martes, 18 de diciembre de 2007

Mágicas o científicas, dos propuestas para recuperar la fe política del pueblo venezolano



Preámbulo
Puestos en el plan de buscarles explicaciones a los recientes acontecimientos políticos en Venezuela, más allá de las apreciaciones socio-psicológicas sobre el comportamiento humano político, fácilmente caemos en planos de discusión de carácter simbólicos y hasta esotéricos, como suele ser la reflexión de lo que se ha dado en llamar el "alma popular", pero que en nada se pelea con apreciaciones cientificistas de los teóricos desde el mismo momento en que la ciencia es y ha sido inútil para predecir el acaecer humano, incluyendo a la ciencia estadística en su aplicación sociométrica, que es lo más cercano a predicción que se conozca.

En efecto, con facilidad la gente en la calle se explica las cosas aplicando el rasero de la simbología, la cábala y del simple pero certero sentido común. No es extraño oír entonces "Chávez se dejó joder con los escuálidos", "Se lo comió el tigre", "¿Quien coño hace una revolución con unos guantes de seda?", "Mucha consideración", "Se rodeó de escoria", "La oposición se le metió en el palacio", "La gente se le calentó en la calle y le metió su regaño", entre tantas cosa que usted mismo habrá oído, estando en aptitud de completar la lista. Se trata de la gente en la calle, con expresiones frescas del corazón, eximidas de los lentes de aumento que usan los sesudos analistas para examinar la "cosa" oculta detrás de las apariencias. Se puede afirmar, incluso, que es la voz de los aparencial que se explica los hechos con la rapidez del rayo, respondiendo a una emocionalidad directa, hechos cuya explicación, como afirman los sesudos, tienen su arraigo en honduras, pozo donde no nos vamos a bañar, por ahora.

Para la masa popular, simplemente Chávez cometió la infracción de dejar cabalgar la impunidad, por mencionar uno de los puntos prometidos, y eso lo pena la ley divina. Hasta un popular refrán lo refrenda: "Dime con quien andas y te diré quien eres", y la boca que lo dice se suelta en detallar cómo desde adentro se mata lo de afuera. Se llenó el gobierno, pues, de opositores, de quintas columnas, de derecha endógena, de chavismo sin Chávez, de corruptos pendientes de sus cifras y no del crecimiento del país como nación social. No faltan las alusiones bíblicas entre los más religiosos, cabalísticos ellos, intentando explicar que el presidente recibió un jalón de oreja divino como en los pentateucos tiempos, cuando Jehová asolaba al pueblo hebreo con derrotas por existir una afrenta entre sus filas. Casos bastantes hay de idolatrías castigadas, de adulterios, de patriarcas que desperdiciaban su seminalidad o de tráfico sexual con pueblos pecaminosos del orbe. De 80 a 100 mil tuvieron que morir para expiar la conocida ofensa religiosa del becerro de oro, ante quien se postró el pueblo semita en idolatría, prosternado incluso el patriarca Aarón, hermano de Moisés.

Un tanto igual le ocurrió a otro pueblo, gentil ya. Los griegos, los aqueos. En un momento de la Guerra de Troya, que duró una década, las huestes aqueas no veían una victoria ante los troyanos, encontrándose luego la explicación en las cabalística palabras de Tiresias, el adivino, quien hacía su exégesis de los designios divinos. El dios Apolo se encontraba ofendido y no favorecía la suerte griega durante la contienda, habiendo que expiar, como en efecto ocurrió, según narra La Ilíada, enderezándose el entuerto.

Modernamente, en el espíritu ilustrado, las cosas han cambiando, como parece sobrar decir. Las sociedades se han organizado en la occidental democracia griega -por cierto-, donde el pueblo, en su calidad de elector y en virtud de ideales socio-filosóficos, se ha disparado a alturas prácticamente de deidad por su poder refrendario y hasta ejecutor, naturalmente sin competir con la deidad mayor y oficial de su localidad, esto es la religión oficial o de Estado. Así, siguiendo en la imaginería planteada, no se tendría que decir en el presente "Canta, oh, Musa" para recibir la inspiración sagrada necesaria en interpretación de una eventualidad política, pudiéndose decir, más precisamente, sin exagerar, "Canta, oh, Pueblo". Esta idea, en su idealidad asociada con valores de igualdad, justicia, soberanía e independencia, constituyó el armazón de las luchas patrias desarrolladas durante el proceso de emancipación latinoamericana. Hombres de luminosa ilustración e enciclopedismo sembrando el camino de antorchas.

