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viernes, 11 de septiembre de 2026

Contradicciones en el discurso, enfermedad del alma: caso Delcy Rodríguez

En términos lógicos, la contradicción expone, por regla general, la degeneración de algo. Es un hallazgo antiguo, específicamente griego, implícito en la vida de Sócrates, para más detalles. No se conoce ningún diálogo sobre este filósofo que se centre en ella como concepto lógico formal destructor de entidades, aunque toda la obra del autor (Platón) sea un puro discurso sobre la contradicción socrática como herramienta para develar inconsistencias.
Filosóficamente, Sócrates acometió su empresa desveladora de modo práctico, al grado de que se ganó la aversión de gente poderosa que, finalmente, lo sentenció a muerte. Su misión pareció ser la certificación de la contradicción como síntoma de la podredumbre humana. De hecho, de modo eufemístico, se puede decir que Sócrates la utilizó para declarar que un alma estaba enferma, era ignorante o corrupta.
No solo desnudó la degeneración del alma; también, en un plano más cotidiano, lo hizo con la política y la verdad. Si el hombre hubiera sido un filósofo más de teorías y de menos praxis, probablemente habría sobrevivido a la inquina de su tiempo. Pero se metió con la política y sus políticos de la calle, y ninguno le perdonó que evidenciara sus putrefacciones.
Y es que la política, en su definición más coloquial, es el campo de las contradicciones por antonomasia, por más que los sofismas intenten tapar los huecos. Las inconsistencias son su caracterización nativa y, por esa razón, no es extraño oír que es una disciplina llena de ignominia. O sea, puestos a definir, sería como el aceptado arte de la degeneración humana. No parece factible, pues, la existencia de una propuesta política caracterizada por la fidelidad a la pureza doctrinaria.
La historia muestra a los humanos afanándose en la miseria de destruir a iguales para granjearse el favor de los más poderosos. De hecho, hacia este arte parece haber degenerado la política. El sacrificio de los principios en pro del poder. En La República, retrata Platón a la tiranía como una sucesión degenerativa de la democracia (la secuencia es timocracia, oligarquía, democracia y tiranía). La lógica socrática descubre que tal tránsito ocurre por alguna contradicción interna insostenible, como, por ejemplo, creer que la libertad puede defenderse hasta con acciones que, inclusive, la aniquilen.
Una perla de irracionalidad. Uno de los tantos personajes que se enfureció con Sócrates al descubrírsele su inconsistencia intelectual fue Calicles: decía que los más fuertes debían gobernar y tener más. Pero vino el filósofo a contrariarlo, diciéndole que los débiles, al unirse, se hacían más fuertes y debían, por lo tanto, detentar el mando.
De modo que no parece haber una conceptualidad más temible que la contradicción para detectar malos olores en el sistema. Un ejemplo de mucho emblema en la contemporaneidad fue la frase de Winston Churchill cuando expresó el contenido de esta paráfrasis: “Si Hitler invadiera el infierno, yo haría una alabanza al diablo en la Cámara de los Comunes”. He aquí lo dicho sobre los principios maleables en pro del poder: es preferible hacer tratos con el diablo, padre demoníaco, que ser derrotado por Hitler, uno de sus demonios. El primero no te arrebata el poder político; el segundo, sí.
En consecuencia, tiene que haber un sumo grado de degeneración en el hecho de preferir pactar con el diablo en vez de un demonio. Subyace allí la terrible contradicción de principios morales que conduce a ofrendar un espíritu ya carcomido. Así lo habría visto el griego. Es como decirse en la soledad de la reflexión: ¿qué pueden importar esos principios ideológicos de la estupidez humana si la forma de gobierno propia está bajo amenaza?
Hay más. Platón profundiza en la enfermedad degenerativa de una entidad cuando enuncia sus incoherentes fragmentaciones: «una misma cosa no admitirá hacer o padecer cosas contrarias en una misma parte de ella y con respecto al mismo objeto, al mismo tiempo» (Libro IV de La República). Lo cual trae a colación, nuevamente, la incongruencia moral de que es mejor pactar con el diablo que con un demonio. Es como el sinsentido de una cosa que transcurra autodestruyéndose a sí misma.
Tal fue la línea que Sócrates enarboló con gran tragedia al abordar la política: el develamiento de lo inconsistente. La impudicia alcanza mayores niveles de putrefacción en esa disciplina. Es allí donde, por ejemplo, para viajar hasta la contemporaneidad, la derecha política acomete sus mayores contradicciones en nombre de la preservación de su estatu quo: no vacila en aplastar su cacareada libertad individual y tradiciones con el peso agobiante de su libre mercado. Lo dicho: las partes carcomiéndose entre sí.
Siguiendo con más ejemplos, es como pillar a las democracias capitalistas europeas y a los Estados Unidos aliándose con el diablo comunista soviético para derrotar al demonio nazi hitleriano que golpeaba la puerta de sus casas, amenazando sus formas de vida. Es Richard Nixon, un anticomunista radical, viajando en 1972 a China para pactar con el comunismo “puro” de Mao Zedong y contrarrestar al demonio soviético, entonces en problemas.
Pero no es la derecha solamente la que incurre en espectaculares degeneraciones con sus contradicciones. La izquierda, cuyos filamentos políticos son la igualdad social y la distribución de la riqueza, termina anulando sus principios por la manipulación abusiva de su Estado protector. El comunismo de José Stalin resuena como una de las encarnaciones más icónicas de este mal de la sinrazón ideológica. Para el caso, se trata de un discurso de elevados principios humanistas deshumanizándose.
Dicho lo anterior, apurando un sorbo de la cicuta para aterrizar en la actualidad, luce propicio hablar de un caso que se construye de modo emblemático en América Latina. Venezuela, según visos, padece un cuadro sindrómico de degeneración política, perfectamente acoplado con lo enunciado en este escrito, en los términos de la contradicción, caso en curso, quizás por ello sin parangón en el registro histórico.
Su presidente encargada, Delcy Rodríguez, militante de una izquierda bien fundamentada por Hugo Chávez, no parece tener problemas en proclamar que su norte doctrinario es una precariedad a la hora de preservar la cosa política. Justo en este momento, su gestión es un emporio de confusión formal e ideológica, en la hora sombría de un tutelaje extranjero y de una independencia rota. Su arrojo contradoctrinario la presenta haciendo gala ─sin cuidado─ de abismales inconsistencias, manejando un discurso centrado en su militancia de izquierda mientras gira abiertamente hacia la derecha. Y de nuevo, ante la espectacularidad de la audacia, queda sugerida la pregunta silenciosa: ¿qué pueden importar esos principios ideológicos de la estupidez humana si la forma de gobierno propia está bajo amenaza?
Recuérdese que ella sucedió a Nicolás Maduro, depuesto por los Estados Unidos el 3 de enero de 2026, y se presenta a la percepción como una especie de última ramita de un árbol político que se arrojó al precipicio.
Hay que puntuar que ese aferramiento al borde del abismo para preservar el aparato de poder ha costado, en el lenguaje de la terapia socrática, la salud del cuerpo y del espíritu ideológicos. La debilidad consiguiente después de la incursión estadounidense colocó a esta persona en el dilema de preservar el poder pactando con el diablo supremo (los Estados Unidos) o perderlo todo ante el oportunismo de uno de sus demonios (María Corina Machado).
Desde el punto de vista de una degeneración cimentada, como en el ejemplo de las democracias europeas pactando con el diablo ruso, la elección no tiene misterios: una potencia geopolítica podría no arrebatarte el mando de gobierno, pudiendo, más bien, apoyarlo; pero una rival de la misma talla y en singular, sí.
Y ese pacto ha significado quiebra y concesión de principios definitorios ideológicos: la soberanía como potestad popular, los recursos naturales como soporte de una propuesta de riqueza distributiva. A título de amenaza de invasión, su ejercicio presidencial dejó de estar, doctrinariamente, al servicio del pueblo y de su militancia socialista. Como en el caso de Stalin, el Estado político terminó minándose de contradicciones, avasallando doctrina, conciencia y alma.
Platón y su República no dudarían en catalogar tal capítulo histórico como una forma tiránica degenerada de la democracia. Y en lenguaje cortante y flagrante, habría que abonar ─más en opinión del autor de estas líneas─ que su gobierno se perfila como una solapada dictadura de derecha bajo el abrigo de una izquierda pervertida. Que de morbosidades se habla…
De manera insólita, utilizando el basamento ideológico del chavismo (nombre, rostro, mentoría), Rodríguez ha llegado al extremo de amancebarse con el contrario ideológico solo para neutralizar a su rival política inmediata, Machado. Valiéndose del discurso de que emprende lo que Chávez habría hecho (manipulación partidista) y de su infraestructura de poder presidencial, entregó de facto al enemigo imperial lo que en promesas ofrece la opositora de llegar a la presidencia de Venezuela. Para la potencia imperial, ello comporta el mérito grandioso de obtener lo deseado de manos del adversario mismo.
Su gestión, pues, ha oscilado desde el postulado teórico de abrir el país al capitalismo estadounidense hasta la praxis de privatizar el petróleo y el oro, castrar PDVSA como ente operativo del Estado y empeñar los recursos naturales como acto pernicioso de hipoteca económica. Son los pesos brutos de una contradicción socialista que rebasan el cuidado de las apariencias y derivan en el frío cínico de la manipulación política. Utilizar el petróleo como herramienta para comprar perpetuación política vendría a ser el acto consagrado de la descomposición moral.
Por eso, lo dicho sobre esta política venezolana, que rompe los moldes de la vergüenza personal, no tiene parangón histórico contemporáneo y se inscribe en la denuncia socrática de que una democracia muta a tiranía cuando priva en ella una contradicción interna insostenible. El demagogo de la derecha utiliza su bandera de libertad hasta, contradictoriamente, suprimirla completamente; el de izquierda, su tema de igualdad hasta alcanzar la disparidad extrema.
Respecto a este enfoque de hablar sobre tiranía, traición o cobardía, en medio del estado de la degeneración alcanzado, el tirano, traidor o cobarde no cae en la cuenta de velar por la sintomatología de su enfermedad, sino en la obsesión de sostener el poder a troche y moche. Y en esto sí que la figura de Delcy Rodríguez conserva la consistencia histórica respecto de los casos políticos registrados.
Ante semejantes acrobacias de la condición humana, ciérrese con los padres de la lógica mencionados, diciendo que quien ya está desprovisto de la salud de la consistencia, no le queda más que el recurso perverso del engaño (sofisma, para complacencia de lo griego).
 


