jueves, 17 de enero de 2008

Crónica de una ciudad sin buhoneros

Sin ánimo de caer en "sesudos" análisis, no más llevados por la emoción de ver, sentir y transitar por una Caracas limpia, ordenada y con menos delincuencia, las siguientes son las irresponsables reflexiones –de un día- de un habitante que vive la urbe a diario, cosa que hay expresar de tal modo, pues un conglomerado de problemas es como una enfermedad que se padece.

Y ya sabemos que para sentir emociones no echamos mano de textos legales para regularla, y el organismo animal que nos gobierna se deja atrapar casi plácidamente por ese gen egoísta que late en el fondo de la supervivencia y comodidad mismas, lo cual en la práctica se traduce en una cerrazón a las motivaciones del otro. Y ya sabemos, también, que un Estado, un gobierno, en su esbozo ideal, como dijera José Martí en "Nuestra América", es una situación "apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas".

Pero como venía diciendo, ando en la calle, a secas con la ciudad despejada, consustanciado con mis parroquianos deambulantes, disfrutando de una especie de paz aparentemente emplazada y regulada por la guerra, es decir, por la amenaza de retorno de la caótica adrenalina del comercio informal sobre las aceras, los gritos de las subastas, los alimentos acaparados, el arrebatón camuflado, las peleas, el sucio amontonado, las trancas descomunales, el ocupamiento a medias de las avenidas, las molestias de los conductores y sus pitos, las entradas del Metro atascadas, las paradas del transporte público sitiadas de baratijas y hasta los regaños por caminar sobre el espacio de una calzada pública presuntamente privatizada o regulada. Nada que ver con viento idealizado del Guaraira Repano acariciando tu rostro con su soplido sin obstáculos.

Se los dije. No ando en la tónica de largas cavilaciones leguleyas, gremiales o morales, y sí bajo el secuestro de ese horrible sentimiento de insensibilidad social, egoísta, hasta violador de los derechos humanos. Disfruto mi ciudad y ya. Tomo mi autobús en la avenida Baralt, a la altura de Quinta Crespo y tardo 15 minutos en llegar a la Esquina Guanábano, entrando a La Pastora, lo que antes me robaba 50 o 60 minutos de mi vida en medio de un ensordecedor marasmo. De atracos no hablo, porque en lo personal no lo he vivido, pero la expectativa de vivir una disminución del 40% en el casco central, como ocurrió con la abolición de la economía informal en Sabana Grande, es realmente estimulante. De modo que continúo con mi increíble paso sin basuras u objetos en la calle, sumido en el efecto de un dopaje puramente urbano.

No me dejo invadir por la infeliz hipocresía de los periodistas opositores y cronistas urbanos, muchos blogueros, que ahora añoran la barahúnda buhonera por todas partes, cuando el año pasado, en pleno apogeo de comercio informal, llenaron las páginas de sus diarios con irritados e indignados reclamos a la autoridad municipal para que recogiese a sus locos asoladores de urbes. Sobra decir que la basura en la calle, el atasco automovilístico y la inseguridad, amén de la reventa de alimentos, fue el pretexto poderoso para su inveterado discurso de ataque a la autoridad local por parte de semejantes asalariados de empresas políticas periodísticas, que miran el color de los hechos según su conveniencia desestabilizadora (¿o debo decir "reconciliadora"?).

Hoy que la ciudad está despejada, entonces se dedican a buscar a los trabajadores informales en sus propias casas (allá en los cerros, donde fotografían el paisaje) para estimularlos al reclamo, azuzarlos contra la autoridad insensible a su problemática, para que protesten ante Miraflores y el Tribunal Supremo de Justicia la maldición contenida en el Decreto (¿?) 278 de la Alcaldía. Se trata de crear la crónica de un estado de descomposición social disimulada tras el cortinaje del aparato represor de un gobierno enemigo del pueblo.

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Por supuestos, semejantes pensamientos sobre el arte político de los hombres entra en mi cabeza y no me permiten disfrutar del paisaje ciudadano cabalmente, como me lo había propuesto desde el principio. Pero más allá de disquisiciones de tipo moral sobre una nación infeliz, transida de miseria, donde es delictual sonreír o disfrutar una buena comida sin ser mirado como un mezquino, mi felicidad pasajera se aferra a un mástil de la razón incontrovertible, lo cual me permite continuar tranquilamente dejándole el paquete a otros, como es el propósito de este insensible artículo.

