En términos lógicos, la contradicción expone, por regla general, la degeneración de algo. Es un hallazgo antiguo, específicamente griego, implícito en la vida de Sócrates, para más detalles. No se conoce ningún diálogo sobre este filósofo que se centre en ella como concepto lógico formal destructor de entidades, aunque toda la obra del autor (Platón) sea un puro discurso sobre la contradicción socrática como herramienta para develar inconsistencias.
Filosóficamente, Sócrates acometió su empresa desveladora de modo práctico, al grado de que se ganó la aversión de gente poderosa que, finalmente, lo sentenció a muerte. Su misión pareció ser la certificación de la contradicción como síntoma de la podredumbre humana. De hecho, de modo eufemístico, se puede decir que Sócrates la utilizó para declarar que un alma estaba enferma, era ignorante o corrupta.
No solo desnudó la degeneración del alma; también, en un plano más cotidiano, lo hizo con la política y la verdad. Si el hombre hubiera sido un filósofo más de teorías y de menos praxis, probablemente habría sobrevivido a la inquina de su tiempo. Pero se metió con la política y sus políticos de la calle, y ninguno le perdonó que evidenciara sus putrefacciones.
Y es que la política, en su definición más coloquial, es el campo de las contradicciones por antonomasia, por más que los sofismas intenten tapar los huecos. Las inconsistencias son su caracterización nativa y, por esa razón, no es extraño oír que es una disciplina llena de ignominia. O sea, puestos a definir, sería como el aceptado arte de la degeneración humana. No parece factible, pues, la existencia de una propuesta política caracterizada por la fidelidad a la pureza doctrinaria.
La historia muestra a los humanos afanándose en la miseria de destruir a iguales para granjearse el favor de los más poderosos. De hecho, hacia este arte parece haber degenerado la política. El sacrificio de los principios en pro del poder. En La República, retrata Platón a la tiranía como una sucesión degenerativa de la democracia (la secuencia es timocracia, oligarquía, democracia y tiranía). La lógica socrática descubre que tal tránsito ocurre por alguna contradicción interna insostenible, como, por ejemplo, creer que la libertad puede defenderse hasta con acciones que, inclusive, la aniquilen.
Una perla de irracionalidad. Uno de los tantos personajes que se enfureció con Sócrates al descubrírsele su inconsistencia intelectual fue Calicles: decía que los más fuertes debían gobernar y tener más. Pero vino el filósofo a contrariarlo, diciéndole que los débiles, al unirse, se hacían más fuertes y debían, por lo tanto, detentar el mando.
De modo que no parece haber una conceptualidad más temible que la contradicción para detectar malos olores en el sistema. Un ejemplo de mucho emblema en la contemporaneidad fue la frase de Winston Churchill cuando expresó el contenido de esta paráfrasis: “Si Hitler invadiera el infierno, yo haría una alabanza al diablo en la Cámara de los Comunes”. He aquí lo dicho sobre los principios maleables en pro del poder: es preferible hacer tratos con el diablo, padre demoníaco, que ser derrotado por Hitler, uno de sus demonios. El primero no te arrebata el poder político; el segundo, sí.
En consecuencia, tiene que haber un sumo grado de degeneración en el hecho de preferir pactar con el diablo en vez de un demonio. Subyace allí la terrible contradicción de principios morales que conduce a ofrendar un espíritu ya carcomido. Así lo habría visto el griego. Es como decirse en la soledad de la reflexión: ¿qué pueden importar esos principios ideológicos de la estupidez humana si la forma de gobierno propia está bajo amenaza?
Hay más. Platón profundiza en la enfermedad degenerativa de una entidad cuando enuncia sus incoherentes fragmentaciones: «una misma cosa no admitirá hacer o padecer cosas contrarias en una misma parte de ella y con respecto al mismo objeto, al mismo tiempo» (Libro IV de La República). Lo cual trae a colación, nuevamente, la incongruencia moral de que es mejor pactar con el diablo que con un demonio. Es como el sinsentido de una cosa que transcurra autodestruyéndose a sí misma.
Tal fue la línea que Sócrates enarboló con gran tragedia al abordar la política: el develamiento de lo inconsistente. La impudicia alcanza mayores niveles de putrefacción en esa disciplina. Es allí donde, por ejemplo, para viajar hasta la contemporaneidad, la derecha política acomete sus mayores contradicciones en nombre de la preservación de su estatu quo: no vacila en aplastar su cacareada libertad individual y tradiciones con el peso agobiante de su libre mercado. Lo dicho: las partes carcomiéndose entre sí.
Siguiendo con más ejemplos, es como pillar a las democracias capitalistas europeas y a los Estados Unidos aliándose con el diablo comunista soviético para derrotar al demonio nazi hitleriano que golpeaba la puerta de sus casas, amenazando sus formas de vida. Es Richard Nixon, un anticomunista radical, viajando en 1972 a China para pactar con el comunismo “puro” de Mao Zedong y contrarrestar al demonio soviético, entonces en problemas.
Pero no es la derecha solamente la que incurre en espectaculares degeneraciones con sus contradicciones. La izquierda, cuyos filamentos políticos son la igualdad social y la distribución de la riqueza, termina anulando sus principios por la manipulación abusiva de su Estado protector. El comunismo de José Stalin resuena como una de las encarnaciones más icónicas de este mal de la sinrazón ideológica. Para el caso, se trata de un discurso de elevados principios humanistas deshumanizándose.