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jueves, 3 de septiembre de 2026

La cobardía hace acuerdos de rendición, no negociaciones

El acuerdo no pinta bien. Su tinta se diluyó antes de llegar a la imprenta. Se dice que es una negociación. Pero en un comercio de semejante calibre, como es la costumbre entre pueblos y dignatarios, todas las partes ganan, especialmente si se utiliza la semántica “negocios”. Luego se tiene que puede ser un acuerdo, pero no un negocio.
Los griegos decían que la justicia solo existía entre iguales. Poseían una razón matemática. Si una de las partes no tenía fuerza o criterio para defender una posición, se estaba en presencia, entonces, de un ser sin capacidad para ejercer reclamos o derechos. Dioses y hombres imponían su poder allí donde otros mostraban carencias. Hacían reimponer el hecho de que 4 es mayor que 2.
Y en esta “negociación” entre Venezuela y los Estados Unidos, Caracas no parece tener fuerza para ejercer derechos.  O, por lo menos, el asunto no luce como un trato entre iguales. Entregó el quinto de sus reservas petroleras y recibirá lo que el fuerte tuvo y tendrá a bien ofrecerle. Es decir, el país es incapaz de reclamar la respetuosa igualdad.
En el 416 a. C., en el contexto de la Guerra del Peloponeso, pidieron los atenienses a los melios rendirse y pagar tributos debido a que eran aliados de sus enemigos, los espartanos. Estos se negaron. Apelaron a su derecho a ser neutrales, a su libre albedrío como nación, a la justicia divina y al honor. Entonces los griegos los masacraron, rindiendo primero por hambre a esa infausta isla de Melos, asesinando luego a los hombres y esclavizando a las mujeres y niños.
Eso significa que, según lógica griega (que es razón universal), el país suramericano no se está sentando a la mesa para negociación alguna, sino que chapotea entre el barro de la guerra. La asimetría de los términos del acuerdo así lo indica. Venezuela recibe un trato bélico de imposición. Que haya accedido a recibir 209.000 millones durante un siglo (no 25 años) por vender 65.000 millones de barriles de petróleo a $3.22 no parece un acto de cordura ni de nadie igualado al otro.
Esto conduce a establecer que, en efecto, puede hablarse de acuerdo en tanto el débil acepta los términos del fuerte, como parece claro, pero nada de eso de negociación. Es, ni más ni menos, la impronta de un documento de rendición. Con eufemismo, el depredador dirá que se firmó un gran acuerdo para disimular la inmoralidad de su condición leonina. Porque sí, el ganador siente por allá lejos que conviene ante la opinión pública no parecer tan abusivo.
Lo que significa, también, que las partes se comportan como si procedieran de una guerra (guerra del petróleo, para más especificidad), donde uno impone y carga con el botín, y el otro acata. La vergüenza de esta historia es que Venezuela ni siquiera combatió y su petróleo se lo llevan simplemente porque la cobardía petrifica.

lunes, 31 de agosto de 2026

Por neurosis y traición, los hermanos Rodríguez deben ser detenidos antes de colonizar por completo a Venezuela

