos paralelos al real que habita, sea de modo crítico, evasivo, consolador o artístico.

Las utopías son más viejas que Moro, y más, incluso, que los griegos mismos con su Platón y su República, y que el recuerdo inmemorial de una sistémica ciudad llamada Atlántida, que presuntamente existió realmente.  (¡Vea usted lo que se habla:  existe la Atlántida en la fuerza ideal del pensamiento, a pesar de no tener pruebas de su existencia física!  Existe la idea, pues; ergo la idea es, primordialmente).

Lo que pasa es que Moro acuñó la palabra de marras: utopía.  Y utopía es la posibilidad enhebrada y sistémica de la existencia de las ideas.

 

“morir por causa de un lanzazo, bala o idea es, finalmente, morir por lo único de que se muere en la vida:  por las ideas”

 

Desde entonces es utópico, por ejemplo, aspirar a que se concreten ideas que no sean realizables o toleradas en la práctica, en ese espacio exterior que se habita.  Como si ese ámbito, donde se virtualizan o repercuten los efectos ideales, privara sobre aquel otro donde se generan las ideas, la madre humanidad.  Algo así como que se entienda que los efectos son la madre de la causa y no a la inversa.

Y así, también, es utópico aspirar al mundo feliz porque instaurarlo, con su cargamento ético de paz y justicia, entraría en conflicto con la guerra e iniquidad efectivamente fundadas en el mundo de desarrollo fáctico de las ideas.

Ser cristiano, ecologista, socialista, etc., supone choques dimensionales entre lo ideal y lo práctico instituidos.

 

V

Pero cultivar utopías no te hace menos realista que quien se decanta por el materialismo existencial.  Se puede asertar con legitimidad que primero fue el verbo que la materia tanto como argumentar lo contrario.  ¡Epa, epa!  Si física y comprobatoriamente no tenemos a la Atlántida frente a nuestros ojos, ¿por que existe en la mente humana y por qué se habla de ella como de un sistema de ideas hecho carne y hueso, losa y concreto, oro, plata y mito?

Podría serse más lapidario con quienes detractan de las ideas arguyendo lo contrario:  por un momento imagínese que hay de hecho una ciudad en ruinas por allí, pero que nadie la recuerda ni visita, ni siquiera un pájaro; ¿podría alguien decir que es más real que la susodicha Atlántida, por ejemplo?  ¡Diga, pues, dónde está, hable de ella!  ¡Presente pruebas, en fin, no tanto ya de la fantasmagórica ciudad como de la condición sine qua non de la sustancia material!

 

VI

De forma que nadie ha de sentirse invisible o menos (es posible al imaginarlo), y menos avergonzarse, por militar en el mundo real de las ideas, esa madre parturienta de realidades.  Te empuja tanto una idea de esas llamadas utópicas como cualquier otra corporizada en una de esas formas que conocemos por fusil o bala, por ejemplo.  De otro modo:  morir por causa de un lanzazo, bala o idea es, finalmente, morir por lo único de que se muere en la vida:  por las ideas.

Un hombre en estado vegetal existe.  Tiene vida esencial, mental, inexpresiva a través del material del cuerpo.  Al menos podría así especularse con la fuerza del pensamiento, como se ha hecho siempre.  Pero no es tal la especulación.  ¿Pruebas?  Ya las hay.  Es noticia presente el hallazgo de científicos sobre la comunicación que vía eléctrica han sostenido con un paciente en semejante estado.  De manera que, más allá del acto de darle a la situación vida con la imaginación, hay existencial esencia de facto, comprobada materialmente.

Lo que ocurre es que el mundo sensitivo del material cuerpo humano ha impuesto su tangibilidad sobre lo etéreo, al grado tal que su condición ha hecho más real a los sentidos el efecto que la causa, como se ha dicho.  Es la historia humana y material hasta hoy, regido por las leyes efectistas de la materia.

