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lunes, 27 de abril de 2026

La conciencia nauseabunda del venezolano después del 3 de enero de 2026

Un montón de venezolanos miran a un lado, como si no hubiera ocurrido nada de vergüenza. El 3 de enero de 2026 fue una consagración de algo, y no de la primavera, precisamente. Es una mancha floreciente.
Pero todo el mundo debe comer, incluso los ascetas. Debe caminar, trabajar, estudiar, comprar... Se diluye un poquito la indignidad en el diario trajinar. Así pesa menos la realidad, como una espalda que huye, ligera en el viento.
Mirar a un lado es como no querer recordar la desnudez del día anterior, ultrajada en medio de la violación bacanal. Se sabe, se sintió carnalmente lo que ocurrió, pero la psique humana es cobarde y cubre el alma con su manto de olvido, para proteger con evasión, como diría el psicoanalista. Entre lo oscuro habita el coco.
Jean-Baptiste Grenouille, el hombre de El perfume, de Patrick Süskind, no emitía olor alguno y poseía un descomunal olfato. Un engendro natural, asesino serial. Con la inocencia de 25 vírgenes, crea su obra maestra. El perfume. Una fragancia que enloquece, transporta, desata. Con una gota desencajó a París en un día de glorias libertarias y orgías. Fragancia irresistiblemente animal e impúdica.
Al día siguiente era la vergüenza aquello de lo que no se quería hablar. La mujer del vecino había sido de todos, y la propia, del vecino. Por fortuna, la vida es una rutina que hay que atender, y la conciencia se soterra en la inexistencia.
Pero, hete aquí que el venezolano no enloqueció con una fragancia. Ni de cerca. Vibró con una podredumbre, proveniente del mar, cielo y tierra. Tan intensamente se abatía en el viento, que era mejor olvidar. «Algo huele mal en Caracas», era lo que todos se murmuraban, sin querer entrar en detalles. La enfermedad del olvido, nada macondiana, aconsejada por la inconsciencia.
Nadie entra a la capital de un país armado, menos si está en plan de guerra, y captura al comandante en jefe en el mismo ombligo de sus fuerzas armadas, sin sufrir siquiera una raspadura. Ni siquiera una coalición galáctica.
Por eso el hedor es tan intenso desde los cuarteles, donde el alma se descompuso debajo del uniforme, apagando la luz. Lo dice la lógica del viento. La oscuridad ayuda a solapar emanaciones propias, esas que disparan balas de vergüenza.
Pero el militar no dispara tufos del todo si no se lo ordenan. Y aunque un soldado tiene autonomía para desobedecer una orden inmoral, la política arregla esos detalles con gran fetidez. De manera que, entre la política encargada en ese momento y los uniformados, se acuerda desbordar el cauce del río Guaire sobre la población venezolana. Un Guri mefítico.
Y por allí se anda sobre el país, renegando de la miasma, disimulando normalidad.


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