Con Psicopatología de la vida cotidiana, Sigmund Freud evidenció que el hombre es un animal de detalles. A partir de ellos, de su análisis, puede abrirse una puerta inusitada hacia el mundus complexus de la neurosis. Culpas, miedos, remordimientos, complejos… En el día a día, la simple pérdida de una llave, por ejemplo, o hasta un porrazo que el pobre mortal se dé en una rodilla, pueden ser indicio de un malestar psíquico significativo.
La fascinación de la propuesta estriba en la narrativa cuasidetectivesca que hay en el embrollo. Descubrir contenidos mentales en los humanos por la ocurrencia reiterada de omisiones (lapsus) o comisiones es deslumbrante. De esa baza viene, por ejemplo, que olvidar el nombre de alguien o tergiversarlo podría comportar aversión hacia el innominado.
Se trata de una psicología de las profundidades, esa que se desliza desde una superficie consabida (o cotidiana) hacia un núcleo complejo emocional. Lo contrario es el discurso de la superficialidad. Esa que explica el abismo humano (lo desconocido) con evidencias conductuales.
Es muy común y gráfico decir que una persona traiciona por dinero, rencor o envidia, por ejemplificar con una de las peores acciones del ser humano. Y aquí la narrativa se llena de ilustraciones. Quizás el traidor más horrendo de la historia sea el antiguo Efialtes de Traquinia. Se dice que vendió a los espartanos ante los persas en las Termópilas por un saco de oro. O Judas Iscariote, quien, por menos, vendió a su maestro.
En todo caso, se explica lo complejo e insondable con fáciles evidencias. En el caso de Efialtes, la película 300 se atrevió a justificarlo por el rencor de un presunto rechazo militar. Se narra que era deformado y que Leónidas, el rey, no lo aceptó como soldado para la causa de la defensa nacional. Pero se trata de argumentaciones de cine. Conociendo que los espartanos sacrificaban a los infantes con deformidades, no hay probabilidad de un Efialtes jorobado.
Modernamente (para seguir con el tema de la traición), hay también traidores con expresa y aparente causa.  Dos son célebres, canonizados por la literatura. El primero es Mir Jafar, el indio que en 1757 permeó la colonización de su país ante el Imperio Británico. Aceptó un soborno millonario y la promesa de ser un gobernante títere (nawab). Rindió sus tropas ante un tal Robert Clive, jefe de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Su nombre hoy en Asia es el equivalente exacto a traidor, del mismo modo que “malinche” lo es en México y Suramérica.
El otro es Ahmed Chalabi, líder del Congreso Nacional Iraquí. Fue el político que inventó el pretexto de las armas de destrucción masiva para que potencias extranjeras, en 2003, invadieran su país y depusieran a Saddam Hussein. Su acción costó más de un millón de vidas y la actual disfuncionalidad política de Irak. Su premio: quitar un obstáculo en su carrera política.
En ellos, la teoría y praxis se lucen explicando las causales de la traición. Dinero y poder en uno, poder político en otro. Lo aparente histórico por la historia profunda de una complejidad humana. A contrapelo de estos fáciles grafitis, la ciencia ha profundizado en la explicación de algunas oscuridades. Una de ellas es que ha encontrado un gen relacionado con la cobardía, por mencionar otro aspecto de la monstruosidad humana.
Más recientemente (para seguir con la tesis gruesa contrafreudiana), quizás el caso de María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, encaje en esta visión expresa de explicar lo profundo de la traición con evidencias tácitas. Trabajó de la mano con el gobierno de los Estados Unidos para sancionar económicamente a su país, además de pedir formalmente su invasión militar. El premio sería el poder político derivado de la decapitación del gobierno venezolano.
Sin embargo, en el mismo contexto local de una tragedia, las aguas de la historia fácil se ponen turbias de nuevo con el caso de los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge), los dos traidores venezolanos que sucedieron a Nicolás Maduro. Y hete aquí que Freud y su psicología profunda deben emerger con su tesis psicoanalítica, dada la complejidad del caso.
Ambos hermanos provienen de una narrativa de la persecución política ultraderechista que, en definitiva, los dejó en la orfandad familiar. Ambos son o fueron voceros de un dispositivo político de la izquierda, quizás como recurso defensivo consiguiente. Y ambos, ahora, mediante el mecanismo de la traición ideológica, política y moral, son inexplicables adláteres del sistema que una vez combatieron y los persiguió (complejo de Estocolmo).
La explicación de sus vidas no puede ser tan simple como una bolsa de oro o la prebenda de un cargo político. Parece banal ante lo variopinto del cuadro emocional. En la aldea contemporánea no es fácil ocultarse entre la oscuridad comprada con el oro; y no hay poder que valga en medio de un país encrespado por la vileza de sus acciones. Se sabe que hay temor y cobardía motivacionales, pero hay la sensación de incomplitud explicativa. Por ello, la invocación freudiana, tanto más cuanto uno es psiquiatra y la otra, una joya pulida en la orfebrería universitaria occidental.
Se les acusa de maquinar la captura del presidente venezolano, permear la colonización de Venezuela por parte de los Estados Unidos y firmar la entrega colosal de un quinto de sus riquezas petroleras (65 mil millones de barriles de petróleo). Con respecto al caso agravado de Delcy, quien ejerce una presidencia más legal que legítima (nadie votó por ella), se dice en el argot cultista especulativo que disputa una rivalidad de poder femenino frente a María Corina Machado con respecto al poder del padre, Donald Trump. Sin duda, un caso psicoanalítico de pura cepa.
La crítica política dura ha razonado que este afán de poder la ha llevado a neutralizar a su rival ejecutando en términos reales lo que en el papel Machado ofrece como eventual presidente. Es decir, privatizar la industria petrolera, desmontar PDVSA, minar al país con empresas extranjeras, endeudar al país con créditos, eliminar los beneficios sociales y, como corolario, establecer un amancebamiento con los Estados Unidos, amén de darle la espalda a viejas alianzas y pasadas ideologías progresistas.
Ante tal panorama de objetivos cumplidos, desde el punto de vista trumpista, tiene que ser innecesario que ninguna Machado alcance el poder en Venezuela. La presidente encargada, Delcy Rodríguez, ya hizo la entrega. Los hermanos Rodríguez han revestido al país, otrora ejemplo libertario, con una viscosa sustancia de tutelaje.
En medio de esta aparente lucha por el padre perdido, el corazón de la traición palpita en la entrega de 17 yacimientos petrolíferos a Trump, con 65 mil millones de barriles, más del 20% de las reservas de Venezuela. Fue el acuerdo anunciado el 28 de agosto de 2026 entre ambos mandatarios. Como si se dijera: en este país, a futuro, ya no se requiere de ninguna persona llamada María Corina Machado. Los objetivos han sido alcanzados. La estabilidad política para los hermanos Rodríguez es un hecho. Lo ha insinuado Trump cuando ha acariciado a Delcy con las palabras, al felicitarla por el depredador acuerdo petrolero: «La relación que tenemos es un 10». ¿No ha demostrado ya la historia que taras y neurosis en empoderados políticos han conducido a las naciones al desastre? Dictadores, emperadores, führer, sátrapas… Traidores.  
Semejante lucha por la figura paterna, complicada con salpicaduras del síndrome de Estocolmo (lo paradójico), ha de costarle a Venezuela décadas de explotación petrolera. Jamás la estabilidad política de ningún gobernante ha costado tanto al futuro de un país. Venezuela ha sido empeñada durante cien años. La ventaja de recibir fiscalmente 209.000 millones en tributos durante 25 años no parece condolerse con el hecho miserable de que el barril de petróleo será vendido a $3,2. Además, está el hecho de que será el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos quien maneje los fondos petroleros, como lo hace en la actualidad. Esto significa que Venezuela tendrá un Banco Central y una empresa de petróleo prácticamente de papel.
Sin duda, tema complejo para la psicopatología de la traición política. Se habla de unos ejecutores inicialmente de izquierda política, pero, finalmente, de derecha enfermiza. Unos hijos de la orfandad que localizan al padre político, paradójicamente de la pasta de sus victimarios ideológicos. Unos ejecutores políticos que, por un tazón de estabilidad, someten a la incertidumbre el futuro de una nación completa. Unos neuróticos que, en el camino de sus dolencias, dieron por encontrado a un hombre fuerte que suplió la laguna de sus carencias más tempranas. Un país aquejado cuya imagen los acompañará para siempre, icónicamente, del mismo modo que Malinche y Jafar son sinónimos de traición.
 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Todavía falta un aspecto fundamental para ser cabal colonia

Actualmente es grande el esfuerzo que se despliega para el borrado ideológico. Se empieza por lo que está a la mano, como la iconografía. Simón Bolívar, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, revolución bolivariana… Horror al comunismo o a su mal menor, el socialismo. Es la orden. En breve, Venezuela debe lucir como un tazón lustroso, listo para el reseteo de los nuevos tiempos. Por dentro, en sus recodos oficiales, debe vestir un tapizado blanco, sin lunares de retratos; por fuera, el país debe proyectar un azul profundo, mejor azul petróleo. En todo caso, se trata de la debida identidad que ha debido lucir desde hace muchísimo tiempo, según detractores.
Por supuesto, el objetivo final es el alma política del venezolano. Allí el barrido no es tan simple como cambiar una imagen. Se debe luchar un poco más, y ello se logra afeando lo escaso sobreviviente y lo heroico pasado. Destruir la historia es la innegable consigna de la maquinaria imperial. La guerra psicológica, capítulo cultural. Pero, como se dijo y como ocurre con las cosas relacionadas con el espíritu, no es tan fácil borrar un pasado ni tan fútil matar una idea.
Chávez redactó una herencia. Está escrita en las honduras comentadas. Su mayor logro fue someter a catarsis a Venezuela y sus adyacencias, y hacerles ver su estado solapado de esclavitud. Es decir, de incompleta independencia. Había un parapeto bolivariano cuando llegó, atril vendedor de sangre humana a título de libertad. Venezuela era un granero imperialista, como lo es ─¡otra vez!─ ahora.
Por fortuna, la historia no se borra con tanta facilidad. Bolívar y su gesta son una secoya sembrada en el alma humana. Es la idea peligrosa a combatir, como fue combatido el barinés Hugo Chávez. Nunca el borrado será completo debido a que sobrevive la idea. Ambas gestas, la bolivariana original como la rescatista chavista, están vivas. Y eso es un hecho prácticamente imposible de erradicar, ni siquiera evaporando a todo lo venezolano, si ello fuera factible. Como dice Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos [“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”]: el «umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado [del olvido] las ruinas de un anfiteatro.»
Sin embargo, mientras el cálculo imperialista se propone este reseteo fundamental, hay que reconocer que ha alcanzado los siguientes hitos en aras de colonizar al país bolivariano. Con el permiso de la brusquedad, propio de lo político, se mencionan a continuación:
  1. Quiebra de la institución presidencial.
  2. Restablecimiento de la embajada estadounidense.
  3. Obligar a Venezuela a romper con Rusia, China, Cuba e Irán.
  4. Vender sus recursos geoeconómicos y no cobrar por ellos.
  5. Restablecer relaciones con Israel.
  6. Olvidar a Palestina.
  7. Liberación de la delincuencia política.
  8. Recepción del exilio apátrida.
Faltándole:
  1. Una base militar extranjera (anticonstitucionalidad en curso en La Guaira).
  2. Doralización (en curso).
  3. Sacar a Venezuela de la OPEP.
  4. Instalar una dictadura de derecha.
Se trata de engarzarse en la nueva oleada derechista continental: desde Javier, allá en Argentina, pasando por Rodrigo Paz, en Bolivia, hasta más allá, Nayib Bukele, en El Salvador, por mencionar extremos y un corazón hemisférico.
Claro, Venezuela es la joya de la corona por la monumentalidad de sus recursos minerales. Ella sola podría sostener la tesis de que el continente es un enorme granero colonialista. El tratamiento que se le prodiga es inconmensurable y no escatima el esfuerzo de la guerra y de la maquinación fratricida. Entrar a Suramérica implica haber conturbado la puerta histórica e ideológica de sus fundadores. Pero, citando a Pablo Neruda y a ese carácter impoluto de las ideas, hay que persistir en la persistencia de lo persistente:
PADRE nuestro que estás en la tierra, en el agua, en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar,
el pájaro bolívar sobre el volcán bolívar,
la patata, el salitre, las sombras especiales,
las corrientes, las vetas de fosfórica piedra,
todo lo nuestro viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos, llanuras, campanarios,
tu herencia es el pan nuestro de cada día, padre».
["Un canto para Bolívar", Tercera residencia]
 

