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miércoles, 29 de julio de 2026

Secuestro, robo y burla del siglo

Siguiendo el rastro del dinero, se descubre la magnitud del robo y del secuestro que los Estados Unidos han cometido contra Venezuela. “Robo” por los $13.000 millones que el país bolivariano ha vendido por concepto de exportaciones petroleras entre enero y julio de 2026, y que el país del norte represa; y “secuestro” por la obviedad de la captura del presidente Nicolás Maduro, ocurrida el 3 de enero próximo pasado, metáfora, también, del secuestro del país.
Cada palabra es una responsabilidad y establece una relación lógica. Procede el robo una vez que es secuestrado el custodio principal. Nicolás Maduro, al parecer, según restos amorfos de un aparato de Estado ante el extranjero, era la única resistencia nacionalista. En ausencia de la cabeza, alimento es el resto del cuerpo. Y así Venezuela deja de ser Estado, hasta cierto punto, como dejaron de ser los incas cuando cayó Atahualpa ante Francisco Pizarro o los aztecas debido a la muerte de Moctezuma II. Ni imperio ni república. No se hable de Guaicaipuro, resistencia nativa cuya muerte desmoronó a los Teques y a la gran alianza caribe de Caracas.
Más allá de analogías, Maduro era hombre de diálogo, un civil, en nada un guerrero de espada o flecha, como las referencias belicistas apuntadas. Pero durante su estadía en el poder, nadie se atrevió a vejar tanto la patria de Simón Bolívar como se vejan ahora los restos de lo que fue un sistema de gobierno. Tuvo que ser capturado, reducido por las armas (más de cien bajas).
Se trata, más bien, de un esquema estratégico militar, empleado hoy, por ejemplo, en el Medio Oriente, en específico contra Irán, donde se ha intentado reducir a un Estado a fuerza de asesinar su liderazgo (los ayatolás).
Y al seguirse el rastro del dinero, como se dijo al principio, lo que se descubre, además de robo y secuestro, es una infame tutela, para no hablar de colonia de manera precipitada. Un país con sus recursos capturados, explotados, administrados, sin liderazgo digno. Que a Venezuela le hayan abierto los Estados Unidos una cuenta bancaria que se extiende hasta Qatar para recabarle los fondos de las ventas petroleras, habla del tamaño de la vergüenza.
Véase: Caracas vendió, más o menos, 200 millones de barriles de petróleo en el lapso indicado. Facturó los $13.000 millones dichos, actualmente en cuentas gringas. Y ha recibido solamente $300 millones, el equivalente a 5 días de producción petrolera, de un total de 180 días [(N.d.). Com.Mx. Retrieved July 29, 2026, from https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/07/22/economia/financial-times-eu-recauda-mas-de-13-mil-mdd-por-petroleo-venezolano-sin-transparentar-el-destino-de-los-recursos]. De allí que se comprenda, cabalmente, el porqué de la alegría del presidente estadounidense cuando celebra que está haciendo mucho dinero con la presidente venezolana y que, con el petróleo retenido, ha cobrado a Venezuela el equivalente a 28 veces el gasto de su incursión militar.
Lo más grave es que se detectó desde el Congreso que la Casa Blanca ordenó el desembolso de $6.000 millones por concepto de ayuda humanitaria por los terremotos, y el gobierno venezolano no ha registrado disponibilidad de tal monto. Hay el antecedente inmediato de una farsa imperialista acometida en Haití desde el terremoto de 2010: los recursos liberados para la asistencia humanitaria jamás llegaron a manos de la empresa local, sino que fueron asignados a contratistas de los Estados Unidos, lo cual equivale a decir que el dinero retornó a su país de origen. La gravedad del desfalco que se cierne sobre un dinero que es propiedad del Estado venezolano es obvia.
Finalmente, más allá de la burla y el robo del siglo denunciados, asiéntese dos hechos, por si acaso aún existe alma humana que no esté al tanto: (1) el país es una tutela o protectorado desde el momento mismo en que no administra sus recursos y es despojado de su soberanía fiscal elemental mediante cuentas bancarias de sus fondos; (2) no hay buena fe en un país que, además de invadir y secuestrar al presidente de otro, es incapaz de liberarle con transparencia sus propios fondos en el contexto de una crisis humanitaria.
Ciérrese la rueda diciendo que, así como se evidencia la mofa contra una república humillada, el hecho acarrea responsabilidades penales sobre los funcionarios públicos que han hecho posible el esperpento, desde la presidente encargada para abajo, pasando por la Asamblea Nacional, el vicepresidente del partido PSUV o el ministro de la Defensa. No es posible que se continúe propalando la especie de que en Venezuela se evitó una guerra el 3 de enero de 2026 capitulando como se capituló. Como si se dijera que se defendió la patria de Bolívar entregándola. Semejante absurdo hace más cara la pena que merece la traición al involucrar la burla contra la inteligencia y la buena fe de un pueblo que quiso confiar en su dirigencia.
Nota de honestidad intelectual: El autor contó con la asistencia del modelo de inteligencia artificial Gemini (Google, 2026) como herramienta de soporte para la investigación documental, contraste de datos y estructuración de este artículo.