Pero hoy, en el marco de los recientes resultados adversos al proceso de cambios, si hay que buscar una explicación en el sentido que nos conduce, digamos ya cabalístico, o simbólicos, como lo ha puesto de moda el presidente Hugo Chávez con su revisión de la simbología bolivariana; habría que concluir pronunciando dos palabras de particular incidencia sobre la gente, el verdugo final ante las urnas electorales: impunidad judicial y lentitud operativa en el andar de la revolución. Dos constantes que pesan en el conciente colectivo desde el año 2.002 y que resumen el criterio popular de la derrota, oculta tras el bastidor aparencial. He allí la afrenta que el pueblo, el dios político enojado, no perdona.

(1) Impunidad judicial
La primera nos remite sin pena ni gloria a esa fractura psíquica de la paz ciudadana del golpe de Estado de 2.002, cuando las masas manifestaron su amor patrio por un líder que los supo interpretar y se convirtió en su voz, Hugo Chávez, pero que hoy le asoman que dicho sentimiento puede pasar a afrentosa decepción, dada la impunidad, pues el común interpreta que la belleza de ese sentimiento pudo no servir para un carajo, según están las cosas ahora, más cuanto las huestes opositoras se dedican a aquejar al pueblo con incomodidades, escasez, ataque mediático o cualquier otra basura política coyuntural, etc. No hay al sol de hoy nadie purgando condena por aquel atentado democrático, y cabalga la impunidad haciéndole un daño increíble a una revolución que un paisano describió por allá arriba como ser con "guantes de seda", detrás de lo cual puede empezar a correrse el parecer de que se trata de una farsa plagada de ineficiencias, como lo anterior vivido en la Cuarta República, tan sistemáticamente criticado.

No existe ese preso ni siquiera a título de chivo expiatorio, lo cual podría, aunque maltrechamente, tener un efecto hasta sucedáneo en la conciencia colectiva. (¿Se acuerdan del Chino de Recadi en la Cuarta República, feo ejemplo de justicia pero que, políticamente, sofocó a su manera –aplacó circunstancialmente- una ira colectiva?)
"Porque todo está allí, en la gente, en el arte de ejercer la política como la disciplina clarividente de saber cómo piensan los demás"
La gente que apoya a Chávez, que dejó su casa y bajó a la calle para expresarle su acuerdo y hasta para entrar en combate durante los hechos de abril, requiere una acción que la reivindique en ese plano moral, que políticamente le haga entender que se trata de un gobierno fuerte que ampara y no desdice de los afectos ganados. Hay un vacío de moral que sofocar en tal sentido, y hay que empezar por cambiar la tónica paquidérmica del aparato de justicia, porque se va perdiendo la lucha cuando el opositor la mina aun más con su obrar en medio de una frustrante espera. En nombre de una reconciliación que lo que busca es minar, diluir de una vez por todas la moral chavista, no se puede dar marcha atrás. Por ejemplo, la aprehensión planteada contra Enrique Mendoza, el cerrador de canales, el de la "basura va pa' fuera", es prácticamente un mandato a gritos de las fuerzas psíquicas de lo simbólico humano del pueblo, una medida de salud ciudadana llamada a expiar la afrenta que se le ha hecho a la deidad llamada “Justicia”. Su fuga, como la de Carlos Ortega, Carmona Estanga, Carlos Fernández y otros delincuentes, pondría en fuga a su vez, de modo insoportable o definitivo, la propuesta de Estado socialista que se le hace a los venezolanos, carente en su eventualidad de una moralidad, fortaleza, plausibilidad y rectitud ansiadas.

Como entre hebreos y griegos -se dirá-, algo huele mal pero no en Dinamarca, sino en Venezuela. Expíese la culpa ante el dios Pueblo y recupérese su favor, necesario para el avance.

