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martes, 11 de febrero de 2014

Retrato de una nalga adolescente

Si, de bolas, tenemos problemas.  ¿Quién no los tiene en el mundo entero?  ¿Es que antes no los había en Venezuela?  Te conmino a que me nombres algo o alguien sin problemas.  ¿Entonces?  ¿Qué crees que debemos hacer?  ¿Tirarnos por la borda?  ¿Protestar porque no somos perfectos?  ¿Hundir el barco?

Gente hay por ahí para quienes tener problemas en Venezuela no es el problema, sino cómo resolverlos.  Y eso está bien, porque nos pone en el plano de lo posible, imperfecto y humano:  bichos con pedos como todo el mundo.  El problema se presenta cuando esas personitas proponen que quienes tienen que resolver los problemas nuestros sean quienes, precisamente, no los tienen.  Es decir, otros diferentes a nosotros. 

Vamos más allá:  gente que no se quiere, que desconfía de sí misma y con sobrados sentimientos de insuficiencia.  Actuando tal cual como lo haría un extranjero proponiendo soluciones a troche y moche en tierra ajena, sin sentir dolor por las medidas aplicadas porque en el fondo no le importan los efectos de tales, a la mar de inconsecuente sobre la tiera que pisa.

Entonces esa gentica, como se siente menos porque suponen que los extraños resuelven mejor aquello que no le duele tanto como a propios, levantan su voz y llaman estúpidos a sus compatriotas.  Proclaman que lo desconocido y nunca visto es superior, y que lo vernáculo es basura.  Y es basura, por lo tanto, el país, el gobierno, el pueblo y todas sus formas de ser nacionales.

Y se lanzan a las calles a proponer luchas fantasmas, levantando banderas de mundos ajenos y causas inexistentes, porque sencillamente su reino no es de estos lares; y se permean y se dejan utilizar, ¡entonces!, por esos factores de la otredad que finalmente podrían interesarse en lo que ellos en verdad sienten:  que no sirven, que no merecen vivir a lo vernáculo, que son peores que todos y que no merecen el país donde hacen vida.  Y así esos factores exógenos le proponen otra “patria” sobre la que tendría que ser verdadera.

Y son comprados, y empiezan a derramar la sangre propia en nombre de allende intereses en función de la desaparición de aquello suyo que tanto les asquea:  su ser propio, su propio país y gente.  Porque ellos se duelen de ser lo que no son, y de estar donde no, teniendo lo que no tienen, del mismo que una cucaracha se arrecha por no ser una flor, o viceversa.

Tal me parece el retrato de quienes estudiantes nalgas blancas de hoy, junto a sus acólitos y hasta promotores, andan pelando sus esfínteres por esas calles, invocando exógenas soluciones para su patria, imitando revoluciones coloridas destruye-países, incapaces de amarse a sí mismo, peores que todos en el mundo entero, cagadas de todos los tiempos, según propio comportamiento y declaraciones.  Para ser franco, me parece el retrato de todo ese sector opositor político que los apoya.

Y lo peor de todo es que no hay nada que hacer al respecto: al no ser ellos lo que pretenden o proclaman ser, no hay con quien negociar ni presentar reclamos. No existen, no son…, o son sombras de lejanos fuegos. ¿Cómo reclamarle a una cucaracha extranjera que no florezca o huela como una orquídea nuestra?  Algo loco.  Te responderá, con el mundo al revés, que las orquídeas apestan.

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