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miércoles, 22 de julio de 2026

La toma imperialista de La Guaira paso a paso según modelo de ocupación doctrinario y militarista

El presente escrito tiene cuatro momentos reflexivos, que se desglosan desde la misma determinación doctrinaria de los Estados Unidos de posesionarse de La Guaira hasta su defensa final como base militar adquirida, argumentando y desargumentando pretextos. Se trata de un breve análisis de hechos consignados por la historia que, a fuer de premisas, concluye en una serie de razonamientos dirigida a quienes son responsables del destino político de Venezuela. Con el conocimiento de un pasado es posible prevenir un futuro consabido.
En un primer momento, es imperativo saber que las bases militares son mecanismos doctrinarios de expansión y poder de los Estados Unidos. Por ello, tienen cientos en el mundo, como ningún otro país. Son como puestos de avanzada del Imperio Romano en sus caminos de conquista. Asentarse sobre puntos de importancia geopolítica y estratégica es, prácticamente, un mandato de su aparato político estatal, que busca proyección y control globales. Arrestos de imperio, pues.
De manera que, para el caso de la preocupación presente, la aspiración de asentarse como base militar en La Guaira no tiene por qué sorprender a nadie, aunque indigne a quien posea un corazón nacionalista. De hecho, de modo específico y agravante, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos se rige por una doctrina regulatoria militar para situaciones de desastre natural en las que tenga que desplegarse para “ayudar”: el programa de Asistencia Humanitaria Extranjera (FHA).
No es más que un manual de operaciones que, bajo una pantalla de asistencia humanitaria, comisiona a sus tropas para recopilar inteligencia militar, económica y medioambiental del área afectada; mediante el mecanismo de cooperación económica, allana un acceso directo a los Comandos Combatientes en el área ─como el Comando Sur, por ejemplo─ para tejer una narrativa de influencia y de objetivos de seguridad nacional para los Estados Unidos; y, detrás de la cortina de las maquinarias, helicópteros, hospitales de campaña y mapeo de infraestructuras críticas, reconoce el terreno del país anfitrión con el objetivo de medir su capacidad de respuesta en una situación militar eventual.
Dígase que la pretensión operativa, más allá de la instalación militar, es la configuración de un gobierno total en el área asistida. La doctrina es clara en su objetivo de lograr un “gobierno completo” (whole-of-government response): si los Estados Unidos son quienes financian, reconstruyen y rescatan, su influencia debe ser primordial, incluso por encima de la autoridad local. Se trata de un ejercicio de toma física y funcional, con una peligrosa dosis de asunción de soberanía orientada al tutelaje administrativo.
Con tal alerta, resulta en extremo riesgoso infectar una soberanía nacional con la inoculación de semejantes formas de ayuda humanitaria, configuradas con tan específicos genes de la destrucción. Sin embargo, sobre las conclusiones de un análisis objetivo, la carga política y moral tendría que recaer sobre el gobernante que transija con tal daño para su patria.
En un segundo momento, cuando ya la base militar está instalada en la zona aquejada, habría que saber sobre la renuencia del gobierno de los Estados Unidos a retirarse. Es historia. Innumerables son las tácticas dilatorias para evitar o posponer el abandono de una de sus tantas bases militares de la red mundial. Nunca dejará de ser espectacular la intención de permanencia de ese país, incluso en contra de la voluntad del país anfitrión. Suerte de oda al cinismo geopolítico.
El país invasor apelará a la ambigüedad contractual de su permanencia, valiéndose de figuras interpretativas que usualmente requieren años de examen judicial; exigirá reemplazos, es decir, se negará a los desalojos hasta tanto el país anfitrión financie o apruebe una base sustitutiva para los desalojados; se reetiquetará de manera constante como “centro de investigación” o “misión de asesoría” para evadir las prohibiciones de permanencia militar. Toda una charada ensayada a lo largo de capítulos históricos.
