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miércoles, 5 de julio de 2017

EL DESMADRE DEL PLAN GOLPISTA

No había justicia en ello.  Luisa Ortega Díaz, la fiscal por tanto tiempo camuflada, sería removida.  En breve, plazo de días, quizás.  No es cierto que hubiera que esperar resultados de la Constituyente:  el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ya estaba encima de la rubia con su ardid de antejuicio de mérito.  De manera que, a menos ocurriese un estruendo, como una invasión gringa, nada detendría la anulación de una de las flamantes fichas opositoras.
El opositor libaba su trago en la tasca Amentino, allá en Chacao.  Almorzó camarones al compás de la música de piano, pendiente del desenlace de los hechos en el TSJ, allá en el centro de Caracas; y dado que la fiscal se prolongaba en llegar, hasta que, definitivamente, no compareció, se quedó el resto de la tarde esperando, pasándose un poco de tragos.  Su mirada enrojecida, muy a su pesar ─esto se lo susurró su truculento sentido del humor─, se explayaba sin propósito sobre la calle.
El plan de golpe de Estado de Rodríguez Torres, tiempo ha articulado, tentaculado con el Ministerio Público, el CICPC y algunos militares resabiados, todo orquestado desde los EE.UU., se había hundido en el abismo, astutamente abortado por el chavismo.  Pena daba el desmoronamiento de tanto esfuerzo, de tanto cobre invertido desde tan lejos, de tanta muerte de muchachos perpetrada en la calle para mantener viva la protesta.  Finalmente se descubría la carta largamente ocultada, esa en virtud de la cual se perpetuaba la zozobra con el fin de precipitar la coyuntura para dar el golpe de muerte a la dictadura.  EE.UU. había dejado pasar la oportunidad histórica, estúpidamente pendiente de escaramuzas dizque de fin de mundo con Irán, China y Corea del Norte, sin terminar de asimilar que Venezuela es el botín más preciado del universo.  Hacia lo interno del país, hacía sus calles caotizadas con trancas y sus industrias saboteadas, se había cumplido cabalmente con el plan, el plan libertario opositor, faltando nomás que ocurriese el acompañamiento desencadenante desde el  exterior.
Razón tuvo Oscar Pérez de calentarse y terminar de ejecutar en solitario el rol que se le había asignado, bombardeando el TSJ; razón también le cabe a la fiscal, quien ya prepara sus maletas y ni siquiera se molestó en presentarse a la cita del día, seguramente razonando que, develado el juego, no tendría sentido siquiera armar un tinglado mediático.  ¿Para qué?  Si los mojones gringos andan más pendientes del qué dirán procedente desde la vieja Europa y Asia, olvidando lamentablemente al Nuevo Mundo, sede del futuro.
Su vaso de vidrio sudaba por fuera.  Lo miraba fijamente, hasta que comprendió que había tomado demasiado y que se acercaba el final del día.  Sus correligionarios andaban por ahí con un inocuo trancazo de seis horas, como para no perder el hilo del calentamiento de calle, esperando aviones, marines y bombardeos que al parecer no llegarían jamás.  Y también así, con el paso de las inútiles horas, se disipaba su día de empleado público escabullido de las oficinas ministeriales para venirse a conspirar aunque sea de modo fantasioso.
Quería orinar, quería explotar.  El mesonero le trajo la cuenta, presuroso por su cambio de guardia:  se venía la noche y el local francamente vendería licor con su flotilla de bármanes desde entonces.  Le pareció oscuro, negra la noche, y estuvo a punto de insultarlo (¿qué demonios hacía un chavista en sus dominios?).  Pero se contuvo; no estaba tampoco tan borracho como para el escándalo público.  Se aferró un momento sudoroso al canto de la mesa, contando hasta diez, terapéuticamente, tambaleante; y, después de meter aire en sus pulmones, salió al exterior, consolándose con la idea de asesinar a un chavista desde el apartamento de su tía Eulalia, allá en San Martín, lanzándole un matero sobre la cabeza en ocasión de una de esas tantas y horribles manifestaciones de calle que los sucios suelen hacer.

