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viernes, 4 de julio de 2008

Del sentimiento trágico de Colombia

Imagen tomada de El Espectador.com (Bogotá) No hay que llamarse a engaños.  El gobierno colombiano, a fuer de implementar planes de supervivencia y combate procedentes de otros países que le brindan su apoyo, ha terminado siendo esos "otros países", menos un gobierno propio.  Eso lo sabemos de "cajón", prototípicamente, se dirá, si evocamos el pasado guabinoso de ese país desde la época misma de la Independencia, donde vimos a su prócer, Francisco de Paula Santander, hacer una y mil piruetas para quebrar la causa bolivariana, buscando apoyo extranjero para imponer una tesis interesadamente personalista, coqueteando desde el mismo génesis republicano con los factores de la injerencia imperial.

Cuando El Libertador lo detiene en una de sus andanzas magnicidas y lo expatria en vez de fusilarlo −dada la posibilidad de hacerlo−, salvaguardó en el exilio una semilla contrarrevolucionaria que habría de volver posteriormente a hacer las cosas a su manera en Colombia, mandando a los mil demonios la gesta emancipadora, permeándose desde entonces al interés extranjero como vía facilitada para el logro de particulares empresas.  Muerto Bolívar, sumido en la mayor miseria, triunfaba Santander, sumido en medio de ingentes riquezas, incontabilizadas propiedades terrenas e inmobiliarias que forjaron el formato del poderío oligárquico en el país, tan fresquito hoy en Colombia como entonces, con estamentos cuasi colonialistas y demás.

Santander sobrevive hoy en Colombia, y todo esfuerzo que prepondere el interés particular sobre el colectivo, específicamente en su afán de apoyo exterior, en modo alguno debe sorprender a la conciencia bolivariana, debiendo más bien certificarla sobre la convicción de que actúa por histórica condición y naturaleza.  Su gesta (hoy más nunca mantuana) es la deconstrucción ideológica, más precisamente la bolivariana, doctrina que, a fin de cuentas, en sus ingredientes de justicia social, es el tradicional enemigo del singular modo de ejercer el poder político y económico en el país.   Su reacción natural (hablo del país- casta), como ser viviente al fin, es procurar la supervivencia, como sólo sabe hacerlo históricamente, como lo enseñara el mismo Santander, con golpes trapaceros que no tendrían en nada que envidiarle a un áspid.  Decía Maquiavelo que los hombres atacan u "ofenden por miedo o por odio", y el dicho en su parte final se nos presenta como una disyuntiva de escogencia sustantiva.

Ciertamente Santander fue partícipe de la gesta independentista y moral revolucionaria, pero esencialmente fue un disidente, un hombre de indesprendible abolengo y un soldado peligrosamente humillado en su honor personal por su misma tropa.  El capítulo de los soldados no aceptando su jefatura por preferir al lego campesino de José Antonio Páez, amén de no alcanzar jamás la estatura moral de autoridad de Simón Bolívar, construida en el desprendimiento y el idealismo, es una significativa ocasión para disertar sobre dos rasgos temibles de la personalidad humana:  resentimiento y revanchismo.

Y eso es Colombia hoy día, en su componente de castas económicas y políticas, soltándolo así, simplemente, sin el tonto prejuicio de ofender dignidad o gentilicio algunos, refiriéndonos a aquellos que se sujetan centenariamente al poder sin haberse abierto jamás a ninguna revolución que le permita a las mayorías participar de las riquezas de su patria.  El pueblo es el de siempre, el soldado que participó con su sangre en la gesta heroica de fundar una república para que dos o tres pelagatos lo esclavicen después.  ¿Quién carrizos dice que Santander es la dignidad de un país que se hizo república en la vorágine libertaria bolivariana y que hoy se erige, por condición mantuana, en el gran deconstructor continental  de las causas integracionistas que beben en el ideal romántico y poderoso de la ilustración y de la justicia social?

Porque, a más de decir tantas cosas, es el país y su dirigencia un preparado caldo de cultivo para implosionar ese germen de bolivarianismo que se quedó flotando entre los latinoamericanos, arteramente atacado desde su directriz exterior sobre la base del discurso de la democracia y la institucionalidad.  Tal es la careta que hace providencial la advertencia de Bolívar sobre los EEUU y su advenimiento para plagar de costras a América Latina en nombre de la libertad.  El apoyo de la comunidad internacional es reclamado para Colombia desde esta alevosa vertiente de las suicidas ideas antirrepublicanas, jueguito que tiene sin cuidado a las irresponsables dirigencias del país, que se saben descritas en la obra de Maquiavelo cuando se sienten aludidas como el objeto de la expresión “dividir para gobernar”.