sábado, 8 de agosto de 2026

Se puede vivir de la compasión… en el paraíso

El mundo es una guerra. No es una excreta, como dice el dicho. Sería hablar mal del hombre, la cima creativa o evolutiva de la vida. Guerra en el sentido casi genético. Ha sido su sentido histórico y biológico. La supervivencia, la competencia, el exterminio y el placer mortal están metidos en los genes de lo humano.
Ergo, hacer la guerra es una plenitud de la especie. Vivir durante siglos en ausencia de guerra, es decir, en paz, parece contranatural. De hecho, escasean esos períodos en la historia. El hombre necesita de la autodestrucción para sentir el valor de su humanidad. El poder y la compasión son su sino existencial. Arthur Schopenhauer decía que la compasión es el fundamento de la ética y la moral, y el sentimiento más elevado del hombre.
Pero no es cierto. Es el poder. Y el poder es la nomenclatura de la guerra. Luego, el hombre es un animal belicista. El Homo sapiens necesita sentirse grande para luego, desde su magnanimidad, experimentar el regocijo de la compasión ante lo destruido. Semejante camino hacia el otro extremo es la ruta de bautizo del asesino. Es allí cuando necesita llamarse humano. Y, ya usted sabe, se hace magnánimo también a través de la piedad.
Esto habla de la gran mentira que vive el mundo. Del conflicto moralista del asesino. Es decir, del hombre. Hipócritamente, se enseña que la grandeza humana estriba en el ejercicio de lo pequeño. La compasión, que es como promulgar la abolición del egoísmo. Pero esto lo dicen los poderosos, los asesinos, para sitiar al débil. La grandeza humana está en ser exterminador y asesino. Es la mentira verdadera que ansían publicar. De allí que la educación sea la gran estafa que oculta los homicidios. El minusválido, el destruido, siempre será el trapo de culpa, el altar de depuración, del victimario.
¿Tiene alguien culpa de ello? ¿Está mal el asunto? ¿Reconocer que el hombre es una bestia detrás de un refinamiento? Es a lo que le llaman cultura. El ser humano es tan culto como inocente.
El Homo sapiens bellicus fue quien dijo a los melios, vestido como griego antiguo, en 416 a.C., que «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Fue quien, vestido luego como romano, en 146 a.C., arrasó Cartago, cuando no era necesario. Y quien, modernamente, en 1999, desapareció a Yugoslavia al imponerle condiciones imposibles, no tanto de rendición, sino de existencia.
Desaparecer la nación de Melos, Cartago y Yugoslavia no es un acto casual. Es el destello duro de una naturaleza auténtica. Tales lugares, que de un modo sistémico dejaron de existir, son, en sí, un nimio porcentaje de tantos egos que requirieron planos similares de expresión. El mundo es un libro escrito a capítulos. Aquiles, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Gengis Khan, Bonaparte, Bolívar, Hitler… son páginas.  El hombre es como un gigante que requiere, de vez en cuando, agacharse para insuflarse de compasión sobre los charcos de sangre.
Por eso el poderoso, con su tramoya educacional, parece haber inventado el mito del cristianismo, que es como una columna real de la historia: los pequeños, esos que inspiran compasión con sus extraños comportamientos, son también seres humanos.
Bajo semejante reflexión, para hacer locativa la idea, podría ensayarse una alusión a un país o circunstancia cualesquiera. Por ejemplo, Venezuela, que es desde donde nace la voz de estas letras. El destino de la nación bolivariana, tutelada como está, desprovista de su naturaleza bélica, es una invitación al vacío. Así como subsiste, sin autonomía, tiene que saber que la compasión en el poderoso es un acto que solamente se ejerce en el momento de la destrucción.
 

