El mundo es una bomba. Resuena a paso militar. Sus naciones se atapuzan con diversidad de problemas y cunde la impotencia al grado que la guerra aflora como la más fácil alternativa.
Viejas doctrinas hablan, maquiavélicamente, de desviar la atención con el inicio de una guerra cuando un líder presente problemas en su gestión o vida política. Benjamín Netanyahu, el actual primer ministro de Israel, calzó en el esquema y se enrumbó a guerrear contra Líbano, Gaza, Siria e Irán, ésta última la joya dorada de su corona. Y esa situación extraordinaria de su país en guerra lo mantiene en el poder.
Otros rezos susurran que, cuando un país no pueda con sus problemas económicos y depresiones, guerree contra su opresor y confunda el mercado. Bajo tal tesis se explica el génesis de la primera y segunda guerras mundiales, brutal lucha de mercados. Estados Unidos al presente, con tanto problema (atraso militar, deuda con China, dólar infundado, declive económico, líos discriminatorios y migratorios) no parece precisamente un país estable, y se despedaza. Con Donald Trump ha girado hacia la modalidad de guerras comerciales, sin dejar, claro está, de guerrear de modo convencional y encender guerras a través de otros que combatan por ellos. Generar una guerra contra China probablemente conlleve a extraviar el cuaderno deudor.
Otros países, opulentos o no, se defienden o aspiran a recuperar o resarcir situaciones. China tiene una mecha encendida en Taiwán, su querida Formosa; Corea del Norte tiene su contraespejo en su homólogo del sur; Rusia desarma a Ucrania por su seguridad nacional; Irán debe mantenerse alerta ante la amenaza israelí; Venezuela se prepara para evitar el despojo de su Esequibo.
Países ricos hay que se deshacen en suicidios. Son los llamados de primer mundo, donde el individualismo y la competencia han derivado en deterioro de los vínculos primarios de organización, como la familia y la comunidad. Son países (Europa, Rusia, Estados Unidos) que viven por adelantado la soledad como secuela típica de una guerra.
Considérense los siguientes eventos como indicios del fin de una era: Alemania, sabedora de su responsabilidad en las dos grandes guerras, deja a un lado sus escrúpulos contra el militarismo y se arma, presuntamente temiendo a Rusia; y Rusia, por su lado, convoca a sus reservistas para ampliar su ejército a 2.19 millones de efectivos.
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