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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Maquiavelo, Obama y Raúl Castro reestablecen relaciones

De repente Obama y su equipo de gobierno se dan cuenta de que su política aislacionista contra Cuba se baraja al presente como un “enfoque obsoleto” que “durante décadas, no ha logrado avanzar nuestros intereses”, según conversación sostenida con su homólogo cubano, Raúl Castro; y propone normalizar las relaciones.

Intercambian espías presos, se habla del embargo y su alivio, y de la eliminación de las restricciones en los viajes y el turismo.  Ello ocurre después de décadas de guerra comercial declarada e intento de ahogo de la economía cubana; después de tantas votaciones en la sede de la ONU a favor de la suspensión de las medidas contra el país caribeños; después de tanta pudredumbre y conspiración forjadas en el seno de la llamada “gusanera cubana”, Miami, en el estado de Florida, con el auspicio del mismo gobierno que hoy propone la mesa de diálogo.

Al mismo tiempo el gobierno de los EEUU firma el proyecto de ley que amplía las sanciones contra Rusia y faculta a Obama para proporcionar ayuda letal y no letal a Ucrania.  Esto es, entiéndase, suministro de armas antitanques, radares antiartillería y aviones tácticos teledirigidos para el gobierno de un país que se apresta a puyarle los talones a Rusia en sus mismas fronteras y a atacar a unas regiones alzadas con mayoría poblacional prorrusa.

El doble accionar estadounidense ocurre justamente cuando Rusia decide con Vladimir Putin dejar a un lado la excesiva cautela en su política internacional y arrostrarse un perfil más agresivo, contundente, dispuesta a contraatacar y reestablecer la simetría perdida durante la última década ante los EEUU.  Como en los tiempos de la Crisis de los Misiles, cuando EEUU instaló misiles con ojivas nucleares en Turquía y la otrora URSS reaccionó e intentó hacer lo propio en Cuba, para contraatacar con una base de misiles nucleares en el mismo “patio trasero” de los EEUU, para nivelar la balanza militar y geopolítica, recientemente Rusia decidió retomar los vuelos de reconocimiento de la vieja URSS sobre el Caribe y el Atlántico hasta México, considerar la posibilidad de establecer alguna base en Centroamérica (Nicaragua, por ejemplo, si ya no es Cuba) y desarrollar decididamente su influjo sobre los países suramericanos. Todo con el propósito, como se dijo, en medio de una política internacional más frontal, de compensar el desafuero norteamericano en su frontera ucraniana

De forma que la decisión de normalizar las relaciones con Cuba huele a política ajedrecística, a deporte militar, a transitoria movida de pieza, maquiavélica, tomada con el concreto propósito de aprovechar su efectismo para embaucar a un gentío latinoamericano en la aventura celebratoria y desarmar, arteramente, a Rusia en la región.  Por eso el gobierno de los EEUU declara que espera la debida valoración a su decisión, histórica como ahora dice, con luces y platillos.  Hostil e inconveniente ha de lucir un país del hemisferio que al momento decida acoger la influencia de Rusia, su peor enemigo, o descreer de la buena intención de su gesto.

Así es la guerra y su parafernalia y técnica:  mientras sonríes por un costado por el otro hundes la daga.  John Kerry conversaba recientemente con Serguéi Lavrov, mientras rodaba en EEUU el proyecto de guerra contra Rusia desde Ucrania (decisión de suministro de armas a Ucrania y ampliación de sanciones contra Rusia).  Y así hay que leer la repentina toma de conciencia estadounidense respecto de su “obsoleto” tratamiento a Cuba:  es una mano que luce magnánima, generosa, racional, justiciera, mientras la otra esparce légamo y cenizas para aventurar una terrible guerra desde y sobre la estupidez europea (Ucrania).

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