Es un colmo. Irán no ha caído. Por el contrario, está en una situación ventajosa, de fuerza con su estrecho de Ormuz. El país que a lo mejor se entregaba como Venezuela, se ha alzado no sólo como un rival formidable y resiliente, sino que ha ingresado al concierto de las potencias militares.
Donald Trump hizo el trabajo. Con sus inútiles ataques, lo ascendió y condecoró. Allí está el país persa, con sus drones, sus misiles, sus fronteras protegidas, sus aguas bajo control, con su exigencia atómica. El estrecho está bajo su dominio, aunque la flota estadounidense, más a un lado, aplique el bloqueo naval.
De modo que los objetivos no han sido alcanzados. Los iraníes no se han sentado a conversar, tienen los diques de sus aguas y aclaran que jamás desistirán de su desarrollo nuclear. De paso, el mundo responsabiliza a Trump del desastre económico mundial. Vino el gringo a echar a perder un poco más el planeta. El alemán, el francés, el inglés, por mencionar a tres de las siete plagas del belicismo secular, pagan hoy más por la energía. El sarcasmo de la situación es que ellos, no siendo los que lidian con los iraníes, reciben el peor daño. ¡Gracias, Trump!
Pero no se trata nada más de los Estados Unidos con la capa caída. Israel es, en verdad, el perdedor de fondo. Su trabajo de hormiga de aliarse con sus primos árabes (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, etc.) para hundir al persa no ha resultado. Tampoco el esfuerzo que dicen que aplicó para enmarañar al hombre naranja y arrastrarlo a la guerra, aunque se sepa que esto es una falacia.
Irán no se sentará a negociar si (1) el estrecho no queda sin cuestionamiento a su arbitrio, (2) si no se le reparan los daños de guerra y (3) no se le acepta su desarrollo nuclear. La tarea desplegada para enemistar a ambos líderes en la región (Arabia Saudita e Irán) ha sido inútil.
Además, hay que considerar el hecho de que esta contrariedad es su segunda derrota. La primera fue la Guerra de los 12 días. Quedó tan vulnerado con los ataques misilísticos que, para no rendirse, Israel debió pedir apoyo a Washington.
Hoy, de acuerdo con rumores, anda sin municiones, como Estados Unidos sin misiles. Y el país persa, por el contrario, aprovechando la tregua, se ha apertrechado. Drones a granel, lanchas “avispas” por colmenas, túneles secretos rebosantes de misiles. El panorama pinta hacia gris. Tarde o temprano se habrá de entender lo que se traga en la guerra: si no puedes con el rival, siéntate con él. Y tendrán que conversar con odiadas ganas.
Algunos opinan que a Trump le cayó del cielo el atentado que sufrió durante la cena con la corresponsalía de prensa. De hecho, otros analistas hasta piensan que pudo haberlo procurado. El asunto es que le permitió un poco desviar la atención del bendito Medio Oriente, donde la vergüenza se ensaña en ridiculizarlo con un score de 1 a 0 (allí no ha logrado nada). Otros más audaces especulan que no extrañaría que el educado profesor del atentado termine siendo pintado como un enviado del ayatolá. Ello ayudaría a revertir los niveles públicos de descontento y a licenciarse para acciones militares más cuestionables en el Medio Oriente. La sombra del desastre militar contra Irak, en 2002, amenaza con extenderse también desde Irán.
El lado oscuro de la victoria es que, quien mal pierde, podría aflorar en desesperación. Y allí están las armas nucleares, en Israel. La doctrina que describe a Irán como “enemigo existencial”, denominada Sansón, podría cobrar forma. Atacar nuclearmente al país persa podría ser una vía expresa para erradicar al enemigo, aunque el país hebreo quede bajo condena por siglos. No obstante, el razonamiento consolador es que quedaría vivo. De allí que Irán tenga razón en su busca nuclear: la simetría con Israel equilibraría.
La tesis no es descabellada. Pensadores hay que desde hace rato le dan vuelta. Europa aumentó su gasto militar (Alemania, España). Estados Unidos lo subirá hacia una cifra sideral. El riesgo nuclear ha subido en el mundo. Un país como Corea del Norte ha expresado un criterio pesaroso; otros, como India y Pakistán, interactúan con la región y han sufrido el revés energético para sus economías. Podría estarse hablando del inicio de una vorágine.
La otra cara del ascenso geopolítico y militar iraní es su destrucción.



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