domingo, 2 de agosto de 2026

La desincorporación de la FANB del plano republicano como esquema tutelar

Siempre resultará temerario hablar de la desincorporación de las fuerzas armadas de un país. Normalmente, encarnan proezas fundacionales, objeto de la loa eterna de los ciudadanos a quienes se deben. Por ejemplo, el Ejército Rojo (1918, creador del primer Estado socialista del mundo, vencedor del nazismo), que dio pie al Ejército Soviético (1951) y luego a las actuales Fuerzas Armadas Rusas.
O el Ejército Popular de Liberación, artífice de la “Larga Marcha” y proclamador de la República Popular de China, en 1949. O las mismas Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, Estado victimario al cual aluden estas letras. Son gestoras de la independencia de las trece colonias británicas y baluartes de la actual república federal norteamericana.
Locuaz, es lo menos. Tales entidades siguen siendo fortalezas de sus naciones, sobremanera cuando entrecruzan sus existencias en medio de una enorme rivalidad geopolítica. ¿A quién se le podría ocurrir pedir su disolución?
Lo mismo tendría que decirse de la Fuerza Armada Bolivariana de Venezuela (FANB), genética del Ejército Libertador, fundado el 19 de abril de 1810, emancipador por antonomasia de Suramérica. Su gesta fue la independencia casi continental, vencedora en Carabobo y Boyacá, liberadora de Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá.
¿Cómo sugerir semejante tremendura demencial? Por historia y gesta, Venezuela parece unida de manera identitaria a su FANB. El artículo 328 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) la reconoce como una institución fundamental para la seguridad nacional. De hecho, el Código Penal venezolano ratifica la sacralidad de tal institución y sanciona a quien ofenda su institucionalidad. Criticar la utilidad o validez del cuerpo armado venezolano podría sonar a instigación a la desobediencia o rebelión. Más en concreto: si tal cuerpo está consagrado a la seguridad nacional, pedir su disolución podría implicar un llamado a la subversión del orden público.
Pero así está sonando la voz del país después de su invasión, el 3 de enero de 2026, por parte de tropas estadounidenses. En vez de ofensión para dignidad institucional alguna, es afrenta al oído ciudadano. El hecho terminó en una indescriptible derrota, casi sin combate y con muchos muertos, y con el presidente de la república capturado. Esto equivale a decir que una institucionalidad “fundamental” del país no cumplió su rol en materia de seguridad nacional, capitulando operativamente, dejando que otra institucionalidad sacra (como la presidencial) fuese violentada.
El mayor problema moral de emprender una reflexión crítica contra una institución de semejante envergadura es el honor militar, sin duda mancillado cuando se habla de inutilidad y disolución. Sin embargo, tiene que haber un modo de analizar la eventualidad sin que el señalamiento de la verdad resulte menoscabado. Se trata de la verdad por la verdad. José Gervasio Artigas, prócer de la independencia uruguaya, dijo que “con libertad ni ofendo ni temo”, que es como decir que “con la verdad ni ofendo ni temo”, dado que se refería a la honradez que quita el cuidado de no dañar a nadie.
En todo caso, el autor de estas líneas esboza los hechos acaecidos, lo cual jamás podría ser más tremebundo que ser autor o partícipe de ellos. Por supuesto, no se niega que, en un mundo de realismo mágico, hablar de un crimen pueda resultar más criminal que el ejecutor o el crimen mismo. Y, para ser francos, el universo de responsables de la situación crítica actual del país se cosifica desde la presidencia encargada para abajo, pasando por la Asamblea Nacional, el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela y el mismo ministro de la Defensa en funciones de entonces.
Puestos a respetar la constitucionalidad, por cierto, el artículo 25 de la CRBV habla de nulidad cuando el Poder Público viola constitucionalidades, enfatizando, como la guinda del pastel, que un funcionario no podrá eludir con su rango la responsabilidad penal, civil o administrativa.
De todos modos, hay que sentar que debe el honor existir primero para que luego pueda ser mancillado. Y, por lo que la historia ha grabado, no hay honor en la especie de los hechos mencionados: un país tutelado de manera flagrante, un presidente secuestrado, una soberanía pisoteada, unos recursos naturales robados por apetitos ajenos, un futuro hipotecado e incierto… La reflexión, pues, se devuelve al punto primero: si la flagrancia sigue persistiendo en la inutilidad de una FANB, que no se pronuncia ante la afrenta en curso ni asume su rol defensivo, desincorpórese. Ni honor ni dignidad hay en el acto de desentenderse de la vergüenza.
Países hay sin fuerzas armadas, propiamente. A saber: Costa Rica, Panamá, Japón (sus fuerzas son de “autodefensa”), Islandia, Andorra, Mónaco, Liechtenstein, Samoa, aparte de otros microestados y estados insulares. A propósito, llama la atención que Japón y Panamá abolieron sus fuerzas armadas después de sufrir una invasión estadounidense. Las prohíben en sus cartas magnas, además de Costa Rica, que lo hizo después de la guerra civil, en 1949. Se hace la mención porque Venezuela acaba de ser invadida y su fuerza armada acallada, como si no existiera. Con las ideas siempre hay peligro de que, más allá de un contagio, se conviertan en esquemas.
La irracionalidad de un desmontaje de la fuerza armada venezolana cobra sentido monstruoso cuando se sopesa que el país, más allá de institucionalidades o rubros republicanos, es una mina planetaria de recursos naturales energéticos y una potencia geopolítica. Pero, como se dijo, esta imprescindibilidad es un deber ser, no materializado como realidad. Constitución e historia nacionales exigen con toda ley lógica la persistencia de una fuerza armada, operativa y funcional; no obstante, los hechos presentes, como si se tratara de un ejemplar que se separa de la manada, desdicen de la tesis necesaria.
Desafortunadamente, la incursión estadounidense del 3 de enero evidenció la especie de prescindibilidad que se analiza: (1) la inutilidad operativa ante el despliegue de 150 aeronaves invasoras y la anulación en minutos de los misiles claves antiaéreos Buk-M2E (24 objetivos al mismo tiempo, hasta 20 km de distancia); (2) la incapacidad defensiva ante la captura de Nicolás Maduro, lo cual dejó al descubierto que los millones de dólares invertidos en equipamiento militar no sirvieron para la función constitucional de defender la soberanía y proteger al jefe de Estado; (3) la crisis de legitimidad institucional que condujo al Ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, a proponer un “plan de transformación” de cara a los hechos, dándole consistencia, de manera inquietante, a la crítica que se ejerce en este espacio. Exactamente, no dijo Padrino que la institución debería ser desincorporada, sino transformada {S/f-c. Elpitazo.net <https://elpitazo.net/politica/un-mes-despues-de-la-captura-de-maduro-padrino-lopez-anuncia-investigacion-por-hechos-del-3ene/> [consultado el 2 de agosto de 2026]}.
En fin, la Operación Resolución Absoluta del 3 de enero de 2026 expuso a una FANB ineficaz, costosa en su aparataje, inútil en su infraestructura antiaérea, neutralizada en apenas un par de horas.
No hay allí honor que defender ni susceptibilidad que respetar. El honor fue asesinado y se lo llevaron a la tumba los más de 100 soldados que murieron en la contienda, 30 de ellos cubanos, en general, un 0,04% del conglomerado total de la tropa venezolana. Quien no luchó quedó afrentado o, peor, en un estado dantesco de muerte cívica si tuvo que obedecer una orden superior que no lo eximirá del incumplimiento del deber. Tanto más grave si, como la caracteriza el artículo 329 de la CRBV, la FANB es una entidad apolítica: defender el país de la injerencia extranjera tiene que ser un movimiento reflejo que no consulta criterios partidistas.
Una Venezuela sin fuerzas armadas es un contrasentido no solo histórico, como se dijo, sino existencial. Desmontarla es menoscabar la república y lesionar legados. No tener una infraestructura para defender sus riquezas conllevará un futuro de descomposición explotativa. Y eso no sería, ni en el sentido griego ni en el francés, una república, sino aldeas. Como se dijo, los tiempos que corren son impredecibles. Si ya hay desclasificación de materiales ufológicos y un desbordamiento imaginativo sobre las realidades que fueron o serán, habría que suponer que, sin fuerzas armadas, el país se amparará bajo la tutela del derecho internacional, lo cual ya es un sentimiento familiar.

miércoles, 29 de julio de 2026

Secuestro, robo y burla del siglo

Siguiendo el rastro del dinero, se descubre la magnitud del robo y del secuestro que los Estados Unidos han cometido contra Venezuela. “Robo” por los $13.000 millones que el país bolivariano ha vendido por concepto de exportaciones petroleras entre enero y julio de 2026, y que el país del norte represa; y “secuestro” por la obviedad de la captura del presidente Nicolás Maduro, ocurrida el 3 de enero próximo pasado, metáfora, también, del secuestro del país.
Cada palabra es una responsabilidad y establece una relación lógica. Procede el robo una vez que es secuestrado el custodio principal. Nicolás Maduro, al parecer, según restos amorfos de un aparato de Estado ante el extranjero, era la única resistencia nacionalista. En ausencia de la cabeza, alimento es el resto del cuerpo. Y así Venezuela deja de ser Estado, hasta cierto punto, como dejaron de ser los incas cuando cayó Atahualpa ante Francisco Pizarro o los aztecas debido a la muerte de Moctezuma II. Ni imperio ni república. No se hable de Guaicaipuro, resistencia nativa cuya muerte desmoronó a los Teques y a la gran alianza caribe de Caracas.
Más allá de analogías, Maduro era hombre de diálogo, un civil, en nada un guerrero de espada o flecha, como las referencias belicistas apuntadas. Pero durante su estadía en el poder, nadie se atrevió a vejar tanto la patria de Simón Bolívar como se vejan ahora los restos de lo que fue un sistema de gobierno. Tuvo que ser capturado, reducido por las armas (más de cien bajas).
Se trata, más bien, de un esquema estratégico militar, empleado hoy, por ejemplo, en el Medio Oriente, en específico contra Irán, donde se ha intentado reducir a un Estado a fuerza de asesinar su liderazgo (los ayatolás).
Y al seguirse el rastro del dinero, como se dijo al principio, lo que se descubre, además de robo y secuestro, es una infame tutela, para no hablar de colonia de manera precipitada. Un país con sus recursos capturados, explotados, administrados, sin liderazgo digno. Que a Venezuela le hayan abierto los Estados Unidos una cuenta bancaria que se extiende hasta Qatar para recabarle los fondos de las ventas petroleras, habla del tamaño de la vergüenza.
Véase: Caracas vendió, más o menos, 200 millones de barriles de petróleo en el lapso indicado. Facturó los $13.000 millones dichos, actualmente en cuentas gringas. Y ha recibido solamente $300 millones, el equivalente a 5 días de producción petrolera, de un total de 180 días [(N.d.). Com.Mx. Retrieved July 29, 2026, from https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/07/22/economia/financial-times-eu-recauda-mas-de-13-mil-mdd-por-petroleo-venezolano-sin-transparentar-el-destino-de-los-recursos]. De allí que se comprenda, cabalmente, el porqué de la alegría del presidente estadounidense cuando celebra que está haciendo mucho dinero con la presidente venezolana y que, con el petróleo retenido, ha cobrado a Venezuela el equivalente a 28 veces el gasto de su incursión militar.
Lo más grave es que se detectó desde el Congreso que la Casa Blanca ordenó el desembolso de $6.000 millones por concepto de ayuda humanitaria por los terremotos, y el gobierno venezolano no ha registrado disponibilidad de tal monto. Hay el antecedente inmediato de una farsa imperialista acometida en Haití desde el terremoto de 2010: los recursos liberados para la asistencia humanitaria jamás llegaron a manos de la empresa local, sino que fueron asignados a contratistas de los Estados Unidos, lo cual equivale a decir que el dinero retornó a su país de origen. La gravedad del desfalco que se cierne sobre un dinero que es propiedad del Estado venezolano es obvia.
Finalmente, más allá de la burla y el robo del siglo denunciados, asiéntese dos hechos, por si acaso aún existe alma humana que no esté al tanto: (1) el país es una tutela o protectorado desde el momento mismo en que no administra sus recursos y es despojado de su soberanía fiscal elemental mediante cuentas bancarias de sus fondos; (2) no hay buena fe en un país que, además de invadir y secuestrar al presidente de otro, es incapaz de liberarle con transparencia sus propios fondos en el contexto de una crisis humanitaria.
Ciérrese la rueda diciendo que, así como se evidencia la mofa contra una república humillada, el hecho acarrea responsabilidades penales sobre los funcionarios públicos que han hecho posible el esperpento, desde la presidente encargada para abajo, pasando por la Asamblea Nacional, el vicepresidente del partido PSUV o el ministro de la Defensa. No es posible que se continúe propalando la especie de que en Venezuela se evitó una guerra el 3 de enero de 2026 capitulando como se capituló. Como si se dijera que se defendió la patria de Bolívar entregándola. Semejante absurdo hace más cara la pena que merece la traición al involucrar la burla contra la inteligencia y la buena fe de un pueblo que quiso confiar en su dirigencia.
Nota de honestidad intelectual: El autor contó con la asistencia del modelo de inteligencia artificial Gemini (Google, 2026) como herramienta de soporte para la investigación documental, contraste de datos y estructuración de este artículo.