Tal razón es: El comercio informal, cuando degenera en buhonerismo, esa actividad vendedora díscola y desenfrenada, incurre en la violación de unos cuantos derechos ciudadanos constitucionales, entre ellos el libre tránsito, y de una pila de ordenanzas municipales, entre ellas el abarrotamiento de las paradas, de esquinas, sobredimensión de sus espacios, suciedad, ruido y otras condiciones del ejercicio de su trabajo. Pero a ello se contrapone, naturalmente, la argumentación de los aquejados al prohibírseles ocupar los espacios públicos: ellos también amparan su reclamo en el derecho constitucional al trabajo que los asiste. ¿Buena la cosa, no? ¿La ley internamente colindanda, de modo incomprensibl entre sí, ambigua, o simplemente aplicada con ineficiencia desde afuera, por errados intérpretes? Un derecho constitucional contra otro.

Este argumento me permite seguir paseando con mi insensible perfil de hombre despreocupado, dejándole el embrollo a otros, mientras fijo la vista en el cerro el Ávila, seguramente frío, si uno se acerca mucho. ¿Que hay un problema de pobreza extremada, según la prensa que leen los mismos deambulantes que me acompañan, y que el comercio informal es expresión de ella, respuesta al desempleo? Bueno, que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto, sin mí, quien hoy está de parranda moral, renuente a aceptar la vieja conseja que dice que todos somos responsables por todos. Irresponsablemente disfruto los días de paz de la ciudad, de limpieza, hasta que dure, sin andar metiéndome en pellejos de otros. Toca al Estado determinar cuánto es el precipitado de esa presunta depauperación social que sale a reclamar su pan a las calles, aunque en su reclamo entorpezcan el pan de los demás.

Procesar el precipitado, atenderlo, rescatarlo, y sobretodo, mirar qué lo genera y explicárselo al ciudadano, si es que la solución no surge de una instantánea varita mágica. Un censo severo -con árbol genealógico si es posible-, con visitas domiciliarias para verificar los hechos, más el respectivo estudio socio-económico, son necesarias imposiciones de quien busca solucionar.

El censo, el árbol genealógico dicho a son de broma, es clave, porque el buhonerismo es como el agua, si se regula por aquí, se irregula por allá. Suele ocurrir mucho que un grupo de tales informales trabajadores son asentados en un centro comercial para sus efectos al ser desplazados de las calles, y al final del cuento lo que queda flotando es una burla, porque los beneficiados siguen manteniendo el otrora puesto de la calle en la figura del yerno, hijo, primo, amante, amigo, adoptado, paisano o mascota, para hablar de seres afectos a los que se agracia. De tal modo, como se vea, lo que se hace es licenciar a la viveza criolla, esa misma que medra aquí siendo de allá, en vez de arreglar problemas, aunque sea de modo sucedáneo.

"Por ejemplo, mirar las Plaza Caracas y Daniel Florencio O’ Leary, toda despejada la primera, bella la segunda con sus fuentes y verde grama, constituye para mí una experiencia sensorial extraterrícola, si me permiten el término"

Por ejemplo, mirar las Plaza Caracas y Daniel Florencio O’ Leary, toda despejada la primera, bella la segunda con sus fuentes y verde grama, constituye para mí una experiencia sensorial extraterrícola, si me dan la licencia de especular sentimientos. Camino sobre el empedrado de la primera, bajo la luminosidad de los 28º de nuestra ciudad hoy, y me interno luego bajo la edificación, primero cerca de las tiendas, sótano y, finalmente, las adyacencias del CNE; y sólo así puedo certificar a cuánto arriba el daño infligido sobre la estructura del conglomerado: piso y paredes desbaldosados, precios de artículos rayados en las paredes, restos de ganchos o artilugios improvisados, grasa, hedor y cualquier otro figurín propio de un campo de batalla. Mi cabeza se mueve desaprobatoriamente de un lado a otro, sin aguantarse, y pienso en cómo uno, a pesar de estar disfrutando una bondad del presente, no puede evitar rememorar una incomodidad del pasado. Así somos –me digo-, aunque hoy, como he dicho, yo me resista a ello.