Dicho lo anterior, apurando un sorbo de la cicuta para aterrizar en la actualidad, luce propicio hablar de un caso que se construye de modo emblemático en América Latina. Venezuela, según visos, padece un cuadro sindrómico de degeneración política, perfectamente acoplado con lo enunciado en este escrito, en los términos de la contradicción, caso en curso, quizás por ello sin parangón en el registro histórico.
Su presidente encargada, Delcy Rodríguez, militante de una izquierda bien fundamentada por Hugo Chávez, no parece tener problemas en proclamar que su norte doctrinario es una precariedad a la hora de preservar la cosa política. Justo en este momento, su gestión es un emporio de confusión formal e ideológica, en la hora sombría de un tutelaje extranjero y de una independencia rota. Su arrojo contradoctrinario la presenta haciendo gala ─sin cuidado─ de abismales inconsistencias, manejando un discurso centrado en su militancia de izquierda mientras gira abiertamente hacia la derecha. Y de nuevo, ante la espectacularidad de la audacia, queda sugerida la pregunta silenciosa: ¿qué pueden importar esos principios ideológicos de la estupidez humana si la forma de gobierno propia está bajo amenaza?
Recuérdese que ella sucedió a Nicolás Maduro, depuesto por los Estados Unidos el 3 de enero de 2026, y se presenta a la percepción como una especie de última ramita de un árbol político que se arrojó al precipicio.
Hay que puntuar que ese aferramiento al borde del abismo para preservar el aparato de poder ha costado, en el lenguaje de la terapia socrática, la salud del cuerpo y del espíritu ideológicos. La debilidad consiguiente después de la incursión estadounidense colocó a esta persona en el dilema de preservar el poder pactando con el diablo supremo (los Estados Unidos) o perderlo todo ante el oportunismo de uno de sus demonios (María Corina Machado).
Desde el punto de vista de una degeneración cimentada, como en el ejemplo de las democracias europeas pactando con el diablo ruso, la elección no tiene misterios: una potencia geopolítica podría no arrebatarte el mando de gobierno, pudiendo, más bien, apoyarlo; pero una rival de la misma talla y en singular, sí.
Y ese pacto ha significado quiebra y concesión de principios definitorios ideológicos: la soberanía como potestad popular, los recursos naturales como soporte de una propuesta de riqueza distributiva. A título de amenaza de invasión, su ejercicio presidencial dejó de estar, doctrinariamente, al servicio del pueblo y de su militancia socialista. Como en el caso de Stalin, el Estado político terminó minándose de contradicciones, avasallando doctrina, conciencia y alma.
Platón y su República no dudarían en catalogar tal capítulo histórico como una forma tiránica degenerada de la democracia. Y en lenguaje cortante y flagrante, habría que abonar ─más en opinión del autor de estas líneas─ que su gobierno se perfila como una solapada dictadura de derecha bajo el abrigo de una izquierda pervertida. Que de morbosidades se habla…
De manera insólita, utilizando el basamento ideológico del chavismo (nombre, rostro, mentoría), Rodríguez ha llegado al extremo de amancebarse con el contrario ideológico solo para neutralizar a su rival política inmediata, Machado. Valiéndose del discurso de que emprende lo que Chávez habría hecho (manipulación partidista) y de su infraestructura de poder presidencial, entregó de facto al enemigo imperial lo que en promesas ofrece la opositora de llegar a la presidencia de Venezuela. Para la potencia imperial, ello comporta el mérito grandioso de obtener lo deseado de manos del adversario mismo.
Su gestión, pues, ha oscilado desde el postulado teórico de abrir el país al capitalismo estadounidense hasta la praxis de privatizar el petróleo y el oro, castrar PDVSA como ente operativo del Estado y empeñar los recursos naturales como acto pernicioso de hipoteca económica. Son los pesos brutos de una contradicción socialista que rebasan el cuidado de las apariencias y derivan en el frío cínico de la manipulación política. Utilizar el petróleo como herramienta para comprar perpetuación política vendría a ser el acto consagrado de la descomposición moral.
Por eso, lo dicho sobre esta política venezolana, que rompe los moldes de la vergüenza personal, no tiene parangón histórico contemporáneo y se inscribe en la denuncia socrática de que una democracia muta a tiranía cuando priva en ella una contradicción interna insostenible. El demagogo de la derecha utiliza su bandera de libertad hasta, contradictoriamente, suprimirla completamente; el de izquierda, su tema de igualdad hasta alcanzar la disparidad extrema.
Respecto a este enfoque de hablar sobre tiranía, traición o cobardía, en medio del estado de la degeneración alcanzado, el tirano, traidor o cobarde no cae en la cuenta de velar por la sintomatología de su enfermedad, sino en la obsesión de sostener el poder a troche y moche. Y en esto sí que la figura de Delcy Rodríguez conserva la consistencia histórica respecto de los casos políticos registrados.
Ante semejantes acrobacias de la condición humana, ciérrese con los padres de la lógica mencionados, diciendo que quien ya está desprovisto de la salud de la consistencia, no le queda más que el recurso perverso del engaño (sofisma, para complacencia de lo griego).


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