
Después de unos días, después que ha bajado la ola efervescente política electoral, serenamente se distinguen en el panorama tres situaciones. La primera, que el Consejo Nacional Electoral (CNE), sin duda, se convirtió en el poder público más fortalecido del país, habiéndole dado la historia la oportunidad de así demostrarlo con los resultados favorables a la oposición, cerrándole el pico a su trillado discurso político de que en el país las instituciones no sirven, son fraudulentas y sólo fallan a favor del gobierno.
Ello, en primer término, fue un baño de agua fría a las calientes hormonas opositoras, cuyo órgano parlante ya tenía la forma bucal de la palabrita remanoseada: fraude. Hasta el día de hoy, la oposición política venezolana en la decena de comicios realizados jamás ha reconocido la validez de los resultados suministrado por el árbitro, el CNE, cuando para ellos, en las primeras de cambio, se le reconocen las cosas sencillamente. Para ellos, los opositores, el chavismo nunca les ha ganado una de modo limpio, siendo, por extensión, una gente tramposa. Hoy han tenido que recoger su discurso, pero todavía, aun ganando, tal vez por la dignidad de haber defendido a ultranza una vieja postura, siguen aduciendo que ganaron por más de 100 mil votos, que el CNE los estafó y las cifras rozan millones. De algún modo se sigue en ejercicio de una sólida disociación.
Más complicado se la puso el presidente Hugo Chávez cuando reconoció la desventaja propia: reconocer no cuesta nada y, por el contrario, realza, como pasó con su figura, disparada a las alturas de gran demócrata en el ámbito mundial, sin duda otro gran ganador en ese sentido. Con semejantes patadas en el trasero la oposición, como se vio, no celebró nada cuando oyó los resultados, lo cual extrañó a un gentío. Lógicamente, no parece haber razones de fiesta cuando se descubre que se cae un discurso institucionalizado en boca opositora, esto es, que Chávez es un tirano, que el CNE está vendido, y cuando descubres que ganas no porque el otro pierde, lo cual es una idiotez, sino porque dejó de votar. 100 mil votos de ventaja no es para andar capitalizando cuotas de expectativas más allá de comprender que la oposición venezolana existe o no en la medida en que el chavismo está más o menos motivado. Por ello suena excesivo lo de la reconciliación, porque a pesar de los resultados favorables a la oposición, ésta no juega limpio aún, no reconoce al árbitro, al Estado, al contrario, no ha crecido incluso, no teniendo altura moral ni peso específico para andar proponiendo nada. Se sigue siendo mosca por un lado y águila por el otro, ocurriendo que a veces ese animalejo puede posarse sobre la nariz cuando el gigante se queda dormido.
El tema de la reconciliación es una trampa dialéctica para hacer caer a los incautos, pasar por el tamiz de moderado y demócrata cuando se es golpista hasta los tuétanos y para seguir en el jueguito de guerra de querer defenestrar a un presidente constitucionalmente elegido. Cuando los opositores tengan conciencia de lo propio, dejen de estar recibiendo fondos desde el extranjero, vendiendo su conciencia a otros intereses, entonces habrán crecido un palmo significativo en moral y credibilidad.
El segundo punto es la marejada de reflexiones que ha dejado el evento electoral, hecho inusitado explicado sólo por la capacidad promotora e informativa de la Internet. Desde mea culpa hasta posturas de furibunda molestia dan su aporte al análisis de los acontecimientos. El portal Aporrea se ha convertido en la mejor prueba de ello. Dos periodistas connotados, José Vicente Rangel y Eleazar Díaz Rangel, coinciden en la necesidad que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) se haga eco de la reflexión, la recojan y la analicen para efectos propios de administración de la derrota, hecho que hay que empezar a llamarlo así, sin tapujos, en aras de crecer objetivamente.

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