Véase: los Estados Unidos no abandonaron la Base Aérea de Clark ni la Base Naval Subic Bay, en Filipinas, hasta 1991, a pesar de que el Tratado de Bases Militares de 1947 había vencido. Recurrió a un paquete de ayuda económica y a una asesoría militar para Manila, condicionando así  permanencia de sus tropas en el país asiático. Solo la erupción del volcán Pinatubo, al dañar la base Clark, logró echarlos.
En Ecuador se pusieron “duros” con la Base de Manta, que tuvieron que abandonar, finalmente, en 2009, ante una inflexible decisión del presidente Rafael Correa. Sin embargo, recurrieron a la táctica dilatoria de instalar mesas de diálogo para enfocar el problema del narcotráfico y así cambiar la naturaleza de su presencia militar en el área. Se propusieron, entonces, como paladines contra el tráfico de drogas.
En Japón, la Base Aérea de Futenma fue protestada intensamente en la década de los 90, siglo XX, debido a la conducta delictiva de las tropas estadounidenses. Los americanos recurrieron a la táctica dilatoria de la “reubicación”. Para irse, exigieron la construcción de otra base para reubicar la estación aérea del Cuerpo de Marines de Futenma. Ello ha llevado décadas de estudio de suelos, de evaluación de impacto ambiental, para la nueva base, lo cual ha dificultado ─¡hasta hoy!─ la devolución de los espacios ocupados por los Estados Unidos en el país asiático.
En Hawái, acusados de daño ambiental, no quieren devolverles los terrenos a los aborígenes, alegando, precisamente, periodos de plazo para la ejecución de estudios de impacto ambiental demostrativos. En Irak, después de que el parlamento acordara el retiro inmediato de sus tropas (por causa del asesinato del general Qasem Soleimani), los gringos recurrieron a la estrategia dilatoria de mutar a “asesores técnicos y fuerzas de asistencia” no combatientes para poder continuar operativos en el área. En Haití, desde 2010 hasta hoy, se inventaron una denominación de base militar “temporal”.
El tercer momento, el de las argucias para evitar el desalojo, es una especie de ofensa a la inteligencia humana por el descaro que comporta. Téngase claro, primeramente, que una base militar en La Guaira, Venezuela, como ya se dijo, revestiría una importancia enorme para los Estados Unidos desde el punto de vista geopolítico y estratégico. Dicha base fungiría como un faro de valor incalculable para el cotejo del país más rico en hidrocarburos del mundo y de las riquezas suramericanas en general. Petróleo, agua, oro, tierras raras… Ni siquiera el vuelo de las aves podría escapar a la auscultación imperial. Con semejante mirilla en el Caribe, poco es lo que podrían aspirar los competidores geopolíticos chinos, rusos o iraníes en la región.
Lo primero que intentarán los Estados Unidos es aducir incapacidad local venezolana para la asistencia logística humanitaria. Que ellos se retiren traería consigo un vacío logístico, lo cual, por nobleza humanitaria, ellos tendrían que rechazar. Cursa, a propósito, una campaña desinformativa en el país al respecto, orientada a retratar a un Estado venezolano inútil con relación a sí mismo en contraste con unos Estados Unidos magnánimamente heroicos.
Luego hablarán de la norma internacional de la Responsabilidad de Proteger. Esto los pondría a charlar sobre la definición de soberanía, aclarando que hay soberanía nacional solo cuando una población vive en estado de bienestar. Por tanto, no se retirarían del sitio mientras existan “criminales” estadísticas de desnutrición y servicios básicos deteriorados. Ellos serían incapaces de abandonar un país a su suerte y es probable que, según documentaciones que los muestran experimentando con su propia población, esparzan vectores infecciosos en el litoral guaireño (como antecedentes, hasta 1969 criaron masivamente mosquitos y garrapatas para propagar la fiebre amarilla y en Cuba pusieron en marcha la Operación Mangosta para arruinar su economía agrícola mediante la inoculación de plagas y del dengue hemorrágico).
Alegarán inseguridad en el área del desastre, justificando la presencia de sus tropas para el debido resguardo y protección. El asunto, inclusive, podría complicarse en una dimensión más amplia: emergerán el crimen organizado en las costas de La Guaira, la piratería marítima, el tráfico de armas y el narcotráfico, lo cual, aunado al vacío de poder venezolano, le dará un giro de inseguridad hemisférica al asunto, con repercusiones sobre la seguridad nacional de los mismos Estados Unidos de América. En el acto se convertirán en custodios del comercio caribeño, no solo con licencia para perdurar, sino para matar.
