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domingo, 7 de octubre de 2007

La mermada capacidad de asombro del venezolano y la institución del delito


Desde que el oposicionismo introdujo el formato de la violencia como modus operandi político, ha disminuido significativamente la capacidad de asombro del venezolano. De tanto esfuerzo que ha hecho para derrocar o matar al presidente Chávez, fluye en la calle la sensación de que el delito político contra el gobierno es normal, como normal y hasta obligatorio es que los funcionarios se cuiden más allá de su propio instinto de conservación, como si la política fuera un juego y las leyes no surtieran su efecto de resguardo individual, moral y constitucional, suerte de maceteros colocados en las esquinas.
Semejante perversión ha venido a anclar en el ánimo nacional desde el mismo momento de la investidura de Hugo Chávez como Presidente de la República, cuando empezaron a oírse las voces de algunas arácnidas criaturas, perturbadas en sus umbríos y seculares rincones de bonanza personal por el tractor de los cambios que se avecinaba. Entonces gritaron y empezaron a esgrimir leyes y prebendas a su conveniencia, sin ningún miramiento hacia el derecho de los otros, es decir, leyes desempolvadas que a la luz de los cambios flagrantes ya no tenían ninguna prevalencia. De allí su necesidad de pasado, de retorno a su orwelliana visión de mundo donde el pastor se alimenta eternamente de sus ovejas humanas, criticable desde todo ángulo ideológico, sea desde el punto de vista de la dictadura del proletariado como la del barrigón neocapitalista.
Los pequeños delitos iniciales, relacionados más que todo con la Reforma Agraria, fueron tomando cuerpo y extendiéndose a todos los sectores de la vida nacional donde el gobierno bolivariano metía su cuchara para exorcizar la injusticia y la explotación humana. Nadie decía nada, porque parecía verse como normal la reacción de protesta de los viejos dinosaurios, quienes aprovecharon esta suerte de licencia de burlarse de la nueva legalidad para ir escalando niveles de audacia infractora hasta la situación que tratamos en el escrito. Encontraron en la artimaña, la zancadilla política, el ahumamiento de títulos nobiliarios, la victimización de la estupidez propia, el armamento necesario para hacer frente a la glaciación política que se le encimaba.
Con el tiempo, cuando ocurrió la metástasis y el mal se extendió a todos los ámbitos de la sociedad, el pequeño delito -consentido inicialmente- derivó en golpismo, como sabemos, instituyéndose en la psique del venezolano en dos vertientes: (1) como una situación de derecho legítimo a la defensa en el golpista y (2) como una situación inaudita generadora de intranquilidad social en el afecto a los cambios y en el gobierno mismo que, no obstante sentir rechazo, se inclinó siempre a tolerar al infractor como un jugador político que buscaba ganar el juego. Fue así como el golpe de Estado vino a ser una especie de crónica del un delito anunciado. Jugandito jugandito con la candela se empezó a realizar disparos.

Se llegó a una situación pre y post golpe de Estado de normal quebranto de la ley por parte de los adversos al "régimen" que no ya no generaba sorpresas el que se vistieran de negro, portaran banderas gringas, quisieran desconocer al presidente y asesinarlo, cargaran la bandera al revés con su respectivo caballito mirando hacia atrás, dijeran abiertamente en cualquier lugar que tal del gobierno es un hijo de puta, quebraran las empresas de importancia estratégica, vendieran información al extranjero, desearan una invasión extranjera o la masacre de una sarta de muertos de hambre.
Los medios de comunicación efectistamente incrementaron la apología del delito como una cruzada patriótica que debía ejecutar cada venezolano, de modo que cualquier muestra de apoyo al "régimen" llegó a ser expresión de locura y traición a la patria. Durante sus momentos de gloria lograron lo increíble, fuera del golpe de Estado mismo: que en la cotidianidad los proclives al gobierno de Hugo Chávez, aun siendo mayoría clara, se sintieran estigmatizados y cohibieran sus manifestaciones de apoyo, guardando silencio. Con el trabajo de correr bolas mediáticas y satanizar la revolución, lograron imponer un real imperio del terror sobre el ciudadano común, como bien han sabido hacerlo desde que el tiempo es tiempo. Muchos chavistas andaban en la calle como proscritos, con el miedo de ser sorprendidos por un sabio doctor de esos, dueño del país y comprador leyes, que la emprendiera luego con ellos y se pusiera a practicarles un exorcismo. ¿Cuantos afectos al gobierno no murieron en simples conversaciones políticas sostenidas con un improvisado interlocutor oposicionista? Sí, señor, ocurrió y ocurre en Venezuela.
De tanto sostener en la virtualidad mediática que el gobierno se cae, que Chávez es asesinable y que los gringos son mejores y los asesinos héroes, ya ni parecemos reaccionar cuando se descubren los planes de otros complotados o la ejecución de algún "golpecito". O como en Bolivia en la actualidad, donde sueltan en las calles panfletos llamando a matar a Evo Morales, para así restar impresionabilidad en el ciudadano, instituir la violencia y ejecutar con mayor facilidad un planeado golpe de Estado.
Entonces, al estar ya vacunados contra la eventualidad del delito, dejamos pasar por debajo de la mesa de la conciencia, indicios de anomalía, supongo que como recurso de defensa psíquica. Los venezolanos, después de tanto zaperoco, desean vivir tranquilos, o tomarse un descanso, como quiera que se vea. Que analistas, gente informada y el gobierno mismo descubran irregularidades conspirativas, no hace levantar la vista a nadie.
Y así pasa de largo la información de que en un estado llanero -por cierto- hay campos de entrenamiento paramilitares que unen esfuerzos con extremistas opositores, asesores extranjeros y disidentes militares para estar "preparados"; así, también, pasa de largo la noticia que desde el año pasado está en ejecución un plan de guerra de baja intensidad, concebido para asesinar selectivamente a dirigentes afectos a la causa socialista en las principales ciudades del país
(José Luís Carpio:”La Puerta de Alcalá" en Las Verdades de Miguel. - (2.007) sep 28-oct 4; p. 3), lo cual evidencia un cambio de planes en el golpismo, de ir minando y debilitando la causa bolivariana desde las bases, golpismo frustrado de logros “mayores” o más espectaculares después de los hechos de abril 2.002. Un trabajo de hormiga de la muerte que lamentablemente teñirá de sangre el humilde hogar de familias venezolanas.
Independientemente de la credibilidad o no de la noticia, el problema es ese mismo, precisamente: creer o no creer. El trabajo de las “verdades” o rumores mediáticos ya está hecho: minar la salud del ciudadano venezolano, a quien se le vulnera la voluntad del pensamiento y el análisis y se encallejona su criterio hacia el facilismo de la indiferencia.
¿Qué hacer? ¿No creer y dejar dar un zarpazo como en el 2.002, o creer y, consiguientemente, vivir en un mundo de la zozobra, mirando acá y acullá para proteger la vida, dado el nulo regimiento de la ley?
La platónica república de las leyes, donde su efecto de resguardo y tranquilizador descarga del ciudadano ostensibles preocupaciones por su seguridad social e individual, está lejos de encarnar por ninguna parte.

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