miércoles, 24 de septiembre de 2008

Del egoismo y humanismo revolucionarios

"Humanismo", "Humanismo".  Por allí, por la vía de esa palabra, muchas veces se ha ido a caminar el discurso cuando se ha tratado de delinear la semántica operaria (señores, permítanme la expresión) del actual proceso de cambios que cobra cuerpo en la totalidad de América Latina.  "Esta revolución es humanista", se oye por aquí y por allá, hasta en boca del más modesto apologista de un planteamiento que se ha dado en llamar "socialista" más por lo que tiene de urgente necesidad de atención política a cierto sector mayoritario de la sociedad en general que de doctrinario.

No caeré en el matiz semántico de aclarar si lo que se adelanta es una revolución precisamente, como en propiedad se habla de la Revolución Cubana o cualquier otra; o si es un proceso de cambios en ciernes apuntando hacia allá.  No es el plan. Hasta no hace poco hubo una discusión sobre el tema, a propósito de una publicación de un analista político, militante de la izquierda, quien apreciaba que se vivía un proceso de cambios "revolucionarios" inserto dentro de un plan mayor de transformación de la sociedad y economía de un país, siendo esto último, luego de un largo proceso, el precipitado final que con justicia habría de llamarse "revolución".

No me adentraré tampoco dentro de la sutileza de sopesar si tal proceso es "socialista" porque a émulo de la teoría filosófica de Carlos Marx discurre sobre la figura conceptual de las "clases sociales" y la "lucha de clases", o si lo es porque sí, per se, original y genuinamente, coincidiendo más bien Carlos Marx en sus postulados con nuestros regionales planteamientos, en vez de nosotros con él, a pesar de que haya sido él uno de los primeros conceptuadores sobre la materia.  (Alguien -nunca faltan los nacionalismo humanistas- podría argüir que sus elaboraciones alcanzaron la trascendencia universal como teoría sobre la base de observaciones críticas a la sociedad inglesa de su momento, y que por aquí navegamos en América).

Nada de eso.  Tales disquisiciones, así, desde los libros, me parecen material de papel, bastantes alejadas de los hechos vitales.  No pretendo dormir a nadie, mucho menos a mí mismo.  Prefiero el reto de hablar con y sobre emociones, incluso cuando me toque utilizar palabras tan  libresca como "humanismo" o cualquier otra, definido, a propósito,  como "corrientes filosóficas centradas en el estudio del ser humano", así y con todo que haya humanos por ahí en extremo aburridos cuya disección pueda resultar en tremendo fastidio.

Fijaos.  Fidel Castro hace poco en uno de sus escritos daba en el clavo.  Decía que el reto disquisidor entre capitalismo y socialismo consistía en discernir que un modelo de vida centraba su comportamiento sobre el hecho brutal del egoísmo humano, mientras que el otro aspiraba a su aplacamiento.  De allí el lugar común de que el hombre es explotado, vilmente, por el hombre mismo, según viva bajo un sistema capitalista, en contraposición a la otra postura que plantea, más idealizadamente, un modelo de vida  más solidario, más desprendido, de menos competencia social en términos de rivalidad por alcanzar prebendas y beneficios, donde medie un Estado interventor como expresión, precisamente, de la ética y moral de esa determinada aglomeración humana.

He allí el asunto.  La sociedad latinoamericana cambia, de modo evidente, continentalmente, fundamentalmente como reacción a un modelo de vida asfixiante, expoliador e injusto, y nosotros, los sesudos analistas de siempre, saltamos en el acto unos a catalogarla como "revolución", otros como "socialismo" y muchos más como "humanismo", sin ver que el asunto no es cuestión de libro cabalgante sino de carencia cierta de atención, de olvido, de llamada de atención, de ausencia de políticas de Estado hacia sectores en necesidad.  Hay para escoger y para meterse en camisa de once varas por doquier, siendo la última mención (el humanismo) el meollo de quien estas líneas escribe.

Cuando Fidel -para seguir con su idea- le quita y le pone egoísmo a una vertiente o a otra, y de allí puede uno lanzarse a interpretar "humanismo" por todos lados, catalogando en expreso al egoísmo como materia inhumana, no hace uno más que reducir pobremente el asunto.  Un egoísta es humano como cualquiera, como un asesino y hasta como un genocida, así vaya contra la materia de la que hablamos.  Es una cuestión de palabras, de semántica, de filosofía; y de espectro abarcador, como decía el viejo filósofo cuando repetía que  "Nada humano me es ajeno", siendo todo humano en realidad, para no obviar el hecho de que las cosas existen porque las interpretamos.