Finalmente, para decirlo con la infaltable certeza a la que obliga el examen de los tiempos y la razón de sus intereses concretos: los Estados Unidos permanecerán destacados en La Guaira para monitorear y asegurar la transición democrática en Venezuela. No se retirarán hasta tanto la circunstancia política y electoral decante una forma de gobierno satélite, de importancia económica para su subsistencia en medio de un contexto geopolítico de rivalidad con China y Rusia. Sus tropas se venderán como una garantía de paz ante un país convulso, disfuncional, precipitado por ellos mismos al abismo con sus prolongadas sanciones y el golpe militar del 3 de enero de 2026.
Qué hacer es el cuarto momento. Y este aspecto se orienta a la gobernanza responsable del país bolivariano, a sus fuerzas armadas, a todas esas entidades que deben estar comprometidas con la libertad y el ejercicio de soberanía en un país republicano como Venezuela, bolivariano por antonomasia.
Lo primero es evitar la militarización extranjera de la ayuda. Cero de ese personal militar uniformado debiera ser la norma. Venezuela tiene su propia fuerza armada, que podría condicionar el comportamiento de otras auxiliares. Para rescatar una vida no hace falta el traje de la muerte, armado hasta los dientes. Ser rescatista no justifica la toma militar de los espacios, del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, de las telecomunicaciones, del mapeo satelital del territorio… como aspira el país del norte. Es responsabilidad del Estado venezolano velar por que ningún extranjero con capacidad de combate se destaque en el área, permitiendo únicamente a la Cruz Roja o a la ONU labores directrices en materia de asistencia humanitaria. Lo militar nacional es quien podría entrar en apoyo con su fuerza y maquinaria. Desafortunadamente, como síntoma de algo que se desata, ya se han avistado militares estadounidenses uniformados caminando por las calles de Caracas.
Lo segundo es quitar protagonismo de asistencia humanitaria a un país determinado para evitar unipolaridades que puedan derivar en situaciones de chantaje político. Es histórico lo que ocurrió con determinados bloques de países durante la Guerra Fría, que sufrieron la coerción política y económica según dependían de un único surtidor. Venezuela debe promover la asistencia multipolar, con participación de Rusia y China, de manera que se evite decir que únicamente los Estados Unidos proveen la logística.
Sigue luego el consejo de evitar la construcción de infraestructura propia que permita enraizar a los Estados Unidos en la región, como, por ejemplo, campamentos, redes de comunicaciones militares independientes, búnkeres, etc. Es un hecho que el gobierno de los Estados Unidos, en estos momentos, trabaja en la apropiación del aeropuerto más importante del país, procurando construir una infraestructura propia.
Otro punto es orientar a las comunidades organizadas, civiles o milicianas, a velar por los espacios circundantes a los centros de acopio. La presencia ciudadana, según ejemplos históricos (Base Naval de Vieques, Puerto Rico), rebate la presencia militar extranjera indeseable. La ciudadanía es un valor republicano por excelencia.
Para terminar, se alerta al Estado venezolano para que evite refrendar acuerdos de “cooperación técnica” o cualquier otra circunstancia que induzca al otorgamiento de inmunidad a agentes extranjeros. La recomendación viene a cuento porque, precisamente, los Estados Unidos utilizan los Acuerdos sobre el Estatuto de la Fuerza (SOFA) para intentar obtener inmunidad y permanencia para su soldadesca. La historia aconseja al respecto y previene situaciones como la de Colombia, por ejemplo, donde las tropas de las bases militares norteamericanas tienen inmunidad ante cualquier delito que puedan cometer contra la población civil.
Nota de honestidad intelectual: El autor contó con la asistencia del modelo de inteligencia artificial Gemini (Google, 2026) como herramienta de soporte para la investigación documental, contraste de datos y estructuración de este artículo.