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miércoles, 22 de julio de 2026

La toma imperialista de La Guaira paso a paso según modelo de ocupación doctrinario y militarista

El presente escrito tiene cuatro momentos reflexivos, que se desglosan desde la misma determinación doctrinaria de los Estados Unidos de posesionarse de La Guaira hasta su defensa final como base militar adquirida, argumentando y desargumentando pretextos. Se trata de un breve análisis de hechos consignados por la historia que, a fuer de premisas, concluye en una serie de razonamientos dirigida a quienes son responsables del destino político de Venezuela. Con el conocimiento de un pasado es posible prevenir un futuro consabido.
En un primer momento, es imperativo saber que las bases militares son mecanismos doctrinarios de expansión y poder de los Estados Unidos. Por ello, tienen cientos en el mundo, como ningún otro país. Son como puestos de avanzada del Imperio Romano en sus caminos de conquista. Asentarse sobre puntos de importancia geopolítica y estratégica es, prácticamente, un mandato de su aparato político estatal, que busca proyección y control globales. Arrestos de imperio, pues.
De manera que, para el caso de la preocupación presente, la aspiración de asentarse como base militar en La Guaira no tiene por qué sorprender a nadie, aunque indigne a quien posea un corazón nacionalista. De hecho, de modo específico y agravante, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos se rige por una doctrina regulatoria militar para situaciones de desastre natural en las que tenga que desplegarse para “ayudar”: el programa de Asistencia Humanitaria Extranjera (FHA).
No es más que un manual de operaciones que, bajo una pantalla de asistencia humanitaria, comisiona a sus tropas para recopilar inteligencia militar, económica y medioambiental del área afectada; mediante el mecanismo de cooperación económica, allana un acceso directo a los Comandos Combatientes en el área ─como el Comando Sur, por ejemplo─ para tejer una narrativa de influencia y de objetivos de seguridad nacional para los Estados Unidos; y, detrás de la cortina de las maquinarias, helicópteros, hospitales de campaña y mapeo de infraestructuras críticas, reconoce el terreno del país anfitrión con el objetivo de medir su capacidad de respuesta en una situación militar eventual.
Dígase que la pretensión operativa, más allá de la instalación militar, es la configuración de un gobierno total en el área asistida. La doctrina es clara en su objetivo de lograr un “gobierno completo” (whole-of-government response): si los Estados Unidos son quienes financian, reconstruyen y rescatan, su influencia debe ser primordial, incluso por encima de la autoridad local. Se trata de un ejercicio de toma física y funcional, con una peligrosa dosis de asunción de soberanía orientada al tutelaje administrativo.
Con tal alerta, resulta en extremo riesgoso infectar una soberanía nacional con la inoculación de semejantes formas de ayuda humanitaria, configuradas con tan específicos genes de la destrucción. Sin embargo, sobre las conclusiones de un análisis objetivo, la carga política y moral tendría que recaer sobre el gobernante que transija con tal daño para su patria.
En un segundo momento, cuando ya la base militar está instalada en la zona aquejada, habría que saber sobre la renuencia del gobierno de los Estados Unidos a retirarse. Es historia. Innumerables son las tácticas dilatorias para evitar o posponer el abandono de una de sus tantas bases militares de la red mundial. Nunca dejará de ser espectacular la intención de permanencia de ese país, incluso en contra de la voluntad del país anfitrión. Suerte de oda al cinismo geopolítico.
El país invasor apelará a la ambigüedad contractual de su permanencia, valiéndose de figuras interpretativas que usualmente requieren años de examen judicial; exigirá reemplazos, es decir, se negará a los desalojos hasta tanto el país anfitrión financie o apruebe una base sustitutiva para los desalojados; se reetiquetará de manera constante como “centro de investigación” o “misión de asesoría” para evadir las prohibiciones de permanencia militar. Toda una charada ensayada a lo largo de capítulos históricos.
Véase: los Estados Unidos no abandonaron la Base Aérea de Clark ni la Base Naval Subic Bay, en Filipinas, hasta 1991, a pesar de que el Tratado de Bases Militares de 1947 había vencido. Recurrió a un paquete de ayuda económica y a una asesoría militar para Manila, condicionando así  permanencia de sus tropas en el país asiático. Solo la erupción del volcán Pinatubo, al dañar la base Clark, logró echarlos.
En Ecuador se pusieron “duros” con la Base de Manta, que tuvieron que abandonar, finalmente, en 2009, ante una inflexible decisión del presidente Rafael Correa. Sin embargo, recurrieron a la táctica dilatoria de instalar mesas de diálogo para enfocar el problema del narcotráfico y así cambiar la naturaleza de su presencia militar en el área. Se propusieron, entonces, como paladines contra el tráfico de drogas.
En Japón, la Base Aérea de Futenma fue protestada intensamente en la década de los 90, siglo XX, debido a la conducta delictiva de las tropas estadounidenses. Los americanos recurrieron a la táctica dilatoria de la “reubicación”. Para irse, exigieron la construcción de otra base para reubicar la estación aérea del Cuerpo de Marines de Futenma. Ello ha llevado décadas de estudio de suelos, de evaluación de impacto ambiental, para la nueva base, lo cual ha dificultado ─¡hasta hoy!─ la devolución de los espacios ocupados por los Estados Unidos en el país asiático.
En Hawái, acusados de daño ambiental, no quieren devolverles los terrenos a los aborígenes, alegando, precisamente, periodos de plazo para la ejecución de estudios de impacto ambiental demostrativos. En Irak, después de que el parlamento acordara el retiro inmediato de sus tropas (por causa del asesinato del general Qasem Soleimani), los gringos recurrieron a la estrategia dilatoria de mutar a “asesores técnicos y fuerzas de asistencia” no combatientes para poder continuar operativos en el área. En Haití, desde 2010 hasta hoy, se inventaron una denominación de base militar “temporal”.
El tercer momento, el de las argucias para evitar el desalojo, es una especie de ofensa a la inteligencia humana por el descaro que comporta. Téngase claro, primeramente, que una base militar en La Guaira, Venezuela, como ya se dijo, revestiría una importancia enorme para los Estados Unidos desde el punto de vista geopolítico y estratégico. Dicha base fungiría como un faro de valor incalculable para el cotejo del país más rico en hidrocarburos del mundo y de las riquezas suramericanas en general. Petróleo, agua, oro, tierras raras… Ni siquiera el vuelo de las aves podría escapar a la auscultación imperial. Con semejante mirilla en el Caribe, poco es lo que podrían aspirar los competidores geopolíticos chinos, rusos o iraníes en la región.
Lo primero que intentarán los Estados Unidos es aducir incapacidad local venezolana para la asistencia logística humanitaria. Que ellos se retiren traería consigo un vacío logístico, lo cual, por nobleza humanitaria, ellos tendrían que rechazar. Cursa, a propósito, una campaña desinformativa en el país al respecto, orientada a retratar a un Estado venezolano inútil con relación a sí mismo en contraste con unos Estados Unidos magnánimamente heroicos.
Luego hablarán de la norma internacional de la Responsabilidad de Proteger. Esto los pondría a charlar sobre la definición de soberanía, aclarando que hay soberanía nacional solo cuando una población vive en estado de bienestar. Por tanto, no se retirarían del sitio mientras existan “criminales” estadísticas de desnutrición y servicios básicos deteriorados. Ellos serían incapaces de abandonar un país a su suerte y es probable que, según documentaciones que los muestran experimentando con su propia población, esparzan vectores infecciosos en el litoral guaireño (como antecedentes, hasta 1969 criaron masivamente mosquitos y garrapatas para propagar la fiebre amarilla y en Cuba pusieron en marcha la Operación Mangosta para arruinar su economía agrícola mediante la inoculación de plagas y del dengue hemorrágico).
Alegarán inseguridad en el área del desastre, justificando la presencia de sus tropas para el debido resguardo y protección. El asunto, inclusive, podría complicarse en una dimensión más amplia: emergerán el crimen organizado en las costas de La Guaira, la piratería marítima, el tráfico de armas y el narcotráfico, lo cual, aunado al vacío de poder venezolano, le dará un giro de inseguridad hemisférica al asunto, con repercusiones sobre la seguridad nacional de los mismos Estados Unidos de América. En el acto se convertirán en custodios del comercio caribeño, no solo con licencia para perdurar, sino para matar.
Finalmente, para decirlo con la infaltable certeza a la que obliga el examen de los tiempos y la razón de sus intereses concretos: los Estados Unidos permanecerán destacados en La Guaira para monitorear y asegurar la transición democrática en Venezuela. No se retirarán hasta tanto la circunstancia política y electoral decante una forma de gobierno satélite, de importancia económica para su subsistencia en medio de un contexto geopolítico de rivalidad con China y Rusia. Sus tropas se venderán como una garantía de paz ante un país convulso, disfuncional, precipitado por ellos mismos al abismo con sus prolongadas sanciones y el golpe militar del 3 de enero de 2026.
Qué hacer es el cuarto momento. Y este aspecto se orienta a la gobernanza responsable del país bolivariano, a sus fuerzas armadas, a todas esas entidades que deben estar comprometidas con la libertad y el ejercicio de soberanía en un país republicano como Venezuela, bolivariano por antonomasia.
Lo primero es evitar la militarización extranjera de la ayuda. Cero de ese personal militar uniformado debiera ser la norma. Venezuela tiene su propia fuerza armada, que podría condicionar el comportamiento de otras auxiliares. Para rescatar una vida no hace falta el traje de la muerte, armado hasta los dientes. Ser rescatista no justifica la toma militar de los espacios, del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, de las telecomunicaciones, del mapeo satelital del territorio… como aspira el país del norte. Es responsabilidad del Estado venezolano velar por que ningún extranjero con capacidad de combate se destaque en el área, permitiendo únicamente a la Cruz Roja o a la ONU labores directrices en materia de asistencia humanitaria. Lo militar nacional es quien podría entrar en apoyo con su fuerza y maquinaria. Desafortunadamente, como síntoma de algo que se desata, ya se han avistado militares estadounidenses uniformados caminando por las calles de Caracas.
Lo segundo es quitar protagonismo de asistencia humanitaria a un país determinado para evitar unipolaridades que puedan derivar en situaciones de chantaje político. Es histórico lo que ocurrió con determinados bloques de países durante la Guerra Fría, que sufrieron la coerción política y económica según dependían de un único surtidor. Venezuela debe promover la asistencia multipolar, con participación de Rusia y China, de manera que se evite decir que únicamente los Estados Unidos proveen la logística.
Sigue luego el consejo de evitar la construcción de infraestructura propia que permita enraizar a los Estados Unidos en la región, como, por ejemplo, campamentos, redes de comunicaciones militares independientes, búnkeres, etc. Es un hecho que el gobierno de los Estados Unidos, en estos momentos, trabaja en la apropiación del aeropuerto más importante del país, procurando construir una infraestructura propia.
Otro punto es orientar a las comunidades organizadas, civiles o milicianas, a velar por los espacios circundantes a los centros de acopio. La presencia ciudadana, según ejemplos históricos (Base Naval de Vieques, Puerto Rico), rebate la presencia militar extranjera indeseable. La ciudadanía es un valor republicano por excelencia.
Para terminar, se alerta al Estado venezolano para que evite refrendar acuerdos de “cooperación técnica” o cualquier otra circunstancia que induzca al otorgamiento de inmunidad a agentes extranjeros. La recomendación viene a cuento porque, precisamente, los Estados Unidos utilizan los Acuerdos sobre el Estatuto de la Fuerza (SOFA) para intentar obtener inmunidad y permanencia para su soldadesca. La historia aconseja al respecto y previene situaciones como la de Colombia, por ejemplo, donde las tropas de las bases militares norteamericanas tienen inmunidad ante cualquier delito que puedan cometer contra la población civil.
Nota de honestidad intelectual: El autor contó con la asistencia del modelo de inteligencia artificial Gemini (Google, 2026) como herramienta de soporte para la investigación documental, contraste de datos y estructuración de este artículo.


