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viernes, 11 de diciembre de 2015

EL CUENTO DE LA TRAICIÓN ROJA POR EL PAN Y EL AGUA


Era rojo y maquinaba castigar a los de su color, pero no daba con la forma que no significara traición.  Aquello no podía continuar.  No se conseguía lo básico para vivir, fuera del aire, y los rojos tenían la responsabilidad desde el momento que gobernaban el país.  No se podía responsabilizar a quienes no estaban en condición de recibir reclamos.
Sabía que los amarillos habían escondido el agua y el pan, los otros dos componentes para la vida, y era cosa que la atribulada población de rojos y amarillos se encontraba repartida en sus afanes y latidos entre el gobierno y la oposición, necesitándolos a ambos.  Pero el aire abundaba a montones y eso no le atribuía gran mérito al gobierno, además el mismo gobierno lo regalaba a título de humanismo, solidaridad y revolución; en cambio el pan y el agua, ¡vaya cómo la gente hacía colas ante la oposición para comer y beber!  Era cosa de pena ver cómo le agitaban a la gente un pedazo de carne de res ante sus narices y cómo se precipitaban las masas en seguir cual jaurías al carnicero.  Algunos malucos, luchando contra el remordimiento de vender el agua, se inventaron saborizarla para mercantilizarla con paz de conciencia.
─El aire es esencial para la vida ─sentenciaba el gobierno cuando salía a la calle y contemplaba a rojos y amarillos haciendo colas─.  Es el ingrediente para el hombre nuevo, para el hombre en revolución y conciencia.  ¡Qué viva el rojo del alma!  No vendas tu alma por agua y pan, hombre de conciencia.
Los amarillos se reían porque propalaban que el aire pertenecía a todos y el pan y el agua, en cambio, había que ganárselos, pulso a pulso, con horas bajo el sol haciendo la cola ante las ventas.  Gritaban que era ridículo seguir gobernando con semejante oferta "aérea" y se preparaban para asumir el poder en las siguientes elecciones, de manera que escondieron más aun el pan y el agua, encareciéndolos.  La gente los amó, amarillos y rojos, sintiéndolos imprescindibles, y se aprestó en sus corazones multicolores a fundar una república de pan y agua para hacerla abundante y nunca más tener que sufrir colas.  Se justificaba interiormente, sobremanera los rojos, repitiéndose que el aire popular empezaba a heder a tufillo.
Estaba furioso. Se sentía traicionado en su color.  Había votado por la vida en las elecciones anteriores, por el aire, por el modelo nuevo, por el humanismo, descubriendo ahora que este hombre estaba incompleto y que más compactos (hasta obesos) les parecían los amarillos, sonrosados como debían lucir los rojos, enriquecidos con sus ventas furtivas, con toneladas de aire y cielo para ofrecer también.  No podía ser:  se desmoronaba el precepto ideológico del hombre de aire cabal y utópico, y se hacía mito con sus vuelos.
Por eso el día de las elecciones concibió castigar a los suyos por un día (¡fue su genial idea!), para despabilarlos, para que se estremezcan y vayan por el pan y el agua también, y luego lo ofrezcan como postulados para el hombre completo y revolucionario, rojo rojito de corazón.  Embadurnó su piel de tintura amarilla, maquilló su rostro y aderezó su vestimenta de tal modo que al saltar al patio de los amarillos fue recibido con abrazos y sin sospechas.  Esos días de fiesta política ejerció como nunca la gula y la intemperancia; luego lavaría su cuerpo y volvería a su normalidad colorida.  Después de todo era un rojo de corazón, con mucho aire por dentro y espacio vacío para la conciencia.

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--   Oscar J. Camero, @animalpolis
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