Ya se dijo:  una idea corporizada materialmente no es más idea (ni más fuerte) que otra no concretada.  Apenas es más práctica.   A los hombres no los mueven sus pasos, sino sus pensamientos, hechos de ideas materializables e inmateriales.

Idea que no traspasa el umbral de lo mental hacia lo real material es categorizada como virtual, y así los hombres, idealistas todos (es ocioso ejemplificar).  Pero ser virtual encarna la condición de comulgar perennemente con la madre fuente de la humanidad (el lago ideario) sin el riesgo perverso del alejamiento y la desvirtuación de la realización materialista.

La estirpe, pues, del utópico, soñador o idealista es quien llama al hombre, magnamente, a mantenerse con los pies sobre la humanidad, sobre la idea, cosa que ha de ser muy distinto al hecho inveterado de mantener los pies sobre la tierra, como se dice.

Emanada de su originaria fuente, realizada en un acto concreto, aunque siempre sea idea, correrá siempre el riesgo de distanciarse del estanque primigenio con ínfulas de única realidad.  De tal suerte que jamás será menos auténtico y humano el ideario de una utopía que la encarnación de una construcción material.  No es casual que de mundo aquejando por tanto entuerto, como el presente (ojo, el pasado y futuro también existen), emerjan imperfecciones para su enderezamiento.  ¿Cuánto no pende sobre la necesidad cívica humana actual la tentación, por ejemplo, de las propuestas socialistas como correctivo al materialista caudal de sangre, sudor y lágrimas en el que se deshace la explotación del hombre por el hombre?

 

VII

De modo que, correctivamente, se desplaza este escrito a sus líneas primeras, a morder la cola de los principio.  La comodidad del habla y del irreflexivo mundo aparencial llevó a empezar el presente escrito con “¿Cuántas humanas ideas no pertenecen a lo imposible?”  Respóndese:  ¡ninguna!  Todas, hasta la más mínima o famélica, emergen como una realización per se, desde el mismo momento de su posibilidad existencial.   Constituirían las ideas la madre de lo creado, y lo que debería estar bajo discusión, sobre el enfoque de su plenitud aberrantemente imperfecta, es ese espacio (llamado mundo exterior sensible, realidad experiencial) donde los hombres convienen encarnarlas.

Como testimonio impuro, imperfecto y hasta “inhumano” (aunque no sea posible la inhumanidad, estrictamente razonando por aquello de que todo es relativo al hombre, en verso y reverso) de la concreción pragmática y perversa de la intelectualidad humana, considérese la esclavitud, probablemente el sistema de ideas de concreción humana más viejo, elaborado y perverso convenido para la explotación social, política y económica del hombre por el hombre con propósitos de poder.  Considérese en su doctrina, si se quiere, el capitalismo, ese marco jurisdiccional del poder de uno y la opresión del resto.  Y compárese, finalmente, con ese ideario humano que es su contra, que palpita aún en el vientre de los pensamientos irrealizados, pero que pugnan por hacer el milagro de fundar una real praxis con las bondades redentoras y purificantes del estanque originario.  ¡Considerad el poder balsámico de las ideas socialistas en contraposición al lastre que para la felicidad y realización humanas constituye el sistema neoliberal!  ¡Consideradlo aun así como actualmente palpita, en su plenitud mental, con apenas conatos de realización!  Su peso es innegable en la configuración de la humana esperanza contemporánea.

Mueve a los hombres, los compele al cambio, al correctivo sobre el campus vivencial donde lo ético y estético (fuerzas nativas) se han aberrado.   Y es porque las ideas son eso, una pulsión, una proyección esencial humana, un acto de creación puro que degenera en impurezas e imperfecciones cuando prende su alma en una materia.  Toda idea, pues, en su concepción, comportaría un súmmum de pureza de la condición humana, pervertido en su realización práctica.

Ya más arriba este texto aludió a la probabilidad ilusoria del mundo, mundo de imperfecciones. Para el caso, habría estado viviendo siempre el hombre de modo falso, inauténtico, más en el efecto que es su vida que en su condición matriz, es decir, su esencia.

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