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sábado, 18 de julio de 2026

Delcy Rodríguez: no hay tropas extranjeras en Venezuela

De acuerdo con Delcy Rodríguez, presidente encargada de Venezuela, no hay tropas extranjeras en el país. Así lo declaró recientemente ante un periodista español. No las hubo ni siquiera cuando fue dado de baja el “Niño Guerrero”, allá en Las Claritas, Bolívar. Hubo, sí, inteligencia de agencias estadounidenses para orientar al ejército venezolano en las operaciones, pero no tropas.
Tampoco las hay ahora en La Guaira, donde los estadounidenses se estacionaron en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y no cesan de traer vehículos y equipos para mapear la región, acción nada consonante con el hecho humanitario. Los dos buques militares que atracaron en aguas venezolanas habrá que considerarlos unidades civiles, dizque convertidos en sendos hospitales ambulantes. Y las más de dos mil tropas reportadas en el país bolivariano por los mismos Estados Unidos tienen que ser un elemento paranormal en las declaraciones de la política venezolana.
¿Cómo que no hay tropas asentadas en Venezuela? A poco habrá que declarar que no las hubo tampoco el 03ENE26 y que el secuestro de la pareja presidencial es una ficción. La historia registra que murió una treintena de cubanos y tal vez un centenar de venezolanos. ¿Cuál es el punto? ¿Acomodar la realidad? ¿Sugerir alguna dolencia congnitiva bolivariana? Tan cierto es que hay tropas estadounidenses e israelíes en Venezuela como que lo de Nicolás Maduro capturado ocurrió.
En la doctrina militar de asistencia humanitaria de los Estados Unidos no existe praxis sin presencia de tropas. Otros países envían rescatistas, pero los norteños no. Ellos envían militares para aprovechar el accidente natural y entrenar sus juegos de guerra, radiografiar al país averiado con sus satélites e intentar apropiárselo mediante la instalación de una base militar. Casos ejemplares hay; Haití, el último, donde inventaron la noción de bases militares “temporales”.
La Guaira es un delirante estacionamiento para quien sueña con el petróleo y el oro venezolanos, además de todas las riquezas suramericanas. Allí, entrada al continente, resulta ideal la construcción de un faro geopolítico. América para los americanos. Ni rusos ni chinos, rivales geoestratégicos, tendrían posibilidades de competir contra el destino manifiesto de Yanquilandia.
Se dice que no existen los unicornios. Nadie los ha visto, ni siquiera los griegos, que inventaron el cuento; pero algunos persisten en su creencia y se convencen de que los bits de la era informática son los genes de una realidad perdida. Difunden en las redes sociales no sólo avistamientos de tales animalitos fabulosos, sino de duendes, hombres de las nieves, entre otras imágenes ufológicas desclasificadas por el gobierno de los Estados Unidos.
Para un cabal convencimiento, es necesario un creyente desprevenido, ingenuo, ignorante o tonto, y un prestidigitador. ¿Son los venezolanos esas personas, según Delcy, la maga? El último avistamiento que se hiciera de los mitológicos soldados estadounidenses en Venezuela fue en Caracas, caminando uniformados por El Rosal. Hay fotografías y es un hecho científicamente documentado. Cumplen semanas caminando la geomorfología de la tierra de Simón Bolívar.