De manera que, por lo dicho, en su sentido de urgencia, Colombia es el país de América Latina más precisado de una revolución.  Su existencia presente, en su formato mantuanesco y vilipendiante de valores históricos, es una real amenaza para las repúblicas independientes de América Latina, donde el trasiego diario es la existencia digna y soberana en contraposición a los intereses neocoloniales de las potencias extranjeras.  Desesperadamente urge un cambio de paradigma, un estremecimiento de la conciencia nacional, que reedite en lo posible el sentimiento gaitanista de encarnar el amor de pueblo que se dispone a luchar por si mismo.  Y vayan estas palabras para justificar un movimiento guerrillero en Colombia en tanto son una inicial recabación del sentimiento gaitanista, pero vaya también la crítica en lo que concierne a dejar envejecer la lucha en el monofundamentalismo táctico, cayendo en el ostracismo y perdiendo terreno en el afecto popular.  Las guerras de hoy son de información y de combate psicológico.

"Simplemente Colombia es EEUU, Europa o cualquier otra procedencia que se preste a financiar y sostener a los patricios en el poder a contrapelo de las amenazas típicamente bolivarianas de integración, soberanía y justicia social"

Del mismo modo que se amerita sacar los restos del divisor José Antonio Páez del Panteón Nacional en Venezuela, un tanto igual se precisaría para Colombia con Santander.  Porque, desde el punto de vista de la supervivencia, no puede ser permisible un país que ya inicio la fase de atacar militarmente los espacios de otros, sus vecinos, del mismo modo que los hace Israel en el Medio Oriente, salvaguardando el interés geoestratégico propio y de otros cataduras, específicamente imperiales.  Suficientes pruebas ha tenido que dar el país desde antiguo para que en la hora presente, que luce como de conflagración inevitable, hayan tenido los demás que conceptuarlo como "amenaza".  En la hora presente lucen como detalles que en el pasado se alineara con los extranjeros en vez de hacerlo con los paisanos (Guerra de Las Malvinas) y que desde siempre tres países dominen su economía nacional:  Inglaterra, España y EEUU.

Simplemente Colombia es EEUU, Europa o cualquier otra procedencia que se preste a financiar y sostener a los patricios en el poder a contrapelo de las amenazas típicamente bolivarianas de integración, soberanía y justicia social.  Y todo a cambio de la venta de los valores ideológicos fundacionales de nuestras repúblicas, nombre que parece aceptar con gran reconcomio hacia la Historia, que así lo dispuso, de modo malogrado, a juzgar por lo dicho, pudiendo muy bien haberse quedado en su forma original de Capitanía General de España o, en su defecto, para los tiempos contemporáneos, pudiendo haber adoptado después la condición de país asociado a los EEUU, como Puerto Rico.  De modo que es comprensible que Bolívar, incluso en su forma espectral, coloque en fuga a tanto agente imperial en Colombia.

Sencillo de sencillez:  si ambos países -Colombia y EEUU- medran de un vigoroso conflicto, peor aun con la perspectiva de desbordarlo hacia la pesca de río revuelto continental, ninguno podrá tener el interés de pacificar nada.  Ipso facto perderían, uno debiendo flexibilizar la severidad explotadora para con el pueblo, otro viéndose en la derrota de no poder intervenir "oficialmente" en Suramérica.  Como en toda guerra esclavista y secesionista, respectivamente, hay intereses políticos y económicos que impiden la conciliación, negándola de plano.

Y por ello mismo, en el contexto del capítulo "Ingrid Betancourt liberada" (por comentar el tema en boga), jamás será creíble la tesis de que ocurrió como consecuencia de negociaciones entre partes beligerantes enfrentadas, porque ello le daría crédito de fuerza a una de las partes; así como tampoco jamás será presentada a la opinión pública la tesis de que ocurrió a cambió de nada, porque colmaría de humanidad a una de las partes que se procura satanizar a cualquier precio.  Lo que se impone es declarar que su liberación fue un rescate de corte militar, porque ello alimenta la vena procurada de la guerra.  No está en el sentido histórico de la supervivencia de las oligarquías (ni de los EEUU)  declarar que la guerrilla está hasta tal punto debilitada que es inminente un proceso de paz en el país. Nada más contraproducente, más allá de la retórica de las declaraciones oficiales que presenta a un ejército ganando la contienda.  Rescatada o liberada, pagada o birlada en un operativo de inteligencia, es irrelevante para la paz en Colombia.  Las FARC, por su parte, tampoco declararán que cobraron rescate por un ser humano...  Y si fuera el caso de que estuviesen debilitadas, téngase la seguridad de que serían "ayudadas" prestamente por los "perros de la guerra", cuando no por los mismos gobiernos de Colombia y EEUU, los principales interesados.

En fin, la reedición bolivariana y santandereana (Chávez y Uribe, respectivamente, y salvando las proporciones) de las luchas independentistas y sus dramas internos de traición, entreguismo o insoburdinación (Santander, Piar), es indicio de que la guerra no ha terminado y de que a nuestros países se les concedió la gracia nomás discursiva de existir como repúblicas libres, a modo y efecto placebo, por decirlo de algún modo.  La lucha ha de proseguir a pesar de algunas renuencias internas, como en el pasado, teniendo como norte la unidad continental y el develamiento de los nuevos formatos del poder colonial.

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