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sábado, 1 de julio de 2017

PIROMANÍA LIBERTARIA

[A una conocida llamada María, cuasi jubilada ministerial]

Conmovido hasta la taquicardia por las acciones heroicas de sus correligionarios con la quema de cincuenta toneladas de alimentos en Lecherías, estado Anzoátegui, el opositor gritó de júbilo frente a la pantalla de la INTERNET.  Concretamente en el momento no halló qué hacer, limitado como estaba entre su solitario apartamento, oyendo menguar su propio eco de guerra.  Un par de lágrimas asomaron desde sus ojos y, después de un rato mirar vago entre su doméstica soledad, giró rápidamente su cabeza buscando expansivo espacio para su pasión libertaria.   ¡Debía salir, apoyar la lucha democrática de algún modo, celebrar, contagiar, replicar, descargar!...   ¡Esos cuates pirómanos del estado Anzoátegui merecían como mínimo la Condecoración George Washington por la Libertad, si la misma pudieran entregarlas esas fundaciones u ONG magníficas tipo Milton Fiedman o Albert Einstein!

Cerró su laptop Canaima y corrió a la ventana a otear el exterior.  Tuvo la certeza de que nadie se había enterado aún a juzgar por la tranquilidad del día que empezaba.  Era viernes y la incursión había tenido lugar durante la medianoche, según él se levantó, se cepilló los dientes y, ¡pum!, lo iluminó la noticia en Twitter y el WhatsApp de sus amigos. Las llamaradas del incendio quemaban su rostro, comunicándole el furor de la hazaña acometida.  ¡Magno, magno!  No se podía comprender por qué tanta quietud capitalina.  Se lanzó por las escaleras desde su piso diez, sin paciencia para esperar el ascensor, consolándose por el camino con la idea de que a lo mejor él era el primero que se enteraba de la cosa en Caracas, considerando, además, que era muy temprano y la ciudad calentaba los motores. ¡Tenía que salir!

Pero al saltar al exterior, a la avenida de La Castellana donde vivía, lo recibieron bocanadas de aire frío procedentes de El Ávila.  El panorama estaba desierto y apenas circulaban vehículos.  El sol se medio adivinaba a través de la copa de los viejos árboles.  La abulia generalizada empañó con sus gélidas gotas el cristal que envolvía su apasionado corazón antichavista.  Despechado, se resistió a la realidad; gritó solitariamente "¡Abajo Maduro!" y se regresó excitado hasta su piso, maquinando replicar de algún modo la lucha que desarrollaban esos guerreros encomiables del oriente venezolano.  ¡Si todo el país luchaba!...  ¡No se podía tolerar el silencio, mucho menos tanto frío!

Reunió todas las cajas CLAP que había recibido de su trabajo, sacándole previamente los alimentos a cada una, desdoblándolas y formando una especie de libro de cartón gigante de veinte gruesas páginas.  Las cargó sobre su hombro.  Bajo nuevamente.  Se dirigió a la plaza La Castellana.  Las apiló en un espacio despejado y les prendió fuego, gritando entusiastamente "¡Fuera Maduro!", "¡Abajo el régimen!".  Unas cinco personas se acercaron, vecinos que se dirigían a sus labores.  Él los puso al tanto de la situación, de los montones de leche en polvo, arroz, harinas, aceites, pastas y leguminosas quemados; de su horror por esos muertos de hambre que comían gratis, de su pasión, de su ardor por la democracia y la libertad, y los invitó a gritar; pero se fueron, dejándolo a solas con su nervio y su fantasía de incendiar a Venezuela completa.

Gritó un rato más hasta que, decepcionado, miró la hora y se convenció de que era viernes, que debía ir a trabajar al centro de Caracas, a la hórrida oficina ministerial de sus tormentos.  Cuando partía, un oficial de la Policía de Chacao le sugirió que limpiase sus escombros y él, sin poderlo creer, quiso decirle que eran cenizas de lucha, de liberación… Pero se rindió finalmente ante la mirada estúpida del guardia.  Recogió sus desechos, subió en su ascensor, se bañó, se vistió, verificó debidamente su carné bolivariano de trabajo y, ya conduciendo su camioneta Chery por la avenida Boyacá, soñó bravíamente con algún día detonar las instalaciones de la edificación gubernamental donde le trabajaba al régimen.

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