martes, 3 de diciembre de 2013

“Extraño” nada, Sr. Presidente

El presidente Nicolás Maduro declaró ayer, luego del “extraño” apagón en aproximadamente diez entidades del país, que no había razones que lo justificasen, lo cual nos lleva a concluir que tendría que ser un sabotaje, sumidos como estamos en medio de un proceso electoral que, como sabemos, incorpora a un sector político opositor harto abierto a la penetración de intereses extranjeros y a la traición patria.

Y estamos de acuerdo.  No hay sequía, que hace poco nos las puso fea para generar electricidad, y se dispone en el país de una capacidad adicional de generación eléctrica de unos casi 2 mil megavatios, precisamente instalada por las recientes situaciones que se presentaron durante el verano.  Aun con un eventual aumento de la demanda, la electricidad ha debido estar fluyendo con normalidad, sin baches, sin apagones mucho menos.

Pero ya ustedes ven:  contra toda esta lógica, hubo un descomunal apagón en el país, evento que no deja muy bien parada la capacidad gubernamental de calar el ataque adversario para accionar preventivamente a futuro.

Lo que acaba de suceder no es ni extraño ni nuevo como para estar tomando de sorpresa a nadie.  Rememórese un poco:  venimos de eso, de recientes actos de sabotaje, y hasta unos detenidos pillados in fraganti hay; además, ¿no andamos en elecciones, momento de gran irracionalidad política donde cualquier cosa se puede esperar, conociendo como conocemos a nuestra “entrañable” oposición?  Súmese el hecho de que el día de ayer, cuando el apagón, se cumplían 11 años de haber empezado esta funesta oposición nuestra el paro petrolero de 2002, que tanto daño infligió a la economía venezolana.

Por más que estemos reacios a creerlo, eventualidades por este orden se celebran en el bando adverso, tal cual como si estuviéramos en una guerra o de una biblia invertida se tratase:  lo que es bueno para ellos es malo para nosotros, y viciversa.  El enemigo nos derribó un avión atestado de soldados o nos hundió una nave.  Uno podría conmemorarlo, recordarlo como la calamidad que fue, para extraer permanentemente del hecho el jugo moral necesario para reafirmar el valor filas adentro y evitar parecidos descalabros en el porvenir.

 

“Sin tapujos humanistas, una declaratoria de guerra al punto es un acto de justiciera simetría, muy necesario”

 

De manera que nuestra inteligencia ha debido amanecer revisando el calendario, como debe hacerlo a diario, para intentar develar el pensamiento enemigo, ahíto de tanta carencia de amor nacional (si tal malabarismo del lenguaje me permite expresarlo así).  Pero falló, y del modo más injustificado si consideramos la recurrencia saboteadora enunciada anteriormente.  En vez de electricidad, se ha dejado fluir más profusamente la ingenuidad por la venas del aparato político nacional.

No es admisible, pues, que salga un ministro a vociferar que la cosa fue un “acto de sabotaje”.  Se ha contado y se cuenta con suficientes recurrencias y elementos históricos como para prevenir.  En lugar de lamentaciones lo que procede son tomas de acciones, renuncias,  purgas si es posible de esas quintas columnas que hacen vidas dentro de las instituciones del Estado, tanto más cuanto si son de importancia estratégica para lo económico y político del país.  No puede ser sostenible que mientras el adversario nos golpee, uno apenas se lamente y, lo que es peor, no se disponga a prevenir acaecimientos posteriores.  Golpes que asestan daños reales contra quejas que en nada mellan siquiera la malvada moralina del atacante.  Duros de aprender.

Puede, en fin, Sr. Presidente, que el hecho sea injustificable como usted lo dice, pero en modo alguno extraño.  Muchos más allá podríamos ir:  era esperable.  Simplemente pifiamos y, una vez más, hemos dejado de caer en la cuenta de que el enemigo permanentemente está en guerra contra nosotros, esto es, de que estamos en guerra nosotros también, por más que nos atapucemos con elevados valores revolucionarios del humanismo y la paz para amarrarnos las manos.

Comprender tal punto es crucial para penetrar en la psique del contrario y prevenir sus maquinaciones, evitándonos así tantos descalabros.  Sin tapujos humanistas, una declaratoria de guerra al punto es un acto de justiciera simetría, muy necesario.  Hay que cristalizar la comprensión de que nuestro adversario es único en el mundo, el mismo en cada rincón del planeta, lo cual constituye una enorme enciclopedia que tendría que ilustrarnos el devenir:  es esa derecha ─moderada o recalcitrante─ que se sostiene en el capitalismo y no vacila en realizar ventas patrias a franquicias exógenas; es esa que se enquista en pequeños porcentajes de explotadores sobre grandes cifras de esclavizados; es esa que se deja permear por valores mercenarios para atacar a su propio país y hasta a los suyos; son esos rebeldes sirios comprados por fuerzas exteriores; son esa facción opositora en Francia que durante la segunda guerra mundial coadyuvó a la formación de un gobierno nazi sobre propia tierra; son esos soldados tras el dictador PInochet, comprados por los EEUU contra Allende; son esos opositores nuestros, desesperados por subvertir a Venezuela para vivir de sus pedazos en compartición con poderes innominados extranjeros.

Procede la acción en vez del lamento.

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