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sábado, 13 de junio de 2026

El tren rojo del pasado

Para expresarlo gráficamente, dígase que el tren llegó a una parada complicada. El tren rojo… Se le informa en el sitio sobre la vialidad y la dificultad con su carga. Tiene que regresar, le ordenan unos inspectores con el ceño muy fruncido.
El tren rojo puede ser un país o una persona. O una visión de mundo. Pero, en cualquier caso, se le alega inaceptabilidad. El mundo tiene otra coloración, incompatible con ciertas tonalidades, como la suya. Tiene dueño y no se pueden aceptar disformidades.
Soñar y ser distinto es imperdonablemente molesto. El sistema se desgasta procesando rasgos diferenciales. Regresar a los talleres, desarmarse, rearmarse y, sobremanera, pintarse de otro color. Es la licencia.
En el mundo ajeno no se toleran ni presuntuosos ni locos que se crean de otra especie. La única clase y forma aceptables es la obediencia. No importa que, siendo el mundo así, parezca ancho y ajeno. Eso sería problema de los disconformes, parias permanentemente depurados. Finalmente, es cosa del dueño. Venir con cuentos de redecorados y otros candiles perturba el ecosistema libertario. Esa paz, tanto de vivos como de muertos.
Tampoco hay tiempo para oír historias, por más que se presuman hermosas. El mundo no puede ser cambiado y punto. Le pertenece al futuro, y eso es una línea tendida al frente, sin cuestionables cálculos ni lógicas aberrantes. Ha de comprenderse que, cuando el mundo es de uno, el resto vive la felicidad de no hacerse cargo. Simple. Su coloración ideal tendría que ser el blanco, la distinción del todo o de la nada.
De manera que debe girar el tal tren rojo, en forma de U, y dar marcha hacia atrás. Tuvo su oportunidad. Recorrer los rieles del pasado tiene que ser su segundo viaje. Su incentivo: haber avizorado, por momentos, el poder y la potestad del Señor en la tierra futura, y prepararse para volver con el formato requerido. Además, disfrutó del paisaje, rápido y lejano a sus costados. Se le da garantías de que el camino de regreso al pasado permanece en buenas condiciones y jamás se daña.
Después de instruírsele en el rechazo y firmar obligaciones, el tren debe aceptar la incineración de su carga. Es más fácil el cambio si, de facto, se empieza a dejar de ser. Entregar sus pertenencias. Arrodillarse y jurar, como ante un señor feudal, para evitar el borrado en el porvenir.
Y esos pasajeros asomados desde las ventanillas deben ser regresados hacia sus orígenes remotos o míticos, hacia un tiempo donde puedan bañarse en las aguas del Leteo, pasando el río Estigia, ensayando mil veces el futuro buscando El Dorado. Una y otra vez naciendo, repitiendo la historia, como medidas reeducativas.


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