sábado, 11 de julio de 2026

Estados Unidos trabaja desde ya en la secesión de La Guaira

En el estado La Guaira se gesta una secesión. Puede sonar escandalosamente exagerado, pero habría que responder que exagerado es el cielo, que no tiene fin, y que hiperbólico es querer apropiarse, por ejemplo, de Groenlandia.
Egos hay que desbordan el lenguaje de la razón con su apetito. El mundo se hace pequeño para el hambre. En un principio, siempre hay incrédulos que exclaman “¡Imposible!”, “¿Quién puede creer eso?”, y hasta de estúpido es moteado quien reporte avistamientos. Alejandro Magno, Gengis Kan y Napoleón Bonaparte son todos ellos egos hiperbólicos.
Donald Trump, de la saga de los imperios, no es la excepción. Aún hoy calcula que  Canadá, Groenlandia, México, Cuba, Irán y Venezuela deben ser sus anexiones, si no todos, por lo menos en parte. Es probable que el cazador de estúpidos aduzca que no es lo mismo, que son tiempos diferentes y que Trump sólamente es un hombre millonario.
Pero el ego no cambia en la especie. Es su sello, la conciencia diferencial. Encuentra que la riqueza exorbitante, la anexión espacial o la celebridad son los únicos mecanismos que hacen justicia a su grandeza. Todo narciso pide estatua. Y ya sabemos que el presidente estadounidense pierde la compostura hasta por una medalla de oro que no le ha sido adjudicada (como la del Premio Nobel de la Paz, de María Corina Machado).
De los tantos objetivos que se planteó morder con su dentadura áurea, Venezuela se le ha dado a la perfección. A Groenlandia le salieron hasta defensores de ultramar. México ofreció guerra, como Canadá. Cuba espera. Irán se batió a muerte.
Los militares del país bolivariano entregaron sin protesta a su presidente, lo cual, para empezar, endulzó la gesta conquistadora del yanqui, quien celebró con millones de barriles de petróleo. Luego siguió el oro. Pero es La Guaira, con sus cataclismos aliados, la que ofrece la oportunidad dorada de entrar y tomar espacios, para nunca más soltarlos.
La doctrina militar del gringo trabaja de manera incesante. Hoy es humanitaria, constructora de refugios para presuntos damnificados; pero, esencialmente, construye fortalezas para la prolongada instalación de su “gobierno completo”. La doctrina militar humanitaria del gringo utiliza la causa noble para penetrar y sembrar.
Y ello hace, en efecto. Ya ensaya en el estado costero su fase ejecutiva. Manda. Dispone. Controla el espacio aéreo. Atraca buques sobre aguas venezolanas. Camina el terreno con carros y botas militares. Maneja la logística. Mapea el terreno. Digitalizar lo que ha de ser suyo. Todo un trabajo que no se compagina con la naturaleza de las labores de ayuda. En fin, gobierna.
Y ya recoge frutos que le dan un olor a propiedad a sus nuevas tierras. Las autoridades venezolanas, en apenas semanas, empiezan a lucir disfuncionales. Los funcionarios y políticos son rechazados. Los diputados Jorge Arreaza y Nicolás Maduro Guerra (“Nicolasito”), por ejemplo, fueron repelidos por habitantes del Urbanismo Hugo Chávez Frías, Catia La Mar, cuando fueron a interactuar con ellos. Poco antes, se había visto a un Diosdado Cabello discutir con un rescatista gringo, que quería hacer lo que quería. La misma presidente encargada no se atreve a caminar entre el populacho, prefiriendo sobrevolar el área. Hubo alianza, sí, pero en el pasado inmediato.
La mordida de Trump en las costas de La Guaira es profunda, de difícil soltura. Como en Haití, donde los estadounidenses instalaron bases militares temporales tras los eventos naturales de 2010, el objetivo es hacer lo propio en la tierra de Simón Bolívar. Es incontenible. La patria gringa así lo requiere, como precisa, también, de Groenlandia, según se dijo. La seguridad nacional y estratégica es inaplazable. Van y vienen a ese país antillano. Controlan cuando quieren su aeropuerto, su espacio aéreo, terrestre y acuático. Le desembarcaron 7.000 tropas con el cuento de la ayuda humanitaria. Le atracaron un portaaviones.
En Venezuela están en eso. Prosperan. El mandato es construir en la cabeza del continente suramericano una base militar con la función estratégica de repeler al enemigo geopolítico (Rusia, China e Irán) y velar por la propiedad de los recursos energéticos, minerales y raros del hemisferio. No se olvide lo dicho, precisamente porque suena a locura: el ego atrabiliario del emperador es capaz de lanzar su candidatura presidencial en el estado La Guaira, para concretar el golpe y cobrar “favores” concedidos. Ya Trump había manifestado su deseo de ser candidato en Venezuela, como Marco Rubio en Cuba. Declaraciones registradas por la historia.


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sábado, 4 de julio de 2026

Una república caída… ¿Es el fin o vendrá otra?

La caída de Venezuela como república está en proceso… avanzado. Una de sus columnas conceptuales ya se ha quebrado y las otras tiemblan como hojitas ante el viento. El tutelaje que han empezado a ejercer los Estados Unidos sobre el país desde el 03ENE26 fracturó el nervio primordial definitorio. El ideal constitucional, la palabra escrita con sangre universal y patria, el poder formal ciudadano…
Al no haber poder o soberanía que resida en el pueblo (Art. 5, Constitución de la República Bolivariana de Venezuela), no hay, pues, la idea libertaria que orientó a la Revolución Francesa contra la monarquía como sistema ancestral. Ni hay ese antecedente fundacional de tres capítulos republicanos que legara Simón Bolívar y el resto de los próceres de la independencia.
Del otro lado de la acera hay, en fin, monarquía o imperio. No hay término medio. O son los ciudadanos con su Estado y el pacto social, de un lado; o es el poder formal de un Estado absoluto que dicta la pauta sobre sus tutelas, del otro. El legado universal y progresista de la Revolución Francesa es la erradicación final de ese sistema vitalicio, hereditario y cuasidivino que es un reinado como eje formal político.
Desarrollarse en función de una mancomunidad ciudadana que asienta y respeta leyes es distinto a hacerlo a través de la expansión y anexión militar que las omiten. Lo primero es república ideal y democracia; lo segundo, imperio. Ideales de conquistas del hombre versus arquetipos de convivencia animal. Y Venezuela hoy es una anexión.
Por consiguiente, la teoría y praxis de la soberanía como conquista ejercida por el pueblo están rebasadas desde el momento en que el gobierno encargado de Venezuela aceptó la tutela de una potencia extranjera sobre sus recursos naturales, el 03ENE26, y sobre su territorio, hoy con la catástrofe de La Guaira. Los Estados Unidos, so pretexto de asistencia humanitaria, están ocupando hoy ese estado costero, con dominio militar del espacio aéreo y terrestre, y con su logística asistencial en hora de contingencia. Hay “marines” tipo litoral apostados en el aeropuerto principal de Venezuela y un par de buques están atracados en las aguas bolivarianas. La pesadilla de la Primera República de 1812, que cae, en gran medida, por causa de un terremoto, vuelve ahora para anunciarle la muerte a la Quinta con los eventos sísmicos de La Guaira. Históricamente, entre los intervalos de una república y otra, se es colonia.
Pero, con la soberanía violada, se mueven también las otras hojitas republicanas. Estados Unidos, además, está determinando la orientación de los poderes del Estado, minándolos en su concepción de independencia y autonomía. Ahora critica y recomienda atribuciones para el poder electoral, ora el ciudadano. Ejerce dominio pleno sobre el poder ejecutivo y legislativo, y amenaza al judicial. Para muestra, un botón: ordenó la modificación a su conveniencia de la ley que rige el oro y el petróleo, y pareciera que la Asamblea Nacional fuese el tinglado de sus viscerales deseos en materia de voracidad energética.
Respóndase a la siguiente prueba: ¿es posible hoy en Venezuela hablar de democracia o libertad republicanas sin apuntar a la subversión y la revolución ciudadanas que las restauran?