Lo mismo ocurre cuando recreo la Caracas nocturna, incandescentemente brillante en medio de sus escasos y oscuros árboles, pero limpia. Lo he certificado yo mismo, más allá del entorno donde vivo. La cuadrillas de limpieza trabajan con eficiencia a altas horas de la noche y la dejan como una vasija limpia -porque eso es la ciudad cuando es tomada como apero-, en increíble contraste con el día del comercio informal. Claro, de noche todos los gatos son pardos, como se dice, y pienso en el oficio de quien se queja por quejarse cuando lo digo, aunque tampoco hablaré de ello. A nadie consta su limpieza. Estamos acostumbrados, al menos hasta hace 20 días, a mirar una diurna aglomeración de basuras, que es lo que se ve.

Hoy cuando la ciudad pretende brillar, aun como tímida perlita, y de día, no puedo evitar preguntarme cómo es que un derecho imposibilitado a uno le da la potestad de arruinar el derecho de otros. Es decir, ¿hasta dónde la ley faculta, en su tolerancia, para que venga alguien a llenarme el paso de conchas de cambur, agua de desechos y de azarosas basurillas volantes? Esa sensación de salir a la calle acompañado del cesto de la basura de la cocina.

¿Se dan cuenta hasta dónde es sabroso ser irresponsable y expresar nuestra baja felicidad, sin andar colocándose en lugar de otros, en sus justos o injustos reclamos? En fin, para finalizar, a modo de tips, y para no criticar por criticar, presento algunas observaciones que la insensibilidad humana y social de este servidor padece hoy día:

(1) Quienes celebran una ciudad limpia y ordenada deben, como el que escribe, dejar a un lados las hipocresías de naturaleza intelectual y expresar su apoyo a la autoridad local, el alcalde, para que llegue a un arreglo con los trabajadores informales de modo que se exima a la ciudad de sufrir los embates operativos del trabajo informal. No de otro modo, en medio de un conflicto de emociones e intereses generado, se llega a un conciliado acuerdo. Es decir, tú me reconoces y yo te reconozco. Como con el Caracas o el Magallanes, hay que tomar partido.

(2)Ser más activo socialmente, es decir, reclamar al trabajador informal para cuando regrese a los espacios públicos, si es el caso que ocurre. Mucho puede hacerse respecto de la suciedad, el ruido, el espacio que ocupan, si nos quejamos.

(3) Formar patrullas civiles que se dividan por calles el problema de concienciación laboral en armonía con el debido paisaje urbano, pulcro y funcional. Buhonero, me botas la basura y riegas la porquería a media calle, ¡recógela!

(4) Instalación de módulos de rescate y atención al indigente. En las noches destrozan el trabajo de limpieza de las cuadrillas municipales. En el pasado eran los perros realengos. Suele ocurrir que una bolsa grande de esas de basura, las negras, es rota y dispersada a lo largo de un cuarto de cuadra.

(5) Sensibilización ciudadana a través de afiches y paseos parlantes, orientando a la valoración positiva de la situación presente de limpieza y ordenamiento.

(6) Patrullaje policial, cámara de video en las álgidas esquinas de tráfico diurno y nocturno, y buzones públicos para recoger sugerencias e indicaciones del ciudadano.

(7) Realización de un operativo contra el bandolerismo motorizado, quienes circulan sobre aceras y en sentido contrario a las señalizaciones. La situación presente, sin tensiones, no lo justifica, aunque la otra tampoco. Afinco para manifestar mi creencia que éste es un serio problema de malestar ciudadano.

(8) Y como todo, la comodidad tiene su precio. La penalización a través de multas debe volver a la ciudad, adoptando la modalidad de la charla orientadora previa, llamadas de atención, aprovechando la circunstancia para crear una base de datos con los registros de quienes usan cotidianamente la ciudad en su aspecto público y funcional, para que, en caso de una infracción, se erradique en primer grado de quienes la usan a diario, con conocimiento de nombre y apellido. Téngase en cuenta que el sistema contrario, el de premios, también rinde un inusitado impacto en la conciencia ciudadana. Así como algo corresponde hacer con un ejemplar ciudadano, también se exige para con un motorizado sobre la acera, un automóvil a contra flecha y un comerciante, formal, que derrama su basura al frente. Un peatón "cochino" no puede tampoco escapar. En este sentido añoro las campañas de concienciación en la TV.

(9) Un llamado de atención a la prensa escrita y audiovisual, para que, positivamente, se incorpore en la educación ciudadana, en vez de andar gimoteando por un país que –en su criterio- se cae a pedazos. Puede prestar espacios y propaganda para concienciar.

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