De forma que nuestra palabrita "humanismo" se nos complica tristemente cuando un adverso viene e infiere que tendría que considerarse como un hecho inhumano al socialismo o a la revolución porque propone versar o catalogarse sobre una materia inexistente, como lo son tendencias y sentimientos idealizados como "inhumanos" por la interpretación, tales como el egoísmo dicho, la mezquindad, la explotación, el esclavismo, etc., siendo atribuciones y deducciones, como sabemos, expresamente humanas.  ¡Vaya problemita, espinoso por demás, pero sofisma al fin!

Se ve la necesidad de acotar que una revolución o proceso de cambios lo que hace es plantear una confrontación del hombre contra el hombre, en sus sentimientos y modo de vida, de donde unos y otros medran acostumbradamente según mentalidades desarrolladas, dando por hecho que el todo que nos envuelve es una materia humana.   Unos acostumbrados y otros rechazando el acostumbramiento.  Tan simple como eso.  Conservadurismo y liberalismo.  Pasado y presente.  Estatus y revolución.  Nuevas visiones de mundo. Prehistoria e historia.

Se viene el filósofo a nosotros y nos auxilia, sin quedarse atrás tampoco el psicólogo, mismo que clasifica la sustancia sentimental humana como destructiva o autodestructiva, humana de todas maneras.   De forma que nos quedamos con que es humanismo y humanista la revolución o proceso de cambios, socialista o no, cuando hace apología de valores humanos constructivos, como la solidaridad específica, la justicia y equitatividad entre las masas.  Pero ni aquí  caemos en acuerdos, porque tiene también que decirse que sentimientos o actitudes tan estigmatizados como el egoísmo podrían empezar a trascender como "positivos" si la sociedad donde nos desenvolviéramos viviera en una cultura de la guerra. Es un asunto de clasificación positiva o negativa de los sentimientos.

De manera que esta reflexión, que inspirara y hasta pidiera una amiga convencida de la necesidad de cambios, no puede terminar -frustradamente- más que con una relatividad conceptual.  Se es revolucionario, humanista o cualquier otra cosa “positiva” para el mundo y la especie humana porque se hace apología de valores  constructivos específicos de difícil ejercicio para el hombre, como el altruismo.  La condición natural, animal y selvática del hombre juega su necesario papel de proveedor instintual, con efectos finales de supervivencia.  La selva está en los genes, de allí que tenga que afirmarse siempre que es idealista y hasta utópico ser un real revolucionario.  El día que el hombre mute en virtud de su educación y erradique aquellos estigmas culturales que propendan a la animalidad selvática con su cadena alimentaria y todo, se estará hablando de una sociedad idealizada, ciertamente, pero en mi criterio nada humana.  Porque el hombre es eso, ese problema en construcción y deconstrucción permanente, permanente aspiración.   Si hacia allá se propendiera, se estaría realmente planteando una utopía:  el no-hombre.

Muy bien -o mal- dentro una sociedad marxista estatuida podrían andar unos humanos planteando una revolución propugnadora de los valores esencialmente animales de la especie humana:  egoísmo, supervivencia y competencia, con todo y que se llame capitalismo a semejante aventura "libertaria".  Por cualquier lado le sale una quinta parte al gato, o salta la liebre, como decimos.

Para efectos más de calle, de mayor vitalidad, dígase que en América Latina ha habido un proceso de agostamiento de la materia humana y social, inveterado, minante, cuyas secuelas se encarnan en unos sobrevivientes históricos, mismos que se resisten a continuar siendo objetos de expolio.  Existe un hecho de miseria social generalizado que se resiste a lo estamental y propone una severa crítica y desmontaje del sistema de vida político y económico vigente, léase el capitalista.  La revolución o proceso de cambios consiste en atender lo que es necesario atender, políticamente, so pena de caotizar el histórico y civilizado modelo de vivir en sociedad, en paz, como recomienda el instinto, independientemente de que las páginas de los libros utilicen la oportunidad para hablar de marxismos históricos, de revoluciones o humanismos.   Se vicia el molde, se cansa el hombre y se propone un cambio.  Se muta.  Simple devenir histórico.

Y ello, naturaleza humana al fin, puede tener sus intérpretes e interpretaciones (actitud revolucionaria, comprensión de la necesidad de cambios, humanismo, etc.),  y nada la obstaría en su acaecimiento o evoluciones (revolución real, cambio, otra vez humanismo).

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