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sábado, 18 de julio de 2026

Delcy Rodríguez: no hay tropas extranjeras en Venezuela

De acuerdo con Delcy Rodríguez, presidente encargada de Venezuela, no hay tropas extranjeras en el país. Así lo declaró recientemente ante un periodista español. No las hubo ni siquiera cuando fue dado de baja el “Niño Guerrero”, allá en Las Claritas, Bolívar. Hubo, sí, inteligencia de agencias estadounidenses para orientar al ejército venezolano en las operaciones, pero no tropas.
Tampoco las hay ahora en La Guaira, donde los estadounidenses se estacionaron en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y no cesan de traer vehículos y equipos para mapear la región, acción nada consonante con el hecho humanitario. Los dos buques militares que atracaron en aguas venezolanas habrá que considerarlos unidades civiles, dizque convertidos en sendos hospitales ambulantes. Y las más de dos mil tropas reportadas en el país bolivariano por los mismos Estados Unidos tienen que ser un elemento paranormal en las declaraciones de la política venezolana.
¿Cómo que no hay tropas asentadas en Venezuela? A poco habrá que declarar que no las hubo tampoco el 03ENE26 y que el secuestro de la pareja presidencial es una ficción. La historia registra que murió una treintena de cubanos y tal vez un centenar de venezolanos. ¿Cuál es el punto? ¿Acomodar la realidad? ¿Sugerir alguna dolencia congnitiva bolivariana? Tan cierto es que hay tropas estadounidenses e israelíes en Venezuela como que lo de Nicolás Maduro capturado ocurrió.
En la doctrina militar de asistencia humanitaria de los Estados Unidos no existe praxis sin presencia de tropas. Otros países envían rescatistas, pero los norteños no. Ellos envían militares para aprovechar el accidente natural y entrenar sus juegos de guerra, radiografiar al país averiado con sus satélites e intentar apropiárselo mediante la instalación de una base militar. Casos ejemplares hay; Haití, el último, donde inventaron la noción de bases militares “temporales”.
La Guaira es un delirante estacionamiento para quien sueña con el petróleo y el oro venezolanos, además de todas las riquezas suramericanas. Allí, entrada al continente, resulta ideal la construcción de un faro geopolítico. América para los americanos. Ni rusos ni chinos, rivales geoestratégicos, tendrían posibilidades de competir contra el destino manifiesto de Yanquilandia.
Se dice que no existen los unicornios. Nadie los ha visto, ni siquiera los griegos, que inventaron el cuento; pero algunos persisten en su creencia y se convencen de que los bits de la era informática son los genes de una realidad perdida. Difunden en las redes sociales no sólo avistamientos de tales animalitos fabulosos, sino de duendes, hombres de las nieves, entre otras imágenes ufológicas desclasificadas por el gobierno de los Estados Unidos.
Para un cabal convencimiento, es necesario un creyente desprevenido, ingenuo, ignorante o tonto, y un prestidigitador. ¿Son los venezolanos esas personas, según Delcy, la maga? El último avistamiento que se hiciera de los mitológicos soldados estadounidenses en Venezuela fue en Caracas, caminando uniformados por El Rosal. Hay fotografías y es un hecho científicamente documentado. Cumplen semanas caminando la geomorfología de la tierra de Simón Bolívar.

