viernes, 19 de octubre de 2007

Del miedo, como caldo de cultivo para fanáticos y locos de la oposición venezolana


En el Mercal ubicado de Miracielos a Hospital, El Silencio, y en el abasto del Centro Comercial La Villa, en Montalbán II, caminan dos personajes, ya pintorescos, cuyo peculiar modo de actuar ilustra en mucho el problema de convocatoria de la oposición venezolana, su sin ser argumental a la hora de motivar a la gente, y su triste condición de perro que ladra a la luna, condenado a verla aparecer a diario, esplendorosa, tenaz, invencible, como si no cayera ella en la cuenta que un resuello por ahí la protesta con unos débiles ladridos.
El primer personaje es una doña que se interna entre los anaqueles de Mercal y llena su bolsa de alimentos, como cualquier persona, pero con la salvedad que ella siempre anda alerta, pendiente de algún interlocutor cercano, ante quien no pierde la oportunidad para denostar en contra del miserable gobierno proveedor. Te dice así como así, sin que medie razón alguna entre sus palabras y actos, que el país se muere de hambre, que no se consigue nada y que todo es súper caro; que el tirano se va a caer y que van a pagar todos los que votaron por él. Al salir, es objeto de burlas de los muchachos de la calle, que ya conocen su irascibilidad y odio presidencial. Cuando las elecciones –recuerdo-, siempre la fregaron con el cuento de que la tarjeta "Mi negra" no era aceptada en el Mercal.
El segundo personaje es otra doña, más encopetada ella. Entra al Central Madeirense y en su rostro se nota la disposición que la anima a hacer casi de portera, sin importarle su dignidad clasista, como si quisiera fiscalizar que no entren chavistas a comprar a tan exclusivo supermercado.
-¡Váyanse a sus cuevas, a sus mugrosos mercales! -pareciera decir- ¡Aquí no entran!
Su mirada es encendida, suele adoptar todas las modas de vestimenta que la televisión inaugura con cada modalidad de protesta y no pierde, tampoco, la oportunidad de zamparte una arenga apocalíptica sobre el fin del sistema político de cosas.
Una de ellas de humilde condición y la otra perteneciente a una saludable clase media, se hermanan ambas en su condición locuaz de ladrarle a la luna, del modo patético ya mencionado. Por sus psitácidos picos desfila toda la argumentación que botan a diario los canales de televisión opositores, los periódicos y la tertulia de ciudadanos. Como se le oyera al alcalde Leopoldo López ante todo el país cuando persiguiera funcionarios durante el golpe, al preguntarse dónde estaban los cojones de los ministros machitos que entonces se escondían como gallinas, las doñitas también hacían lo suyo en ese entonces y recomendaban por aquí y por allá que el gobierno de Carmona debía matar un montón de gente; después les llegué a oír varias retahílas de la cartilla chillona de la oposición: que los pollos que el gobierno importaba del Brasil no sabían a pollo, que el puente Orinoquia en Guayana lo había ya diseñado un presidente del pasado, así como el Viaducto Caracas-La Guaira, que el gobierno le quitaría las casas a todos, con carro niños y todo, que los bombillos de la revolución tenían micrófonos y, últimamente, que había que irse del país, vender todo, porque Chávez con el asunto de controlar los nombres de los recién nacidos ya apuntaba bien clarito cuáles eran su verdaderas intenciones: llenar el país de círculos bolivarianos juveniles, con distintivos nombres de revolucionarios.
Se llama miedo. Se llama cultura del miedo, en el lenguaje de la manipulación y creación de matrices de opinión mediáticas. Consiste en hacerle creer a la gente que el gobierno no hace nada por ellos y que, por el contrario, los amenaza en sus bienes, envenenándolos con comida barata, grabándolos en el interior de sus casas y hasta quitándoles los hijos. Una locura, pues, digna de estudio, como se ha dicho desde un primer momento.
Pero semejante propósito opositor venezolano, fuera de ser efectivo con dos o tres desquiciados loquillos recorre-abastos (la misma proporción de sus votos), se topa con severos problemas de tipo dialéctico a la hora de ponerlo en práctica sobre la gran masa de electores, que a fin de cuentas políticas es el real destinatario de quienes pervierten a los ciudadanos. Porque es un hecho que hoy por hoy el venezolano tiene más liquidez monetaria, se da el gusto de comprar carros y más carros hasta el grado romper las marcas de ventas, viaja y tiene su cocina llena; quedando cuesta arriba la convocatoria de la oposición de tumbar este gobierno, pues tiene que pasar por encima de tal hecho, ignorándolo lo más cínica y demencialmente posible, tratando de hacerle creer al venezolano que es un sueño o algo parecido (quizás efecto de una droga que Chávez le puso en los alimentos). Hasta esas alturas vuelan los intelectos de ciertos sesudos coterráneos en su afán de capitalizar voluntades para mantener el ambiente de subversión, porque no otra cosa se busca cuando se falta a la verdad de modo tan descarado, se hace burla de la humana inteligencia y se sigue perseverando en tan extraordinaria y no vista demencia.
Así como hay personas que del modo más natural y redondo te dicen en tu cara "Chávez no ha hecho nada", no es de dudar que los líderes de la oposición que enarbolan semejante prédica política de la demencia y ceguera busquen conformar un pequeño ejército de enajenados, capaces de la inmolación y suficiente carne de cañón para sus oscuros propósitos de andar generando muertos y escándalos mediáticos para achacárselos a la revolución y llamar a la intervención militar desde el exterior o a la condena de los organismo internacionales, como hicieron el 11 de abril de 2.002. Porque los hay, a no dudarlo: en verdad hay gente que cree a pie juntillas que Chávez es capaz de comerse sancochado un niño de la oposición, por aquello de los comunistas come-niños que una vez hasta pasaran por la televisión. Es un colmo que da pena ajena comentarlo. De ahí, a creer que este gobierno les quitará todo y los dejará en la calle, siendo mejor irse del país o formar una guerrilla, hay un delgado trecho. Eso ocurre en Venezuela.
Por supuesto, quien llama a conformar un ejército de locos desde los periódicos, canales de televisión y otras tribunas, no puede, tampoco, estar muy cuerdo. La locura coge cuerpo en la intelectualidad del país y en la dirigencia de la oposición, que terminó creyéndose sus propias mentiras, pronunciadas en un principio con frío cálculo y cinismo políticos. Han devenido en ser una suerte de apéndice de la realidad política del país, confinados en una especie de mundo virtual, donde se fabrican ideas que nunca aceptan resultados electorales, les hace creer que son mayoría cuando tienen un apoyo del 20% y que el ombligo del mundo son los EEUU, nación que los apoya en tan patriótica lucha de sacar al país del escarnio.
La siguiente cita pertenece a una connotada dama cuartorrepublicana, adeca para más señas, quién escribió un artículo para el diario El Mundo titulado "Necesario es actuar" (oct 15 de 2.007, p. 4), donde no consigue el modo decente para darle forma concreta a esa conseja que repite goebbelianamente que "Chávez no ha hecho nada", "Todo está peor", resultándole conflictivo para su salud mental apenas esbozar un simple llamado de negación a la reforma constitucional, pendiente para el mes de diciembre. Véase que no exagero:
Hay muchos venezolanos que hoy ganan más dinero y creen que lo van a ganar toda la vida. Y no. Con está "reforma" llegaran a ellos y sentirán entonces el amargo sabor de la cómplice aceptación que los hizo quedarse en sus casas o viajando.

