En Venezuela se agotan las palabras para denunciar. Y eso no extraña. El cinismo gubernamental, por un lado, es una dura coraza ante la queja y, por otro, es un hecho que la palabra, como poder literario, está en decadencia. De manera que se puede escribir intensa y extensamente, sin gran efecto. La historia continúa con sus navíos en llamas, iluminando un cambio de época.
Quedaría el verbo como recurso, la palabra hablada, el grito en la calle, para más precisión. Pero, como se insinuó, el cinismo es parte morbosa del cambio y de la degeneración. No ha lugar el oído. Si a ello se le suma que la literatura es, en gran medida, la organizadora del discurso oral, entonces se tiene una situación de antemano quebrada, habida cuenta de que quebrado está el hecho literario. Un hundimiento.
Vladimir Lenin solía visualizar con sus escritos la manera práctica de afrontar grandes problemas. Los enunciaba con su teoría al servicio de la praxis, como si, primero, se aclarara él mismo la situación; y luego volcaba ese poder de la palabra escrita, como un fuego viviente, sobre las masas, henchidas de movimiento. Famosa fue su Tesis de Abril, en 1917, que resolvió la traba marxista de transitar fases doctrinarias antes de aspirar al socialismo, proclamándolo, finalmente, a través de la acción práctica de los soviets (aquel pueblo hambriento, pero organizado y decisor).
Pocas veces, como en ese momento histórico, la palabra abrió brechas en la realidad, cambiando, de facto, el mundo.
Como se empezó diciendo, en Venezuela se gesta una explosión social y una segura guerra civil de continuar el poder obtuso y el pueblo ciego y ensordecido. Se puede, incluso, para exagerar algo, anunciar que una bomba nuclear arrasará Caracas en breve. El poder político y el pueblo reaccionarán, en efecto: uno para desmentir la amenaza sobre sus privilegios y el otro para desoír aquello que perturbe la paz de los muertos.
Pero son nuevos tiempos. Quizás preludios apocalípticos, en el sentido de un apagón del intelecto humano. Es la era digital con su imagen como poder de facto y su palabra veloz, cual resuello: imaginatura en lugar de literatura. Como si se viviera una especie de peste del sueño, donde todo pasa y se deja hacer.
Ya usted puede comprobar que la prensa escasea y los libros empiezan a parecer símbolos incrustados entre paredes. Mucho menos podrá referirse a una arenga movilizadora en una plaza, ni a aquello que durante un tiempo se llamó “manifiesto”: todos recursos concitadores de masas en movimiento.
Probablemente, sea el sino de los tiempos. Lo que está en curso y lo que ha de venir. Progreso. Hecho que, por cierto, exonera de cuestionamiento a cualquier bello durmiente. Dígase que se vive la era del rayo: la breve luz de la conciencia humana ante el poder tutelar de la era digital, que te castra y te celebra como eunuco de nuevo cuño —ese autista perdido en medio del mar de la manipulación y la estupidez políticas.
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