sábado, 11 de julio de 2026

Estados Unidos trabaja desde ya en la secesión de La Guaira

En el estado La Guaira se gesta una secesión. Puede sonar escandalosamente exagerado, pero habría que responder que exagerado es el cielo, que no tiene fin, y que hiperbólico es querer apropiarse, por ejemplo, de Groenlandia.
Egos hay que desbordan el lenguaje de la razón con su apetito. El mundo se hace pequeño para el hambre. En un principio, siempre hay incrédulos que exclaman “¡Imposible!”, “¿Quién puede creer eso?”, y hasta de estúpido es moteado quien reporte avistamientos. Alejandro Magno, Gengis Kan y Napoleón Bonaparte son todos ellos egos hiperbólicos.
Donald Trump, de la saga de los imperios, no es la excepción. Aún hoy calcula que  Canadá, Groenlandia, México, Cuba, Irán y Venezuela deben ser sus anexiones, si no todos, por lo menos en parte. Es probable que el cazador de estúpidos aduzca que no es lo mismo, que son tiempos diferentes y que Trump sólamente es un hombre millonario.
Pero el ego no cambia en la especie. Es su sello, la conciencia diferencial. Encuentra que la riqueza exorbitante, la anexión espacial o la celebridad son los únicos mecanismos que hacen justicia a su grandeza. Todo narciso pide estatua. Y ya sabemos que el presidente estadounidense pierde la compostura hasta por una medalla de oro que no le ha sido adjudicada (como la del Premio Nobel de la Paz, de María Corina Machado).
De los tantos objetivos que se planteó morder con su dentadura áurea, Venezuela se le ha dado a la perfección. A Groenlandia le salieron hasta defensores de ultramar. México ofreció guerra, como Canadá. Cuba espera. Irán se batió a muerte.
Los militares del país bolivariano entregaron sin protesta a su presidente, lo cual, para empezar, endulzó la gesta conquistadora del yanqui, quien celebró con millones de barriles de petróleo. Luego siguió el oro. Pero es La Guaira, con sus cataclismos aliados, la que ofrece la oportunidad dorada de entrar y tomar espacios, para nunca más soltarlos.
La doctrina militar del gringo trabaja de manera incesante. Hoy es humanitaria, constructora de refugios para presuntos damnificados; pero, esencialmente, construye fortalezas para la prolongada instalación de su “gobierno completo”. La doctrina militar humanitaria del gringo utiliza la causa noble para penetrar y sembrar.
Y ello hace, en efecto. Ya ensaya en el estado costero su fase ejecutiva. Manda. Dispone. Controla el espacio aéreo. Atraca buques sobre aguas venezolanas. Camina el terreno con carros y botas militares. Maneja la logística. Mapea el terreno. Digitalizar lo que ha de ser suyo. Todo un trabajo que no se compagina con la naturaleza de las labores de ayuda. En fin, gobierna.
Y ya recoge frutos que le dan un olor a propiedad a sus nuevas tierras. Las autoridades venezolanas, en apenas semanas, empiezan a lucir disfuncionales. Los funcionarios y políticos son rechazados. Los diputados Jorge Arreaza y Nicolás Maduro Guerra (“Nicolasito”), por ejemplo, fueron repelidos por habitantes del Urbanismo Hugo Chávez Frías, Catia La Mar, cuando fueron a interactuar con ellos. Poco antes, se había visto a un Diosdado Cabello discutir con un rescatista gringo, que quería hacer lo que quería. La misma presidente encargada no se atreve a caminar entre el populacho, prefiriendo sobrevolar el área. Hubo alianza, sí, pero en el pasado inmediato.
La mordida de Trump en las costas de La Guaira es profunda, de difícil soltura. Como en Haití, donde los estadounidenses instalaron bases militares temporales tras los eventos naturales de 2010, el objetivo es hacer lo propio en la tierra de Simón Bolívar. Es incontenible. La patria gringa así lo requiere, como precisa, también, de Groenlandia, según se dijo. La seguridad nacional y estratégica es inaplazable. Van y vienen a ese país antillano. Controlan cuando quieren su aeropuerto, su espacio aéreo, terrestre y acuático. Le desembarcaron 7.000 tropas con el cuento de la ayuda humanitaria. Le atracaron un portaaviones.
En Venezuela están en eso. Prosperan. El mandato es construir en la cabeza del continente suramericano una base militar con la función estratégica de repeler al enemigo geopolítico (Rusia, China e Irán) y velar por la propiedad de los recursos energéticos, minerales y raros del hemisferio. No se olvide lo dicho, precisamente porque suena a locura: el ego atrabiliario del emperador es capaz de lanzar su candidatura presidencial en el estado La Guaira, para concretar el golpe y cobrar “favores” concedidos. Ya Trump había manifestado su deseo de ser candidato en Venezuela, como Marco Rubio en Cuba. Declaraciones registradas por la historia.