Al final, después de reconocer que el venezolano tiene más cobre en el bolsillo, está cansado de los embustes de la dirigencia opositora y prefiere quedarse en sus casas o andar viajando para gastar los cobres o estrenar su carro nuevo, al final, después de invocar un concepto de prosperidad, llama a la realización de un sacrificio, de un "acto heroico" por la patria, porque tales sensaciones de bienestar son una pasajera ilusión de los sentidos, una suerte de magia que Chávez invocó para quedarse "para siempre en el trono de nuestro errores".
Es para coger palco. Faltó no más, como es costumbre en la pluma sesuda de algunos otros criticones, la invocación de los babalaos de la Cuba religiosa y mágica, o los cuentos de camino del anticristo venezolano, todo con el propósito de hacer un sólo saco nefasto, de acusado y argumentos en contra con sentido peyorativo, por supuesto. La dama en cuestión se llama Isa Dobles.
Durante esos mismos días se vio también el rostro consternado del director de un famoso periódico opositor antes de irse a denunciar a Chávez y su reforma en la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), tan apasionado él que ofreció inmolarse si se aprobaba la reforma constitucional, temiendo el público presente que fuera a sacar una katana o daga de esos utilizados en el rituales de suicidio, como el haraquiri. Casos se han visto.
Después a los venezolanos le tocó mirar, desconcertados, como una comitiva de la oposición, encabezada por Manuel Rosales, se iba a Washington a pedirle ayuda al Departamento de Estado norteamericano para impedir la segura aprobación de la reforma constitucional, de modo democrático, programada en consulta nacional para el mes de diciembre, como sabemos. Como si se le dijera a los gringos, y en términos bien criollos: “No tenemos con qué ir al baño, préstennos. Por favor…”
Y ahora, para cerrar, acabo de ver al director de un canal de televisión que hace poco llamó al magnicidio insistir ante el Consejo Nacional Electoral con su peculiar idea de transmitir en su canal unos videos políticos llamando al NO contrarreformatorio, no importándole con ello violar la normativa vigente en materia de propaganda electoral, que estipula no adelantar campaña hasta el momento previsto por la ley.
Es insólito, y más si uno se pone a escribir sobre ello, porque hay que sopesar más detenidamente las razones.
En fin, nunca podremos saber quien pueda merecer mejor el premio, si el loco que forma filas en el ejercito lunático o el orate que los llama a combatir contra el bailoteante fantasma de sus cabezas, a saber, la alucinación de un país en ruina, otrora floreciente bajo sus atesorantes cuidados.

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