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martes, 23 de septiembre de 2014

El Monstruo del puente Llaguno

La vaina iba bien, se recuperaba la confianza en el país con los golpes del presidente al contrabando y a otras peras de boxeo. Si, no hay dudas: ahí están los números y una sensación de civismo creciente en la estructura política del país… Pero fallamos.  Nunca lo reconocimos suficientemente, y nos enfrascamos en criticar más y más, pecando de desequilibrados, viscerales, sesgados...

El tiempo de construcción que nos brindó la derrota de la guarimba hizo recrecer durante los últimos meses el tejido erosionado de nuestra democracia siempre hacheada.  Volvió el país a su curso político ideal, sin machaques callejeros, marchas, incendios.  Y el gobierno se apuntaló en las encuestas como pacífico y progresista, hecho que siempre lo ha sido, por cierto, pero jamás reconocido por los otros.  El problema interno en la oposición, su silencio divisor, le dio un respiro y propaló la percepción de que el gobierno había ganado.

Hasta que ocurrió.  Fue puesto en libertad Iván Simonovis (bueno, “casa por cárcel”), el “Monstruo del Puente Llaguno”, y el gobierno se granjeó en filas propias el fuego crítico y cuestionador que había menguado desde la oposición.  Al parecer una costumbre de querer andarse quemándo siempre y formándose vainas que nadie necesita. ¡No te digo yo!

Pero, como decía al principio, la culpa es de nosotros mismos, mía, gentica que nunca reconocemos a tiempo lo que idealmente está hecho y nos damos cuenta de ello cuando realmente ocurren eventos criticables, mínimamente lamentables como el de marras.  Como si las altas nubes del Olimpo del gobierno lo hicieran a propósito con el fin de estremecernos a punta de contrastes.  ¿Me copian?

¿Dura la cosa, no?  Salió el asesino, y todavía andan por ahí los fantasmas de las víctimas tan chorreantes de sangre, tapándose el hueco como el Prudencio Aguilar de Cien años de soledad.  ¿Náusea, verdad?  ¿Qué fue por medidas humanitarias desde el Tribunal Supremo de Justicia, según argumento de un gobierno humanista y respetuoso de los derechos humanos?  ¡Caramba!  ¿Está claro, verdad?  No se puede respetar el derecho humano de uno a costa de violentar el del otro.  No es balanza, no es justicia, y menos cuando en el caso presente no hablamos de uno, sino de decenas de muertos y cientos de dolientes.  Simonovis a su casa metiéndole el palo en la llaga a todos, y peor aun cuando el sujeto jamás ha mostrado arrepentimiento público por sus crímenes.

Perdón, me quedé dormido en el juego de la reflexión.  ¿Me tocaba jugar a mí?  Paso.  Establézcase la pena de muerte si no se quiere que sigan ocurriendo hechos así:  eventos “humanistas” criminales.  Entonces no habría un Simonovis que soltar y asunto zanjado.  ¡Pero si estamos de acuerdo en que un gobierno humanista no puede consentir en su sociedad la pena de muerte, al menos, carajo, no se cometan crímenes en nombre de tal exención!

Diré en lo sucesivo, señor Gobierno, “eso, esto, aquello, está bien”, para que no me vuelva usted a estremecer el espíritu animal que llevo por dentro con otra llamada de atención hacia lo bueno con lo malo, con otro gestito “humanitario”, por ejemplo.  No evolucioné hasta vuestros niveles y me quedé petrificado como bárbaro.

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