No ha dado la derecha otro golpe en el país porque tiene la certeza de que la gente saldría una vez más a dar la cara por el presidente, ya en el plano de una guerra civil, pero aguantados por el hecho de saberse, todavía, en desventaja. En todo caso, su ideal es que por lo menos lograr que la gente se quede en sus casas, desmotivados ante una contingencia. Trabajan en eso, desmoralizan a la gente con el propósito de desmovilizarlos. Así, pues, la llamada "reconciliación" es una trampa burguesa cuyo primer error, a título de concesión, se traduciría en más impunidad. "Estamos en reconciliación nacional: suelten a Enrique Mendoza".

(2) Lentitud operativa en el andar de la revolución
El otro punto en esta factorización digamos psicologista, es la lentitud en el avance del proceso de cambios, lentitud justificada en la toma conspirativa del poder, digámoslo así, pero inaceptable una vez que un liderazgo interpreta el momento de la acción, y ese momento llegó con Hugo Chávez después de 1999. La gente desde entonces se ha entusiasmado con los cambios, pero de un tiempo para acá, desde la misma impunidad de abril de 2.002, se tiene la percepción de la que locomoción perdió "algo". La revolución es cambio, fortaleza, amparo, condolencia con el más necesitado, y en ningún momento esa percepción de vacilación ante el descarado agresor de la imagen de Estado, o esa situación de incertidumbre que la derecha y sus empresarios ha logrado crear con la inseguridad alimentaria, en boga en el presente.

La derecha venezolana, sin reacción inicial, embotada por los años de enquistamiento ininterrumpido en el poder, ha venido despertando poco a poco y ha empezado a concertar un ataque con ramificaciones en cada plano de la sociedad, la contrarrevolución, que se alimenta de la inoperancia revolucionaria. Hoy mismo, después de su victoria referendaria, ganan tiempo bajo el cortinaje "civilizado" de su propuesta cazabobos reconciliatoria, ante la cual hay que estar alerta.

Mientras tanto el gobierno ha perdido el tiempo en la formalidad del "buen revolucionario" que se hace solidario con las lágrimas de cocodrilo opositoras, perdiendo la perspectiva de que rico es a pobre como lo es el aceite al agua, para decir de un modo franco. Y esa formalidad es la misma que tanto le encanta al ex ministro saltatalanquera Raúl Isaías Baduel, el "niño mimado de los sectores de la falsa izquierda", como lo llama James Petras en "Referendo venezolano: análisis y epílogo". Para expiar el pecado de la inoperancia con el dios Pueblo, en el aspecto de la tranca en materia de seguridad alimentaria, en materia de empresarios monopolizadores de servicios e insumos, se debe encender la mecha de la confianza ciudadana con relación al hecho de que se avanza efectivamente en las transformaciones, ansiados desde hace muchos años (no se debe olvidar), cambios concretados en la expropiación del terrateniente, los banqueros y capitalistas, como apunta Alan Woods, visto el hecho que voluntariamente no se integran a una concertación. No tendría por qué olvidarse el encanto fundamental para las masas de las propuestas de Hugo Chávez, implícito en el ideario de que Quinta República es oposición a Cuarta, del mismo modo que pobre a rico o agua a aceite, como quedó dicho.

Cito a Woods en una brillante propuesta paliativa de la afrenta hecha al dios Pueblo, para seguir y terminar con nuestra honda mágica, como el mismo parece concluir al final de sus palabras.

Incluso después de la derrota del referéndum, Chávez tiene suficientes poderes para llevar a cabo la expropiación de los terratenientes, banqueros y capitalistas. Tiene el control de la Asamblea Nacional y el apoyo de los sectores decisivos de la sociedad venezolana. Una ley capacitante para expropiar la tierra, los bancos y las grandes empresas privadas provocaría un apoyo entusiasta de las masas ("¿Qué significa la derrota en el referendo?")

Propuesta que subscribo totalmente, pues, como en épocas mitológicas cuando los dioses no eran más que explicaciones de fenómenos naturales que pedían sacrificios para, por ejemplo, continuar con la sagrada lluvia, se impone hoy recuperar la fe del pueblo para poder continuar la caminata a su lado, punto final de una revolución.

Ha de arrodillarse el político ante la condición sagrada de los pueblos, y estos, incluso en medio de su deífica naturaleza, deben enamorase de sus idólatras para seguirlos y protegerlos, cuando de ajusticiarlos no se trata. Porque todo está allí, en la gente, en el arte de ejercer la política como la disciplina clarividente de saber cómo piensan los demás.

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