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sábado, 4 de julio de 2026

Una república caída… ¿Es el fin o vendrá otra?

La caída de Venezuela como república está en proceso… avanzado. Una de sus columnas conceptuales ya se ha quebrado y las otras tiemblan como hojitas ante el viento. El tutelaje que han empezado a ejercer los Estados Unidos sobre el país desde el 03ENE26 fracturó el nervio primordial definitorio. El ideal constitucional, la palabra escrita con sangre universal y patria, el poder formal ciudadano…
Al no haber poder o soberanía que resida en el pueblo (Art. 5, Constitución de la República Bolivariana de Venezuela), no hay, pues, la idea libertaria que orientó a la Revolución Francesa contra la monarquía como sistema ancestral. Ni hay ese antecedente fundacional de tres capítulos republicanos que legara Simón Bolívar y el resto de los próceres de la independencia.
Del otro lado de la acera hay, en fin, monarquía o imperio. No hay término medio. O son los ciudadanos con su Estado y el pacto social, de un lado; o es el poder formal de un Estado absoluto que dicta la pauta sobre sus tutelas, del otro. El legado universal y progresista de la Revolución Francesa es la erradicación final de ese sistema vitalicio, hereditario y cuasidivino que es un reinado como eje formal político.
Desarrollarse en función de una mancomunidad ciudadana que asienta y respeta leyes es distinto a hacerlo a través de la expansión y anexión militar que las omiten. Lo primero es república ideal y democracia; lo segundo, imperio. Ideales de conquistas del hombre versus arquetipos de convivencia animal. Y Venezuela hoy es una anexión.
Por consiguiente, la teoría y praxis de la soberanía como conquista ejercida por el pueblo están rebasadas desde el momento en que el gobierno encargado de Venezuela aceptó la tutela de una potencia extranjera sobre sus recursos naturales, el 03ENE26, y sobre su territorio, hoy con la catástrofe de La Guaira. Los Estados Unidos, so pretexto de asistencia humanitaria, están ocupando hoy ese estado costero, con dominio militar del espacio aéreo y terrestre, y con su logística asistencial en hora de contingencia. Hay “marines” tipo litoral apostados en el aeropuerto principal de Venezuela y un par de buques están atracados en las aguas bolivarianas. La pesadilla de la Primera República de 1812, que cae, en gran medida, por causa de un terremoto, vuelve ahora para anunciarle la muerte a la Quinta con los eventos sísmicos de La Guaira. Históricamente, entre los intervalos de una república y otra, se es colonia.
Pero, con la soberanía violada, se mueven también las otras hojitas republicanas. Estados Unidos, además, está determinando la orientación de los poderes del Estado, minándolos en su concepción de independencia y autonomía. Ahora critica y recomienda atribuciones para el poder electoral, ora el ciudadano. Ejerce dominio pleno sobre el poder ejecutivo y legislativo, y amenaza al judicial. Para muestra, un botón: ordenó la modificación a su conveniencia de la ley que rige el oro y el petróleo, y pareciera que la Asamblea Nacional fuese el tinglado de sus viscerales deseos en materia de voracidad energética.
Respóndase a la siguiente prueba: ¿es posible hoy en Venezuela hablar de democracia o libertad republicanas sin apuntar a la subversión y la revolución ciudadanas que las restauran?