martes, 16 de marzo de 2010

Credo terrorista

No, no iré al diccionario por causa de la palabra “terrorismo”.  ¿Para qué?  ¿Para recibir una inocente charada sobre la técnica del miedo aplicada para destruir un orden o un sistema determinado?  No me sirve para leer la cartilla de la  presente vida, como dudo sirva tampoco a otra persona que precise de un diccionario político actualizado sobre el cinismo y el etnocentrismo galopante de esta nuestra cultura occidental (aunque unos son más occidentales que otros).

Por supuesto, el diccionario nada tiene de malo.  Cumple lo suyo.  Suelta su hueso descarnado y punto.  El problema empieza cuando te preguntas “¿Quién?”  ¿Qué es esa violencia y  por qué?  El embrollo empieza cuando surge alguien que se cree dueño del diccionario y se lo mete debajo del brazo para llevárselo, del mismo modo que un jugador de béisbol se imagina por encima de las reglas al ser dueño del bate, de la pelota, del guante y hasta del estadio donde se juega.  “Si no voy ganando el juego, me lo llevo todo”, suena como equivalente a “De acuerdo con nuestras definiciones, eres terrorista”.

Allí está la vaina, cuando alguien empieza a “dictar cátedra” y a hacerse dueño del conocimiento.  Sí, señor, sin darse cuenta que disfraza el concepto con los valores de su interés y conveniencia.  Es decir, terrorismo de un lado y no de otro.  Terrorismo conceptual, sectario; terrorismo bueno y terrorismo malo.  Terrorismo de acullá; defensa propia acá, hasta el grado casi angelical.  ¡Vaya, vaya!

Así, los dueños del concepto podrían propalar que tú eres terrorista porque te defiendes de la necesidad de destrucción que ellos tengan de ti, sea ya para tomarte militarmente y hacer de ti una base, sea ya para tomar tus riquezas o sea ya porque tú mismo tengas necesidad de destruir ─también─ a los dueños del concepto para sobrevivir.  Nadie dirá que es una guerra, porque se supone somos un mundo civilizado y ello pondría en evidencia que los tales dueños conceptuales no lo serían tanto al guerrear; es mejor aseverar que hay terrorismo, es decir, brutales apéndices de la barbarie de necesaria extirpación.  Y quienes poseen buenas tijeras son esos que andan con el legajo semántico debajo del sobaco.  Los salvadores, los defensores del mundo y la cultura.  Policías galácticos. Ya los conocemos.

Asunto de otredad, de culturas, de etnias o países inferiores.  Aquellos. Si vamos al caso, métanme a mí mismo en el paquete cuando señalo a otro. El discurso libresco da para todo, y no hay que sorprenderse, como llevamos dicho, que si te defiendes y señalas seas tasado como terroristas.

Terrorista es quien se oponga no a lo que dice el diccionario, sino su portador.  Por ahí nos vamos entendiendo.  Ello entrevé que hay seres, culturas, países, continentes, depositarios de saberes y dignidades superiores a otros saberes y dignidades que a alguien se le pueda ocurrir imaginar.  Los determinadores, pues, calificadores ellos, más allá del Catón clásico.  Certificadores.

Así, los dueños del concepto podrían propalar que tú eres terrorista porque te defiendes de la necesidad de destrucción que ellos tengan de ti, sea ya para tomarte militarmente y hacer de ti una base, sea ya para tomar tus riquezas o sea ya porque tú mismo tengas necesidad de destruir ─también─ a los dueños del concepto para sobrevivir.

Bien (mal) podría darse la situación ─de acuerdo con el etnocentrismo descrito─ que sea usted dueño de un recurso que una cultura “superior” de esas necesite para su sobrevivencia o estabilidad.  Déjeme decirle que está en problemas.  Su vida (que usted puede considerar valiosa) peligra.  Su techo y su suelo, también.  No albergue dudas de que vendrán por usted, y usted, mi querido amigo, si se defiende será un bicho terrorista de esos certificados en el secreto diccionario y, si no, si se queda tranquilito sin soltar un tiro o gemido, podría ser calificado como terrorista potencial que en algún momento pudo defender lo suyo.  Ja, ja, ja (“esta risa no es de loco”, como dice la canción), es un túnel con un final de luz jodida.

De modo que existe, también, de acuerdo con estos dueños de la verdad y la cultura, terrorismo per se.  En estado de cultura inferior, digamos bárbaro, en forma de pueblos sacrificables para que sobreviva lo de la especie mejor.  ¿Nos estamos entendiendo?  Entonces, no más por ser poseedores de unos recursos naturales que los dueños de la cultura puedan necesitar, potenciales terrorista del mundo son:  Venezuela y su petróleo, Arabia Saudita y su petróleo, Irak (ya lo fue) y su petróleo, Irán y su petróleo, Nigeria y su petróleo, o, por hablar de otro rubro, Suramérica y su agua dulce.  Por tener armas nucleares que haría prácticamente imposible la toma de su petróleo, no lo es Rusia (terrorista es, también, quien no tenga la capacidad persuasiva de defenderse de semejante apelativo).

Pero diversifiquemos el concepto:  si usted está en dominio de un alto grado de tecnología, comercio y fuerzas militares, que eventualmente pueda opacar a los cancerberos de las etimologías, también será susceptible de protagonizar la lista de indeseables manejadores del terror.  Así, con su poder tecnológico y su cariz de economía del futuro, China es un fuerte candidato.  Ya comete actos de terrorismo al defender la integridad de su territorio o reclamar el amenazante armamentismo de una de sus provincias separatistas. Más acá, incluso: perfilarse como el país más próspero de la Tierra es un acto de terror.

Desde otro ángulo, nada digamos si adoptas ribetes ideológicos y te declaras contrario a la doctrina político-económica más “perfecta” de todos los tiempos, es decir, el capitalismo.  Allí es hasta probable que te den con la biblioteca en la testa.  Encabezarás listas certificadas por todas las providencias y secretos de la Tierra.

Para el caso de Venezuela (y América Latina), muy en boga al momento con el temita éste que tratamos, terrorista será desde que nació, al declararse rebelde y en libertad ante imperios y, luego, al saberse dueña de ingentes recursos requeridos por esos portadores de la verdad que aquí sugerimos, en especial de petróleo.  Habrá de ser terrorista de antemano, sin que exista la necesidad de vincularla con la ETA, Osama Bin Laden o las FARC, como se esfuerzan ahora.  Posee unos inventarios de soberanía que se niega a regalar.

En fin y en general, de acuerdo con estas parcializaciones de la verdad, de los intereses y de las conveniencias, terroristas serán las FARC pero no los paramilitares en Colombia; Irak, pero no quienes lo invaden para tomar su petróleo; quien albergue a un etarra o a un Osama Bin Laden, pero no quien dé cobijo legalista a cuanto terrorista “bueno” haya trabajado para la CIA.  Terrorista es quien torture en cualquier otra cárcel que no se llamé Guantánamo o Abu Ghraib.

Quien escribe los es por lo que escribe, sin duda alguna.  Yo soy terrorista, tú eres terrorista, él es terrorista, nosotros somos terroristas, vosotros sois terroristas, ellos aman (o ellos son buenos).  Así habrá de rezar el gran secreto contenido en ese gran también libro sagrado de la cultura y la política. Terroristas somos todos, pero no el todo, como se consideran algunos que pueblan apenas unos fragmentos del planeta.

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